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Nosotros en las estrellas - Capítulo 75

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Capítulo 75: 74 – Seafret

Canción sugerida: Seafret -Atlantis

Me había acabado de amenazar. Así, sin más, como si tuviera algún derecho sobre mi voluntad. Sentí un fuego subirme por el cuello. No le iba a permitir que pensara que seguía siendo la misma niña que seguía sus órdenes sin decir una sola palabra, la misma que se quedaba callada para no molestarlo. Si él creía que el tiempo no había pasado por mí, estaba muy equivocado. Me iba a quedar ahí esa noche, costara lo que costara, aunque tuviera que atrancar la puerta con mi propio cuerpo.

Me quedé sentada por algunos minutos más allí en esa cama, con el peluche de conejo de Mia apretado contra mi pecho. No iba a salir. No pensaba ser parte de su juego de poder. Él quería mandar en toda Aurora Bay, quería que todos lo vieran como el gran jefe de esta ciudad, pues yo no iba a ser una más a quien mandara.

Con un movimiento brusco, me levanté, cerré la puerta con el seguro y me volví a acostar en la cama, cubriéndome hasta la nariz. Mi respiración estaba agitada, llena de un coraje que me hacía temblar las manos.

Pero los dos minutos pasaron, y Zeke Kavan no era hombre de promesas vacías.

Escuché sus pasos pesados en el pasillo, seguido por un golpe suave pero firme en la puerta.

—Annie, abre la puerta. —Escuché su voz desde el otro lado de la puerta; no me moví, no dije una sola palabra, pretendí estar dormida; quizá así se iría.

Sin embargo, cuando el silencio volvió, vino seguido del sonido metálico de una llave, y es que, cómo no lo había pensado antes, por supuesto, tenía acceso a todo. El cerrojo giró y la puerta se abrió de golpe. Me quedé inmóvil, dándole la espalda, fingiendo una calma que no tenía.

—Annie, te lo advertí —dijo, y su voz estaba peligrosamente cerca.

Sentí el colchón hundirse y, antes de que pudiera soltar el primer grito de protesta, sus brazos me rodearon con una fuerza que me dejó sin aire. Me levantó como si fuera una pluma, ignorando mis manos golpeando su espalda y mis piernas pateando el aire. Me sentí pequeña, pero furiosa. Me sacó de la casa de Abby y Matthew, frente a la mirada de todos, cruzando la calle, mientras yo le decía de todo en voz baja, le pedía que me bajara, que me escuchara, pero él parecía ignorar mis palabras.

No hubo vuelta atrás. Cuando me di cuenta, ya tenía el cinturón de seguridad puesto, estaba en su carro y él había cerrado la puerta del copiloto con todas sus fuerzas. El estruendo del metal chocando me dejó claro el mensaje: no había salida. Me quedé mirando el tablero, con los ojos ardiendo de rabia.

El auto era más bajo, más elegante, con una estructura actualizada que reflejaba los últimos avances de Aurora Bay; se sentía como una nave de lujo comparado con mi Rover, que estaba estacionado a unos metros, pareciendo un recuerdo oxidado de una vida pasada. Todo aquí gritaba progreso, un progreso del que yo no había formado parte.

Kaia se subió en la parte de atrás con una soltura que me dio náuseas. Se movió como si ese fuera su carro, como si le hubieran quitado su lugar allí adelante y le tocara conformarse con el asiento trasero, pero con la confianza de quien conoce cada tornillo del vehículo.

Desde atrás, la vi estirarse para ajustar algo en el panel frontal, moviendo los controles con una agilidad técnica que me hizo sentir estúpida. Comentó un par de cosas sobre filtros y rutas de navegación con Zeke, y él le respondió con monosílabos, pero con una naturalidad que dolía. El carro se puso en marcha, deslizándose por las calles de la colonia con un silencio casi fantasmal.

Yo me perdí mirando por la ventana, viendo las luces pasar como estrellas borrosas. No quería escucharlos. La conversación entre ellos se sentía lejana, llena de términos que yo no conocía; cada risa de ella, cada dato técnico compartido entre ellos, era la prueba de lo mucho que me había perdido, de que mientras yo sobrevivía en Villa Cristal, ellos habían construido un mundo nuevo donde yo no encajaba.

El trayecto se hizo eterno, una tortura de silencios y términos científicos, hasta que al fin el carro disminuyó la velocidad. Se detuvo frente a…

Eso No era una simple casa. Era una declaración. Era gigante.

La estructura estaba construida de forma perfecta, como si el terreno y la construcción hubieran negociado un acuerdo perfecto entre la roca y el metal para encontrar un equilibrio. Paneles solares se mezclaban con jardines verticales de plantas que yo nunca había visto; la piedra local se combinaba con superficies limpias y metálicas que reflejaban la luz de las lunas de Percevalis. Desde fuera ya se adivinaban los ventanales gigantes, esos que iban desde el piso hasta el techo. Zeke lo sabía; esa había sido siempre mi debilidad: la luz, el espacio, las vistas abiertas que te hacían sentir en libertad.

Al entrar, el aire me golpeó con el olor a la brisa del mar cercano y algo más: olor a hogar. Pero era un hogar donde yo no había estado, un escenario que se había montado sin mi presencia. Lo primero que me robó el aliento fueron los ventanales. Daban directamente hacia el océano de Aurora Bay, que se extendía en el horizonte como si fuera un cuadro puesto allí solo para decorar la sala. A un costado, una piscina exterior se alineaba casi al mismo nivel del mar; el diseño era perfecto, hecho para que al sumergirte sintieras que nadabas directamente hacia las estrellas.

Era moderno, era cómodo, estaba perfectamente pensado. Y, en cada detalle, había rastros de mí. El tipo de luz cálida, los colores que yo amaba, la manera en que el sillón principal, el más grande y suave, estaba orientado hacia la chimenea. Me acerqué y vi las orquídeas decorándola. Él recordaba que eran mis favoritas. Esa casa estaba diseñada para alguien que amaba la libertad y las estrellas.

Zeke había construido todo esto mientras yo no estaba. Lo había hecho para que cuando yo llegara me sintiera en casa. Lo había logrado: estaba soñando, estaba en el lugar que siempre había imaginado. Sin embargo, con Kaia ahí, la casa se sentía más de ella que mía.

Ella entró a la casa como si hubiera estado miles de veces allí. No se detuvo a mirar los ventanales ni el diseño; no lo necesitaba porque ya lo había memorizado. Vi cómo Kaia dejó su mochila en la barra de la cocina con una familiaridad que me quemaba por dentro, para luego revisar la nevera como si se tratara de una rutina establecida.

Me sentí reemplazada. Me sentí una extraña en el sueño que yo misma había ayudado a sembrar. Zeke, por otro lado, dejó sus llaves en un pequeño cuenco junto a la entrada. Tenía el ceño fruncido y la mandíbula tensa; el enojo seguía allí, vibrando en el aire. Sabía que esto no iba a irse pronto; la confrontación apenas estaba comenzando.

—Mañana tenemos que revisar los filtros del sector tres temprano —le recordó Kaia, revisando su tableta. Lo ignoró, o quizás ya estaba acostumbrada a sus cambios de humor, pero era evidente que nunca lo había visto así de furioso conmigo.

—Lo sé. Estaré allí —respondió él sin dudar, con esa voz cortante.

Luego se giró hacia mí. Sus ojos recorrieron mi cara, buscando quizás esa reacción que tanto se había imaginado mientras ponía cada piedra de este lugar. No sabía si esperaba un “wow”, un reproche o un silencio. Yo solo podía mirar las orquídeas, tratando de no llorar de coraje.

—Vamos —dijo, y su voz fue una orden seria—. Nuestra habitación está en la parte de arriba.

Hizo una pequeña pausa, clavando su mirada en la mía.

—La de huéspedes está en el primer piso. —Abrí la boca para decirle que ni loca subiría con él, que me quedaría abajo, pero no dejó que las palabras salieran—. Ahora se queda Kaia allí.

La forma en que marcó la diferencia entre “nuestra” y “la de huéspedes” fue un golpe directo al estómago. No podía evitar la conversación que vendría, ni el hecho de que me estaba obligando a ocupar mi lugar a la fuerza.

Subí después de él, siguiendo cada paso que daba por las escaleras de madera pulida. Todo aquí gritaba modernidad y libertad al mismo tiempo. En cada paso que daba, recordaba las miles de charlas que habíamos tenido en la nave sobre cómo sería nuestro hogar al llegar al planeta, y esta casa lo recogía todo. Me dolía que fuera tan perfecta.

Al entrar en la habitación, nos recibió una cama gigante que se veía tan cómoda que invitaba a soltar todo el peso del mundo. Al fondo, un balcón que daba directamente al mar, y allí, en una esquina, un telescopio junto a una silla. Pero lo que me rompió por dentro fue ver nuestra manta puesta allí. La manta que nos había acompañado durante toda nuestra historia, la que tenía nuestro olor. Allí, en ese cuarto, no existía Kaia, ni había un lugar para ella. Éramos solo nosotros y el cielo.

Me acerqué al balcón, mirando el mar sin verlo realmente.

—A veces eres imposible, Annie —sentí sus brazos rodearme desde atrás.

Puso su cabeza en mi hombro, un acto simple, pero que no sabía que necesitaba desde hace mucho tiempo. Su calor empezó a atravesar mis defensas, y el nudo en mi garganta se hizo insoportable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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