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Nosotros en las estrellas - Capítulo 77

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Capítulo 77: 76 – Manchild

Canción sugerida: Manchild – Sabrina Carpenter

Pasaron algunos días; la rutina seguía siendo la misma, todo parecía estar mejorando entre nosotros, parecía que recuperábamos nuestra conexión.

Recuerdo ese día en particular; en la mañana nos alistamos en un silencio que ya no se sentía incómodo. Volvíamos a ser nosotros poco a poco, moviéndonos en el espacio que teníamos con una coordinación que solo los años y la confianza otorgan. No había rastro de la rabia o ese sentimiento de no pertenecer a su vida que había surgido de la noche anterior.

El amanecer en Aurora Bay tuvo la fuerza necesaria para permitir que nos sintiéramos de nuevo en nuestro lugar.

Sin embargo, la vida continuaba, y una señal de eso era nuestra ropa. Yo vestía el traje oscuro, aquel que solía usar para mis reuniones en el Consejo, mientras que Zeke se ponía aquel traje que gritaba que él era el líder. Era ajustado, pero no se sentía rígido; lo hacía ver más alto, marcaba su cuerpo en las zonas exactas, lo hacía ver con fuerza y poder, aquel que ponía de rodillas a todos.

Frente al espejo de la habitación, volvíamos a ser dos piezas de un engranaje que encaja perfectamente; ya estábamos listos para enfrentar un planeta que se negaba a darnos tregua.​

Antes de que él saliera de casa y mientras me alistaba para mi primera sesión del consejo a la distancia, sentí su mirada sobre mí. Era una mirada cargada, profunda, como si en ese momento Zeke por fin tuviera aquello que había esperado durante tanto tiempo.

—Te veo en la tarde, Baldwin… —dijo, sellando la despedida con un último beso cargado de promesa—. No me extrañes tanto.

—Vuelve temprano, Kavan —respondí con una sonrisa. Mientras él salía de la casa, iba acompañado de Kaia, pero ahora se sentía diferente.

Cuando la puerta por fin se cerró, me dirigí a la cocina por una taza de café; la necesitaba para poder afrontar el primer día de reuniones virtuales. Mientras el vapor subía por mi rostro, mi intercomunicador vibró sobre la barra de mármol. Era un mensaje de Dorian.​

—Hoy va a ser un día difícil, Annie. Tienen los argumentos necesarios y los votos ya establecidos para la sesión de hoy —el texto era claro y directo.

Fui a la oficina que Zeke había diseñado especialmente para trabajo. Era una sala circular, llena de pantallas holográficas que me permitían sumergirme en los datos sin perder el contacto con el exterior.

Sin embargo, aunque el ambiente se sintiera profesional, había algo en esa casa que me permitía sentir en libertad; quizá eran los grandes ventanales, o el aire que circulaba de forma natural, cargado con el olor a mar y el aroma dulce de las orquídeas que estaban por todas partes.

La sesión comenzó con puntualidad. La juez que regulaba las sesiones anunció el tema a discutir: “Distribución de implementos críticos: válvulas biosintéticas y suministros de reparación”. Era un tema técnico, pero en Percevalis, lo técnico también era político. Me hubiera gustado estar allí, sentir el peso del mármol bajo mis pies y mirar a los consejeros a los ojos, pero me conformaba con los hologramas que parpadeaban frente a mí.

Me puse de pie, con fuerza, y empecé a hablar. Había practicado mi discurso una y mil veces, repasando cada cláusula del Tratado T.E.D.N.A. Sentía que ganaría, sabía que existían leyes que me respaldaban. Tomé aire y empecé:

—Honorables miembros del Consejo, estoy aquí para solicitar una concesión humanitaria y exigir el cumplimiento del Protocolo de Aguas Universales. Según el Artículo 4, el agua es un patrimonio común de la especie y ninguna facción puede utilizar el suministro biosintético como una herramienta de coacción política…

Fue el inicio, pero mi voz pareció perderse en un vacío. Los consejeros ni siquiera tomaban notas. Era como si ellos ya hubieran tenido esa conversación en una habitación privada y mis argumentos legales fueran solo ruido de fondo.

—La Consejera Baldwin olvida que la seguridad es la prioridad absoluta del protocolo —dijo el Consejero de Hidrología; en cuanto termine con mi discurso, tenía esa voz pausada y condescendiente que está diseñada para hacerte sentir pequeña e inexperta—. No podemos liberar válvulas biosintéticas sin una auditoría de tres fases. No podemos ceder por el miedo a violar leyes cuando está en riesgo la seguridad. Sería… irresponsable.

—Pero la auditoría es un proceso administrativo, no una barrera vital… —Intenté defender mi punto, pero mi oración quedó a medias, cortada por la autoridad de una voz que conocía demasiado bien.

—No, consejera Baldwin. La seguridad prima ante cualquier tratado. Las válvulas se entregarán una vez se gestionen las auditorías pertinentes que determinen su necesidad real —intervino Arthur.

—Ustedes hablan de seguridad como si al restringir el envío no pusieran en riesgo el acceso al agua potable de miles de personas. —Por favor, no pido que no se haga una revisión, pero una auditoría puede tardar meses —dije, acomodando mi blusa con dedos temblorosos. Empezaba a perder la calma por primera vez.​

—Primero que todo, consejera Baldwin, no estamos restringiendo el uso o el acceso a estas piezas, solo estamos anticipando cualquier riesgo que deje a todo el país en riesgo; no estamos incumpliendo las leyes, los suministros se entregarán una vez se hagan las verificaciones pertinentes —contestó Vance con esa voz de victoria.

—Votemos entonces —sentenció Arthur, antes de que pudiera decir algo más.

La votación fue rápida y unánime. Todos estuvieron a favor de la “restricción preventiva”. No era un bloqueo total en el papel, pero en la práctica, era una sentencia de muerte logística para Aurora Bay. Sentí el golpe físico en el estómago. Esta sesión se había presentado como mi primera derrota.

Me recosté en la silla, mirando hacia el techo de madera de la oficina. Justo cuando más lo necesitaba, les había fallado a los míos; buscaba en esa habitación una solución que no existía.

Después de esa sesión, me dispuse a hacer todos los trámites de la auditoría que se requería para una revisión que olía a derrota; sabía que necesitábamos esas válvulas, pero también sabía que necesitábamos esa revisión.

Unas horas después y a pesar del mal sabor de boca, bajé a la cocina; no dejaría que eso arruinara nuestro almuerzo. Me esmeré en la cocina. Quería que cuando Zeke cruzara la puerta, encontrara ese hogar que tanto se había esforzado en construir.

Luego de unos minutos escuché el carro de Zeke estacionarse frente a la casa. Él entró con un apuro inexplicable. No traía la calidez de la mañana; tampoco había rastro del hombre que me había besado horas antes. Como una sombra inevitable, Kaia venía un paso detrás de él, con la tableta en alto y una urgencia que parecía alimentarse de nuestro silencio.

—Oye, Zeke, ¿todo bien en el trabajo? —pregunté siguiéndolo, ignorando la presencia de Kaia.

Pero era como si frente a ellos dos yo no existiera. Pasó por mi lado caminando furioso; me acerqué aún más a ellos, tratando de encontrar una grieta en su armadura.

—¡Es que no tiene sentido, Zeke! Si el Consejo sigue reteniendo las licencias de importación, las membranas del sector tres van a colapsar antes de que termine el ciclo —gritaba Kaia, ignorando por completo mi presencia.

Zeke se detuvo un segundo frente a la barra, mirando la nada. Su mente estaba a kilómetros de aquí, atrapada en las tuberías que se estaban muriendo.

—Zeke —llamé a su nombre manteniendo mi voz bajo control, intentando hacer que me viera.

Él se giró hacia mí, pero sus ojos no me vieron. Me miró como si fuera un obstáculo en su camino hacia la oficina.

—Annie, ahora no. Tuvimos un desastre en la reparación. Casi perdemos el bloque de refrigeración completo —soltó, con un tono frío y cortante que me recordó a aquel Zeke que solía odiar.

Fue entonces cuando Kaia se giró hacia mí. Como si ya no aguantara que me interpusiera entre ella y Zeke. No había lástima en sus ojos, solo rabia y esa mirada acusadora que buscaba un culpable.

—Apártate, Baldwin —dijo como si estuviera sobrando allí.

—Esta es mi casa, Kaia; la que debería irse eres tú —vociferé, acercándome a Zeke nuevamente.

—¿Tienes idea de lo que pasó hoy, Annie? ¿Por qué tantas personas están a la deriva esperando a que en cualquier momento se queden sin agua? Es porque tus “amigos” del Consejo acaban de restringir el acceso a los repuestos —me espetó, dando un paso hacia adelante como si yo fuera la responsable de toda aquella decisión que se tomara en esa casa.

—No es mi culpa, Kaia, y tampoco son mis amigos; intenté todo para que no se restringieran los recursos… —Empecé diciendo, pero no me dejó continuar.

—Ese es el problema, Annie; mientras tú juegas a la diplomacia, nosotros estamos allá afuera tratando de que la gente no se muera de sed porque no tenemos válvulas para arreglar los filtros.

—No estoy jugando, Kaia, estoy tratando de que Aurora Bay tenga un reconocimiento; no lo sabes, pero tienen energía gracias a mí; no los están atacando militarmente o negándoles el acceso a lo básico gracias a mí, a mi puesto en el consejo, pero claro, como solo sirve lo que ustedes hacen aquí. —Dije para luego mirar a Zeke y a Kaia; ya había tenido suficiente de sus ataques.

Él solo miraba un punto fijo en la pared, con la mandíbula tensa. No me defendió. No le dijo a Kaia que se callara, ni que ese no era el tono para hablarme en nuestra casa. Simplemente, ignoró el ataque, como si las palabras de Kaia fueran sus mismas palabras; era un apoyo silencioso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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