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Nosotros en las estrellas - Capítulo 83

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Capítulo 83: 82 – Monster

Canción sugerida: Monster – Shawn Mendes

Zeke

Durante el camino, conduje con una mano en el volante y la otra clavada en el muslo de Annie. Era como un anclaje; necesitaba confirmar que ella seguía ahí, que no se había desvanecido, que era real.

La miré de reojo. La luz de las lunas de Percevalis que se colaba por la ventana iluminaba el perfil de su cuello, la caída de su cabello, lo perfecto que se veía ese vestido en ella, la abertura indecente de esa falda que dejaba ver más pierna de la que mi cordura podía soportar. Se veía irreal.

—Zeke, vas a romperme la circulación —murmuró ella sacándome de mis pensamientos; no apartó mi mano. De hecho, vi una pequeña sonrisa en sus labios. Le gustaba, le gustaba ese intercambio entre nosotros.

—No te quejabas hace una hora en la cocina —respondí, con la voz ronca. Apreté un poco más, deslizando el pulgar hacia la cara interna de su muslo, solo para verla tragar saliva. —Estás preciosa, Annie. Jodidamente preciosa. Y todo el mundo va a mirarte esta noche.

—Que miren —dijo ella, girándose para clavarme esos ojos que parecían leer mis pecados—. Yo solo te veo a ti.

Quise creerle. Juro que quise. Pero mi cerebro no dejaba de calcular las probabilidades. ¿Cuántos hombres no existían afuera mejores que yo? Porque yo, entre tantos, merecía que Annie me viera, que estuviera a mi lado. Logré apartar esos pensamientos en cuanto vi esa sonrisa, esa que solo me permitía ver a mí. Sus palabras aún rebotaban en mi cabeza: “Te amo y te veo, Zeke”; era todo lo que necesitaba en ese momento.

Llegamos a la playa; era Aurora Bay en estado puro. Había música retumbando contra las olas y luces bioluminiscentes colgando de las palmeras. El aire olía a sal, alcohol y sudor.

Bajé del coche y rodeé el vehículo para abrirle la puerta antes de que ella pudiera tocar la manija. Cuando bajó, el vestido se abrió, revelando esa pierna interminable. Sentí una corriente eléctrica que recorría todo mi cuerpo. “Qué suertudo soy”, pensé al darle mi mano para que pudiera bajar del auto.

Mientras caminábamos, le pasé el brazo por la cintura, pegándola a mi costado con fuerza.

—No te separes de mí —le susurré al oído, sonando más a súplica que a una orden.

Mientras caminábamos, la gente se apartaba para dejarnos pasar, saludándonos. “¡El equipo del agua!”, gritaban. “¡Gracias, Líder Kavan!”. “¡Gracias, Consejera!”. Yo solo asentía y seguía caminando a su lado; lograba ver la emoción de Annie de estar allí, no para mandar, sino para disfrutar de la noche.

Vi a Abby y a Matt a lo lejos mientras pasábamos entre la gente; estaban sentados cerca de la barra principal. Abby, con su barriga inmensa, estaba en un taburete alto, riéndose a carcajadas de algo que Matt le decía al oído. Se veían… fáciles. Sin complicaciones. Matt la miraba como si ella fuera el único punto de gravedad en el universo, y Abby se dejaba querer, segura, tranquila.

Sentí una punzada de envidia tan aguda que tuve que tomar un trago largo de la bebida que alguien me puso en la mano a la entrada. ¿Por qué nosotros no podíamos ser así? ¿Por qué con Annie siempre sentía que estaba caminando sobre un campo minado?

—Voy por algo de beber, esto está muy fuerte —me dijo Annie, señalando mi vaso—. ¿Quieres algo?

—Voy contigo.

—Zeke, relájate —me detuvo, poniendo una mano en mi pecho—. Estás tenso, no voy a desaparecer. Quédate aquí, ve y habla con Matt. Vuelvo en dos minutos. Te amo, guapo.

Me dio un beso rápido en la comisura de los labios y se alejó. Me quedé ahí, viéndola ondear entre la gente, mientras se me escapaba una sonrisa de los labios. ¿Cómo podía decir algo tan serio y sonar como si fuera un juego? Me quedé viendo cómo las cabezas se giraban a su paso. Maldita sea, brillaba. En medio de la oscuridad de la playa, ella era un faro.

—Hacen una pareja… impactante.

La voz llegó desde mi derecha. No necesité girarme para saber quién era. Kaia.

Se apoyó en la mesa que estaba cerca de mí; venía con una bebida en la mano; su voz la delataba; ya había tomado más de lo que podía recordar. Llevaba ropa funcional y ligera. Me miró con esa mezcla de lástima y complicidad; sabía que estaba allí para tirar esos comentarios de veneno que cada vez escuchaba más recurrentemente de su boca.

—¿Qué quieres, Kaia? —gruñí, sin dejar de mirar la espalda de Annie a lo lejos.

—Nada, jefe. Solo felicitarte —dio un sorbo a su trago—. El sistema funciona de maravilla. La presión es estable. Aunque… admito que me sorprende que dejaras que ellos tomaran el crédito.

—Fue un trabajo de equipo.

—Claro —Kaia soltó una risa seca—. Pero seamos honestos, Zeke. Tú hiciste que esa fantasía biológica no explotara. Tú eres el que mantiene esto en pie.

Se acercó un poco más. Olía a refrigerante y a un perfume barato, uno que jamás vendría de Annie.

—Ella se ve increíble esta noche —siguió Kaia, siguiendo mi mirada hacia Annie, que ahora se reía con un grupo de colonos—. Parece una reina. Una reina de verdad.

—Lo es.

—Exacto —Kaia clavó el aguijón—. Y ese es el problema, ¿no? Las reinas necesitan reyes, Zeke. O al menos, que hablen su idioma. Vi cómo interactuaba con Dorian hoy. Tienen esa… conexión. Esa forma de hablar sin decir nada. —Hizo una pausa que puso el ambiente incómodo acercándose a mí. —De ese tipo de conexión que tenemos tú y yo cuando hablamos de trabajo.

Sentí que los músculos de la espalda se me anudaban. Quería decirle que se callara, que se largara, pero las palabras se me atascaron porque una parte oscura de mi cerebro, esa parte insegura que odiaba, sabía que tenía razón.

—Dorian es un aliado, nada más —dije, pero sonó débil.

—Por ahora —susurró Kaia, inclinándose hacia mí como si compartiera un secreto de estado—. Pero seamos realistas, Zeke. Tarde o temprano, va a querer a alguien que esté a su nivel. Alguien que no la haga sentir que tiene que bajar al barro.

Apreté el vaso con tanta fuerza que temí romperlo.

—Cierra la boca, Kaia.

—Solo digo lo que veo, Zeke. Tú encajas aquí, conmigo, con Matt, con el ruido. Ella… ella está de visita.

En ese momento, Annie se giró y nos vio. Su sonrisa vaciló un milisegundo antes de recomponerse. Caminó hacia nosotros con paso firme, y Kaia se separó de mí con una lentitud calculada, sonriendo; sabía que Annie odiaba que estuviera cerca de mí.

—Aquí tienes. —Annie me tendió una botella de agua, pero sus ojos estaban fijos en Kaia—. Hola, Kaia. No sabía que estabas aquí.

—No me perdería la fiesta del siglo, Consejera —respondió Kaia, con un tono que parecía casi que inocente—. Solo estaba felicitando a Zeke. Hizo un trabajo increíble hoy. Bonita noche.

Kaia se alejó entre la gente de la fiesta; vi cómo la cara de Annie, que al llegar era alegría, se había transformado en algo más, enojo, quizá celos.

—¿De qué estaban hablando? —preguntó analizando una situación.

—De nada —mentí. Fue automático. No podía decirle la verdad. No podía decirle: “Estábamos hablando de cómo soy un fraude y de cómo tú eres demasiado para mí” —Trabajo. Me estaba preguntando sobre los ciclos de mantenimiento del filtro para mañana.

Annie arqueó una ceja.

—¿Trabajo? —¿Con la música a este volumen y ella inclinada sobre ti como si quisiera susurrarte los secretos del universo? —Aclaro su voz, sonaba distante. —Eso era todo menos “trabajo”, no soy tonta, Zeke.

—Es Kaia, Annie. Siempre habla así. No empieces —dije, cortante. Bebí del agua para no tener que mirarla.

El resto de la noche fue una farsa. Bailamos, sí. Bebimos, sí. Pero el ambiente entre nosotros era diferente; sentía que se me escapaba, que Kaia había abierto una grieta en mi seguridad y ahora todo se estaba filtrando.

El camino a casa fue silencioso. El aire dentro del coche estaba cargado de electricidad estática. Yo conducía rápido, demasiado rápido, queriendo llegar, queriendo escapar, queriendo… En realidad no sé qué quería.

—Está interesada en ti, ¿sabes? —dijo Annie de repente, rompiendo el silencio. Miraba por la ventana.

Suspiré, golpeando el volante.

—Annie, por favor. No, otra vez.

—No soy estúpida, Zeke. Vi cómo te miraba. Vi cómo se te acercaba. Y tú no hiciste nada para alejarla. Te quedaste ahí escuchándola.

Frené el coche frente a la casa con un movimiento brusco, apagando el motor. Me giré hacia ella, y toda la inseguridad de la noche, todo el veneno de Kaia, salió disparado en la dirección equivocada.

—¿Yo no hice nada? —solté una risa amarga—. Kaia solo trabaja conmigo, Annie; yo sé diferenciar las cosas. A diferencia de otros.

Annie se giró, ofendida.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que yo no traigo a mis exnovios a mi lugar de trabajo para que me salven el culo, Annie —escupí las palabras antes de poder filtrarlas. El nombre de Dorian flotaba entre nosotros como una bomba. —”Oh, Dorian, firma esto”. “Oh, Dorian, gracias por entender mi audacia”. Vi cómo lo mirabas hoy. Como si fuera el único que te entiende.

—¡Dorian es un compañero de trabajo y un muy buen amigo! Entre nosotros nunca pasó nada, no es mi “ex-novio”. —Ella ya no hablaba, ahora gritaba. —¡Y me estaba ayudando a salvar la ciudad que tú construiste!

—¡Exacto! —grité de vuelta, golpeando el tablero—. ¡Yo no podía! ¡El médico que ahora es líder no podía! ¡Necesitabas al príncipe de Villa Cristal para que te validara! Kaia tenía razón. Tú eres una reina y yo solo soy el peón de tu juego.

Annie me miró, y su expresión pasó de la rabia a la incredulidad, y luego a algo más frío. Dolor.

—Eres un idiota, Zeke Kavan. Si eso es lo que piensas de mí… si crees que soy tan superficial como para cambiarte por un título… entonces no me conoces en absoluto. Y Kaia… Kaia solo te está diciendo lo que tu inseguridad quiere escuchar.

Abrió la puerta y bajó del coche, azotando la puerta detrás de ella.

Me quedé ahí, solo en la oscuridad, golpeando el volante una y otra vez hasta que me dolieron los nudillos. Maldita sea. Maldita sea, Kaia. Maldito Dorian. Y maldito yo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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