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Nosotros en las estrellas - Capítulo 79

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Capítulo 79: 78 – Dangerous Woman

Canción sugerida: Dangerous Woman – Ariana Grande

Abby se acomodó en la silla, para luego encender la proyección desde su tableta. Se notaba que llevaba meses trabajando en ella, quizás desde que puso un pie en Aurora Bay y se dio cuenta de que necesitaríamos en algún momento algo más estable. La presentación tenía esquemas vivos, llenos de anotaciones al margen y correcciones en rojo.

—Mira esto, Annie —dijo, señalando una imagen que parpadeaba en azul; era el fondo del mar, que se posaba justo al lado de todas las casas en la bahía—. Hay un coral poroso en la costa; los pescadores lo llaman “piedra de pulmón”. No es un coral común; es una colonia de briozoos que ha mutado para sobrevivir a las mareas de metano de Percevalis.

Se levantó con dificultad y caminó hacia una estantería al fondo del cuarto. Allí, dentro de un contenedor de vidrio con agua, descansaba un fragmento grisáceo y rugoso. Abby lo sacó con delicadeza con unas pinzas.

—Es un biofiltro natural —explicó, con la precisión de alguien que sabe de lo que está hablando—. Este coral es como una esponja inteligente, que tiene unos agujeros diminutos, tan pequeños que atrapan toda la basura y los metales pesados que vienen en el agua.

—Es decir, si implementamos esto, el coral ayudaría a eliminar los químicos tóxicos que vienen en el agua —interrumpió Matthew como si por primera vez realmente la escuchara—. Si logramos integrarlo en una base mecánica, que soporte la presión de las tuberías de la bahía, no necesitaríamos las piezas que nos envían desde la ciudad.

—Gracias, amor, por completar mis ideas. —Abby asintió a cada palabra que había dicho Matthew; mientras entrelazaban sus manos—. Y para mantener el ecosistema seguro, es posible crear un cultivo de este coral, para no explotar todo el mar y mantenerlo sano.

Amaba la conexión que tenían ellos dos; parecía que tan solo con mirarse pudieran leer la mente del otro, justo como solía pasarnos a Zeke y a mí antes. Trabajaban en sincronía como si fueran uno. Matthew, desde su área de ingeniería, empezó a poner ideas sobre la mesa; él se encargaría del diseño del dispositivo que guardara el coral.

—No es solo meter una piedra en un tubo, Abbs —dijo Matt, mientras sus dedos volaban sobre la interfaz táctil—. Si el agua pasa con mucha presión, el coral se desintegra. Y si pasa muy lento, se muere y nos tapa la tubería. Necesita respirar.

Me acerqué a la mesa de trabajo, observando cómo los gráficos de presión parpadeaban en rojo. Una idea empezó a tomar forma en mi cabeza, algo que unía la lógica con lo que Matthew decía; debía existir una forma de que fuera visible.

—Entonces no lo pongamos bajo tierra —intervine, señalando el esquema de la red principal—. Si lo enterramos en los túneles de servicio como las válvulas viejas, nadie sabrá si el coral está muriendo hasta que sea tarde. Podríamos integrarlo al paisaje de la bahía. Estructuras de cristal reforzado, visibles desde la superficie. Así podría ser más fácil supervisar el estado del coral.

Él me miró por encima de su tableta y asintió lentamente, una sonrisa de aprobación asomando en sus labios; quizá lo que proponía había encendido una idea que realmente sí funcionara.

Pasamos horas en un ciclo de intentos y pruebas. Era un baile perfecto: Matt armaba los prototipos físicos, Abby afinaba la parte biológica y yo, en una esquina, construía el escudo legal. Mientras ellos peleaban con las presiones y los flujos, yo revisaba en mis notas algo que me permitiera crear argumentos sólidos, para que al momento de informar la instalación de este nuevo desarrollo, el Consejo no pudiera intervenir.

—Está listo, Ann. Mira esto —dijo Matthew, rompiendo el silencio de la madrugada.

En el centro del taller, el proyector de mesa materializó el prototipo en una simulación hiperrealista. Era el producto final, aquel que se pondría en puntos estratégicos de cada sector de Aurora Bay, para que funcionara no solo como filtro, sino como parte del paisaje.

Se veía imponente: el cubículo estaba creado con un material translúcido, que compartía la claridad del cristal, pero que tenía una resistencia industrial casi que imposible de destruir; estaba diseñado para dejar el núcleo orgánico a la vista de todos.

La simulación comenzó. Vimos cómo el agua, cargada de partículas rojas que representaban los metales pesados, entraba por un extremo. Al pasar por las cavidades del coral, desaparecían de inmediato.

—Eficiencia del 98.4% en el primer filtrado —anunció la voz sintética de la tableta—. Presión estable. Saturación del núcleo: mínima.

—Funciona… —susurré, viendo cómo el gráfico de potabilidad se disparaba hacia el verde—. Realmente funciona.

Abrazó a Abby y Matthew; sabía que sin ellos nada de eso hubiera sido posible.

—Ahora debo… debo pasar el filtro de aprobación del consejo, para que podamos ponerlo en funcionamiento. —Agarré el intercomunicador; sabía que solo había una persona dispuesta a ayudarme, una que era lo suficientemente poderosa.

Llamé a Dorian. Él sabía que si lográbamos potabilizar el agua con una patente nueva, sería no solo beneficioso para Aurora Bay, sino para todas aquellas poblaciones por fuera de Villa Cristal.

Llegó a Aurora Bay al día siguiente algunas horas antes de la reunión con el consejo; venía envuelto en un abrigo largo de lana oscura que lo hacía parecer un intruso de otro mundo en medio de nuestra bahía.

Tuve poco tiempo para contarle la idea, una idea que había nacido de Abby, que ahora descansaba en el sofá. Le mostré la presentación de Abby y cada dato que ella había logrado recabar en su investigación, mostrándole el dispositivo para mantener el coral estable y saludable, pasando por la simulación, en donde había previsto todos los escenarios posibles, flujos de agua irregulares, fuertes, lentos, incluso los turbulentos; todos reaccionaban exitosamente a las pruebas. Ahora solo faltaba la presentación de este dispositivo ante el comité, no para pedir permiso, sino para informar de su existencia.

—Es una locura, Annie —dijo Dorian, ajustándose los guantes mientras observaba el prototipo sumergido en el tanque de pruebas de Matt—. Si el consejo se entera de que están desarrollando esto, nos quitará las licencias de diplomacia antes del mediodía. Estás jugando con la seguridad vital de la colonia.

—No, si tú y tu papá lo certifican, lo haré pasar por una medida de contingencia, de urgencia, bajo el Artículo 9 del Estatuto de Red de Soporte —repliqué, mostrándole los datos de pureza que Abby había logrado—. Además, el Tratado T.E.D.N.A. es muy claro en su anexo de autonomía: cada región tiene jurisdicción sobre sus desarrollos internos siempre que no afecten al Núcleo. El Consejo no tiene jurisprudencia en los asuntos internos de Aurora Bay si nosotros declaramos una emergencia técnica. Podemos desarrollar esto.

Dorian miró la pantalla, luego el coral y finalmente a mí. Soltó un suspiro largo, de esos que significan que está a punto de hacer algo que le traerá problemas.

—Tienes razón en lo legal, pero el consejo encontrará la forma de retorcerlo. Sin embargo… —Se acercó al tanque, fascinado por la eficiencia del filtrado—. Esto es demasiado bueno como para dejarlo pasar. Puede ayudar a muchos, no solo a Aurora Bay. Debes exponer el tema en el consejo de hoy; yo me encargo de que la presión de la aprobación esté sobre la mesa.

Vi su mirada; era la de un hombre decidido, sabía cómo mover los hilos dentro del consejo, con la presión necesaria de los consejeros externos y aquellos que nos apoyaban; no había un no posible frente a un nuevo desarrollo.

Y mientras Dorian me explicaba el marco legal que debíamos seguir en el consejo, Abby se retiró a la cocina. “El bebé tiene hambre de nuevo”, murmuró antes de salir del sótano seguido por Matthew, dejándonos solos a Dorian y a mí frente a los hologramas. Fue entonces cuando la tensión profesional bajó un poco.

—¿Cómo están las cosas allá? —pregunté, bajando la voz.

Dorian se recostó contra la mesa de trabajo, cruzando los brazos.

—Mía, sigue siendo adorable, está aprendiendo a tocar el piano, es muy inteligente y bueno; Lía está… difícil. Desde que empezó a trabajar con Sloane, se la pasa de mal genio; Sloane no acepta mediocridades y se pasa el día criticando cada diseño que Lia hace. Aparte, en casa las cosas están difíciles, Alexandra…

—¿Ella está bien? —La preocupación en mi voz era evidente.

—Bueno, Arthur sigue insistiendo en el tratamiento que él desarrolló, pero si te soy honesto, Annie, parece que no está funcionando; su ausencia ahora es una constante, ya no sale, no volvió al consejo; sé que está viva porque Lion me cuenta.

—¿Y Lion? —pregunté en cuanto escuché su voz.

—Lion, presentó el examen a la universidad de diplomacia hace unos días; sin embargo, tú sabes que eso no es lo que él quiere; cuando tiene tiempo, va a la pista, está ayudando a algunos mecánicos en secreto. Los carros, la velocidad… es lo único que lo mantiene cuerdo. Haces falta allá, Annie. Tu presencia equilibraba el caos.

—Mi presencia solo servía para que Arthur tuviera un objetivo más —respondí con amargura—. Solo era una distracción temporal de Arthur; de hecho, lo sigue siendo. Desde que estoy aquí, el consejo está más rudo conmigo.

—Solo tienen miedo a que intentes cambiar todo lo que ellos han construido —dijo con esa media sonrisa, que intentaba calmar todo.

—Voy a renunciar… —Dije entre susurro, como alguien que no quiere que la escuchen. —Siento que desde aquí no puedo hacer mucho; si hoy no aprueban esto… no sé qué voy a hacer, porque el sector 3 se va a quedar sin agua potable.

—Lo van a aprobar —su tono muy cercano—. Pero no puedes renunciar, no es solo Aurora Bay quien te necesita, son todos aquellos lugares que antes de que tú llegaras llamaban pueblos rebeldes.

Abby regresó con un plato de frutas y una mirada de “ya basta de charlas, es hora de trabajar”. Volvimos al trabajo, inclinados sobre la mesa, discutiendo los últimos parámetros de presión, cuando la puerta se abrió con una violencia contenida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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