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Nosotros en las estrellas - Capítulo 76

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Capítulo 76: 75 – Fire and the Thud

Canción sugerida: Fire and the Thud – Arctic Monkeys

Zeke

—¿Qué esperabas que hiciera cuando vi que me reemplazaste? —Las palabras salieron de su boca como un lamento, mientras sus manos recorrían mis brazos casi que por instinto—. ¿Querías que te felicitara por romper mi corazón?

Me pareció chistoso, pero al mismo tiempo ilógico; ¿acaso era un chiste? Jamás podría reemplazarla.

—No te reemplacé, Annie. Nunca podría —susurré, y mi voz dejó de intentar controlarla; era yo de nuevo, ese Zeke que no dejaba salir hacía mucho—. Construí cada rincón de esta casa pensando en que algún día volverías a mirar las estrellas conmigo. Ella es solo trabajo, pero tú… tú eres la dueña de todo esto.

La giré, para poder ver sus ojos; necesitaba que me creyera, que viera cuánto la había estado esperando. Vi cómo empezaba a bajar la guardia; el enojo seguía ahí, pero el hambre de tenernos de nuevo era mucho mayor. No lo pensé, no lo evité, simplemente la besé. Fue un beso que sabía a perdón y a reclamo al mismo tiempo.

Nos movimos hacia la cama, impulsados por esa necesidad que solo nosotros entendíamos. No hubo muchas palabras, no hacían falta. Mis manos redescubrieron mi piel como si estuvieran reconociendo un territorio que siempre me había pertenecido, y yo me entregué a ella con la misma fuerza, dejando que el mundo exterior desapareciera. Hicimos el amor bajo la luz de las lunas que entraba por el ventanal, de una manera lenta y profunda, reafirmando que, a pesar de las heridas y los intrusos, nuestros cuerpos seguían hablando el mismo idioma.

Esa noche, entre las sábanas de la casa que él había construido para nosotros, volví a sentir que las estrellas estaban, por fin, a nuestro alcance.

Había pasado noches enteras, que se convirtieron luego en meses que se sintieron como siglos de vacío, soñando con tenerla de vuelta en mis brazos. No era una fantasía abstracta; era una necesidad biológica. Ella no lo sabía, pero en cada paso que daba por los hangares de Aurora Bay, ella estaba ahí. En cada informe de suministro, en cada decisión sobre la seguridad de la colonia, su nombre era el ruido de fondo de mi existencia.

Sin embargo, la realidad de tenerla aquí, verla de nuevo, ocupando el espacio que construí para su fantasma, se sentía diferente. Yo había cambiado, pero esperaba que ella siguiera siendo la misma, pero ella ya no era la Annie que escuchaba o simplemente obedecía.​

La Annie que ahora dormía en mis brazos, con el peso de su cabeza sobre mi pecho, ahora tenía voz propia. Y, si era honesto conmigo mismo, esa voz me aterraba. Me aterraba porque no sabía en qué momento la niña que había dejado en aquel hospital, envuelta en sábanas blancas y fragilidad, había madurado tanto.

Sus manos ya no buscaban protección; reclamaban seguridad. No sentía que la mereciera. Después de haber priorizado la supervivencia del pueblo, después de haberme convertido en este líder de piedra, sentía que ya no le perteneciera de la misma forma en que el aire pertenece a los pulmones.​

Me quedé observándola bajo la luz de las lunas que se filtraba a través del balcón que aún seguía abierto.

No podía dejar de pensar en lo caótico que había sido nuestro reencuentro. Esa tarde, cuando bajó las escaleras, pude notar su fragilidad por un segundo, un destello de la Annie de antes. Pero fue un espejismo que se borró al ver a Kaia. Formó una muralla inmediata en cuanto la vio sentada a mi lado; fue un despliegue de defensas que no me esperaba.

Por eso, durante toda la cena en casa de Abby, intenté hacer que sintiera que aún estaba ahí para ella. Usé mis pequeños gestos, los que solo nosotros conocíamos: esa mirada anclada, esa sonrisa que solo ella es capaz de generarme y el tacto de mi mano bajo la mesa, buscando su piel como si fuera mi única brújula.​

Habíamos pasado por los celos antes. Natalie había sido el mayor obstáculo entre nosotros cuando estábamos en la nave, pero aquello se sentía como un juego de niños comparado con lo de ahora. En aquel entonces era una cuestión de territorio; ahora se sentía que había algo más profundo.

Quizá era su miedo a no encajar en mi mundo, en esta estructura de poder que yo representaba. O quizá era la certeza de que yo también había cambiado. Ya no era el chico que intentaba mantener el orden en una nave, o mandar en el área de medicina.

Ahora era el hombre que tenía todo un pueblo que proteger. Ser el líder de Aurora Bay significaba que siempre estaba buscando que todos se sintieran seguros, que no faltara el aire ni la esperanza. Por eso agradecí tanto cuando la vi en aquella proyección, en aquel evento que se transmitió por todo Percevalis. Incluso a la distancia, a través de la frialdad de una pantalla, pude ver su miedo y su incertidumbre sobre si hacía lo correcto frente al Consejo. Pero también vi la seguridad que tenía. Sonreí para mis adentros. Era mi Annie, brillando con una luz que ella misma había encendido.​

Le dejé aquella carta para que supiera que, a pesar de los kilómetros y el silencio, aún pensaba en ella. Quería que supiera que existía un lugar a mi lado y que, por encima de cualquier jerarquía, yo la necesitaba. Había soñado miles de veces con nuestro reencuentro, imaginando cómo vería sus ojos y cómo la besaría, pero jamás pensé que pelearíamos apenas nos viéramos, y mucho menos por alguien como Kaia.​

Kaia era solo una chica que entendía mi mundo técnico. Ella entendía el sentido de la seguridad y la importancia de descubrir nuevos lugares para sacar lo mejor de Percevalis. Desde su llegada unos meses atrás, hicimos un gran equipo; ella era la lógica que yo necesitaba para estabilizar la colonia. Por cuestiones de construcción en su sector, hacía una semana se había tenido que quedar en mi casa; fue una maldita coincidencia que se quedara justo cuando Annie regresaba.​

Pasé mi mano por su cabello, sintiendo la suavidad de las hebras bajo mis dedos mientras su cansancio por fin le ganaba al orgullo. El enojo se desvanecía en sus facciones relajadas. Nunca podría reemplazarla. No existía ni podía existir una persona capaz de poner mis emociones al límite como ella lo hacía. No podía existir.​

Cuando el primer rayo de sol de Percevalis golpeó el ventanal del cuarto, el mundo exterior reclamó su lugar. La noche anterior había borrado los muros físicos, pero la tensión del día que venía se sentó entre nosotros en las sábanas. Annie abrió los ojos y me miró con una lucidez que me recordó que la tregua era condicional.​

—Tienes tiempo de ir a donde tengas que ir con Kaia —dijo, incorporándose y dejando que la manta cayera. Su voz era firme, sin rastro de duda. —Pero, Zeke, debes volver temprano. Te lo debes y me lo debes a mí después de todo el caos de ayer.

Me senté a su lado. No le tenía miedo a su nueva voz, pero respetaba la autoridad con la que hablaba. Ya no era una súplica; era un reclamo legítimo.​

—Y otra cosa —añadió, y su mirada se volvió afilada como el cristal—. No quiero que Kaia se siga quedando en esta casa. No me importa el sector, ni las tuberías, ni la construcción. Búscale otro lugar hoy mismo. No voy a quedarme aquí como una desconocida, mientras ella camina por mi cocina como si fuera su territorio.​

Sabía que ella no iba a ceder. La Annie diplomática, la que ahora se sentaba frente a los consejeros, sabía exactamente cómo negociar.

—Hablaré con Matt más tarde cuando lo vea —respondí, poniéndole una mano en la nuca; estábamos en medio de una negociación—. La moveremos al módulo de ingeniería esta tarde. Esta noche seremos solo los dos. —Dije levantándome y dándole un beso como el cierre del trato.

—Más te vale —sentenció ella, cortando el beso—.

Vi cómo se levantó dejando la sábana con la que cubría su desnudez, para luego caminar hacia el baño con una seguridad que me dejó sin palabras.

Ella, como yo, tenía deberes; nos habíamos convertido en dos personas que trataban de mantener a flote un sueño, que Percevalis se convirtiera en un lugar mejor. Ella trabajaba por eso desde adentro y yo lo hacía en el territorio. Ella significaba poder; al igual que yo, sabía que si quería mantenerla a mi lado en esta casa, tenía que aprender a respetar que su lugar en el mundo ya no dependía de que yo le abriera la puerta.​

Me recosté un momento más en la cama; trataba de procesar todo lo que acababa de pasar cuando escuché de nuevo su voz.

—Ah, por cierto, me encanta ver el azul de tus ojos al despertar. No hagas que eso cambie, Kavan.

Esa frase fue el detonante. Me levanté de la cama con una sonrisa que no pude, ni quise, contener; una sonrisa que cargaba con toda la picardía y el deseo contenidos por ocho meses. La seguí al baño, ignorando la frialdad del suelo bajo mis pies descalzos. Annie ya estaba frente al espejo, pero cuando me vio entrar por el reflejo, su postura se tensó de una forma que conocía bien: una mezcla de desafío y expectación.​

No dije nada. Me coloqué detrás de ella, envolviendo su cintura con mis brazos y hundiendo el rostro en el hueco de su cuello. El olor de su piel, mezclado con el vapor que empezaba a llenar el pequeño espacio, era más embriagador que cualquier sustancia. Sentí cómo su respiración se entrecortaba cuando mis manos subieron por su vientre, reclamando de nuevo lo que el sol intentaba arrebatarnos con la prisa de la jornada.​

Hicimos el amor allí mismo, entre el vapor y el sonido del agua que empezaba a correr, con una urgencia que no tenía nada de diplomática. Fue un encuentro donde no hubo líderes, ni consejeros, ni deudas externas. Solo éramos Zeke y Annie, dos náufragos aferrándose el uno al otro antes de que la marea de Percevalis nos arrastrara a nuestras respectivas obligaciones. Cada caricia suya, cada jadeo que se perdía contra mi piel, era una reafirmación de que, a pesar de los cambios, el núcleo de lo que éramos seguía intacto.​

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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