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Nosotros en las estrellas - Capítulo 8

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8: 7- Demons 8: 7- Demons Canción sugerida: Demons – Imagine Dragons Nuestros ojos se cruzaron otra vez, pero esta vez no tenía intención de humillarme ante él.

Durante años había sido la raíz de mis peores miedos; consecutivamente hallaba la forma de arruinar cada segundo de mi vida; él era la voz que me hacía creer que no era suficiente.

Quizá le di el permiso de hacerlo, quizá porque era el líder, o quizá porque así como lo odiaba, en algún momento intenté imitarlo.

Llegué a pensar que era así porque Génesis Lab no le había dado opción, pero cuando me atreví a acercarme a él, a confiar en él, usó mis miedos para asustarme más.

Con Zeke me di cuenta de que no hay nada más devastador que alguien que conoce tus debilidades y las usa para romperte.

Para mí, ese alguien siempre había sido Zeke.

Una piedra fría y pesada que aplastaba todo lo que quería ser.

—Woods… —empezó a decir, con un tono más bajo de lo normal.

Pero lo conocía, sabía que la usaba para manipular a quienes tenía a su alrededor para que hicieran lo que él quería; lo había visto hacerlo muchas veces, pero esta vez no lo permitiría, no conmigo, y antes de que pudiera decir algo, me alejé, no quería escucharlo.

Me giré y caminé hacia mi esquina, hacia esa pequeña pantalla que se había convertido en mi refugio dentro de su oficina.

Pero el espacio no era suficiente para lo lejos que en ese momento hubiera deseado estar de él.

No esperaba que intentara convencerme, o dar una explicación a lo lógico.

Sin embargo, sabía que el ser ignorado era algo que un ególatra como Zeke no aceptaría.

Sentí cuando se levantó de la silla, cada paso acercándose más hasta quedar justo detrás de mí.

Pero esta vez su presencia no me pareció tan cortante, tan llena de hielo.

Había algo distinto, algo que no supe identificar.

—No te pedí que trajeras esto para que me lo tiraras en la cara —dijo, su voz sonando más humana que nunca—.

Lo necesito porque…

Tenemos que analizarlo.

Juntos.

Esa palabra —juntos— me recorrió como un escalofrío.

Un maldito fuego se encendió en mi pecho, uno que no pedí sentir.

Me obligué a no reaccionar; antes de que pudiera verlo, tomé aire, tan profundo como si nunca lo hubiera hecho, pero era inútil, ese calor aún seguía ahí.

Me giré despacio, con la rabia mordiéndome por dentro, y me senté frente a él.

Había una tensión extraña entre los dos, densa, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.

—Sabes por qué fallamos, ¿no?

—preguntó sin levantar mucho la voz, mirando los datos que su tablet le arrojaba de esa estúpida simulación.

—Fue tu culpa —solté sin pensar, con las palabras saliendo más rápido que la lógica—.

No porque yo fuera débil, sino porque eres incapaz de escuchar a tu equipo; siempre todos hacen lo que Zeke dice, siempre es lo que Zeke ordena y, si alguien como yo intenta dar un simple, pero importante consejo, tú haces que todos se den cuenta de que están equivocados, incluso cuando significa que tú mismo pierdas.

Esperaba su típica respuesta arrogante, una de esas frases que te hacen querer gritar.

Pero no llegó.

Zeke me miró, quieto, y luego asintió lentamente.

—Sí —dijo al fin—.

Fue por mi culpa.

Pero no por la razón que crees.

Abrió su tableta y la pantalla se llenó de datos, gráficos y biometrías.

—El objetivo de esa simulación no era sobrevivir.

Era evaluar la capacidad del líder para adaptarse a las variables de su equipo.

—Señaló mi nombre en la pantalla—.

Tú eras una variable.

Una debilidad conocida: no sabes obedecer órdenes, siempre tienes una opinión.

¿Qué líder, el cual ya tiene un plan, deja que la persona en su equipo con el nivel más básico le ordene qué hacer?

No uno bueno.

No podía odiarlo más; su cinismo era increíble, ¿cómo después de tantos años no podía aceptar la culpa sin esconderse bajo una excusa como esa?

—Un buen líder escucha a su equipo, valora todos los puntos de vista, piensa.

Cosa que creo que tú, Zeke Kavan, nunca haces —dije cerrando mis puños que ahora estaban sobre la mesa—.

Adicional, era una debilidad obvia; iban a forzar la serpiente y más si quedaba atrás.

Vi cómo ponía los ojos en blanco; sabía que estaba perdiendo la paciencia, odiaba que le dijeran la verdad, que no le tuvieran miedo.

—No entiendes, tenía dos opciones: proteger esa debilidad ajustando la formación o ignorarla para mantener la velocidad.

Elegí la velocidad.

—No era lenta —le respondí, sintiendo que el calor me subía a las mejillas—.

Era una de las mejores en supervivencia.

Pero claro, en el mundo del dictador Zeke nadie puede destacar, ¿verdad?

Mi voz temblaba, no de miedo, sino de pura rabia.

Él respiró hondo antes de responder.

—El fallo no fue la picadura, Annie.

Fue que yo lo permití.

No me adapté.

Y eso… fue el verdadero error.

Me quedé en silencio.

No sabía qué decir; por primera vez, su frialdad parecía tener grietas; vi que la razón de todo esto en realidad ya no era crueldad, era su obsesión con la perfección.

—No puedo permitir que algo así vuelva a pasar —dijo finalmente, con ese tono autoritario volviendo a su sitio—.

Aquí tienes tu primer trabajo.

Se giró hacia la pantalla, mostrándome algunos de los datos que había encontrado; todos apuntaban a que yo era el eslabón débil de esa nave.

—Vamos a eliminar la variable.

Encontraremos una cura para tu alergia.

—¿Una cura?

—pregunté, desconcertada.

—Un antídoto.

Una terapia génica.

Lo que sea necesario —dijo sin mirarme—.

No podemos permitir debilidades en Percevalis.

Considéralo tu proyecto principal.

Sabía que no lo hacía por mí.

Lo hacía por su orgullo.

Pero aun así asentí y salí de la oficina.

Pasé el resto de la mañana en el laboratorio de toxicología, corriendo pruebas, revisando compuestos, analizando mis propios registros genéticos como si pudiera descifrar quién era a través de mis células.

Cuando terminé, volví con los resultados preliminares.

—¿Eso es todo?

—le pregunté al entrar.

Zeke levantó la vista, y por un momento pareció que iba a decir algo más, pero se contuvo.

—No.

Ahora haré una ronda de chequeos.

Necesito evaluar al resto de la tripulación y consultar con los líderes de área sobre los recursos para tu proyecto.

Woods, vienes conmigo.

Lo seguí en silencio.

Fuimos de módulo en módulo: Agricultura, Botánica, Innovación.

En cada área repetía la misma rutina: medía los signos vitales de la gente mientras discutía con los jefes en un lenguaje técnico que apenas entendía.

Verlo trabajar me hacía distorsionar la versión que mi cerebro había creado de él; aún era meticuloso, brillante, insoportable, pero también era apasionado y sensible.

Y, aunque me costara admitirlo, también impresionante.

En Botánica lo vi debatir con Rosé sobre hidroponía avanzada; en Gobierno, discutir con Natalie sobre los protocolos de cuarentena.

Zeke era un maldito genio en todos los campos.

Yo, en cambio, intentaba mantenerme ocupada con los instrumentos, sin pensar en lo cerca que estábamos cada vez que me pasaba una herramienta.

Pero era inútil.

Cada roce, cada contacto accidental, era un recordatorio incómodo de lo que no quería sentir.

Al final del día, regresamos exhaustos al área de medicina.

—Mañana —ordenó sin mirarme— empezarás a analizar los compuestos botánicos del informe de Rosé.

Busca cualquier sustancia con propiedades antihistamínicas.

Asentí y me giré para irme, cuando su voz me detuvo.

—Woods… Me volví.

Él seguía mirando la tableta, pero su expresión había cambiado.

—¿Sí?

—pregunté.

—Tu perfil genético —dijo lentamente— es… inusual.

Dejó que el silencio llenara el espacio entre nosotros antes de volver a concentrarse en su pantalla, como si no acabara de soltar una bomba.

Me quedé quieta unos segundos, mirándolo.

Sabía que había algo que no estaba diciendo.

Y, por primera vez, no sabía si quería descubrirlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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