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Nosotros en las estrellas - Capítulo 9

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  3. Capítulo 9 - 9 8- Control
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9: 8- Control 9: 8- Control Canción sugerida: Control – Halsey “Tu perfil genético es… inusual.” Esa frase me persiguió toda la noche; quizá hasta soñé con esa frase; era como un eco en una habitación cerrada.

No podía sacármela de la cabeza.

En Génesis Lab, inusual nunca significaba algo bueno.

Inusual era sinónimo de error, de desviación, de peligro.

Era lo que todos temíamos ser.

Recuerdo las pruebas que nos hacían constantemente; cómo escogían a los chicos y aquellos que mostraban ser débiles, incapaces, o esos que dudaban al tomar una decisión eran separados y eliminados, al igual que cada uno de los chicos que con el tiempo desarrollaban alguna enfermedad.

Para Génesis Lab era material defectuoso.

Pero ¿Y si eso era yo?

¿Un fallo dentro del gran experimento humano?

¿Una pieza defectuosa en la maquinaria perfecta del Proyecto Éxodo?

¿Acaso era un error que se había infiltrado en la nave?

La idea me helaba la sangre.

En un sistema donde todo estaba diseñado, medido y calculado, lo inusual era una amenaza.

Tal vez por eso me habían puesto con él, con Zeke.

No por mis capacidades, sino para mantenerme vigilada.

Contenida.

Corregida antes de que pusiéramos un pie en Percevalis.

El día siguiente me enfoqué en revisar cada dato, cada pequeño error; traté de entender cómo corregirme al menos parcialmente.

Ese día encontré una cura temporal, una para crear resistencia ante serpientes de cualquier tipo, supongo que eso por ahora escondía mi casualidad genética.

Volví para hablar con Zeke para decirle que aquel error que había ocasionado falla en una de sus perfectas simulaciones ya había sido reparado, pero mientras me hundía en esa espiral de pensamientos, la puerta de la oficina se abrió con un silbido metálico.

No era Matthew.

Era Natalie.

Entró como si el espacio le perteneciera.

Alta, rubia, impecable.

Cada paso suyo parecía medido para que nadie pudiera ignorarla.

La líder del área de gobierno.

Y, según todos los rumores que corrían por la nave, la pareja más evidente para Zeke.

En cuanto la vi, entendí por qué: hablaban el mismo idioma.

Firmeza, control, perfección.

—Zeke, necesito los últimos informes de consumo de energía por parte del área médica para la reunión de líderes —dijo, sin mirarme siquiera.

Se apoyó en su escritorio con una familiaridad que me revolvió el estómago.

—Están en tu tableta desde hace una hora, Nat —respondió él.

Nat.

Claro.

Ella tenía un apodo, y el tono con el que la nombró era diferente.

Su voz, normalmente fría y cortante, sonaba… suave.

Cómoda.

—Siempre un paso adelante —dijo ella con una sonrisa que parecía ensayada—.

¿Nos vemos en la fiesta de bienvenida esta noche?

Hay que celebrar que por fin dejamos ese agujero.

—Allí estaré —contestó Zeke, mirándola.

Fue un segundo, un cruce de miradas, pero bastó para sentirme invisible.

Ellos eran iguales.

Eran el tipo de personas que el mundo había elegido para sobrevivir.

Yo solo era la nota al pie, la que nadie veía.

Finalmente, Natalie giró hacia mí, como si recién se diera cuenta de que había otra persona en la habitación.

—¿Y tú eres…?

—Mi asistente —intervino Zeke antes de que pudiera decir algo—.

Annie Woods.

—Ah.

—Sonrió apenas, pero su tono rezumaba condescendencia—.

Bueno, Annie Woods, asegúrate de que tu jefe no llegue tarde a la fiesta.

Se fue, dejando tras de sí un aroma caro y una risa que se quedó rebotando en las paredes.

La presencia de Natalie lo había dejado claro: yo no pertenecía a ese mundo.

Y eso dolía más de lo que quería admitir.

—Organiza los datos de la ronda de chequeos del primer y segundo día —ordenó Zeke, como si nada hubiera pasado—.

Envíalos al laboratorio y luego a Botánica para el cruce de muestras.

Quiero el informe completo antes del final del día.

—¿Para hoy?

—pregunté, incrédula—.

Pero la fiesta es en unas horas.

—¿No escuchas o simplemente no sabes seguir órdenes?

—su voz volvió a ese tono helado que ya conocía tan bien—.

Para hoy, Woods.

Si no terminas, no duermes.

Me ardieron las mejillas.

No tenía caso discutir.

Salí dando un portazo, conteniendo las ganas de gritar.

Caminaba por el pasillo con los ojos nublados por la rabia cuando choqué con alguien.

La tableta que llevaba y varios papeles cayeron al suelo.

—¡Fíjate por dónde vas!

—solté sin pensar; estaba tan enojada, la sangre ardía y, como si fuera un acto de liberación, solo grité.

—Perdona, perdona —dijo una voz tranquila.

Al mirar, era Christopher.

Se agachó enseguida para recoger las hojas, sonriendo.

—No, perdóname tú.

Iba tan furiosa que ni miré —dije, avergonzada.

—¿Problemas con el jefe?

—preguntó con una sonrisa amable.

—Sí.

Pero no digas que es solo su forma de ser, que es una coraza o lo que sea —resoplé, frustrada.

—Tal vez —respondió encogiéndose de hombros—.

Pero eso no es excusa para arruinarte la segunda noche a bordo.

¿Quieres ayuda con eso?

—¿En serio?

—pregunté, sin creerlo.

—Claro.

Para eso están los equipos, ¿no?

—dijo, y por primera vez en el día, me reí.

Fuimos juntos a la sala de datos.

Allí estaban Matthew, un chico callado pero brillante, y Sofía, con su energía contagiosa y sonrisa fácil.

Christopher explicó la situación como si fuera una misión importante.

—Chicos, tenemos una tarea urgente.

Annie necesita terminar el informe antes de que Zeke la mate —bromeó.

—Entonces es cuestión de vida o muerte —dijo Sofía, riendo—.

Manos a la obra.

Entre bromas y trabajo en equipo, las horas pasaron más rápido de lo que imaginé.

En cuatro horas terminamos lo que sola me habría tomado toda la noche.

Cuando Sofía envió el informe final, levantó las manos como si acabara de ganar una carrera.

—¡Listo!

Informe enviado.

Ahora, ¿vamos a la fiesta antes de que se acabe la comida?

—Dicen que van a anunciar las parejas esta noche —comentó Matthew, curioso.

—Espero que no me toque alguien aburrido —dijo Christopher, guiñándome un ojo.

—Yo no espero nada —respondí, dejando salir el cansancio—.

Cuanto más esperas, peor es la caída.

Nos dirigimos juntos al salón principal.

El lugar estaba lleno, la música suave, las luces vibrando sobre los rostros cansados pero emocionados.

Por un instante, el ruido, la risa, el murmullo… todo me hizo sentir normal.

Casi normal.

Hasta que mis ojos, como si tuvieran voluntad propia, lo buscaron.

Y lo encontré.

Zeke estaba junto a Natalie, cerca de la mesa de control.

Ella se reía de algo que él le había susurrado al oído.

Se veían perfectos.

Intocables, y por alguna extraña razón, lo que sentí no fue solo rabia.

Fue algo peor; eran celos.

Celos de ella.

Celos de lo que representaba.

De todo lo que yo no era… y nunca sería.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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