Nosotros en las estrellas - Capítulo 95
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Capítulo 95: 94 – Midnight Train
Canción sugerida: Midnight Train – Sam Smith
ZEKE
—No… —El sonido salió de mi garganta como un gemido estrangulado, rasposo y patético—. No, no, no…
Me llevé las manos a la cabeza, enterrando los dedos en mi pelo y jalando con fuerza, buscando dolor, buscando despertar de esta pesadilla.
—Piensa, Zeke. Recuerda.
Cerré los ojos y forcé a mi mente a retroceder; debía recordar antes de salir de allí, pero fue como quien rebobina una cinta rota. Recordé la discusión con Annie en la cocina; recuerdo su ilusión cuando empezó a hablar, pero ese recuerdo se nubló rápidamente con su cara de dolor cuando le dije que estaba aburrida y que no quería lo mismo que ella para la vida, sugiriéndole que realmente no estábamos hechos para el otro.
Recordé salir de la casa como un cobarde, como si que ella lo pidiera fuera un favor para mí mismo; debí haber luchado más, haber hablado con ella, llegado a un acuerdo, pero no, fui un cobarde que salió de la casa.
Recuerdo también el viaje en el auto, la rabia quemándome las manos mientras conducía; algo me decía que debía volver a arreglar las cosas con ella, pero nunca me detuve; quizá el miedo a no tener la razón me detuvo en aquel momento y por eso seguí el camino. Recuerdo entrar a ese bar, ese que gritaba desesperación; sé que bebí el primer trago. El segundo. Viene a mi mente el momento en que todo terminó, Kaia sentándose a mi lado, pasando su mano por mi espalda, susurrándome veneno, como si fuera la única verdad.
Y luego… nada.
Un abismo negro. Un corte en la cinta de mi memoria. Estaba el espacio, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel tercer vaso y hubiera vuelto mágicamente a este despertar; no había nada. Ni una imagen, ni una sensación, ni un sonido. Solo este vacío aterrador y la evidencia física y desnuda que tenía delante de mis ojos.
Kaia se movió a mi lado. Soltó un suspiro largo y se estiró perezosamente; al ver mi desesperación, una sonrisa malvada dibujó su cara, un gesto de satisfacción pura. Se giró sobre su espalda, sin molestarse en cubrirse el pecho como si fuera el acto más natural del universo, y abrió los ojos. Me miró directo como si fuera obvio que había pasado algo.
Me levanté de la cama de un salto, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la pared fría y sucia. Sentí que me iba a enfermar. Sentí que estaba cubierto de una suciedad que nunca iba a poder quitarme, ni con todo el jabón del mundo.
Mi estómago se revolvió; fue como si el cúmulo de emociones, por fin, hubieran decidido salir, justo en ese momento cuando la vi a ella. No podía creer que en mi vulnerabilidad hubiera caído con una persona tan repulsiva como Kaia.
Busqué el baño, pero esa casa no era como la mía, no tenía una habitación anexa a la que pudiera llegar rápido, así que tomé el bote de la basura y vomité ahí mismo. Tomé una bocanada de aire recomponiéndome.
—Tápate, Kaia —pedí con urgencia; vi cómo titubeó al principio, pero luego hizo caso.
—Buenos días, fiera —dijo. Su voz era ronca, arrastrada por el sueño.
—¿Qué pasó? —exigí. Mi voz temblaba. No de miedo, sino de un terror puro y absoluto—. ¿Qué mierda pasó anoche, Kaia?
Ella se apoyó en un codo, mirándome con esa diversión cruel, como si yo fuera un insecto interesante que acababa de atrapar bajo un vaso.
—¿De verdad no te acuerdas? —Soltó una risita suave, negando con la cabeza—. Vaya. Qué desperdicio. Estabas muy… entusiasta.
La bilis me subió por la garganta, ácida y caliente.
—Cállate —gruñí, buscando mi ropa en el piso; mi cuerpo me gritaba con urgencia que saliera de allí, antes de que perdiera la cordura—. Dime la verdad. ¿Pasó algo? ¿Nosotros…?
No pude terminar la frase. La simple idea de decirla en voz alta me daba náuseas.
Kaia se encogió de hombros. Un gesto casual. Un gesto que destruyó mi vida en un segundo.
—Dímelo tú, Zeke. Terminamos en mi cama. Tú estabas desesperado. No parabas de decir que necesitabas olvidar, que necesitabas dejar de fingir ser el príncipe azul. —Se pasó la lengua por los labios, mirándome directo a los ojos—. Yo solo te di el consuelo que pedías. Digamos que anoche no parecías extrañar mucho a tu perfecta Annie.
Era suficiente.
No necesitaba detalles. No necesitaba un video. La certeza me cayó encima como una losa de concreto. Me había traicionado a mí mismo, a la vida que había construido y, lo peor de todo, había traicionado a la única persona que me veía como en realidad era, que no buscaba que cambiara o que intentara ser alguien más; ella era la única que amaba al Zeke de verdad, incondicionalmente. Había destruido todo. Y lo había hecho con la mujer que representaba todo lo que yo odiaba de mí mismo.
Recordé las miles de veces que Annie me lo había dicho. Y las miles de veces que le había dicho que estaba exagerando, que eran celos sin sentido, porque jamás podría caer con alguien como Kaia, pero hoy estaba ahí, había caído; yo me había traicionado a mí mismo.
Me vestí con una urgencia frenética, casi rompiendo los botones de mi camisa. Me sentía contaminado. Quería arrancarme la piel a tiras. Quería desaparecer.
—Esto fue un error —balbuceé, sin atreverme a mirarla de nuevo—. Un maldito error. Soy una basura.
—Fue lo que necesitabas —respondió ella, dándose la vuelta en la cama y acomodando la almohada, indiferente a mi colapso—. Cierra la puerta al salir, Zeke. La luz me molesta.
Salí de esa casa que se caía a pedazos casi corriendo, tropezando con mis propios pies.
El exterior me recibió con una bofetada de aire fresco y cielo azul. Percevalis estaba radiante. Los pájaros cantaban, la vegetación brillaba con el rocío. El mundo era hermoso, y yo era una mancha negra caminando sobre él.
Llegué a mi todoterreno y me subí, cerrando la puerta para aislarme del ruido. Apoyé la frente contra el volante y grité. Un grito ahogado, sin sonido, que me raspó la garganta.
Había tocado fondo y ya no había vuelta atrás, y esa idea de quedarme en esa vida no era una posibilidad; no podía decirle, no podía herirla más, no lo merecía, debía huir, debía irme de ese lugar, porque ya no merecía respirar su mismo aire cuando era el farsante más grande de la historia.
¿Cómo iba a mirarla a la cara? ¿Cómo iba a volver a esa casa que ella había llenado de plantas y esperanzas, sabiendo dónde había estado yo?
Arranqué el motor. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el volante.
El trayecto de regreso fue una tortura psicológica. Cada kilómetro que me alejaba de la periferia y me acercaba a la zona residencial era un paso más profundo en mi propio infierno. Veía el paisaje cambiar: de los módulos oxidados y el barro a las estructuras limpias, los caminos cuidados, los jardines que Annie amaba y la playa que habíamos recorrido en medio de risas; ahora eran solo un cruel recuerdo de lo que había hecho.
Pasé por el parque que ella quería diseñar. Pasé por el hospital donde ella había salvado vidas mientras yo me comportaba como un animal.
Me detuve unas casas antes; vi a Matthew en su garaje arreglando algo de su carro; necesitaba que alguien me dijera lo mal que estaba para compensar mi odio a mí mismo.
—¿Zeke? Hermano, te ves terrible —le oí decir mientras me bajaba de mi carro.
—Uff… la cagué en grande… cometí el peor error, Matt —dije dejando que las lágrimas salieran.
Él no pidió explicaciones, solo se acercó y me abrazó. No me sentía digno de su lástima; si él supiera lo que le había hecho a su hermana, me mataría, no lo aceptaría, así que solo guardé silencio.
—¿Todo bien con Ann? —pregunto con temor a mi respuesta.
No pude decirle la verdad, que la había traicionado, que había roto toda promesa que le había hecho, que estaba sucio y que había despertado en otra cama; no lo haría, porque sabía que no le correspondía a él saberlo y cargar con ese peso.
—Emr… estamos pasando por un momento difícil —dije, escondiendo la verdad—. ¿Te puedo pedir un favor, hermano?
Él solo asintió, limpiándose las manos y mirando directo a mis ojos como si así pudiera sacar toda la verdad que venía escondiendo.
—Cuídala, no la dejes sola y no dejes que me odie tanto. —concluí limpiando bruscamente algunas de las lágrimas que yacían en mis cachetes.
Él asintió con ese miedo que empezaba a presentir que algo no estaba bien; no le di tiempo de preguntar lo que estaba pasando porque, después de que mi cuerpo me asegurara que Annie estaría bien, volví a mi auto y lo encendí.
Finalmente, unas cuadras después llegué a la casa.
Estaba allí, en la colina, bañada por la luz dorada de la mañana. Se veía perfecta. Tranquila. Hogareña.
Apagué el motor, pero no me bajé de inmediato. Me miré en el espejo retrovisor. Mis ojos estaban inyectados en sangre. Tenía ojeras oscuras. Mi ropa estaba arrugada y olía… olía a ella. A Kaia. A alcohol rancio y a traición.
—Ella va a saberlo —pensé con pánico. —Apenas cruce la puerta, ella va a olerlo en mí.
Pero no podía quedarme en el auto para siempre; tenía que entrar, así fuera por última vez.
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