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Nosotros en las estrellas - Capítulo 90

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Capítulo 90: 89 – Sweet Creature

Canción sugerida: Sweet Creature – Harry Styles

Conduje a casa para recoger mis cosas, con una promesa: volvería, no porque tuviera que hacerlo, sino porque en aquella casa existía parte de mi vida, con mis hermanos, y con Alexandra y Arthur, que, aunque tuviéramos diferencias, y aún no los perdonara del todo, seguían siendo papá y mamá.

Conduje todo el camino a casa, imaginándome cómo sería el volver a aquel lugar que me hacía tan feliz, pero que al mismo tiempo me enfrentaba a mí misma; imaginé y creé miles de conversaciones que ocurrían al llegar.

Pero todo se borró en el momento en que estacioné en frente de la casa; la puerta de la entrada se cerró con un siseo suave, dejando fuera el ruido del viento de Aurora Bay.

Dejé el bolso sobre el recibidor y me quité los tacones. La casa estaba en silencio, pero no era un silencio vacío; las cortinas de la sala seguían abiertas como de costumbre, con esa vista al mar que me recordaba que había vuelto a casa.

De fondo había música baja sonando por toda la casa, olía delicioso; sabía dónde estaba. Caminé descalza por el pasillo dejando todo el peso que llevaba; este era mi lugar seguro y más ahora.

Encontré a Zeke en la cocina. Estaba de espaldas, cortando vegetales; quizá preparaba una sopa o algo similar. Al sentirme, detuvo el cuchillo en el aire. Hubo un segundo de silencio, ese instante en donde se duda entre lo real o la imaginación.

Se giró para confirmar que era yo, que realmente había llegado. Sus ojos estaban rojos, cansados, rodeados de ojeras que delataban el cansancio de alguien que no ha dormido. Me miró con una mirada esperando que diera el primer paso, como si quisiera correr hacia mí, pero tuviera miedo de chocar contra una pared.

—Volviste. —Su voz sonaba rasposa, como si no la hubiera usado desde nuestra última llamada.

—Vivo aquí, Zeke. Es mi casa.

Él soltó una risa seca, sin humor, y se pasó las manos por el cabello.

—No estaba seguro de si seguía siéndolo. Después de lo que te dije… después de cómo te hablé… pensé que te quedarías en Villa Cristal.

Caminé despacio hacia él; necesitaba que me viera de cerca. Que viera que en ese momento estaba siendo sincera con él.

—No me quedé porque no pertenezco allá —dije, deteniéndome frente a él y tomando sus manos en las mías.

Zeke se tensó, vi su cara de miedo y sus manos empezaron a sudar. Probablemente, esperaba una ruptura, un “necesito tiempo”.

—Renuncié, Zeke. —Solté de un solo golpe.

Vi cómo se quedaba estático, siguiéndome con la mirada.

—¿Al Consejo? —Titubeó.

—Sí —confirmé, pero no vi el alivio que esperaba en su cara—. Renuncié al consejo, a la diplomacia, a todo lo que me hacía sentir que huía de mi felicidad. Pensé que podía con todo al mismo tiempo, pero, bueno, estaba descuidando gran parte de mí cuando siento que estoy perdiéndote, Zeke.

—Annie, si lo haces por la discusión de anoche…

—No, Zeke, no renuncie por lo que dijiste; de hecho, ya no era parte del Consejo cuando me llamaste. —Me acerqué más a él, ahora poniendo mis manos en su pecho. —Renuncié porque odio el espacio que se creó entre nosotros, pero también lo hice por mí, porque sentía que me estaba perdiendo a mí misma; casi no veo a Matt y a Abby y, si me preguntas, no quiero perderme del crecimiento de Emilia tampoco.

—Renuncié a ellos para apostar en esto que creaste para nosotros, para ayudar desde aquí; de pronto vuelva a la medicina, al lugar del que nunca me debí ir —dije antes de que me tomara por la cintura, subiéndome a la encimera de la cocina, apartando las verduras con el codo y hundiendo su rostro en mi cuello.

—Annie, no puedes hacer eso de un día para otro, sabes lo que eso significa. —Tomo una bocanada de aire. —¿Quién va a representarnos allá? Es como si simplemente hubieras renunciado por todos nosotros.

—Puedes dejar de pensar en los problemas que no existen y centrarte en nosotros. —Solté sus manos.

—Ah, sí, claro, Annie, a la mierda todo, dejemos que nos maten, nos invadan, claro que nos dejen sin comida, electricidad o agua potable. —Podía oler el sarcasmo desde kilómetros—. Al final y al cabo solo importamos nosotros, ¿verdad?

—No dije eso.

—¡Fue exactamente lo que dijiste! Por Dios, ¿por qué tienes que pensar que el mundo gira en torno a ti, Baldwin?

Lo que había sido un acto de amor y de querer recuperar la tranquilidad se empezaba a convertir en un rechazo por mis acciones. ¿Acaso en algún momento él iba a estar feliz con algo que yo hiciera o eso solo lo lograba Kaia? Estaba cansada de luchar con él.

—¿Quieres escuchar o esta es una sentencia del juez Kavan? Porque si es así, ¿qué vas a hacer? ¿Me vas a mandar para Villa Cristal y desterrarme? —Me paré frente a él, mirándolo a los ojos.

—¿En serio crees eso de mí?

No respondí directamente, solo le devolví la pregunta: —¿En serio crees eso de mí, Kavan? ¿Piensas que voy a dejar a Aurora Bay sin protección? Por favor.

Fijo los ojos en mí, no dijo nada, me miró de esa forma que no aguantaba la rabia, pero que tenía que esperar; me dio paso para que le explicara.

—Natalie, ella es el nuevo enlace de Aurora Bay ante el consejo. —Sabía que odiaba a Natalie, pero también sabía que si existía una mujer que hiciera que el mundo cediera a sus pies, era ella.

Le expliqué todo el plan que había tenido ante el consejo; más con Aurelia allí, sabía que ella iba a proteger los territorios anexos, adicional a que cualquier decisión se me iba a informar, no como protocolo, sino como un favor que daba tranquilidad.

Tenía un plan de acción, uno que protegía a Aurora, pero que también me permitía estar tranquila con la decisión que tomé.

Su expresión se suavizó un poco, se acercó a mí recuperando el espacio que habíamos perdido entre nosotros por su distancia, me tomó por la cintura y me alzó, poniéndome en el mesón de la comida en aquel lugar donde estaba limpio.

—¿Hiciste todo eso por nosotros? —murmuró contra mi piel, con una voz ronca que me hizo vibrar el pecho—. Soy un imbécil, perdón.

Me pidió todos los detalles, pero también me pidió no ocultarle cosas. Así —Somos un equipo, ¿lo sabes? — una frase que pedía consenso en las decisiones que tomáramos. No me rehusé porque sabía que tenía razón y, aunque al principio fue una decisión impulsiva, sabía que no podía dejar a la suerte la vida de la ciudad que se construía día a día con amor.

Esa noche no volvimos instantáneamente a ser los mismos de siempre, a aquellos que fuimos una vez, pero prometimos intentar estar el uno para el otro desde ahí como primer acto de amor; cocinamos juntos. Él se encargó de la carne, mientras yo preparaba la salsa. Nos movíamos por la cocina esquivándonos, pasándonos la sal sin pedirla, hablando de todo, del mundo, de los sabores, de lo que estaba a nuestro alrededor, rozándonos los brazos ocasionalmente. Fue el primer ladrillo de la reconstrucción de nuestra casa.

Fue cuestión de días para que la sincronía volviera, pero esta vez se sentía diferente. Más madura. Menos urgente. Algunas veces, y en mi urgencia de conocer Aurora Bay y al Zeke que mantenía en pie la ciudad, empecé a acompañarlo al perímetro algunas mañanas. Como una simple aprendiz que lo acompañaba, me gustaba verlo en su elemento: dirigiendo a las cuadrillas, resolviendo problemas estructurales con esa mente brillante que tenía.

—¿No te aburres? —me preguntó una tarde mientras revisaba unos planos de irrigación bajo el sol abrasador. Negué con la cabeza mientras le pasaba una botella de agua fría.

—Verte trabajar es extrañamente sexy, Kavan. —Vi la sonrisa que se dibujó en su cara, mientras miraba si alguien más lo observara. —No te acostumbres a los halagos.

Yo dejé de ser “la jefa que viene de visita”, auditando que todo esté en orden, para pasar a ser Annie, la compañera de Zeke. Me sentía parte de su mundo, y él, al verme allí sentada sobre una caja de suministros esperándolo, parecía caminar más erguido.

Las mañanas eran solo de trabajo, mientras que nuestras tardes las dedicamos a eso tan valioso que era nuestra relación. Después de unos días de ir y venir entre lugares de Aurora Bay, descubrimos una pequeña playa en el sector norte, una franja de arena grisácea creada por la terraformación que se sentía como talco bajo los pies.

El mar en esa bahía no golpeaba, solo acariciaba la costa; eran aguas mansas de un azul turquesa hipnótico y una temperatura cálida que invitaba a quedarse horas sumergidas, aislados del ruido y del polvo de la construcción. Este lugar se convirtió en nuestro refugio. Íbamos después del trabajo, cuando el sol de Percevalis empezaba a teñir el cielo de violeta. Nos quitábamos las botas y caminábamos por la orilla, a veces hablando, a veces en silencio, a veces jugando.

—¿Crees que esto dure? —preguntó él una tarde, tirando una piedra plana al agua para verla rebotar.

—¿El mar?, amor, la inmensidad de este cuerpo de agua es casi que incontable aún.

—Hablo de la paz, Annie. —Me detuve y lo miré. Se veía guapo, relajado, lejos del hombre atormentado de las semanas anteriores.

—La paz no es algo tangible, sabes, no es constante. Es algo que haces. Y lo estamos haciendo bien por ahora.

Sentí cómo pasó su brazo por mis hombros y me atrajo hacia su lado. Caminamos así, pegados, como si fuéramos una sola entidad. No había espacio para nadie más entre nosotros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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