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Nosotros en las estrellas - Capítulo 91

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Capítulo 91: 90 – 2 Hands

Canción sugerida: 2 Hands – Tate Mcrae

Uno de esos días, en donde empezábamos a establecer una rutina y después de volver de la playa, después de la cena, terminamos en la terraza de la casa. Habíamos puesto unas luces tenues y estábamos compartiendo una botella de vino que alguna vez había traído desde Villa Cristal. Zeke estaba sentado en el sofá que habíamos adecuado frente a la piscina, con la espalda apoyada en mis piernas, mientras yo jugaba con su cabello.

—A veces pienso… —empezó a decir, con los ojos cerrados, disfrutando de mi caricia—. A veces pienso que te corté las alas. Que deberías estar allá en Villa Cristal, dirigiendo, y no aquí conmigo, viendo cómo crece el pasto o cómo se mueve el agua. Mis dedos se detuvieron un segundo en su nuca, pero luego continuaron el movimiento suave.

—Mis alas son mías, Zeke. Nadie me las corta. Yo decido dónde volar. Y decidí aterrizar aquí. Amo ver el pasto crecer o, simplemente, después del trabajo, llegar, entrar a la piscina y ver el cielo.

Vi cómo giró la cabeza para mirarme desde abajo. Sus ojos azul oscuro brillaban con una devoción que me quitó el aliento.

—¿Eres feliz? —preguntó. Era la pregunta del millón. La pregunta que escondía todos sus miedos. Me incliné y lo besé, un beso lento, pausado, tratando de decir todo lo que las palabras jamás alcanzarían.

—Nunca había sido más feliz —le aseguré, sin una pizca de duda—. No me falta nada.

Zeke se levantó y me miró a los ojos desde la distancia, para después acostarse encima de mi pecho. Lo vi sonreír, agarró mi mano dejando un beso en la palma de mi mano.

—Vamos a dormir —dijo, poniéndose de pie y extendiéndome la mano para ayudarme a levantar.

Lo atraje hacia mí despacio. —¿Ya tienes sueño? —Me acerqué peligrosamente hacia él y él solo bajó la guardia cuando estábamos a punto de besarnos y fue ahí cuando aproveché mi oportunidad y lo empujé a la piscina.

Lo hice en parte porque estaba esperando todo el día para entrar en ella, pero también porque amaba cómo Zeke parecía a veces un gato con el agua.

El estruendo del agua rompiéndose fue glorioso. Zeke emergió a la superficie segundos después, resoplando y sacudiendo la cabeza con fuerza, lanzando gotas de agua heladas en todas direcciones.

—¡Zeke! —le grité entre risas, retrocediendo y cubriéndome la cara con las manos para protegerme de la lluvia—. ¡Me estás mojando entera!

Él se pasó las manos por el cabello empapado, echándoselo hacia atrás. Dios, ese hombre era mi debilidad. Me miró desde el agua con los ojos entrecerrados y las pestañas goteando. La camisa blanca se le pegaba al pecho como una segunda piel, dejando ver a su paso el abdomen marcado.

—¿Te estoy mojando? —preguntó con una indignación fingida—. Tú me tiraste con ropa, Annie. Esto es solo un acto de defensa propia.

—Dijiste que tenías sueño —le recordé, cruzándome de brazos con una sonrisa triunfante—. Solo te ayudé a despertar. Soy una mujer muy considerada; eres muy suertudo de tenerme en tu vida.

Zeke soltó una risa grave, negando con la cabeza. Nadó hacia el borde con brazadas perezosas, sus ojos fijos en mí.

—Considerada… ya veo.

Me alejé un par de pasos del borde, conociendo esa mirada depredadora; sabía que tramaba algo, que esa mirada estaba planeando algo.

—Ni se te ocurra, Kavan. No me vas a arrastrar.

—No te voy a arrastrar —dijo con suavidad, apoyando las manos en el borde y saliendo del agua en un movimiento fluido y poderoso.

El agua escurría de su ropa, formando charcos a su alrededor. Se veía enorme y peligroso avanzando hacia mí con esa sonrisa lenta. Retrocedí riendo, pero él fue más rápido. En dos zancadas me alcanzó, y antes de que pudiera huir, me levantó en brazos, estilo nupcial, como si no pesara nada.

—¡Zeke, no! —grité, agarrándome a su cuello empapado—. ¡El vestido es nuevo!

—Sí que soy el hombre más suertudo del mundo —respondió él, y sin dudarlo, saltó de nuevo al agua conmigo en brazos.

El chapuzón fue inmenso. El agua tibia nos tragó a los dos, silenciando mis gritos y envolviéndonos en un caos de burbujas. Salimos casi al mismo tiempo a la superficie tosiendo y riendo; tenía el cabello pegado a la cara cuando salí del agua. Aún seguía cerca de él, tan cerca que podía ver las pequeñas pecas sobre sus mejillas.

—¡Eres un bruto! —le reclamé, lanzándole una ola de agua a la cara con la mano—. ¡Te odio!

—Me amas —corrigió él, escupiendo agua y limpiándose los ojos—. Y admite que el agua está perfecta. Además, dijiste que amabas ver las estrellas desde aquí.

—Cierto, me encanta ver las estrellas, pero… —le dije, quitándole un mechón de pelo de la frente con cariño—. Me encanta más ver cómo un hombre tan fuerte como tú parece un gatito en el agua, uno fuerte, sexy y vengativo.

—Miau —respondió él con seriedad absoluta, lo que me hizo soltar una carcajada que resonó en toda la piscina.

Se acercó a mí en el agua, apartando algunos cabellos que aún seguían en mi cara, me abrazó de tal manera que extrañaba; éramos nosotros de vuelta de una extraña pero muy diferente forma, porque era un nuevo nosotros.

Nos quedamos flotando un rato, abrazados, girando despacio bajo el cielo violeta de Percevalis. La risa se fue apagando, dejando paso a una calma cómoda, a esa sensación de hogar que solo sentía cuando estaba con él.

—Zeke… —murmuré después de un momento, sintiendo cómo la tela del vestido me tiraba hacia abajo.

—¿Mmm?

—Este vestido pesa una tonelada mojado. Siento que me voy a hundir.

Zeke me miró, y su expresión cambió. La diversión en sus ojos se mezcló con algo más oscuro, más intenso.

—¿Quieres que te ayude con eso? —preguntó en voz baja, su mano bajando por mi espalda hasta encontrar el cierre.

—Por favor.

Me di la vuelta en el agua, dejándome sostener por él mientras bajaba el cierre con cuidado. Sentí el aire fresco en mi espalda y luego la libertad cuando la tela pesada se deslizó de mis hombros. Me ayudó a salir del vestido, dejándolo flotar un momento antes de sacarlo al borde.

Me quedé en lencería, piel con piel contra él bajo el agua.

Ese y los días que vinieron, volvimos a ser nosotros; parecía una luna de miel constante a su lado, y aunque Génesis Lab, en algún momento, nos había asignado como pareja oficial, lo cual nos hacía esposo y esposa, yo soñaba con ese momento de una propuesta real, como en las películas, acompañada de una gran fiesta para celebrar nuestro amor, no porque eso lo hiciera más oficial, sino porque era una forma de recordarnos que nos elegíamos día a día.

Con el paso del tiempo, la casa dejó de ser una simple estructura de ladrillos y grandes ventanales para convertirse en algo con nuestro olor en él.

Pero el estar en casa, sin hacer nada o volver a ser su asistente ocasionalmente, me dolía, porque empezaba a renunciar a mis sueños más allá de nosotros mismos, porque cuando Zeke no estaba en la casa, era como si yo dejara de ser para mantener un lugar.

Así que esa mañana, me levanté de la cama; aún estaba sin ropa, como de costumbre. Me bañé, me puse uno de esos vestidos que amaba porque no estaban pegados a mi piel, pero que igual me acentuaban mi figura.

Bajé las escaleras, preparé el desayuno para dos como de costumbre; sentí sus pasos bajar las escaleras antes de sentir su cuerpo detrás de mí.

—Me encanta cómo te ves en ese vestido, Ann… —susurró dejando un camino de besos en mi cuello—. Pero me encantas más sin él. —Sentí cómo subía sus manos por debajo de mi vestido, tocando cada espacio de mi piel, rodeándome con sus brazos por debajo de la tela.

Me estremecí, soltando la cuchara de madera sobre la encimera cuando sus manos subieron con firmeza, aferrándose a mis caderas. Antes de que pudiera protestar, Zeke me levantó sin esfuerzo y me sentó sobre el mármol frío de la isla de la cocina, separando mis rodillas con su cuerpo.

—Zeke… —murmuré, intentando mantener un hilo de cordura mientras él besaba la piel sensible de mi cuello, bajando peligrosamente—. El desayuno…

—Olvida el desayuno —gruñó contra mi piel, su voz ronca vibrando en mi pecho.

Sus manos bajaron, apartando la tela del vestido con una facilidad que me hizo jadear. No hubo preámbulos. Se arrodilló frente a mí, y el contacto de su boca caliente y experta con mi piel fue un choque eléctrico que me hizo arquear la espalda y aferrarme a sus hombros, enredando mis dedos en su cabello desordenado.

El mundo se redujo a eso: a la cocina iluminada por el sol de la mañana, al frío del mármol bajo mis muslos y al calor devastador de Zeke entre mis piernas.

—Amor… —Gemí, cada palabra, mi voz rompiéndose. —Zeke, para… por favor… se nos hace tarde.

Él se detuvo, pero no se apartó. Apoyó la frente contra mi muslo, respirando agitado, y luego levantó la vista. Sus labios estaban húmedos y sus ojos oscuros, dilatados por el deseo, me miraban con una mezcla de confusión y hambre insatisfecha.

—¿Tarde? —repitió, poniéndose de pie despacio y quedando entre mis piernas, atrapándome—. ¿A qué te refieres con tarde? ¿A dónde tienes que ir tan temprano?

Recuperé el aliento, acomodándome el vestido con manos temblorosas, intentando ignorar el hecho de que mis piernas seguían temblando.

—Al hospital —dije, acariciando su mejilla para suavizar el golpe—. Quedé de verme con Christopher a las ocho.

Zeke se tensó. Fue sutil, un endurecimiento casi imperceptible en la mandíbula, pero yo lo sentí bajo mis dedos.

—¿Con Chris? —preguntó. Su tono no era agresivo, pero había perdido esa calidez líquida de hace un momento—. ¿Para qué? ¿Te sientes mal? ¿Es por la recuperación?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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