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Nosotros en las estrellas - Capítulo 78

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Capítulo 78: 77 – Genesis

Canción sugerida: Génesis – Raye

Miré a Zeke de nuevo, en busca de una palabra de apoyo o simplemente una palabra de protección.

—Ahora no, Annie —fue lo que salió de su boca—. No tengo energía para tus problemas de oficina, Annie, ahora no. El sector tres se está muriendo y necesito entrar a procesar estos datos ya.

Se giró hacia Kaia. —A la oficina. Trae los registros térmicos. —Dijo creando un espacio entre nosotros aún más grande.

Kaia entró tras él, lanzándome una última mirada de desprecio, como si ganara una guerra en la que yo nunca había aceptado pelear, pero que dolía más que cualquier derrota. Vi cómo entraban a la oficina, seguido del sonido de la puerta que se había cerrado con fuerza.

Y de nuevo estaba yo, en la soledad de la sala, al lado de la comida que había preparado con tanta ilusión, un sueño que se había convertido en una pesadilla, en donde la soledad era mi castigo.

—Disfruta la comida con Kaia, quizá a ella sí le pongas atención —grité con la voz rota por la rabia mientras salía de la casa.

Odiaba que me ignorara. Odiaba que me gritara como si lo que yo hiciera no valiera para nada. No podía quedarme en un lugar donde no me sentía recibida, donde el hombre que amaba me trataba con una indiferencia tan grande.

Salí a la bahía, caminando sin rumbo, sintiendo el viento frío de Percevalis golpearme la cara mientras las preguntas que tanto había intentado acallar empezaban a surgir con una fuerza imparable.

Era la primera vez que realmente apreciaba la bahía; era majestuosa, increíble. Me senté en la arena, dejando que el frío de Percevalis me recorriera, con el mar a mis pies. Podía sentir cómo el agua iba y venía en un ritmo que parecía querer decirme algo; en Villa Cristal no se podía encontrar ese tipo de paz. Allí todo era controlado, estéril. Aquí, el océano era una bestia viva que respiraba junto a nosotros.

Sin embargo, algo no se sentía en su lugar. Quizá era mi sentimiento de que no encajaba en esa ciudad, incluso cuando sabía que quería estar allí. O quizá era porque se sentía como si intentara ser otra persona cuando obviamente ya había cambiado.

Me había acostumbrado a resolver todo con palabras, decretos y citando tratados que se habían firmado muchos años atrás; me había convertido en una más de ellos. Me sentaba en una silla todo el día, hablando de lo que “se debería hacer”, creyendo que el mundo se podía arreglar con papel y tinta. Se me había olvidado que las personas tienen problemas que no se pueden solucionar con palabras.

Se me había olvidado que las palabras no filtran el agua, no calman la sed de un sector sediento, tampoco construyen casas o curan personas, mucho menos detienen el agotamiento con firmas o acuerdos; eso era lo técnico, pero incluso con eso la vida seguía su curso.​

Me levanté de la arena, sacudiéndome la nostalgia que empezaba a filtrarse por mi piel. Caminé de nuevo hacia las casas, pero no a aquella que Zeke había construido para él; no podía volver allí, no todavía. Sus palabras de la tarde, ese “ahora no”, seguían rebotando en mi cabeza y, cada vez que pensaba en eso, la rabia subía aún más.

Caminé hacia la casa de Abby y Matthew. Sabía que si existía una persona con las mejores ideas en este planeta, esa era Abby. Ella no miraba los problemas como obstáculos, sino como piezas de un rompecabezas que solo necesitaban un ángulo distinto.

Toqué la puerta esperando que ella la abriera, pero fue Matt quien me recibió. Al verme, su rostro cambió por completo; parecía como si se hubiera encontrado con un fantasma.

—¿Dónde te metiste? —preguntó, con esa voz de hermano mayor que intenta no sonar regañón—. Zeke llamó tres veces. Sonaba mal, Annie. Deberías…

—Para —lo frené de inmediato. El enojo seguía ahí, latente. No vine para reportarme ante Zeke como si fuera mi jefe, porque no lo es; no lo voy a llamar y tampoco lo vas a hacer tú, Matt. ¿Dónde está Abby?

Pasé de él sin esperar respuesta. No quería escuchar excusas sobre el estrés de Zeke. Matthew me llevó a la habitación donde Abby descansaba. Emilia estaba pronta a llegar y la tranquilidad era un factor importante para que pudiera tener un buen parto, pero Abby nunca sabía estar quieta.

—Annie… —dijo Abby al verme, incorporándose con esfuerzo—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? Te ves… te ves destrozada.

—Sé que no debería estar aquí para pedirte ayuda con cosas de trabajo —y en cuanto dije la palabra trabajo, vi cómo el cuerpo de Matthew se tensaba, pero seguí—. Hoy en el Consejo… les fallé a todos.

Me quebré. No pude aguantarlo más. Abby me agarró la mano y Matt me rodeó con el brazo, ese abrazo pesado y seguro de toda la vida. No era solo la política; era sentirme una extraña en mi propia vida. Era la sensación de ser una intrusa en mi propia casa y una extraña en mi propio trabajo.

Y por primera vez pude sacar todo lo que estaba llevando dentro; les hablé sobre mi frustración con el consejo, de cómo a veces sentía que no encajaba en ninguna parte, de que ya no pertenecía a aquí o allá y, sobre todo, de cómo sentía que Zeke había encontrado el reemplazo perfecto para mí en Kaia, que aunque lo negara, la realidad gritaba algo diferente.

—Ann… las cosas a veces no salen como queremos —dijo Matthew, obligándome a mirarlo—. Y no me refiero solo al trabajo; sabes que la vida pone retos, te enfrenta a tu peor versión a veces, pero recuerda que no somos los errores que cometemos, somos lo que hacemos después de ellos.

—Lo sé, pero ya no puedo más con todo esto —lloré, sintiéndome pequeña—. Mañana voy a renunciar. Existen muchas personas aquí en Aurora Bay que podrían hacer esto mejor que yo. Alguien que el consejo acepte y sea valiente para hablarles a todas esas personas allá en Villa Cristal.

—¡No! —Matt fue tajante—. No vas a renunciar, Annie. Tú te ganaste ese lugar a pulso; de hecho, fue tú quien exigió que ese lugar existiera. Antes de ti, éramos rebeldes, a los cuales nadie quería hablarles. No te vas a rendir porque un par de viejos amargados te dijeron que no.

—Escúchame —Abby se inclinó hacia mí, ignorando su propia incomodidad—. Un error no te hace una inútil. Hoy perdiste, sí. Duele. Pero esa decisión de mierda no la tomaste tú. Sabemos que en Villa Cristal creen que controlar hasta el aire es la única forma de sobrevivir.

Me sequé la cara con la manga. Sabía que tenían razón, pero la duda aún pesaba toneladas y estar lejos de donde se tomaban las decisiones lo ponía todo aún más difícil.

—Mira, Annie —siguió Abby, suavizando el tono—. Sácate esa idea de renunciar de la cabeza. Eso solo les daría la razón. —Y tú no eres de las personas que renuncia porque le dicen que no —dijo incorporándose, apoyando su espalda contra la silla—. Además, te conozco… Y sé que no viniste solo a llorar, que cuando tocaste la puerta unos minutos atrás, era porque querías algo; sé que tienes algo en la cabeza, así que suéltalo.

Respiré hondo. Abby siempre sabía qué tecla tocar; era como si pudiera leer mi mente.

—Estuve en la playa —dije, recuperando un poco el aliento—. Me parece estúpido que estemos rodeados de agua y nos estemos muriendo de sed. Necesitamos ser autosostenibles. Aurora Bay tiene que potabilizar su propia agua sin pedirle permiso a nadie; debemos crear una forma de hacerlo.

Los ojos de Abby brillaron. Agarró su tableta como si fuera un salvavidas; claro que ella también lo había pensado. Era Abby Kavan; ella pensaba en las soluciones incluso antes de que los problemas existieran. Abrió su tablet y proyectó un esquema que parecía un garabato orgánico.

—Llevo meses pensando en esto. Tienes toda la razón, Annie. ¿Por qué rogar por algo que podemos hacer nosotros? —Empezó a pasar diapositivas con una emoción que no veía hace mucho—. Inicié una investigación por mi cuenta. He intentado hablar con Zeke sobre fabricar nuestras propias válvulas… —soltó una risa seca—. Pero a Zeke se le ha olvidado que podemos crear cosas por nosotros mismos, así como lo hacíamos en la nave.

—Zeke tiene demasiada presión encima, Abbs —intervino Matt, sorprendiéndome—. Liderar este lugar que apenas se va construyendo, intentar que todos tengamos lo que necesitamos, evitar que nos matemos, cumplir leyes absurdas para poder pertenecer a un mundo que solo tiene una forma de hacer las cosas… es jodido.

Me quedé callada. No porque estuviera de acuerdo o no con Matthew, sino por el hecho de que la relación entre ellos dos también había cambiado. Matthew, el que siempre chocaba con Zeke, ahora simpatizaba con él mejor que yo.

Sabía que Abby y Zeke veían el mundo distinto, incluso siendo hermanos, y precisamente por eso estaba allí, porque si quería una respuesta diferente, siempre podía buscar eso en Abby.

—Entiendo la presión —dijo Abby, volviendo a la pantalla—. Pero no podemos quedarnos quietos. Solo nos falta… la audacia, para crear algo, que es posible y creo que tú acabas de traerla —dijo mirándome, como si le hubiera dado una esperanza que creía muerta.

La miré y sentí que algo encajaba de nuevo. No necesitaba el consejo. Solo necesitaba a mi familia y las agallas para crear.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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