Nosotros en las estrellas - Capítulo 85
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Capítulo 85: 84 – I Was Easier to Love Then
Canción sugerida: I Was Easier to Love Then – Teddy Swims
ZEKE
Llegamos al centro médico en menos de veinte minutos, en lo que normalmente un viaje desde la costa me tomaría media hora. Durante el camino, ninguno de los dos habló; solo respirábamos la incertidumbre de que Abby y Emilia estuvieran bien.
Al llegar, no sé cómo lo hice, pero el carro quedó estacionado de un solo golpe, levantando una nube de polvo dorado en cuanto el carro se detuvo derrapando. Desabroché mi cinturón y salí de un salto del asiento sin apagar el motor. Annie venía detrás, luchando con las tiras de su vestido. No entendía cómo siempre se veía radiante, incluso con la sal y arena que aún quedaba en su cabello.
Ante los ojos curiosos de las personas del hospital, parecíamos dos náufragos felices que acababan de llegar a la civilización, no el líder de la comunidad y la consejera.
Entramos corriendo. Matt estaba en la sala de espera, caminando en círculos. Estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una mezcla de terror y euforia.
—¡Matt! —gritó Annie, corriendo a abrazarlo.
Podía ver la emoción en su cara; era como si ella misma fuera la persona que fuera a dar a luz. La había visto emocionarse miles de veces, pero nunca la había visto tan feliz. En ese momento, los problemas, el caos, el miedo era lo que menos existía, no para ese cuerpo que abrazaba a su hermano.
—¡Ya empezó! —dijo Matt, con la voz temblorosa—. Las contracciones son fuertes. Chris está adentro con ella. Dicen que todo va perfecto, pero… Dios, estoy asustado.
—Tranquilo, hermano —le puse una mano en el hombro, apretando fuerte, intentando liberar la tensión que guardábamos todos los que estábamos en esa sala de espera—. Chris sabe lo que hace. Y Abby es una guerrera. Va a estar bien. Todos van a estar bien.
Las puertas dobles se abrieron justo en ese momento; debió ser rápido, pero para mí todo iba en cámara lenta. Chris salió de la sala de cirugía; parecía que era momento de que nuestra primera bebé naciera.
—Matt, es hora —dijo Chris—. Abby quiere que entres, dice que te necesita allí cuando Emilia nazca.
Vi cómo Matthew tragó saliva antes de dar cualquier paso. Caminó hacia donde estaba Chris, mi hermano menor; aquel hombre, al que pareciera que nada le afectaba ni le quitaba la calma, en parte agradecía porque sabía que Abby no podía estar en mejores manos; nadie la cuidaría tanto como nosotros mismos. Cuando Matthew llegó a las puertas, entraron uno tras otro, desapareciendo cuando estas se cerraron detrás de ellos.
Nos quedamos solos en el pasillo; éramos solo Annie y yo, en un espacio limpio, lleno de luz natural que entraba por los tragaluces. Me senté en una de las sillas, sintiendo la arena de la playa rozándome la piel. Annie se sentó a mi lado, vibrando de emoción.
—Va a ser tía… voy a ser tía… —murmuraba, apretándome la mano—. ¿Te imaginas, Zeke? Una vida nacida aquí. Sin recuerdos de la Tierra, sin el miedo del viaje. Pura Percevalis. Es… es el comienzo de todo, nuestra familia.
La miré. Sus ojos reflejaban la luz del pasillo con una esperanza tan limpia que me dolió. Habíamos hablado miles de veces de cómo queríamos nuestra vida; imaginamos una casa cerca del mar, un amor indestructible y una familia con la que compartir la vida, pero cuando las cosas empezaban a construirse una tras otra, la incertidumbre de aquel sueño perfecto empezaba a tambalearse, no porque no la amara, sino porque no sabía si esa aún era la vida que quería.
—Sí… el comienzo —repetí, forzando una sonrisa.
Para ella, Percevalis era el jardín del Edén. Para mí, seguía siendo un terreno salvaje que teníamos que domar cada día para que no nos comiera. Veía la belleza, sí, pero también veía la fragilidad de todo lo que habíamos construido. Porque todo era tan nuevo que la incertidumbre aún seguía ahí; un fallo en los filtros, una plaga en los cultivos, y este paraíso podía volverse hostil porque aún no lo conocíamos del todo.
—¿Zeke? —Annie me tocó la cara—. ¿Estás bien? Estás pálido.
—Solo son los nervios. Es mi hermana —mentí. No podía decirle: “Estoy aterrorizado porque acabas de decir que esto es el comienzo y yo sigo sintiendo que estoy improvisando”.
—Va a salir bien, Emmy va a nacer, va a estar sana, Abby y Matt estarán increíblemente felices —me aseguró ella, recostándose en mi hombro—. Y después… quién sabe. Quizás Emilia necesite compañía pronto. Un primo, una prima, quizá… ¿Te imaginas una casa llena de niños corriendo por la playa…? Me encanta cómo suena, ¿no?
El comentario fue suave, no me pedía que fuera ya, pero no sabía si para mí eso sería algún día; lo había pensado, pero entre más pasaba el tiempo, me daba cuenta de que ese tipo de responsabilidades me daban mucho miedo. Annie hablaba de futuro con una certeza que yo no tenía. Me solté de su mano con suavidad, fingiendo buscar algo en mi bolsillo.
—No corras tanto, Annie —dije, tratando de sonar bromista, pero mi voz salió tensa—. Primero dejemos que Matt sobreviva a los pañales —la rodeé con mi brazo—. Tú ahorita estás haciendo un muy buen trabajo con las leyes, y yo estoy intentando crear de Aurora Bay un lugar feliz…
Annie me miró un segundo, captando la evasiva, pero decidió no presionar; no era nuestro momento para peleas o desacuerdos, no podíamos hacerle eso a Abby.
Pero fue peor, porque pude ver en su cara cómo se desdibujaba esa ilusión de un futuro bebé entre nosotros pronto. No dijo nada, no se alejó, simplemente se quedó callada, mirando la puerta, y yo me quedé mirando mis botas, sintiendo que no estaba a la altura de su sueño.
Las siguientes horas pasaron lento; no recibíamos noticias, ni actualizaciones. Esporádicamente escuchaba gritos de Abby que me aterraban cada vez más, que me alejaban de aquel sueño que empezaba a no compartir con Annie; no podía.
La espera, el sufrimiento o la incertidumbre eran como pasos que daba lentamente, alejándome de esa futura realidad.
Finalmente, y luego de lo que pareció una eternidad, un llanto. Fuerte y claro, llenó todo el lugar. Annie se levantó en cuanto el sonido llenó el lugar; las lágrimas empezaron a correr por su cara. Me levanté porque necesitaba esa ancla que me recordaba que aún seguía ahí, que seguíamos estando en el mismo lugar.
La puerta se abrió y Chris salió, sonriendo de oreja a oreja.
—Es una niña —anunció—. Emilia. Está perfecta. Grande, fuerte. Pesó casi cuatro kilos. Pueden pasar.
Entramos. La habitación estaba bañada por la luz dorada de la tarde entrando por el ventanal; llegaba justo a la cama en donde Abby descansaba, pero resplandeciente, mientras que Matt estaba sentado a su lado, llorando de felicidad mientras sostenía un bulto rosado.
—Miren quién llegó… —susurró Abby.
Annie se acercó con reverencia, como si entrara a un templo. Saludó primero a Abby, asegurándose de que ella estuviera bien, que no estuviera en dolor, para después caminar cerca de Matthew. Vi cómo la contempló por un segundo; no pude ocultar la sonrisa que se empezaba a dibujar en mi cara al verla tan feliz.
—Hola, preciosa… —dijo, acariciando la manita de la bebé—. ¿Puedo?
La mirada entre ellos dos se quedó fijada por unos minutos; en la de Matt, una petición: “Ten cuidado”; en la de Annie, una promesa: “La voy a cuidar”. Lo vi dudar unos segundos, pero terminó pasándosela. Annie sostuvo a Emilia con una naturalidad que me dejó sin aire. La acunó, le susurró cosas dulces. La imagen era perfecta. Demasiado perfecta. Annie, con su piel bronceada, su pelo revuelto y esa vida nueva en brazos. Se veía madre. Se veía lista.
—Zeke, ven —me llamó, con los ojos llenos de lágrimas—. Ven a cargarla.
Me acerqué despacio. Miré a la niña. Era hermosa. Perfecta. Una vida nueva, sin mancha, sin miedo y tan frágil, que parecía que con solo verla se podía quebrar.
—Cárgala —me instó Annie, extendiéndome los brazos.
—No, yo… estoy sucio, tengo arena… —balbuceé.
—Zeke, no seas tonto —se rió Abby—. Eres su tío. Cárgala.
No tuve opción. Annie depositó a Emilia en mis brazos, ajustando mi agarre para que la bebe se sintiera segura; Emilia era cálida y sólida. Olía a vida, a algo nuevo. La bebé abrió los ojos, quedaron fijos en mí; me reconocía quizá, olía mi miedo de pronto. Ella era demasiado valiosa.
¿Cómo voy a garantizarte un futuro perfecto?, pensé. ¿Cómo voy a protegerte de todo lo que puede salir mal? Mi mente iba a mil, que me desconecté de la realidad; nos habíamos convertido solo en nosotros dos en ese segundo, Emilia y Zeke.
—Te queda bien —dijo Annie suavemente, rodeándome la cintura y mirando a la bebé con adoración—. Te ves muy bien así, papá oso.
La palabra “papá” me hizo tensarme. Annie veía un futuro brillante. Yo veía una responsabilidad aplastante para la que no me sentía preparado.
—Es… es increíble —dije, con la voz ronca, devolviéndosela a Matt con más prisa de la necesaria—. Pero me da miedo romperla. Es muy pequeña.
—Es más fuerte de lo que crees, Zeke —dijo Matt, besando la frente de su hija—. Como todos nosotros.
Asentí, retrocediendo hacia la puerta. Necesitaba aire. Necesitaba salir de esa burbuja de perfección antes de que mi ansiedad la pinchara.
—Voy a… voy a buscar agua para Abby —dije, saliendo al pasillo.
Me apoyé contra la pared, respirando hondo. El sol de Percevalis entraba por la ventana, hermoso, prometedor. Pero yo me sentía indigno de él. Annie estaba lista para llenar este mundo de vida. Yo todavía sentía que estaba sobreviviendo al aterrizaje.
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