Nosotros en las estrellas - Capítulo 93
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Capítulo 93: 92 – Train Wreck
Canción sugerida: Train Wreck – James Arthur
ZEKE
Y mientras las excusas y las llegadas tarde parecían no importarnos, siempre había un momento para intentar simular la realidad que íbamos perdiendo sin darnos cuenta.
Ella empezaba a llenar los espacios vacíos, quizá para que no fueran tan obvios; empezó a hacer de la casa un lugar diferente. Había cojines en el sofá que yo nunca habría comprado, plantas en las ventanas que necesitaban más sol del que Percevalis ofrecía y una rutina que fluía con una suavidad aterradora.
Annie despertaba en las mañanas, hacía el desayuno para los dos, salía a su trabajo y yo al mío. Ocasionalmente, traía algunas cosas del trabajo a casa, papeles, tablets, cosas que llenaban esos espacios que solían ser nuestros en la terraza hablando de la vida o de lo mucho que le gustaba ver al mar.
Pero no era solo eso; yo, al ver que ella tenía tanto éxito, también me presionaba a mí mismo para cambiar; tenía que ser el hombre que la exitosa doctora merecía, el líder imponente que nunca fallaba.
Sentía que en mi miedo a no fallarle nos estaba fallando a los dos, a mí mismo, porque no quería llenar mis espacios con puro trabajo, quería respirar, pero también quería hacer de ese lugar un lugar perfecto, no solo para mí, sino para los que amaba. Annie, mis hermanos e incluso Emilia, que hacía bastante que no veía porque estaba muy ocupado.
Esa mañana, el sol entraba por la cocina iluminando el polvo que flotaba en el aire. Estábamos desayunando. Annie estaba radiante, con esa energía inagotable que parecía no verse afectada por la erosión lenta de los últimos meses.
—Estaba pensando —dijo, untando mermelada en una tostada con cuidado— que deberíamos despejar la habitación del fondo. La que usamos de bodega.
Levanté la vista de mi tableta, sintiendo una punzada de alerta.
—¿Para qué? Está llena de repuestos y equipo viejo.
—Lo sé. Pero Matt me dijo que tiene un espacio en su garaje si quieres mover las cajas allá. —Me sonrió, una sonrisa tímida, llena de una intención que me heló la sangre.
—Amor, no necesitamos otro cuarto, no veo cuál es tu afán de sacar mis cosas de la casa, es como si quisieras borrarme de este lugar, ¿acaso quieres que me vaya? —dije con una sonrisa.
No quería pelear con ella ese día, pero sacar mis cosas de la casa, quizá para una oficina que sea solo de ella, me aterraba porque era matar nuestro espacio con trabajo, algo que habíamos prometido nunca hacer.
—Zeke, por favor, ¿cómo puedes decir eso? Sabes que no quiero que te vayas nunca. —Vi cómo se paró de su silla y caminó hacia mí.
Ese pequeño que me derretía, pero me asustaba porque sabía que quería pedir algo cuando se sentaba en mis piernas y rodeaba mi cuello con sus brazos, mirándome directo a los ojos.
—Sabes, estas últimas semanas en el hospital he trabajado en el área neonatal. —Salió de su boca mientras dejaba un camino de besos por mi cuello—. Y siento que ya es hora… Zeke.
—¿Hora de qué, amor? —Sabía de lo que ella estaba hablando, pero no me sentía listo aún para eso, para intentarlo; ni siquiera era capaz de verme con un bebé.
—Creo que ese cuarto que tenemos para guardar cosas sería un buen cuarto para… bueno, para un futuro.
El café se me atragantó en la garganta, quemándome al bajar.
—¿Un futuro? —Me hice el loco, no quería que tocara el tema.
—Sí, Zeke. Un cuarto para un bebé. No digo ya, pero… en algún momento. Quiero que esta casa esté lista para cuando decidamos ser más que dos.
Sentí un pitido agudo en los oídos; había entrado al tema directamente. Un bebé. Niños. Una familia real, permanente, irrevocable. La imagen me golpeó con fuerza: yo, con mis manos manchadas de grasa y sangre, intentando sostener algo tan puro y frágil sin romperlo. Yo, pasándole mi oscuridad a un ser inocente.
—¿Estás hablando en serio? —pregunté, mi voz saliendo más dura y áspera de lo que pretendía.
—Claro que sí. Llevamos meses aquí, estamos estables…
—¿Estables? —Solté una risa seca, sin humor, haciendo que Annie se quitara de mi regazo—. Annie, apenas logramos que los generadores no exploten cada semana. ¿Y tú estás pensando en pintar cuartos para bebés?
La sonrisa de Annie vaciló, temblando en los bordes, pero no desapareció.
—Los generadores están bien, Zeke. Tú los tienes bajo control. El problema es que tú nunca sientes que nada esté bajo control.
—Porque no lo está. El mundo es un lugar peligroso, por si no te has dado cuenta desde tu ventana con flores o desde el hospital perfecto.
—¿Hablas en serio, Kavan? —Pregunto como si lo que acabara de decir fuera una completa mentira.
Me paré frente a ella, porque había sido la gota que derramó el vaso. Ella creía que todo era perfección, que no había peligro, que nada pasaría, pero la realidad estaba muy lejos de lo que ella creía. Yo no era el hombre que quisiera una familia o que pudiera dar un futuro estable, porque no sabía cómo darlo; lo intentaba, pero parecía que eso no fuera nunca perfecto para la ahora doctora Baldwin.
—Sí, Annie, hablo en serio, la vida no es color de rosa, como la intentas ver; no te basta con ver a las personas que van constantemente al hospital por alguna enfermedad o un peligro evidente, porque, Annie, ese es el mundo, uno que aún no está preparado para un bebé nuestro.
—Lo sé, amor, sé que tienes dudas. Pero la gente tiene hijos en medio de guerras, Zeke. La vida sigue. No podemos pausar todo hasta que tú decidas que el universo es seguro, porque eso nunca va a pasar.
Me sentía acorralado por su lógica, por su esperanza, por todo lo que yo no podía darle.
—No se trata de seguridad. Se trata de que no estás pensando con claridad. Estás aburrida, Annie. Eso es lo que pasa, pero yo no soy un hombre que simplemente tiene hijos; en realidad, no sé si alguna vez estaré preparado para tenerlos.
Ella frunció el ceño, confundida; sabía que crear una familia a la cual darle todo el amor era uno de sus sueños, pero no podía seguir diciéndole cosas lindas solo por miedo a perderla, no podía decirle mentiras cuando no estaba preparado para dar más problemas.
—¿Qué? —sus ojos se volvieron cristal, uno que está a punto de quebrarse. Pero no podía dar pasos atrás; ya lo había dicho.
—Te sientes inútil —dije, y las palabras salieron como veneno, proyectando mi propia basura interna sobre ella—. Dejaste tu trabajo en el Consejo, dejaste tu influencia, y aunque juegas a la doctora con Christopher, sigues sintiendo el vacío. Ahora estás aquí, arreglando cojines y soñando con bebés para llenar el hueco que tienes. Quieres un hijo, no porque estemos listos, sino porque necesitas un proyecto nuevo.
—No me refería a eso, Zeke, me refería a la parte que dijiste que no quieres tener un bebé, ¿te referiste a nunca? —preguntó arrastrando las palabras.
El silencio que siguió fue absoluto, denso. Como si la hubiera abofeteado físicamente. Se levantó despacio, con las manos temblando sobre la mesa.
—Sí, Annie, así te duela, nunca vamos a tener bebés, no lo vamos a hacer, no va a pasar, olvídate de esa absurdidad, es una idiotez para sentirte útil, una que no voy a permitirme.
Vi cómo las primeras lágrimas empezaban a recorrer sus ojos silenciosamente, mientras su cara reflejaba ese dolor que no me permitía pensar claramente; sabía que era como arrancarle el corazón. Pero no estaba listo para eso, y no creía estarlo nunca.
—¿Crees que quiero un hijo porque estoy aburrida? —susurró—. ¿Crees que convertir esta casa en un hogar es un pasatiempo para mí?
—Creo que no sabes lo que quieres —ataqué, porque era más fácil herirla que admitir que yo era el que estaba aterrorizado—. Un día eres la líder del Consejo, al otro quieres ser ama de casa, otro te aburres y vas al hospital. ¿Quién vas a ser mañana, Annie? ¿Cuándo te vas a cansar de jugar a que somos perfectos?
—No estoy jugando —dijo con la voz rota, una grieta en su compostura perfecta—. Estoy amando. Estoy intentando construir una vida con el hombre que amo, sin perderme, intentando ayudar a los demás Pero parece que ese hombre está tan roto que no puede ver nada bueno sin querer destruirlo.
—Pues quizás estoy roto —gruñí, acercándome a ella con rabia—. Y quizás no deberías traer un niño a este desastre. Quizás deberías buscarte a alguien a quien no tengas que reparar, alguien que esté a la altura de la grandiosa Annie Baldwin.
Me miró con una mezcla de dolor y decepción tan profunda que me atravesó el pecho. No hubo gritos. Solo esa mirada de quien se da cuenta de que ha estado hablando con una pared.
—Vete, Zeke —dijo, señalando la puerta con mano firme—. Vete antes de que digas algo que no te voy a poder perdonar.
No esperé. No intenté arreglarlo. Agarré las llaves y salí como si la casa se estuviera incendiando, huyendo de la verdad que ella acababa de poner frente a mí.
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