Nosotros en las estrellas - Capítulo 96
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- Capítulo 96 - Capítulo 96: 95- Manos de Tijera
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Capítulo 96: 95- Manos de Tijera
Canción sugerida: Manos de tijera – Camilo
ZEKE
Bajé del auto y caminé hacia la puerta principal con las piernas pesadas, como si arrastrara cadenas en mis piernas. Cada paso que daba era como si estuviera acercándome a mi fin; mi corazón cada vez latía más fuerte. Abrí la puerta con cuidado, rogando que ella no estuviera en la sala. Esperándome.
La casa estaba en silencio. Un silencio denso, pesado.
Cuando entré. El olor me golpeó de inmediato. Orquídeas, ese olor a mar que se filtraba a través de las ventanas era el silencio que anunciaba paz. Era el olor de Annie. Sentí que ese olor me rechazaba porque sabía lo que había pasado esa noche; era como si la casa tuviera consciencia propia y supiera lo que había hecho; era como si con el solo hecho de estar allí quisiera escupirme.
Caminé hacia la cocina. La mesa seguía puesta. Dos platos. Dos tazas. El desayuno de ayer o quizás… no, quizás era el de hoy y ella estaba esperándome como si solo hubiera sido una pelea tonta. Los platos estaban intactos.
La sola imagen de Annie sentada sola en esa mesa, esperando a que yo cruzara la puerta mientras yo estaba revolcándome en la cama de otra persona, me partió el alma.
Subí las escaleras. Cada escalón crujía bajo mi peso; era como si cada paso que diera fuera un veredicto de mis actos.
Empujé la puerta de nuestra habitación con una suavidad que no merecía tener. Estaba oscuro. Las cortinas estaban cerradas; esperaba que ella no estuviera allí, que pudiera evitar ver su cara, no porque no la quisiera, sino porque me arrepentía profundamente de lo que había hecho.
Pero ella estaba ahí.
Annie dormía en su lado de la cama, hecha una bolita pequeña; bajo las cobijas se veía incluso más vulnerable; abrazaba la almohada, mi almohada. Me acerqué a la cama en silencio, conteniendo la respiración, para no despertarla.
Pero incluso en la penumbra, el daño de mi ausencia era visible. Su rostro estaba hinchado. Sus pestañas estaban pegadas por las lágrimas secas. Tenía la nariz roja. Se había quedado dormida llorando mientras yo me perdía en el alcohol.
Me quedé paralizado al pie de la cama. El impulso de tocarla, de apartarle el pelo de la cara, de abrazarla y nunca soltarla, fue abrumador. Pero no lo hice, detuve la mano a medio camino, como si su piel fuera un volcán a punto de erosionar que se activaba con mi tacto.
No podía tocarla. No ahora. No así.
Me sentía tóxico. Sentía que si la tocaba, mi suciedad se le pegaría, que se daría cuenta de lo que hice con solo verme. Necesitaba quitarme este olor, esta capa de vergüenza que me cubría el cuerpo entero.
Me metí al baño como un fantasma y cerré la puerta con el seguro, aunque sabía que eso no me protegía de nada. Me desnudé con rabia, tirando la ropa al rincón más alejado, como si la tela estuviera infectada. Entré en la ducha y abrí el agua caliente al máximo.
El agua hirviendo me golpeó la espalda, quemándome, pero no me importó porque era lo que necesitaba para borrar ese error de mi piel. Agarré el jabón y empecé a frotar. Froté mis brazos, mi pecho, mi cuello. Froté hasta que la piel se puso roja, hasta que ardió.
—Quítatelo. Quítate su olor. Quítate lo que hiciste —me decía a mí mismo, intentando que ese acto pudiera borrar el error o al menos traer de vuelta aquellos recuerdos que se me habían negado en mi estado.
Pero el jabón no servía. El agua no servía. La mancha estaba adentro. Estaba en mi memoria vacía, en la certeza de que había fallado en lo único que importaba.
Cerré los ojos bajo el chorro de agua y apoyé la frente contra los azulejos fríos, dejando que el agua se mezclara con las lágrimas de rabia que por fin se atrevieron a salir. Después de un rato, ya no me quedaba fuerza; me dejé caer en el piso, la imagen más miserable de mí mismo, el gran Zeke reducido en el piso del baño, llorando mientras el agua seguía corriendo.
—Maldita sea… —susurré contra la pared—. Maldita sea, Zeke.
Luego de algunos minutos en el piso, me levanté, cerré el grifo. Tomé la toalla, que estaba en el mismo lugar que siempre, al lado de la de Annie. Me sequé rápido, evitando mirar mi reflejo en el espejo, porque sabía que no soportaría ver al hombre que me devolvía la mirada. Me envolví una toalla en la cintura y abrí la puerta del baño.
El vapor salió conmigo, nublando la habitación.
Annie estaba despierta.
Se había sentado en la cama al escuchar el cese del agua. Llevaba una camiseta vieja de dormir, una que era mía; tenía el cabello revuelto. Me miró. Sus ojos, que estaban rojos e hinchados, se encontraron con los míos.
Me tensé. Esperé el grito. Esperé la pregunta: “¿Dónde estabas?”. Esperé que me dijera que sabía, que podía ver la mentira escrita en mi frente.
Pero entonces, su expresión se rompió. Sus labios temblaron.
—Zeke… —Su voz era un hilo roto.
Y antes de que yo pudiera decir una palabra, antes de que pudiera empezar a confesar mi crimen, ella se levantó de la cama y corrió hacia mí. Se lanzó a mis brazos con una desesperación que me dejó helado.
—Zeke, volviste… —sollozó contra mi pecho desnudo, abrazándome con fuerza, como si yo fuera un náufrago que acaba de regresar del mar.
Me quedé rígido. Mis brazos colgaron a los costados, incapaces de rodearla. Su piel caliente contra la mía, su olor dulce, su amor incondicional… todo se sintió como una tortura.
—Lo siento —dijo ella, y las palabras me golpearon más fuerte que cualquier bofetada—. Lo siento tanto, mi amor. Fui una idiota ayer. Perdóname.
—¿Qué? —La palabra salió de mi garganta áspera, incrédula.
Ella se separó un poco para mirarme; sus ojos, aún llorosos, buscaban mis ojos, buscaban mi enojo, e incluso cuando yo no podía sostener mi mirada, pero por puro arrepentimiento, nunca separó sus manos de mi pecho; era como su ancla, una que no podía sostener.
—Te presioné demasiado —continuó, hablando rápido, atropelladamente—. Sé que quizá sea mucho para ti… Un bebé es mucha responsabilidad y sé que quizá sí quieras, pero quizá todavía no. Perdóname, amor.
Sentí que el mundo se inclinaba.
Annie, la mujer que se había quedado llorando toda la noche, la mujer a la que yo había abandonado para irme a emborrachar y terminar en la cama de otra, me estaba pidiendo perdón a mí. Ella creía que era su culpa. Creía que su deseo de una familia, de un futuro, era un error.
La culpa se transformó en algo físico, un dolor agudo en el centro del pecho que me cortó la respiración.
No lo sabes, pensé. Dios mío, Annie, no tienes ni idea de la basura que soy.
Ella intentó abrazarme de nuevo, buscando consuelo, buscando cerrar la brecha entre nosotros.
—No… —dije.
Me aparté de ella. Fue un movimiento brusco, instintivo. Retrocedí un paso, rompiendo el contacto, alejándome de sus manos como si me quemaran.
Vi cómo su mirada se quedó fija en mí, como quien busca respuestas a preguntas que aún no existen; sus brazos quedaron vacíos en el aire, mientras que una sombra de dolor se dibujaba en su cara.
—¿Zeke? —preguntó, bajando las manos lentamente—. ¿Sigues… sigues enojado conmigo?
No podía mirarla.
—No estoy enojado —murmuré. Mi voz sonaba muerta, vacía—. No es eso.
—Entonces, ¿qué pasa? —Dio un paso vacilante hacia mí—. Por favor, hablemos, podemos solucionar esto.
—Annie… Anoche… —Comencé; la verdad empezaba a salir incluso cuando intentaba ocultarla.
—Amor, ayer los dos dijimos cosas de las que nos arrepentimos… —Sentí sus manos sobre las mías de nuevo. —Pero… mira, lo que haya pasado, el que no hayas vuelto, está olvidado, ¿comenzamos de nuevo?
No podía creer lo que estaba escuchando. Annie, mi Annie, me estaba pidiendo que olvidáramos todo, pero si ella supiera lo que hice, nunca me lo perdonaría y ahí entendí… entendí que debía guardarme esto para mí.
—Anoche, cuando no volviste… estuve tan asustada. Pensé que te habías ido para siempre. Supe que… Quizá sí es muy apurado tratar de establecer algo tan pronto; podemos hablar del cuarto, podemos esperar. No me importa el futuro si no estás tú.
—¡No puedo! —La interrupción salió más fuerte de lo que quería. Fue casi un grito.
Annie retrocedió, asustada.
Me pasé una mano por la cara, desesperado. No podía estar cerca de ella. Su bondad me estaba matando. Su perdón inmerecido era peor que cualquier condena. Me sentía sucio, indigno de respirar el mismo aire que ella.
—No puedo hablar ahora —dije, girándome hacia el armario para buscar ropa. Cualquier cosa. Necesitaba cubrirme. Necesitaba poner capas de tela entre mi piel traidora y su mirada inocente—. Tengo que irme.
—¿Irte? —Su voz se quebró en un sollozo ahogado—. ¿Acabas de llegar y te vas otra vez? Zeke, por favor… Mírame.
Me puse los pantalones con manos torpes, dándole la espalda. No podía mirarla. Si la miraba, me derrumbaría. Le confesaría todo, y vería cómo la luz se apagaba en sus ojos para siempre. Y fui demasiado cobarde para enfrentar eso.
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