Nosotros en las estrellas - Capítulo 74
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Capítulo 74: 73 Beggin for Thread
Canción sugerida: Beggin for Thread -BANKS
Durante toda la cena, no escuché ni la mitad de lo que se decía en la mesa.
Fingía interés en las anécdotas de Matt, en los comentarios cansados de Abby, en las risas sueltas de los demás, pero en realidad mi atención orbitaba siempre en el mismo punto.
Zeke.
Cómo hablaba. Cómo se sentaba. Cómo sostenía el vaso con esa seguridad. Se veía distinto, más maduro, más fuerte… y más lejos de mí que nunca.
Era el mismo rostro, los mismos ojos azules que yo conocía de memoria, pero algo en él había cambiado. Tenía la mandíbula más marcada, el cuerpo más firme bajo la tela del uniforme, la espalda recta de quien carga con decisiones que podrían destruir o salvar una colonia entera. Cada vez que alguien le hacía una pregunta técnica, su voz cambiaba a ese tono seguro que no acepta dudas. Antes lo admiraba sin miedo; ahora, por primera vez, me preguntaba si todavía había un lugar para mí al lado de ese hombre.
De vez en cuando, nuestras miradas se cruzaban por encima de los platos y los vasos. Eran choques breves, chispazos de un pasado que se negaba a morir. Yo buscaba algo ahí, una grieta, un “te extrañé” escondido en el brillo de sus ojos. Pero cada vez que lo pillaba mirándome, él me dedicaba una sonrisa pequeña; era como si con su mirada intentara hacerme saber que estaba allí, pero luego volvía su atención al tema que se estuviera hablando en ese momento. Como si yo fuera una presencia más en la mesa, no la mujer por la que una vez había jurado cruzar cualquier planeta.
Entonces sentí su mano sobre mi pierna, por debajo de la mesa.
No fue un roce accidental. Su palma aterrizó firme sobre mi muslo, como si hubiera decidido que ese era su lugar desde antes de sentarse. Sus dedos apretaron apenas, lo suficiente para que un escalofrío me recorriera. Un recordatorio silencioso de todo lo que habíamos sido. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro, esa descarga eléctrica que no había sentido desde hace mucho.
Quise engañarme y creer que ese gesto era simple cariño, que detrás de su fachada de líder había un “sigues siendo mía” que solo yo podía escuchar. Pero entonces estaba ella. Kaia. Sentada frente a nosotros, con sus ojos brillantes y su manera rápida de hablar, llenando los silencios que antes eran solo de Zeke y míos.
Y Kaia lo complicaba todo.
—Zeke, esta noche me quedo en tu casa, ¿verdad? —preguntó ella, con una naturalidad que me perforó el estómago. No hubo duda en su voz, ni vergüenza, ni siquiera un vistazo en mi dirección—. Por el tema de las tuberías —añadió, como si esa explicación debiera bastarme para no hacer preguntas.
Él asintió, como si fuera algo habitual. Como si no hubiera nada que aclarar.
Su mano seguía en mi pierna cuando asintió. Sentí cómo su cuerpo se tensaba un poco a mi lado, apenas, pero lo suficiente para que lo notara. Yo conocía cada una de sus microreacciones; sabía cuándo estaba incómodo, cuándo mentía, cuándo estaba a un comentario de explotar. Me aparté de su agarre de inmediato, como si su piel me quemara.
Era ilógico. Absurdo. Humillante. ¿Cómo podía pretender tocarme en secreto bajo la mesa mientras aceptaba en voz alta que otra mujer se quedara en su casa?
Desde ese momento, el resto de la cena se volvió una especie de ruido blanco. Veía la boca de Abby moverse, su cansancio evidente, las sombras bajo sus ojos; escuchaba risas ocasionales, el tintinear de los cubiertos, pero todo sonaba lejano, distorsionado, como si estuviera bajo el agua. Lo único nítido era la sensación pesada que se me acomodaba en el pecho: la certeza de que había regresado a un lugar que ya tenía sus propias dinámicas sin mí.
Cuando la cara agotada de Abby dejó claro que el día había sido demasiado largo para ella, la cena finalmente llegó a su fin. Me levanté de la mesa con una mezcla de enojo y tristeza que apenas podía contener. Yo había venido aquí para comenzar una nueva vida, o al menos eso me repetí en el viaje. Pero frente a la realidad, se sentía más bien como si estuviera intentando meterme a la fuerza en una historia que ya había seguido sin mí.
Ya no había un hueco con mi nombre.
Me dirigí a las escaleras para subir de nuevo a la habitación de huéspedes donde había dejado mis cosas. Necesitaba un espacio neutral, un lugar que no cargara con recuerdos, donde pudiera respirar sin el olor de Zeke en las paredes. Estaba a mitad del primer peldaño cuando una mano firme me sujetó del brazo y me haló hacia atrás.
—¿Dónde están tus cosas? —preguntó, sin rodeos—. Es hora de ir a casa, Annie.
No era una pregunta. No era una invitación. Sonaba a orden, a “esto es lo que va a pasar”, dicho por el hombre que ahora establecía las leyes en toda Aurora Bay. Pero así como él había cambiado, yo también lo había hecho. Ya no era la Annie que aceptaba sin cuestionar.
Me giré para enfrentarme a él, obligándolo a soltarme. Nuestros cuerpos quedaron cerca, lo suficiente para que pudiera ver el cansancio detrás de su mirada, las líneas nuevas que el tiempo y las decisiones le habían dibujado en el rostro. Pero mi furia era más fuerte que cualquier nostalgia.
—Me quedo aquí —dije, sin titubear—. Me quedo en el cuarto de huéspedes.
Vi cómo el músculo de su mandíbula se tensaba. Pasó su mano por el cabello, en ese gesto típico que siempre hacía cuando estaba al borde de perder la paciencia. Esa parte de Zeke no había cambiado: odiaba que lo contradijeran, y yo conocía mejor que nadie ese límite.
—¿Un cuarto de huéspedes? —repitió con incredulidad—. ¿Es en serio, Annie Baldwin? ¿Prefieres un cuarto pequeño, diseñado para pasar la noche, que ir a NUESTRA casa?
Remarcó la palabra con fuerza, como si pudiera clavarla en la pared.
—Porque sí, Annie, aunque no quieras aceptarlo, es NUESTRA casa —siguió, subiendo un poco el tono—. ¿Tengo que recordarte que prometimos estar juntos para SIEMPRE?
Lo dijo como si esa promesa fuera un documento firmado, como si los años, la distancia, mis decisiones y las suyas no hubieran partido ese “siempre” en mil pedazos.
No esperó respuesta. No era su estilo cuando estaba decidido a algo. Subió las escaleras como si supiera exactamente dónde estaba cada cosa, y por supuesto lo sabía: se movía por la casa de Abby como quien ya había caminado esos pasillos tantas veces que ni siquiera necesitaba mirar. Lo seguí, no porque quisiera obedecerlo, sino porque necesitaba que escuchara mi “no” en un lugar donde nadie más pudiera intervenir.
Entró al cuarto de huéspedes y, sin siquiera mirarme, empezó a empacar las pocas cosas que yo había sacado de mis maletas. Sus manos se movían rápido, eficientes, como si también ahí se negara a perder tiempo.
—No me voy a ir —repetí, clavada en la puerta—. Me quedo aquí.
—¿Por qué no dejas de actuar como una niña? —disparó, sin voltear a verme—. Te quedas en nuestra casa. Fin de la discusión, Annie.
Cada vez que decía “nuestra”, era como si me arrojara de frente una vida que yo no había visto, ni elegido, ni tocado. Una casa construida sin mí, pero que llevaba mi nombre pegado a la fuerza.
—¿Para qué me quieres en tu casa, si vas a estar acompañado por esa chica? —escupí, sin filtros—. Mejor te doy tu espacio, Kavan.
El apellido se me escapó con veneno, como si al decirlo pudiera marcar distancia entre nosotros. Le arrebaté de las manos el peluche de conejo de Mia que estaba guardando, aferrándome a él como si fuera una pequeña ancla a algo que sí conocía.
Zeke se detuvo en seco. Dejó caer las maletas al piso; el golpe retumbó en el cuarto silencioso. Se giró hacia mí, lento, y en su rostro apareció una sonrisa que conocía demasiado bien. Esa sonrisa arrogante, que siempre llegaba antes de sus comentarios más punzantes.
—¿Estás celosa, Baldwin? —sentenció, entretenido—. Estás celosa de Kaia.
Señaló la puerta con un movimiento de cabeza, como si el simple hecho de nombrarla bastara para explicarlo todo.
—Por favor… pensé que al estar en el Consejo habrías madurado un poco.
—¿Perdón? —sentí la sangre hervir en mis mejillas.
—Lo dices como si lo estuviera exagerando, ¿crees que no me di cuenta? —dije jalando las maletas y ubicándolas lejos de él—. Zeke, estás viviendo con ella —recalqué cada palabra—. Ella pregunta delante de todos si se queda en tu casa, como si fuera normal, como si fuera rutina. ¿Qué quieres que piense? ¿Qué es una compañera lejana que solo pasa a ver la tele y regresa a su casa después? No seas ridículo, Kavan.
Me senté en la cama a propósito, cruzando los brazos. No iba a moverme ni un centímetro.
Él respiró hondo, como si se estuviera repitiendo internamente que no podía gritar. Volvió a agarrar las maletas y caminó hacia la puerta, esperando, como siempre, que lo siguiera sin cuestionar. Cuando notó que seguía sentada, se detuvo en el marco, con los hombros tensos.
—No estoy viviendo con ella —dijo, dándose la vuelta para mirarme directo—. Se queda unos días porque están reparando su casa. Eso es todo. Y si estuviera pasando algo, Annie, créeme, lo último que haría sería obligarte a ir conmigo.
Sus ojos se clavaron en los míos, buscando algo, quizá que le creyera, quizá que lo llamara mentiroso. No le di ninguna de las dos cosas.
—Te espero en el carro —concluyó, su voz volviendo al modo líder—. Si no bajas en dos minutos, volveré a subir y te cargaré yo mismo.
Me había acabado de amenazar y no le iba a permitir que pensara que seguía siendo la misma niña que seguía sus órdenes; me iba a quedar ahí esa noche, costara lo que costara.
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