Nosotros en las estrellas - Capítulo 87
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Capítulo 87: 86 – On My Own
Canción sugerida: On My Own – Ross Lynch
Subí a la que era mi habitación; debía ponerme esa ropa que me hacía parecer robótica, muy ajustada, muy Villa Cristal. Salí y conduje el rover con el que hacía unos tiempos me había ido a Aurora Bay; la ciudad estaba exactamente igual a como la había dejado cuando me fui.
Llegué al Edificio del Consejo justo a tiempo. Seguía siendo imponente por fuera y asfixiador por dentro; el edificio parecía que tuviera vida propia de tanta actividad que había.
Dorian y Aurelia, por su parte, me esperaban en una sala privada; antes de la sesión habíamos acordado hacía unos días que debíamos hablar de las propuestas que se presentarían ese día para las elecciones de Aurelia.
—¡Annie! —Aurelia se levantó de inmediato y me abrazó con fuerza como si por primera vez en el día respirara. Se veía tensa, tenía ojeras que no cubrían ni las varias capas de maquillaje que había usado para verse más profesional—. Gracias por venir. De verdad. Los votos indecisos del sector agrícola necesitan verte para creer en nuestra propuesta de descentralización.
—Estoy aquí para lo que necesiten —dije, dejando mi maleta en un rincón y alisándome la chaqueta.
—Te ves bien, Annie —dijo Dorian, apoyado en el marco de la ventana, impecable como siempre en su traje oscuro—. El aire de mar te sienta bien. Te ves… libre. Algo que aquí escasea.
—No empieces, Norris —bromeé, sacando mi tableta; necesitábamos hablar, saber cómo ganar las elecciones requería una actualización—. Vamos a los números. ¿Cómo vamos con los votos? ¿Qué dicen las estadísticas?
Aurelia activó el proyector central. Un mapa holográfico de las colonias flotó entre nosotros.
—Estamos en un empate técnico con el ala conservadora del consejo. Arthur ha movido fichas en el sector agrícola. Si perdemos el voto de confianza hoy, la presidencia se nos escapa.
—¿El sector agrícola? —Arthur y el consejo habían tenido ciertos roces; ellos pedían más productividad, los agrícolas pedían más recursos e innovación en la maquinaria y el suelo. —¿Con quién podemos hablar? En Aurora Bay estamos desarrollando un abono que maximiza y ayuda a la recuperación de la tierra más rápido; podemos usar eso para que nos apoyen, ¿no?
—Annie, Arthur ya les prometió un milagro, algo que ayudara exactamente a lo que tú planteas; necesitamos algo más —dijo Dorian levantándose de la silla.
El ambiente en la sala se volvió denso. Estábamos analizando las posibles soluciones, revisando datos y asegurando algunos votos que necesitábamos, cuando el zumbido de mi intercomunicador rompió la concentración. Vibraba con insistencia sobre la mesa.
Era una videollamada de Zeke.
Dudé un segundo. Mi mente todavía estaba en la estrategia política, pero el recuerdo de nuestra despedida en el sofá, la urgencia de sus manos y su boca, me golpeó de repente. Una sonrisa involuntaria se me escapó.
—Denme un minuto —les pedí sentándome en la otra esquina de la mesa.
Acepté la llamada y acomodé el dispositivo frente a mí.
—Amor, ¿todo bien en casa? —dije, activando el video, esperando ver su cara relajada.
Pero la pantalla me devolvió una imagen muy distinta. Zeke estaba en el taller, con el uniforme de trabajo manchado de grasa. Se veía cansado, tenso, con el ceño fruncido. El fondo era ruidoso, metálico.
—¿Llegaste? Creo que se te olvidó llamarme, Ann —dijo. No hubo saludo, ni calidez. Su voz sonó seca.
—Amor, se me olvidó llamarte, lo siento. Fui directo a casa de mis padres a ver a Alexandra; está súper enferma… Con todo eso, sí, se me olvidó llamarte. Acabo de llegar al Consejo. Estoy con Aurelia y…
Puse el dispositivo sobre la mesa mientras hablaba para tener las manos libres y buscar el documento del sector agrícola; quería entender por qué de repente ya no nos apoyaban. Al mover el dispositivo, el ángulo de la cámara se abrió y, sin querer, Dorian entró en el encuadre. No es que se lo fuera a esconder, pero sabía que el no decírselo podría ser un problema con él.
La cara de Zeke cambió instantáneamente. La tensión en su mandíbula se tensó por completo, y sus ojos se oscurecieron.
—Ah. Veo que no perdiste el tiempo.
—Zeke, estamos trabajando. Estamos revisando algunos votos, Arthur…
No me dejó terminar antes de empezar a hablar. —Claro. Trabajando. En una sala privada. Con él —su voz goteaba sarcasmo.
—Está Aurelia aquí también, Zeke. No estoy para tus celos ahora.
—¿Celos? ¿Eso crees que es esto? ¿Qué es más importante que tu familia, Annie? —Zeke levantó la voz, desesperado—. Porque aquí en la bahía te necesitamos. Llegó una inspección sorpresa de estudio de suelos; quieren clausurar los nuevos módulos de cultivo. Kaia está allá intentando frenarlos sola, poniendo la cara, y yo… bueno, yo estoy aquí atado de manos intentando entender este lenguaje diplomático que solo tú entiendes. Pero veo que allá estás muy bien acompañada.
Vi, por el rabillo del ojo, cómo Dorian y Aurelia levantaban la cabeza de golpe. Se miraron entre ellos con una intensidad eléctrica, como si acabaran de descubrir el código de una bomba. No entendía por qué ponían tanta atención a mi drama marital, pero seguí hablando con Zeke.
—¿Estudio de suelos? ¿A qué te refieres? El Departamento de Suelos no tiene jurisdicción en desarrollos privados, y menos en lo que cosechamos en la bahía.
Zeke parecía frustrado, tratando de descifrar la jerga burocrática del papel que tenía en la mano.
—No sé, Annie. Aquí dice que están para… “Inspeccionar y auditar los protocolos de crecimiento acelerado debido a reportes de productividad anómala, superior a los estándares de Villa Cristal”.
La frase cayó en la sala como un rayo.
Productividad anómala.
De repente, todo encajó. El “milagro” que Arthur le había prometido al sector agrícola no era una invención suya. Era trabajo de Aurora Bay. Arthur había detectado el éxito de nuestros cultivos y había mandado a confiscar la tecnología bajo la excusa de una inspección para luego presentarla como suya ante el Consejo.
¡Mierda! —exclamé cuando Zeke terminó de leer el documento—. Zeke, escúchame. No firmen nada. Dame el código de la orden.
—Annie, no se trata de…
—Mira, sé que estás enojadísimo conmigo, que me odias ahora mismo, pero quieren robar nuestro desarrollo, así que ¡dame el maldito código, Zeke! —ordené con mi voz autoritaria, mientras trataba de mantener la calma mientras mis dedos ya volaban sobre la tableta del Consejo, abriendo los canales de emergencia.
Zeke, aturdido por mi tono, me leyó el número que tenía anotado en la mano.
—Código 144-B. Inspector Reeves.
—Reeves… Reeves… Lo tengo —murmuré, accediendo al sistema de gestión territorial. Aurelia me miraba, esa mezcla de impresión por mi velocidad y euforia porque acabábamos de encontrar el punto débil de Arthur—. Listo. Acabo de reclasificar el Sector 4 de la Bahía como “Zona de Investigación Experimental Protegida bajo Patente Génesis”.
Presioné Enviar con fuerza.
—Amor, necesito que le tomes foto a ese papel, que me lo envíes; esto no se va a quedar así, nadie entra a nuestro territorio a robarnos.
Vi cómo obedeció instantáneamente, enviándome la foto; vi cómo la rabia aún seguía ahí. Ya no sabía si era solo por mí, o porque no estaba allí; quizás se había transformado y ahora estaba en contra de los inspectores. No dije nada de inmediato porque no quería generar más tensión entre nosotros. Pero vi cómo su mirada volvía al dispositivo.
—¿Qué se creen, Annie? ¿Que somos estúpidos? —dijo caminando hacia ellos—. No lo somos y no voy a soportar que alguien de Villa Cristal venga aquí nuevamente sin permiso antes.
—Zeke, asegúrate de que no se lleven nada, ya no tienen acceso a los permisos, gracias por llamarme. —Empezaba a cansarme del juego que empezaba a jugar aquí y allá; nunca parecía suficiente.
—Me alegra ser útil para tus juegos, Annie. Ojalá te importara tanto nuestra casa como te importa ganar esa votación.
Cortó la llamada justo cuando terminó la frase; no pude responder ni decir algo más, me quedé mirando el dispositivo oscuro, con un nudo en la garganta.
Voltee a mirar a Aurelia y a Dorian; el descubrimiento se sentía agridulce. Por un lado, ese voto crucial estaba en nuestras manos, nadie nos quitaría el proyecto, tampoco lo harían pasar por suyo; sin embargo, las cosas en casa iban en un zigzag que ya no lograba entender.
Caminamos con la certeza de que teníamos oro en nuestras manos. Entramos a la sala esperando a que las votaciones comenzaran.
—Sesión número 482. Orden del día: Votación primaria para la presidencia del consejo —anunció el secretario general, su voz amplificada resonando como una sentencia divina.
Caminé hacia mi silla, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda.
El debate comenzó. Cada uno debía presentar sus propuestas e ideas principales sobre por qué debían ser elegidos; Arthur, como representante más fuerte de su movimiento, se paró para empezar con sus propuestas.
—Compañeros del Consejo —empezó, con su voz de barítono llenando la sala—. Sé que el sector agrícola exige resultados. Por eso, hoy me complace anunciar que hemos asegurado una nueva tecnología de bio-recuperación que duplicará sus rendimientos…
—Moción de orden —interrumpió Aurelia, su voz cortando el aire.
Arthur se detuvo, molesto.
—Consejera Maddox, estoy en uso de la palabra.
—Solo quería pedir una clarificación técnica, Consejero Baldwin —dijo Aurelia, mirándome de reojo—. ¿Esa tecnología de la que habla… cuenta con la patente de liberación activa? Porque mis registros indican que el “Sustrato Génesis” es propiedad intelectual protegida del Distrito de Aurora Bay, y su estatus actual es… —hizo una pausa teatral, revisando su pantalla— “Acceso Denegado para Villa Cristal”.
Un murmullo recorrió la sala. Los representantes agrícolas miraron sus propias pantallas, donde la “promesa” de Arthur acababa de ponerse en rojo: ERROR DE LICENCIA.
Arthur palideció. Me buscó con la mirada en las gradas. Yo le sostuve la mirada, fría, implacable. Nadie toca mi casa, Arthur.
Los votos empezaron a cambiar en tiempo real. La barra azul de Arthur bajó; la dorada de Aurelia subió. Los agricultores, sintiéndose engañados, retiraron su apoyo en masa.
Cuando llegó mi turno de votar, ya no era necesario para desempatar, sino para rematar.
—Mi voto —dije, disfrutando cada sílaba— es para Aurelia Maddox. Y para el respeto a la propiedad de las colonias libres.
La sala estalló. Ganamos. Pero mientras todos celebraban, yo miré mi comunicador apagado, pensando en Zeke
Llamé a Aurelia a un lado de la corte; aún seguía celebrando, pero sabía que mi momento en aquel lugar había terminado.
—Aurelia, como nueva presidenta, te informo mi renuncia oficial al consejo; me cansé de estar yendo y viniendo. —Vi la sorpresa en su cara; sin embargo, era una decisión tomada.
Hola lector.
Primero que nada, gracias por llegar hasta este punto de la lectura. Espero estés disfrutando de este viaje que a veces parece una montaña rusa.
También quiero saber qué opinas aquí: ¿Eres Team Zeke o Team Dorian? ¡¡Te leo!!
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