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Nosotros en las estrellas - Capítulo 82

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Capítulo 82: 81- I See Red

Canción sugerida: I See Red – Everybody Loves an Outlaw

No le di importancia a sus palabras; empezaba a pensar que lo hacía intencionalmente, buscando una reacción o simplemente que Zeke dudara de que necesitaba a alguien más que a ella, así que la ignoré y me enfoqué en él. Estaba sudado, sucio y agotado, pero cuando me miró, vi ese brillo de orgullo que había extrañado tanto. Le pasé una toalla para que limpiara el sudor y el aceite de sus manos.

—Vamos a casa —me dijo, pasándome un brazo por los hombros sin importarle manchar mi ropa—. La fiesta es en tres horas, pero necesito una ducha y salir de aquí.

Condujo en silencio; la música era el sonido del mar que nos acompañó durante todo el camino. Al llegar a la casa, aún había distancia entre nosotros. Había palabras que no se borraban con el tiempo; aún recordaba ese “Ahora no” y la puerta cerrada hacía unos días atrás, y de seguro él seguía enojado por no haberle dicho a dónde iba ese día.

Ambos tomamos una ducha; él entró primero y mientras yo alistaba la ropa que iba a usar en la fiesta, que era la primera a la que asistía en Aurora Bay. En cuanto él salió, ni siquiera lo miré, solo entré al baño y entré en el agua caliente, que me empezaba a recorrer todo el cuerpo.

Cerré la llave de la ducha y me puse la bata, secando mi cuerpo con la toalla. Al salir, había un silencio que llenaba todo el lugar; parecía que Zeke simplemente hubiera desaparecido; sin embargo, la prueba de que no era así era el olor que venía desde la primera planta de la casa.

Olía a especias, a calor de hogar, olía a comida real; y mientras secaba mi cabello, ese olor delicioso empezó a intensificarse.

Bajé descalza, aún envuelta en la bata. Zeke estaba allí, frente a la estufa. Él estaba en boxers solamente, como si hubiera olvidado la ropa intencionalmente; todo su cuerpo estaba descubierto.

Me quedé observándolo a la distancia, detallando cada detalle de su cuerpo; era perfecto. Desde donde estaba pude ver esa espalda ancha llena de cicatrices y músculos tensos que conocía de memoria. Estaba cocinando. Realmente cocinando. Un guiso de vegetales y carne con papas fritas; mi comida favorita.

Me apoyé en el marco de la puerta, acercándome un poco más sin anunciarme todavía; no quería que supiera que estaba allí, quería verlo ser él por un momento, sin protocolos o rabia, solo él como persona.

Me parecía gracioso cómo jugaba con las sartenes y los condimentos, como si experimentara por primera vez en la cocina; esa era su forma de pedir perdón. Zeke no escribía cartas ni daba discursos emocionales; él actuaba. Cocinar para mí, cuando no lo hacía con nadie más, era su acto de redención; era su manera de decir “lo siento”.

Después de unos minutos, me acerqué a él, rodeando su torso con mis brazos y apoyando mi cabeza en su espalda; amaba cómo olía cuando estaba limpio. Dejé un beso en su espalda; ese era mi acto de “está bien, te perdono”.

—Pensé que tendrías hambre —dijo, sirviendo dos platos y poniéndolos en la isla de la cocina—. No es gran cosa, pero… quería hacer algo. Por lo del otro día. Por cerrarte la puerta y por gritarte.

Quité mis brazos de él, acercándome a la comida que ahora estaba frente a nosotros en aquel mesón, tomé una papita y la saboreé; sabía delicioso. Eran esos pequeños actos de normalidad los que me permitían olvidarme del caos que existía en nuestras vidas constantemente.

—Huele increíble —murmuré para después acercarme de nuevo a él, rodeando su cintura con mis brazos y apoyando la mejilla en su pecho desnudo. Su corazón latía fuerte—. Gracias.

Zeke soltó el trapo de cocina y me rodeó con sus brazos, atrapándome contra él. Enterró la cara en mi cuello, respirando profundo, como si hubiera estado aguantando el aire durante días.

—Fui un idiota, Annie —susurró contra mi piel; era la primera vez desde mi llegada a Aurora Bay que me sentía que él realmente era sincero—. Tenía miedo. Miedo de fallarte, de fallarles a todos. Y verte ahí, resolviendo lo que yo no pude… me sentí pequeño.

—No eres pequeño, Zeke —le respondí, levantando la cara para mirarlo. Sus ojos azules estaban oscuros, llenos de arrepentimiento, de incertidumbre, pero sobre todo de sinceridad—. Eres el hombre que construyó todo esto; mira a tu alrededor, tú ayudaste a construir una ciudad, nuestro lugar soñado.

Comimos allí mismo, de pie en la cocina, compartiendo el plato entre risas suaves y miradas que se volvían cada vez más pesadas. La tensión de los últimos días, el miedo al Consejo, los celos, todo se estaba transformando en otra cosa.

Cuando terminamos de comer, vi cómo Zeke dejó el tenedor sobre la mesa y me miró. No dijo nada, pero la pregunta estaba ahí. Me tomó por la cintura y me subió a la isla de mármol de un solo movimiento, separando mis piernas con su cuerpo.

—Te extrañé —susurro; sus ojos recorrían mi cara, primero los ojos, para después detenerse en mis labios.

No preguntó, no pidió permiso, solo me besó; no fue un beso suave. Fue un reclamo. Fue Zeke, recordándome y recordándose a sí mismo quiénes éramos. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una urgencia posesiva, deshaciendo el nudo de mi bata como si fuera un obstáculo insoportable.

Hicimos el amor en la cocina, con la desesperación de dos personas que empezaban a reconocerse, luego de tanto tiempo. Los movimientos de Zeke eran intensos, primitivos; me sujetó de las caderas, acercándome a él con fuerza, clavando sus dedos en mi piel; de vez en vez buscaba mis ojos, esa mirada que preguntaba sin hablar: “¿Estás ahí? ¿Sientes lo mismo que yo?” Necesitaba una confirmación de que si parpadeaba, yo no desaparecería o me convertiría en humo.

—Eres mía, Annie —jadeó en mi oído, mordiendo suavemente el lóbulo—. Eres mía.

—Eres mío, Zeke —le respondí, arañando su espalda, dejándome llevar por esa marea de testosterona, pasión y amor. En ese momento, no había dudas, no había Kaia, no había filtros. Solo éramos nosotros, reconquistándonos centímetro a centímetro.

En ese momento éramos nuestros; éramos uno solo; le pertenecíamos al otro, pero también nos pertenecíamos a nosotros mismos.

Horas después, la atmósfera había cambiado. La urgencia había dado paso a una calma eléctrica. Teníamos que ir a la celebración en la playa. Era nuestra noche.

Me paré frente al espejo de cuerpo entero. Había elegido un vestido que guardaba para una ocasión especial, uno que nunca me había atrevido a usar en Villa Cristal. Era de una tela que simulaba estar mojada, y que se ceñía al cuerpo perfectamente; era de color azul profundo que imitaba el mar. El vestido se completaba con un escote en la espalda que bajaba peligrosamente hasta la curva de mi cintura y una abertura en la pierna que gritaba poder, pero también sensualidad pura.

Me estaba terminando de poner los pendientes cuando vi a Zeke en el reflejo. Ya estaba listo, con su traje elegante, pero sin camisa debajo del blazer que usaba; era intencional, relajado, perfecto para la playa.

Se quedó paralizado en la puerta del baño, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, deteniéndose en la curva de mi espalda, en la caída de la tela sobre mis caderas. Vi cómo tragaba saliva, cómo sus pupilas se dilataban.

—Dios santo, Annie… —murmuró, entrando despacio en la habitación, como si se acercara a un animal peligroso.

Se colocó detrás de mí, sus manos grandes y calientes posándose sobre mis hombros desnudos, bajando lentamente por mis brazos. El contraste de su piel contra la tela suave del vestido era embriagador; sentí un escalofrío recorriendo mi piel.

—¿Es demasiado? —pregunté, coqueta, inclinando la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro.

Zeke me miró a través del espejo, nuestras miradas encontrándose de una forma peligrosa. Su expresión era una mezcla de deseo y una incertidumbre repentina que no supe descifrar.

—Es perfecto. Tú eres perfecta —dijo, y su voz sonó ronca—. Estás… estás a otro nivel, Annie. Brillas tanto que me da miedo tocarte.

Me giré entre sus brazos para quedar frente a él, pasando mis manos por las solapas de su chaqueta.

—No digas tonterías. Tú eres el que me ayuda a brillar.

Zeke negó con la cabeza; ahora miraba al piso. Odiaba cuando hacía eso; era como si dudara de él mismo y de mi amor por él.

—No te merezco, Annie —susurró contra mi frente, con una honestidad que me heló la sangre—. Mírate. Eres una reina. Y yo soy solo el tipo que intenta sostener una ciudad que en cualquier momento puede caer.

—Zeke…

—No —me cortó, besándome con fuerza, un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo—. Vamos a esa fiesta. Después hablamos de esto, ¿sí?

—Te amo y te veo, no me importa quién eres o qué haces, yo te amo —dije antes de separarme de él para salir a la fiesta—. Necesitaba que cualquier duda en esa cabeza terca pudiera tener esa respuesta.

Me tomó de la mano, entrelazando nuestros dedos con fuerza, casi hasta hacerme daño. Salimos de la casa así, con él caminando medio paso delante de mí, abriéndome camino. No era solo mi esposo esa noche; era mi guardián que estaba aterrorizado en el fondo de que algún día alguien se diera cuenta de que el tesoro era demasiado grande para sus manos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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