Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Nosotros en las estrellas - Capítulo 84

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Nosotros en las estrellas
  4. Capítulo 84 - Capítulo 84: 83- Love
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 84: 83- Love

Canción sugerida: Love – Lana Del Rey

Ya no lograba reconocer a Zeke. Había momentos, como en la cocina antes de la fiesta, en los que me miraba como si yo fuera el aire que necesitaba para respirar; esa mirada que me hacía sentirme bien a su lado me hacía sentir la mujer más amada del universo. Pero luego, de un momento a otro, se transformaba en ese extraño que escupía palabras llenas de veneno, que no le importaba lastimar a las personas, diciéndome que me importaba más un título diplomático o un apellido que el amor que habíamos construido.

Estaba acostada de espaldas a él, mirando la pared de nuestra habitación, intentando que mi respiración no delatara el llanto silencioso que me sacudía el cuerpo y recorría mis mejillas, empapando la funda de la almohada.

A veces con Zeke volvía a ser una niña pequeña que no tiene barreras o muros; confiaba en él para cuidarme, pensaba que con él podía ser yo misma, pero estando ahí, acostada en esa cama, me sentí ridícula por permitirlo, por llorar. Porque dolía. Dolía porque sus palabras no eran solo insultos; eran sus miedos gritando, y yo no sabía cómo callarlos.

Luego de algunos minutos, escuché cómo la puerta de la habitación se abría y cerraba; subí la cobija más hacia mi cara, no que Zeke me viera vulnerable, no después de lo que me dijo.

Luego de unos minutos sentí cómo su peso movía el colchón, para luego sentir el peso de su mano en mi hombro; se la aparté de un manotazo, no lo quería cerca.

—Annie… —susurró. Su voz sonaba rota, lejos de la furia del jeep.

No respondí. Fingí estar dormida, cerré mis ojos e intenté que no salieran más lágrimas de mis ojos.

Luego de unos minutos sentí que se acostaba a mi lado. Pasó alrededor de una hora; empezaba a ganarme el sueño, pero luego sentí su mano posarse con duda sobre mi hombro. Al ver que no lo rechazaba de un manotazo, deslizó el brazo alrededor de mi cintura y me atrajo hacia él hasta que mi espalda chocó contra su pecho. Estaba caliente, sólido. Enterró la cara en mi cuello, y sentí la humedad de su respiración entrecortada.

—Lo siento… —murmuró contra mi piel, y sonó como una confesión—. Soy un imbécil. No quise decir nada de eso. Sé quién eres. Sé que me amas.

—Entonces, ¿por qué me lastimas así, Zeke? —susurré, sin poder contener más el temblor de mi voz. —Ya no te reconozco, ya no eres el mismo. Ahora dices cosas que duelen.

Él me apretó más fuerte, como si quisiera fundirse conmigo.

—Porque tengo miedo, Annie. Tú también cambiaste, eres diferente, más independiente. Tú ya no eres la chica asustada de la nave que necesitaba que la salvaran. Eres… eres enorme. Y yo… yo siento que ya no soy el Zeke que puede solucionarlo todo. Siento que me quedo atrás mientras tú vuelas.

Me giré entre sus brazos para quedar frente a él en la oscuridad. Acaricié su rostro, sintiendo la barba de un día bajo mis dedos.

—No necesito que lo soluciones todo, Zeke. Solo necesito que estés conmigo mientras lo solucionamos juntos.

Él asintió, besando la palma de mi mano con una devoción que me partió el alma. Nos dormimos así, abrazados, con las piernas entrelazadas, intentando cerrar la grieta con el calor de nuestros cuerpos.

Incluso en el silencio, sabíamos que era muy difícil unir las partes que se habían roto; los dos sentíamos que cada vez nos alejábamos más, que nos conocíamos menos y que nos extrañábamos cada día. Incluso cuando sabía que lo necesitaba, y no era una desesperación para que me salvara, sino porque él hacía de mi vida un lugar más feliz, esperaba que para él también fuera ese lugar seguro del que nunca se fuera.

A la mañana siguiente, me desperté con el olor a café y el sonido del mar. Zeke ya se había levantado. Estaba sentado en el borde de la cama, mirándome con una taza en la mano y una expresión que no le veía hacía semanas.

—Hoy no voy a trabajar —anunció cuando vio que abrí los ojos—. Le dije a Kaia que se encargue. Quiero recuperar el tiempo perdido. Contigo. Quiero recuperarnos.

Él ya tenía todo planeado. Me levanté y comí el desayuno que me había preparado, me alisté y empaqué algunas cosas en la maleta; él tenía todo planeado. Vi cómo subía al carro una cesta con comida que de seguro había preparado él mismo.

—¿Lista, princesa? —dijo haciendo una reverencia como si se tratara de uno de esos cuentos de princesas que solían contar en la tierra a los niños.

Tomó mi mano y me ayudó a subir al carro. -—Voy a hacer que te enamores de mí, que veas que merezco ser parte de tu vida, que te amo.

—No necesitas demostrarme que me amas —dije dejándome llevar por sus palabras—. Tú eres suficiente para mí, yo te amo, por quien eres.

Subí al coche y condujo todo el camino, hasta un punto de la bahía donde nunca había estado; era perfecto y solitario. Era una cueva escondida; estaba lejos de las casas o las personas y de las miradas curiosas.

Éramos solamente nosotros, una manta y una canasta con frutas y vino sintético. El sol de Percevalis calentaba la arena blanca, y el agua brillaba con ese tono turquesa que ahora sabíamos que era puro gracias a nosotros.

Me quité el vestido que tenía sobre el bikini negro; sabía que era su debilidad. Era diminuto, apenas unas tiras que sostenían lo esencial. Vi cómo los ojos de Zeke se oscurecían al instante, recorriendo mi cuerpo con ese hambre que conocía tan bien. Se le tensó la mandíbula y dejó caer la botella de agua que sostenía en la arena.

—Vas a matarme, Baldwin —gruñó, acercándose con la intención clara de no dejarme llegar al agua.

Me reí, esquivando su abrazo con un movimiento rápido y corriendo hacia el mar.

—Atrápame si puedes, Kavan.

Jugamos en el agua como niños, salpicándonos, riéndonos hasta que nos dolió el estómago. Pero cada vez que él intentaba ponerse serio, cada vez que sus manos buscaban más allá de la cintura o sus besos se volvían profundos y exigentes, yo me apartaba con una sonrisa coqueta pero firme.

—Hoy solo sol y arena, Kavan —le decía, dándole un beso casto en la nariz y alejándome para tumbarme en la toalla—. Estás castigado, no mereces más.

Vi la frustración en su cara, esa mezcla de deseo y confusión. Quería que me deseara, sí, pero también quería que recordara que no estaba allí solo para complacerlo cuando él decidiera dejar de estar enojado; no podíamos dejar que nuestra relación se convirtiera solo en algo físico.

Más tarde, mientras comíamos uvas bajo la sombrilla, el ambiente se volvió más serio. Zeke me miraba, jugando con un mechón de mi pelo mojado.

—Annie… sobre Dorian —empezó, con la voz tensa.

Suspiré, dejando la uva que iba a comer. Me senté y lo miré a los ojos, decidida a terminar con este fantasma de una vez por todas.

—Zeke, escúchame bien porque no lo voy a repetir —le dije, tomando su mano entre las mías—. Dorian es un amigo. Un aliado político. Nada más. Jamás ha pasado nada entre nosotros, ni una mirada, ni un roce indebido. Y nunca pasará.

—Es que él… él entiende lo que tu eres —murmuró Zeke, bajando la mirada a nuestras manos unidas.

—No, el único que sabe bien quién soy eres tú; nos conocemos desde hace muchos años, hemos vivido situaciones parecidas en la vida, Zeke —le levanté la barbilla para que me mirara—. Ocho meses no borran lo que he sido durante veintiún años, amor; Villa Cristal fue mi cárcel. Tú fuiste mi libertad. Mi vida está aquí, contigo, en esa casa desordenada pero perfecta que amo tanto. Quiero al hombre que cocina para mí cuando estoy triste y que construye un futuro con sus propias manos. Ese eres tú. Siempre has sido tú, Zeke Kavan.

Vi cómo la duda se disolvía lentamente; quizá por primera vez me escuchaba sin intentar que lo obedeciera. Se inclinó y me besó, esta vez con ternura, sin la desesperación de buscar algo más; fue un beso de reencuentro, de promesa.

—Te amo, Annie —susurró contra mis labios—. Prometo intentar no ser un idiota inseguro tan seguido.

—Más te vale —bromeé, acariciando su nuca—. Porque la próxima vez que dudes de mí, el castigo no será solo dejarte con las ganas en la playa.

Él soltó una carcajada genuina, ese sonido grave que me hacía vibrar por dentro.

Justo en ese momento, mi intercomunicador, que había dejado olvidado en el bolso, empezó a pitar con el tono de emergencia médica. Lo saqué corriendo. Era un mensaje de voz de Matt, gritando sobre el ruido de fondo.

—¡Annie! ¡Zeke! ¡Es Abby! ¡El bebé viene! ¡Es ahora!

Nuestras miradas se encontraron al escuchar las palabras; había algo más que nosotros esperando por conocerlos.

—Vamos —dijo Zeke, poniéndose de pie de un salto y tendiéndome la mano.

Corrimos hacia el auto, dejando atrás la playa, el vino y los problemas que nos habían perseguido desde mi llegada a ese lugar y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que corríamos en la misma dirección.​

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo