Nosotros en las estrellas - Capítulo 92
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Capítulo 92: 91- Lie to Me
Canción sugerida: Lie to Me – 5 Seconds of Summer
ZEKE
Tenía miedo a que estuviera mal, una enfermedad, o incluso peor, algo para lo que aún no me sentía listo, un bebé. La miré directamente a los ojos buscando algún mal que la obligara a ir al hospital y no quedarse a mi lado por unos minutos más.
—No, estoy bien. Perfecta. —Me sonrió con esa facilidad que tenía para desarmar mis alarmas—. Es trabajo, Zeke. Christopher necesita ayuda con algunos pacientes de la clínica, y bueno, sabes de mi debilidad por ayudar.
Sentí un nudo frío en el estómago. Ella había dicho Christopher.
Mi hermano, el que había intentado sostenerla cuando yo le fallaba. El recuerdo de aquella noche en la nave me golpeó de repente; la noche de la asignación.
Recuerdo la cara de decepción que hizo aquella noche en la nave cuando asignaron parejas. Vi mi comunicador en mi muñeca palpitar cuando salió el nombre de Annie; no me hizo falta buscarla en ese salón gigante en el que se celebraba esa fiesta.
Yo ya sabía dónde ella estaba; la había observado toda la noche, incluso cuando le di el beso a Natalie; no dejé de mirarla; de hecho, estaba pensando en ella y en lo difícil que era sacarla de mi mente, pero incluso allí, cuando intentaba alejarla.
A la distancia veía cómo Chris se le intentaba acercar a ella, ser su refugio cuando yo hacía de sus días una pesadilla; veía sus intenciones en aquel tiempo.
Vi desaparecer la ilusión de la cara de mi hermano cuando apareció mi nombre en el dispositivo de Annie; quería que fuera el suyo.
Mi hermano es inteligente, estable, ha construido una vida perfecta junto a una mujer calmada, que lo hace sentir bien.
Hemos cenado varias veces juntos, pero en ese momento, al recordar su cara viendo a Annie, mis miedos volvieron, no porque creyera que él iba a dejar todo por ella, sino porque era un recordatorio de que siempre había alguien que la hacía sentir mejor que yo.
Suspiré, pasándome una mano por el pelo y dando un paso atrás. Necesitaba distancia física para pensar con claridad, porque con ella entre mis piernas, mi cerebro solo funcionaba en una dirección. Me senté en la silla que estaba puesta en la encimera opuesta y crucé los brazos, intentando parecer razonable, aunque por dentro estaba gritando que no.
—Annie, no necesitas hacer esto. —Mantuve la voz tranquila, controlada, escondiendo la súplica—. Tenemos todo lo que necesitamos. Estás cómoda aquí. La casa está tranquila, hemos establecido una rutina que está funcionando… ¿Por qué complicarlo?
Ella se bajó de la encimera donde la había puesto, apagó la estufa que aún estaba prendida y caminó hacia mí. No retrocedí. Dejé que invadiera mi espacio porque, en el fondo, era el único lugar donde me sentía seguro.
—No es por necesidad, Zeke. —Me miró directo a los ojos, con esa intensidad que siempre me hacía sentir expuesto—. Es porque necesito sentirme útil más allá de estas paredes. Me encanta nuestra vida, de verdad. Pero a veces siento que si me quedo quieta demasiado tiempo, empiezo a desaparecer.
Sus palabras me golpearon. Esa palabra con la que tenía pesadillas: desaparecer, era exactamente lo que me aterraba. Que desapareciera de mi lado. Que se diera cuenta de que estas cuatro paredes y yo no éramos suficiente mundo para alguien como ella, que decidiera que la vida era más que lo que yo le podía dar.
Bajé la mirada, clavándola en el suelo de madera. Mis miedos volvían a revolcar mi cuerpo; volvía a sentir esa incertidumbre de no poder encajar en el mundo perfecto de Annie.
—Es solo que… —Busqué las palabras que no sonaran a celos ni a control, sino a la verdad cruda de mi miedo—. Cuando trabajas, cuando te metes en esos proyectos, a veces te olvidas del resto. Te olvidas de hacer tiempo para nosotros.
Tomé el aire que creí desaparecía del planeta y se volvía tóxico, porque sin ella yo no podría ser igual de feliz y ahora que habíamos vuelto a encontrarnos en el medio, el hecho de que se alejara, como lo había hecho cuando estaba en el consejo, era enceguesedor; me costaba verlo como ella lo hacía.
—Ann… acabamos de recuperar esto, volvimos a ser uno solo. No quiero perderlo entre informes y turnos de hospital y trabajo que parece nunca terminar.
Ella no discutió. No se defendió. Simplemente se sentó en mi regazo, rodeando mi cuello con sus brazos, obligándome a levantar la vista.
—Mírame, Zeke Kavan.
No tuve opción, solo lo hice. Vi en sus ojos esa certeza absoluta que yo tanto envidiaba y necesitaba.
—Nada es más importante que esto —me aseguró, rozando sus labios con los míos. Su aliento cálido me erizó la piel—. Ni el hospital, ni Christopher, ni el Consejo o Dorian. Tú eres mi prioridad. Siempre. Pero necesito esto para ser yo misma. Y para ser la mejor versión de mí para ti, necesito no sentirme estancada.
La evalué un segundo más. Quería creerle. Tenía que creerle, porque la alternativa era encerrarla, y sabía que con Annie eso nunca funcionaba, porque una de las cosas que más la identificaban era la libertad que buscaba constantemente, y encarcelarla en nuestro hogar, eso la mataría. Solté el aire que llevaba conteniendo y asentí levemente, rindiéndome. Rodeé su cintura con mis brazos, atrayéndola hacia mí con fuerza, necesitando sentir su peso, su realidad.
—Está bien —murmuré contra su boca—. Ve con Chris. Ayúdalo a salvar el mundo o lo que sea que hagan los genios. Pero a las seis te quiero aquí.
—A las seis estaré aquí, ese es nuestro momento —prometió.
Sentí cómo nuestros cuerpos se separaban unos milímetros; era ella, quería irse, no se lo iba a permitir, no aún.
—Aún no he terminado, Ann… —dije agarrándola de la cintura, acercándola, recobrando esos milímetros que había perdido—. Pero…
—¿Pero? —preguntó. Sentí cómo su respiración se alteraba cuando deslicé mi mano por su muslo desnudo bajo el vestido.
—Pero no tienes que irte ya.
La besé antes de que pudiera responder. Y no fue una pregunta, fue una demanda. Una reclamación de propiedad. La levanté de mi regazo sin romper el beso y la senté de nuevo en la encimera, metiéndome entre sus piernas con una urgencia que me quemaba. Necesitaba esto. Necesitaba recordarle, de la forma más primitiva posible, quién era cuando estaba conmigo.
—Zeke… —jadeó cuando mis manos volvieron a encontrar su piel—. Chris me espera a las ocho…
—Chris puede esperar —gruñí contra su cuello, mordiendo suavemente la piel sensible—. Es mi hermano. Entenderá. Dile que el tráfico estaba pesado. Dile que el reloj no sonó. O mejor… no le digas nada.
Ella se rio, una risa ahogada que se transformó en un gemido cuando volví a reclamarla. Y en ese momento, supe que había ganado. El hospital, los protocolos, el mundo exterior… todo desapareció para ella. Solo existía yo. Su peso, su calor, su respuesta a mi toque. Por ahora, eso era suficiente.
Casi una hora después, la vi salir de la casa. Tenía el pelo húmedo, el vestido arrugado y una sonrisa que iluminaba todo el maldito jardín. Me quedé apoyado en el marco de la puerta, sin camisa, sintiendo esa satisfacción perezosa y animal de quien sabe que ha dejado su marca.
Cuando pasó a mi lado, no pude resistirme. Le di una nalgada que resonó en toda la casa; fue un sonido firme. Ella saltó y se giró, fingiendo indignación, pero sus ojos brillaban; le encantaba que hiciera eso.
—¡Zeke!
Sonreí, una sonrisa de medio lado, arrogante. Quería que se llevara esa sensación con ella todo el día.
—Para la suerte, Baldwin.
—Idiota.
—A las seis —le recordé, señalándola con el dedo, mi tono volviéndose serio por un segundo—. Ni un minuto más.
—A las seis —prometió.
La vi caminar hacia su auto. Se veía ligera, invencible. Amada. Y mientras la veía alejarse, ignorante de la tormenta que se estaba gestando en mi cabeza, me obligué a creer que esa promesa era suficiente. Que a las seis llegaría y, cuando la puerta cerrara, volveríamos a ser solo los dos contra el mundo.
Ese día, Annie cumplió su promesa. Llegó a las seis en punto, con una sonrisa cansada pero feliz, y cenamos juntos como siempre. Y al día siguiente también. Y al siguiente.
Pero el tiempo en Aurora Bay es traicionero.
Y en un parpadear, los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Tres meses, para ser exactos. Tres meses donde la “ayuda temporal” de Annie se transformó en un puesto fijo e indispensable. Tres meses donde las cenas a las seis empezaron a moverse a las siete, luego a las ocho.
Las excusas empezaban a llenar los espacios que dejábamos; unos días era ella.
—Amor, un paciente tuvo una intervención de urgencia; llego en 30 minutos, lo prometo.
Otros días era yo.
—Amor mío, la remodelación del puente tuvo un inconveniente; llego en una hora, ¿llevo comida?
Parecían excusas normales, excusas válidas, pero cuando te das cuenta, esos momentos que eran antes de cuidado, de caminatas en la playa o de cenas a la luz de las estrellas, se convirtieron lentamente en cansancio, en llegar y ver a la otra persona en la cama dormida; estábamos perdiéndonos de nuevo.
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