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Nosotros en las estrellas - Capítulo 86

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Capítulo 86: 85 – Pretty Please

Ya de vuelta a la casa, debía alistarme para mi primera visita de vuelta a Villa Cristal. La maleta estaba abierta sobre la cama, a medio llenar. No era un viaje largo, solo tres días para la sesión de cierre trimestral y las primeras votaciones primarias para la presidencia del Consejo.

Pero al ver la ropa doblada, sentí que me estaba preparando para interpretar un papel que ya me quedaba pequeño. No me gustaba actuar en un circo de personas sin sentimientos, aquellos que solo veían las leyes y no más allá de eso.

Zeke estaba en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa postura rígida que adoptaba cuando algo le molestaba, pero su orgullo le impedía decirlo. Llevaba el uniforme de trabajo a medio abrochar, dejando ver el inicio de su pecho, y el pelo todavía húmedo de la ducha.

—No tienes que ir —dijo, rompiendo el silencio denso de la habitación—. Puedes conectarte por holograma como siempre. Dorian puede manejar la sala. Él vive para eso.

Suspiré, doblando una camisa blanca con cuidado para no arrugarla.

—Está en el acuerdo, Zeke. Debo asistir presencialmente al menos una vez al trimestre para mantener mi puesto en el consejo y poder defendernos de cualquier locura que se les ocurra a ellos allá en Villa Cristal. Además, Aurelia me necesita. Las votaciones están muy reñidas y mi presencia física cuenta como doble voto en las mociones de orden. Sabes que esto es importante.

—Aurelia puede cuidarse sola. Ella sabe moverse en ese mundo; es una de ellas. —Hubo una pausa, quizá porque sabía el efecto que tendría en mí lo que iba a decir, pero igual lo dijo—. Y Dorian… bueno, Dorian estará encantado de tenerte allá.

Dejé la camisa en la maleta cerrándola; no podía dejar que eso escalara, no de nuevo, porque parecía que la bola de nieve empezaba a crecer de nuevo. Me giré para mirarlo.

—Zeke, por favor. No empieces con eso. Voy a trabajar. No voy a una fiesta; además, te voy a extrañar mucho.

—Bueno, amor, esa es una buena razón, deberías renunciar —dijo de golpe, entrando en la habitación con paso firme—. Me dijiste la otra noche que lo estabas pensando. Que estabas cansada de pelear con Arthur y con el consejo, que empezabas a sentirte una extraña. Hazlo. Renuncia hoy mismo. Quédate aquí. Conmigo. Con Emilia y Matt.

—Zeke, no ahora mismo, ¿por qué dudas así de mí? Pareciera que me fuera para no volver. —Di unos pasos hacia él, agarrando su cara en mis manos. —Amor, mi vida está aquí a tu lado, voy y vuelvo en unos días, es todo.

Sentí cómo sus brazos rodeaban mi cuerpo mientras que su cara se posaba en el espacio de mi cuello, dejando un pequeño beso allí, antes de subir a mi oído.

—Si te quedas, podemos… podemos empezar a construir ese futuro por el que estabas pidiendo en el hospital el día que Emmy nació —susurró, mordiendo levemente la parte de mi lóbulo detrás de mi oreja.

Su oferta era tentadora, dolorosamente tentadora. Quedarme en la bahía, olvidar la política, ser solo Annie, la tía de Emilia, la esposa de Zeke. Pero había algo en su tono… no era solo amor, era posesión. Era miedo uno que empecé a oler unos días atrás, después de que Emilia había nacido, su distancia, su miedo a un embarazo y el tema de protegernos porque aún no era momento; su cambio era una horrible manipulación.

—Lo estoy pensando, Zeke. De verdad. Pero no puedo dejarlo así, a mitad de una votación crucial. Sería… cobarde. Y además —le acaricié la mejilla, tratando de suavizar la tensión—, si renuncio ahora, Arthur gana. Y tú sabes que odio perder. —Dije dándole un beso en la mejilla. —Además, odio que juegues con mis sueños como si no te importaran; no hables de un futuro que has dejado claro que no quieres todavía.

Zeke me miró; sabía lo que le estaba diciendo, sabía lo que había hecho y lo mucho que me enojaba que jugara con mis anhelos de futuro cuando era obvio que él se empezaba a alejar de ellos. Vi la lucha en sus ojos. Quería pedirme que me quedara, pero sabía que no podía enjaularme sin perderme.

—Al menos así Dorian dejará de tener excusas para llamarte a todas horas —murmuró, desviando la mirada hacia la ventana y soltando su agarre en mí.

Di un paso atrás, creando una distancia entre nosotros, molesta por su insistencia.

—Zeke, basta. —Dorian es mi compañero de trabajo, ¿qué no te queda claro de eso? —dije tomando la maleta y poniéndola en el suelo—. Que quede claro que si renuncio, será por mí, no para calmar tus celos absurdos.

Agarré la maleta y di media vuelta, decidida a salir antes de que se me quebrara la voz o la voluntad. Caminé hacia la puerta con el corazón latiéndome en la garganta, sintiendo su mirada quemándome la espalda.

—Cuando llegue te llamo, Kavan.

—No —la voz de Zeke sonó grave, casi un grito, justo detrás de mí.

Antes de que pudiera girar el pomo, una mano grande se estrelló contra la puerta, cerrándola de golpe y bloqueando mi salida. Zeke me acorraló contra la madera, su cuerpo pegado al mío; no tenía salida.

—Así no te despides de tu esposo, Annie —gruñó cerca de mi oído, su aliento caliente erizándome la piel—. No te vas a ir a Villa Cristal con ese sabor amargo en la boca. No voy a dejar que te vayas pensando en renunciar a nosotros.

—Zeke, tengo prisa… —Intenté protestar, pero mi voz salió débil, traicionada por mi propio cuerpo que respondía a su cercanía como un imán; él era y siempre sería mi debilidad.

—Que te esperen —murmuró, girándome bruscamente para quedar frente a él.

Me besó con una urgencia que rayaba en la desesperación. No fue un beso suave; fue un reclamo. Sus manos se enredaron en mi pelo, inclinando mi cabeza hacia atrás, mientras su boca devoraba la mía como si quisiera consumirme entera, como si quisiera dejar su rastro en cada rincón de mi memoria para que, cuando estuviera a miles de kilómetros de él con Dorian, solo pudiera pensar en él.

Me levantó del suelo sin romper el beso, y yo enrosqué las piernas en su cintura por instinto, olvidando la maleta, el Consejo y la política. Me llevó al sofá más cercano, y allí, entre la ropa a medio poner y las prisas del viaje, nos amamos con una intensidad muda y dolorosa. Era su forma de decir “Tengo miedo a perderte”, y la mía de responder “Siempre vuelvo a ti, solo te veo a ti”.

Cuando finalmente nos separamos, jadeantes y despeinados, él apoyó su frente contra la mía, con los ojos cerrados.

—No te pierdas allá. —Porque te estaré esperando aquí —susurró, y sonó a súplica.

Me arreglé la ropa con manos temblorosas, sintiendo todavía el fantasma de sus manos en mi piel y el ardor de sus besos en mis labios. Agarré la maleta y salí, esta vez sí, pero con el cuerpo vibrando, llevando conmigo la certeza física de que, por mucho que me alejara, una parte de mí se quedaba anclada a ese hombre imposible.

Villa Cristal me recibió con su aire acondicionado perfecto y su silencio que asustaba. Todo estaba limpio, ordenado, casi que perfecto.

Fui directo a la casa de mis padres. Necesitaba ver a mis hermanos antes de sumergirme en la política. La casa estaba extrañamente tranquila, casi vacía. Alexandra estaba en el jardín, sentada en su silla favorita, mirando hacia la nada. Se veía más delgada, más frágil, como si dejara que la cuenta regresiva se la llevara.

—Alexandra… —La saludé, dándole un beso en la frente.

Ella parpadeó, como si regresara de muy lejos, de un lugar donde el tiempo no pasaba.

—Annie… estás aquí. Arthur dijo que vendrías. Estás… bronceada. Muy bronceada. No deberías exponerte tanto al sol, querida. Daña la piel.

Hablamos poco. Su mente parecía flotar en una neblina medicada. Me dolió verla así, apagada, una sombra de la mujer vibrante y controladora que llegué a odiar en un momento.

Subí a ver a Mía y a Lia. Mía se lanzó a mis brazos gritando de alegría, contándome atropelladamente sobre sus lecciones de piano. Lia, que aún parecía estar enojada, se acercó a mí como si el odio y el dolor ya no importaran tanto. Me dio un abrazo fuerte que delataba cuánto me extrañaba, aunque intentara hacerse la dura y criticar mi ropa. Lion apareció después, con las manos manchadas de grasa que intentaba esconder en los bolsillos del pantalón; sabía en qué andaba y me alegraba que tuviera un escape, aunque fuera secreto.

—Te ves diferente, Annie —me dijo Lion, escrutándome—. Te ves… real.

—Es el sol de la bahía —respondí, revolviéndole el pelo—. Deberías venir a visitarnos. A Matt le encantaría mostrarte los motores; están intentando construir algo allá; no entiendo bien de eso, pero sé que te encantará.

—Podemos ir a Aurora Bay pronto.

—Quisiera decirles que sí, perooo… debo hablar con mamá y papá y quizá sea después de votaciones, pero pronto será, lo prometo.

Me fui con la promesa de volver en la noche, poder cenar con ellos, al igual que quedarme en ese lugar por algunos días mientras volvía a Aurora Bay; sin embargo, esa casa ya no era mi hogar; era un museo de recuerdos tristes donde todos fingían estar bien.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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