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Nosotros en las estrellas - Capítulo 94

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Capítulo 94: 93 – I Fall Apart

Canción sugerida: I Fall Apart – Post Malone

ZEKE

Manejé sin rumbo, con el pedal del acelerador a fondo, como si la velocidad pudiera dejar atrás las palabras que acababa de escupir. La rabia me quemaba las manos sobre el volante. Tenía rabia contra ella por presionarme, rabia contra mí por ser un cobarde, rabia contra el universo por darme algo tan puro que yo no sabía cómo proteger.

Había dicho cosas en la casa de las que me arrepentía profundamente; me había dejado llevar por el impulso y había herido a Annie de una forma de la que nunca lo había querido antes, pero ella me había acorralado con sus palabras, y yo… yo solo dejé que mi miedo hablara por mí.

Mientras el carro seguía avanzando, en mi mente se repetían mis palabras, algunas que desearía poder borrar. Las lágrimas empezaron a correr por toda mi cara; sentía que esta vez sí la había perdido, que no podía simplemente girar el auto y volver a casa como si no hubiera pasado nada.

Así que seguí el camino que tenía en frente; no tenía un lugar establecido al que ir, pero terminé donde siempre terminaban los restos del naufragio: en la periferia. En el Bajo Fondo. El lugar donde la “civilización” perfecta de Aurora Bay todavía no llegaba del todo, donde las luces parpadeaban y el aire olía a óxido y desesperanza.

Entré al bar pateando la puerta, buscando ruido, buscando apagar el cerebro antes de que la imagen de las lágrimas de Annie me hiciera estrellar el coche. Pedí una botella. No un vaso. Una botella entera.

—Vaya, el fugitivo. ¿Qué pasó en la vida perfecta del líder?

Kaia. Era su irritable voz, esa que no quería escuchar ahora mismo.

Estaba ahí, entre las sombras, con esa sonrisa perturbadora que indicaba peligro. Se veía cómoda en la oscuridad, tan diferente a la luz brillante que rodeaba a Annie.

—No hoy, Kaia —le advertí, sirviéndome un trago doble que me quemó la garganta y me hizo toser.

—¿Qué pasó ahora? La gran doctora ahora está pidiendo más… —se burló, acercándose con esa andanada felina y peligrosa—. Tienes cara de que te pidieron algo que no puedes pagar, Kavan.

—Me pidió tener un hijo —solté. El alcohol me estaba soltando la lengua demasiado rápido, rompiendo los diques de mi autocontrol—. Quiere pintar un cuarto para un bebé. Quiere un “futuro”.

Kaia soltó una carcajada seca, áspera, que resonó como un disparo en el bar vacío.

—¿Un bebé? ¿Contigo? Pobre criatura. —Se apoyó en la barra, invadiendo mi espacio personal, su aliento mezclándose con el mío—. Tú no eres material de padre, Zeke. Tú eres un soldado que quiere que el mundo sea perfecto antes de intentar algo serio.

—Ya lo sé, Kaia, no me tienes que recordar eso. —Ni siquiera la miré—. Vete… déjame en paz.

Sentí su mano pasar por mi espalda como si no me hubiera escuchado; odiaba su tacto, porque no era igual al de Annie; se sentía fingido y sin fragilidad.

—Es que lo pienso y me da risa, ¿Zeke Kavan, como padre? Por favor, todos en Aurora Bay saben que no quieres, ni siquiera lo consideras. —Sentí como cada vez estaba más cerca, pero ignoré su cercanía, porque no me causaba más que malestar. —¿Acaso la princesa no conoce a su propio hombre?

Apreté el vaso hasta que mis nudillos crujieron, blancos por la presión.

—Cállate.

—Es la verdad, y lo sabes. En el fondo, lo sabes. Ella vive en una fantasía completa, que a veces creo que no se da cuenta de que tú no encajas en su futuro; te dice que eres suficiente, pero tú… tú perteneces aquí, en la oscuridad. Nosotros no nacimos para traer niños a este mundo.

Puta vida, cuánta razón tenía Kaia en sus palabras, porque sabía que yo no pertenecía a esa fantasía perfecta que Annie quería en la vida, porque sabía que así me esforzara, jamás sentiría que estaba en el nivel de ella, no porque fuera perfecta, sino porque ella trataba siempre de buscar lo bueno en los momentos buenos; ella sabía cómo sonreír en la tormenta, pero yo no.

Yo solo veía oscuridad; en mi mundo ella era la única luz, y tener un bebé era intentar dar luz a una vida, una luz que yo no poseía. Tenía miedo a perderla cuando se diera cuenta de que no era suficiente para ella, que se cansaría de mí, de mi absurdidad y de mi inestabilidad.

Cuando me di cuenta de que todo había desaparecido y que ahora mi único temor era perderla, tomé un trago de la botella, uno seguido del siguiente y del siguiente. Bebí para ahogar mis propios pensamientos, para ahogar a este hombre que no sabía cómo ser digno de la mujer que quería estar a su lado.

Kaia me veía a la distancia, esperando quién sabe qué pasara para seguir con sus palabras. La noche se volvió líquida. Las luces de neón del bar se estiraron, convirtiéndose en líneas borrosas y mareantes. Recuerdo reírme de algo que no tenía gracia, una risa hueca que me raspó la garganta. Recuerdo sentir el brazo de Kaia alrededor de mi cintura, su peso apoyándose en mí, su perfume barato y dulce llenándome la nariz, asfixiándome, reemplazando el olor a orquídeas y algodón que intentaba recordar de Annie.

—Vamos, fiera… estás acabado. Ya no puedes ni sostenerte.

—Tengo que… ir a decirle que no estoy roto… que lo vamos a intentar… que lo voy a hacer por nosotros… —balbuceé, intentando levantarme, pero las piernas no me respondieron. El suelo pareció inclinarse peligrosamente bajo mis botas.

—Estás muy roto, cariño —susurró ella cerca de mi oído, una promesa venenosa—. Pero yo sé cómo pegar las piezas. Vamos.

Me dejé llevar. El peso de mi cuerpo ya no era mío. El mundo se apagó en un zumbido estático, y la oscuridad me tragó por completo.

Blackout.

Cuando desperté, la luz del sol me golpeó en la cara con la brutalidad de un ladrillazo; me dolía todo el cuerpo.

Gemí y traté de taparme los ojos con el antebrazo. El dolor de cabeza era un latido violento y rítmico detrás de mis sienes que amenazaba con partirme el cráneo. Tenía la boca seca, pastosa, con un sabor metálico a ceniza y alcohol rancio.

Me giré en la cama, buscando instintivamente el frescor de mis sábanas de algodón, buscando el cuerpo cálido de Annie para anclarme a la realidad.

Mi mano tocó piel caliente y desnuda.

Pero no era la piel de Annie.

Me congelé. El corazón se me detuvo un segundo; no podía estar pasando, no era real, así que abrí los ojos de golpe, ignorando el dolor punzante de la luz.

Miré a mi alrededor en busca de una señal de que había vuelto a casa, que estaba en el cuarto de huéspedes, pero lo que vi estaba lejos de ser mi casa, no era mi habitación. No eran mis sábanas blancas ni mis ventanas grandes. Eran paredes de metal sucio, con manchas de humedad y pintura descascarada. Había ropa tirada en el suelo en un desorden caótico, mezclada: mi camisa junto a un vestido que no reconocía, uno que Annie jamás usaría.

A mi lado, Kaia dormía boca abajo. La sábana gris y arrugada apenas le cubría la cadera. Estaba desnuda. Su espalda subía y bajaba con una respiración tranquila, ajena al infierno que acababa de desatarse en mi mente.

—Mierda, ¿qué hice? —susurré para mí mismo.

El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran golpeado el estómago con un mazo.

Me senté en la cama de un salto, ignorando el mareo violento que me hizo cerrar los ojos un segundo para no vomitar. Miré mi propio cuerpo con horror. Sin camisa. Sin pantalones, simplemente mi ropa interior.

—No… —El susurro salió de mi garganta como un gemido de animal herido, rasposo y lleno de pánico—. No, no, no…

Traté de recordar. Forcé a mi cerebro a buscar en la neblina tóxica de la resaca qué había pasado después del tercer trago. ¿La había tocado? ¿La había besado? ¿Había… traicionado a Annie de la peor forma posible?

Nada.

No había recuerdos. Solo un agujero negro inmenso, un vacío aterrador y la escena del crimen desplegada frente a mis ojos como una sentencia de muerte.

Me llevé las manos a la cabeza, jalándome el pelo con desesperación, sintiendo que la bilis me subía por la garganta, quemándome.

Acababa de destruir mi vida. Acababa de confirmar todo lo que le grité a Annie ayer. Yo era el desastre. Yo era la oscuridad que destruía todo lo que tocaba. Y ni siquiera recordaba cómo había sucedido.

—¿Qué hice? —le pregunté al silencio sucio de esa habitación, con la voz quebrada—. Dios mío, ¿qué hice? ¡Soy un imbécil! ¡Un imbécil completo!

Me levanté tambaleándome, tropezando con mis propios pies, buscando mis botas, mi camisa, lo que fuera para cubrirme, para escapar. Tenía que salir de ahí. Tenía que huir de la verdad que yacía en esa cama. Pero la verdad estaba ahí, desnuda y real, y yo sabía que, pasara lo que pasara, ya no había vuelta atrás. Había cruzado la línea, y ahora ya había caído al abismo.

Hola, lector.

De nuevo yo. Primero que todo, te quiero pedir perdón por esto, pero Zeke necesita crecer si quiere ser el endgame de Annie. Desde ya te digo que los siguientes capítulos van a ser una lluvia de meteoros fuertísima; te pido que no odies a Zeke mientras él sana su corazoncito.

XOXO Ang…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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