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Nosotros en las estrellas - Capítulo 89

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  4. Capítulo 89 - Capítulo 89: 88- Contar Hasta 3 (O Hasta 10)
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Capítulo 89: 88- Contar Hasta 3 (O Hasta 10)

Canción sugerida: Contar hasta 3 (o hasta 10) – Santiago Cruz

El amanecer en Villa Cristal siempre tenía una cualidad irreal, demasiado brillante, demasiado perfecta, como si el sol pidiera permiso antes de entrar por las ventanas. Me desperté con esa luz molestándome en los ojos, pero no me moví. A mi lado, Mía seguía durmiendo, con un brazo tirado sobre las sábanas y la respiración tranquila de quien no tiene deudas con el mundo.

La miré y sentí una punzada de envidia.

Mientras ella dormía en paz, yo no dejaba de pensar en la llamada de Zeke: “No estás sola”. Lo vi moverse. No entendía cómo un hombre tan inteligente era capaz de ser tan impulsivo; a veces sentía que Zeke dejaba de razonar cuando se trataba de mí.

No eran solo celos; era algo más profundo, una grieta en lo que éramos y eso era lo que me daba más miedo porque no sabía qué podía pasar entre nosotros; no quería perderlo.

Sabía que la distancia era el combustible, pero la chispa venía de otro lado. Zeke era un hombre que necesitaba tener el control; odiaba la incertidumbre o sentir que no podía controlar las probabilidades en su vida.

Y yo me había convertido en esa probabilidad inestable, aquella que nunca paraba. El Consejo, Villa Cristal, era como si todo lo que hiciera ante sus ojos no fuera suficiente, pero ante los míos, eran cosas que no importaban; yo lo veía, yo lo amaba, pero cuando un hombre como Zeke se siente inútil, empieza a ver enemigos en las sombras.

No sabía qué le decía Kaia, ni cuánto tiempo pasaban juntos, pero mi intuición me gritaba que ella estaba llenando los espacios vacíos que yo dejaba. Y eso tenía que acabar.

Acaricié el cabello de Mía; ya empezaba a hacerse de día, y debía levantarse.

—Buenos días, bella durmiente —susurré cuando Mía se removió.

Ella abrió un ojo, somnolienta, y sonrió.

—Buenos días, Ann… —dijo mientras se desperezaba—. Extrañaba dormir contigo.

Sentí sus brazos alrededor de mi cuerpo; era una protesta silenciosa, que pedía seguir durmiendo. La abracé porque en ese momento, Mía era mi único refugio en ese mundo que empezaba a complicarse con cada segundo que corría.

El desayuno en la mansión Baldwin era un evento en sí mismo. Todos estaban sentados en la mesa: Alexandra, presidiendo la cabecera con una fragilidad nueva que intentaba disimular bajo capas de maquillaje y postura rígida; Arthur a su derecha, leyendo una tableta con el ceño fruncido; Lia y Lion, inmersos en una discusión silenciosa por un trozo de pan; y Mía, que corrió a sentarse junto a Lia soltando mi mano.

Me senté frente a Arthur. El aire estaba cargado. La derrota electoral de Arthur y la victoria de Aurelia habían cambiado la atmósfera de la casa; se sentía como el final de un reinado.

—Te ves cansada, Annie —dijo Alexandra, su voz suave pero observadora.

—Fue una noche larga —admití, sirviéndome café solo para tener algo que hacer con las manos—. Pero tengo noticias. Creo que es mejor decirlas ahora que estamos todos.

Arthur bajó la tableta. Sus ojos, siempre analíticos, se clavaron en mí.

—¿De qué se trata?

Dejé la taza sobre el plato. Respiré hondo.

—Renuncié al Consejo. Oficialmente. Ya no soy el enlace, ni la representante, ni nada. Mi carta de dimisión se envió esta madrugada tras la confirmación de la victoria de Aurelia.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el tintineo del tenedor de Lion contra la porcelana. Arthur soltó un resoplido que sonó a decepción pura.

—¿Renunciaste? —repitió Arthur, como si la palabra le supiera a ceniza—. ¿Justo ahora? Aurelia ganó; sabes cuánto de ese triunfo es por ti; puedo decir que más del 90%. Cambiaste todo, y ahora… ¿Solo lo tiras por la borda?

—No lo tiro, Arthur. Elijo otra vida que sí pueda vivir.

—¿Eliges qué? —Arthur golpeó la mesa con los dedos, un gesto nervioso—. ¿Volver a jugar a la casita en Aurora Bay? Tienes talento para la política, Annie. Tienes instinto. Desperdiciarlo para ir a esconderte al frente del mar es… es mediocre. Esperaba más de ti.

—¡Arthur! —le reprendió Alexandra, llevándose una mano al pecho; era obvio el dolor físico con el que peleaba.

Sentí el calor subirme al cuello. No era ira, era la frustración de siempre: la de nunca ser suficiente para los estándares Baldwin.

—Lo entiendo perfectamente, Arthur. Entiendo que tú ya no vas a estar en el Consejo. Entiendo que si me quedaba ahí, era como si tú te quedaras, mientras cuidabas de Alexandra, pero… —Mi voz salió firme, más de lo que me sentía—. Pero yo también tengo una familia que se está desmoronando. Mi lugar no es estar aquí debatiendo leyes mientras mi vida real se quema.

Arthur me sostuvo la mirada unos segundos, desafiante, pero luego miró de reojo a Alexandra, que parecía haber palidecido. La culpa cruzó su rostro. Él también estaba asustado; sabía que su tiempo de poder se acababa, y perder a una aliada como yo le dolía.

—Haz lo que quieras, sé que al final te arrepentirás —dijo finalmente, volviendo a su tableta con frialdad.

El ambiente se volvió irrespirable. Mía me miraba con ojos grandes, asustada. Antes de que pudiera decir algo más, Lion se levantó de golpe, rompiendo la tensión.

—Bueno, ya que Annie es una ciudadana libre y desempleada… —dijo con una sonrisa forzada, pero agradecida—, necesito un copiloto. Hoy pruebo el Valkyrie en la pista del sur. Es mi primera vez al volante de esa bestia. Annie, ¿vienes conmigo?

Lo miré, agradecida por el salvavidas.

—Claro. Vamos.

Condujimos a aquella pista; el ambiente era electrizante, lleno de energía; al entrar, parecía un planeta diferente entre el polvo y el rugido de los motores. El calor ya empezaba a irradiar del asfalto. Lion estaba como un niño con juguete nuevo, revisando el Valkyrie, un vehículo todoterreno de alta velocidad modificado para las dunas.

Me alejé un poco para darle espacio con los mecánicos. Caminé hacia la zona de los hangares, buscando sombra, y entonces lo vi.

Dorian.

Llevaba un traje de piloto desgastado, con la parte superior atada a la cintura, dejando ver una camiseta gris manchada de aceite. Estaba apoyado en el lateral de su propia nave, bebiendo agua, mirando hacia la pista con una expresión indescifrable.

Se giró al sentir mi presencia. No hubo sorpresa en su rostro, solo una aceptación tranquila.

—Escuché que hubo drama en el desayuno —dijo. —Lion me contó cuando venían en camino.

—Arthur siendo Arthur —respondí, acercándome hasta quedar a unos metros.

—Hiciste lo correcto. —Dorian dejó la botella y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Ese lugar… el Consejo, la política… te consume si le dejas. Y tú no estás hecha para ser consumida, Annie. Estás hecha para arder.

—Voy a volver a Aurora, Dorian. A intentar arreglar lo que rompí por estar tanto tiempo fuera.

Él asintió lentamente. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal de esa forma que solo él hacía, sin que se sintiera como una amenaza, sino como una invitación.

—Podrías no hacerlo —dijo en voz baja—. Podrías subirte a esa nave conmigo. Tengo una carrera en Avalón; es puro desierto, nadie nos conoce. Sería fácil. Sería divertido.

Lo miré a los ojos. A veces la idea de irse era tentadora; era el camino rápido a una nueva vida, a una que prometía estar sin problemas, pero yo no era de las personas que abandonaba sin antes dejar mi ser en la tierra.

—Sería usar una curita en una quemadura —le dije con suavidad—. Te quiero, Dorian. De verdad. Eres mi amigo. Pero si me voy contigo, lo haría huyendo, no eligiendo. Y tú mereces a alguien que te elija a ti, no a alguien que te use para olvidar a otro.

Dorian sonrió, una sonrisa torcida y triste.

—Siempre tan noble. Es tu peor defecto, Baldwin; ojalá en algún momento intentaras hacer algo sin antes ver el posible futuro.

—No es nobleza. Es que… mi desastre tiene nombre y apellido. Y está en Aurora Bay.

—Zeke —dijo él. En una mezcla de rabia y resignación—. Espero que sepa lo que tiene. Porque si te vuelve a fallar…

—No lo hará, Zeke es un buen hombre. —Sentí cómo mi mirada se volvía seria. —Confía en mí, yo me sé cuidar sola.

—Lo sé. —Dorian estiró la mano y, por un segundo, pensé que iba a acariciarme la cara, pero vi cómo su mano se detuvo justo en la mitad, desviándose a mi hombro, dando un pequeño pero incómodo apretón. Cuídate, Annie. Ya sabes dónde buscarme.

—Adiós, Dorian.

Me di la vuelta y caminé de regreso hacia donde Lion estaba encendiendo el motor del Valkyrie. No miré atrás. Sentí el peso de la despedida; se sentía como si fuera un “hasta siempre” a una historia a la que nunca se le dio un inicio o siquiera una oportunidad.

Pasamos dos horas en la pista. Lion tenía talento, aunque le faltaba la temeridad suicida que tenían los corredores profesionales. Cosas que en parte agradecí. Cuando terminamos, el sol ya estaba alto, pero el calor era sofocante.

Volvimos a los hangares. Me limpié el polvo de la cara con una toalla mientras Lion hablaba emocionado sobre la suspensión del coche.

—Oye —dijo Lion de repente, mirando hacia la plataforma donde había estado la nave de Dorian—. Se fue para siempre.

Seguí su mirada. El espacio estaba vacío. Solo quedaban unas marcas de quemadura en el asfalto donde los propulsores habían golpeado al despegar.

—¿Quién? —pregunté, aunque lo sabía.

—Dorian. Me dijo uno de los mecánicos que pidió autorización de despegue hace media hora. Se fue a Avalón, es un mito, ¿sabes?, todo aquel que quiere vivir su vida al límite en medio de carreras va allá. —Lion me miró de reojo, con esa curiosidad inocente—. Pensé que se despediría de ti. Se llevaban bien.

—Nos despedimos —dije, sintiendo un hueco extraño en el estómago. Una sensación de pérdida.

—Bueno —Lion se encogió de hombros—. Supongo que cada uno persigue sus propios sueños.

—Sí. Cada uno a lo suyo.

Miré mi reloj. Era hora.

—Tengo que irme, está oscureciendo y no me gusta manejar en la noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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