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Nosotros en las estrellas - Capítulo 97

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Capítulo 97: 96 – Reputation

Canción sugerida: Reputation -Post Malone

ZEKE

—Hay problemas en… los generadores —mentí. Añadí una nueva mentira a la montaña que ya amenazaba con aplastarme—. Tengo que supervisar las reparaciones. No puedo quedarme aquí.

—¿Es por lo que dije ayer? —insistió ella, caminando rápido alrededor de la cama hasta ponerse a mi lado, obligándome a verla de reojo. Sus ojos estaban rojos, llenos de una culpa que no le pertenecía—. ¿Es porque te dije que tenías miedo? Zeke, lo siento. No quise herirte.

Sentí que el pecho se me partía. Ella se disculpaba. Ella, la víctima, se disculpaba con el verdugo.

—No es por ti, Annie —dije, agarrando una camisa del suelo y poniéndomela sin abotonar, caminando hacia la puerta como si el suelo quemara—. Es… soy yo. Solo soy yo.

—No te vayas así —suplicó.

Me agarró del brazo justo cuando llegaba al marco de la puerta. Me detuve en seco. Su tacto fue eléctrico, una descarga de calor que atravesó mi piel. Fue ahí cuando sentí el impulso violento de girarme, de caer de rodillas, de abrazarla, contarle la verdad y suplicarle por su perdón.

Pero el miedo fue más fuerte. El miedo a perderla. El miedo a ver cómo el amor en sus ojos se transformaba en asco.

Me solté de su agarre con suavidad; mientras seguía caminando hacia la puerta, mi corazón pedía a gritos que debía irme.

—Hablamos luego —dije, sin mirarla. No podía hacerlo.

—Te amo —susurró ella a mi espalda.

Sus palabras eran una ofrenda de paz. Un último intento desesperado de traerme de vuelta a ella, de mostrarme que no estaba enojada, que podíamos solucionar las cosas, pero eso lo hacía más doloroso, porque eran la prueba de que aún no sabía la verdad.

Cerré los ojos un segundo, sintiendo cómo esas dos palabras se clavaban en mi espalda como dagas. No respondí. No podía decirle que la amaba. En ese momento, mi amor no valía nada. Mi amor estaba manchado, podrido.

Salí de la habitación y bajé las escaleras rápido; estaba huyendo de ella, huyendo de la casa que ya no merecía, huyendo de mí mismo.

No podía quedarme en esa casa. Cuando salí, caminé casi que corrí hacia mi auto; quería irme de allí antes de decir algo que la hiriera más.

Por eso huí al trabajo. Fue una retirada cobarde, disfrazada de responsabilidad. Me refugié rodeándome de torres de papeles, olor a grasa y las miles de excusas; debía concretar la fase final de instalación de los paneles solares en la bahía norte. Era un proyecto crítico para la optimización de energía de Aurora Bay, algo que requería precisión milimétrica y concentración absoluta.

Yo no estaba allí para ser preciso o reparar algo; en realidad estaba allí para ahogar el ruido de mi propia cabeza. Buscaba que el ruido de las turbinas y el de las herramientas silenciaran la voz en mi mente que repetía, una y otra vez, que lo había arruinado todo.

Me mantuve allí, horas tras horas, con las manos manchadas de aceite, incluso cuando mi instinto me gritaba que hiciera algo. Ve a casa. Habla con ella. Dile la verdad. Pero, ¿cuál era la verdad? Esa era la pregunta que me paralizaba. ¿Cómo podía confesar un pecado que mi memoria había borrado? No recordaba haber tomado la decisión. Solo tenía el despertar en el infierno y la certeza de mi propia suciedad.

Sentí el impulso violento de dejar todo atrás y volver a la casa, pero si iba a casa y le decía: “Creo que te engañé, pero no me acuerdo”, la destruiría. La duda la carcomería. En cambio, si me quedaba aquí, enterrado en el trabajo, quizá podría engañarme a mí mismo. Quizá podría intentar borrar la última noche bajo capas de burocracia, ruido y paneles. Cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, era mejor que cruzar esa puerta y ver sus ojos llenos de amor, un amor que yo ya no merecía.

Mi comunicador se convirtió en un instrumento de tortura.

Evité los mensajes de Annie todo el día. Al principio, fue una decisión táctica. Luego, se convirtió en una necesidad física. Sentía que actuar con normalidad, responder con un “todo bien, amor”, me dolía más que el silencio, porque era añadir la mentira a la traición. Sabía que mi silencio la estaba preocupando. Pero la alternativa, contarle la verdad y hacerla sufrir, era algo que mi cobardía no podía soportar.

Decidí ignorar sus mensajes que seguían llegando. Era ella suplicándome que solucionaramos las cosas; en realidad, nada me gustaría más que volver a casa, abrazarla y que instantáneamente todo estuviera bien, pero la realidad estaba muy lejos de aquel anhelo que no me dejaba respirar en paz.

Ignoré algunos de los mensajes que nunca se detuvieron, pero la tortura llegó cuando el sol empezaba a bajar, el trabajo empezaba a acabarse; revisé mi dispositivo, el último mensaje aún estaba allí.

—Te extraño, por favor, vuelve. Solo quiero que estemos bien.

Leí las palabras “te extraño” y sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí.

—También te extraño, perdóname por lo que hice —le respondí, para luego apagar mi dispositivo; no quería que me llamara, pero tampoco quería que siguiera pensando que era su culpa mi distancia.

Cuando el día ya se estaba acabando, busqué la última razón para huir y posponer un rato mi vuelta a casa; tenía una última tarea pendiente. Debía ir al muelle norte, allí donde terminaba la bahía y empezaba la tierra de nadie, el límite agreste de nuestra civilización. Debía supervisar los anclajes antes de que se instalaran los paneles al día siguiente. Era un trabajo de diez minutos, una excusa de último momento para no ir a casa todavía.

Conduje hasta allá con el piloto automático, viendo cómo las luces cálidas de la zona residencial quedaban atrás y eran reemplazadas por las sombras.

El muelle estaba desierto, o eso creía. El viento soplaba fuerte allí. El sonido del mar golpeando contra los pilares de metal en donde se instalarían los paneles.

Y entonces la vi. Kaia estaba allí.

No parecía una coincidencia. Estaba parada como si hubiera estado todo el día esperando a que yo llegara. Estaba apoyada contra la baranda de metal del muelle, fumando algo que olía dulce y químico.

Me miró cuando me acerqué; tenía esa sonrisa de suficiencia, aquella expresión de quien conoce tus peores secretos. Se acercó a mí, dibujándosele una sonrisa que me revolvía el estómago con una violencia que casi me hacía doblar las rodillas.

—Te ves fatal, Kavan —dijo, soltando el humo hacia mí en una nube densa que el viento no logró dispersar del todo.

Me detuve en seco a unos metros de ella. Me miré las manos; estaban manchadas de grasa y tierra, pero me las limpié en el pantalón con fuerza, frotando la tela contra la piel como si quisiera arrancármelas. La rabia me subió por la garganta, caliente, violenta, una marea roja que me nubló la vista.

—Aléjate de mí —gruñí. Mi voz sonó irreconocible, cargada de odio.

Ella no se inmutó. Solo dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal; podía oler su perfume de lo cerca que estaba.

—¿Sigues llorando por tu pequeño error? —Se rio suavemente, negando con la cabeza con una falsa lástima—. Te ves tan torturado… Si quieres podemos repetirlo, claro. Esta vez no tan borrachos, para que recuerdes lo bien que nos entendemos.

Se acercó más, con ese tono insinuante que me hacía querer vomitar; su mano se posó en mi hombro mientras jugaba con la tela de mi camisa. La miré a los ojos, y solo vi vacío.

—Me daría asco, para ser sincero —dije, intentando que mi voz fuera de acero, aunque por dentro estaba temblando. Aparte sus manos bruscamente, deteniendo su jugeteo. La empujé, recuperando el espacio que había perdido—. Jamás estaría con alguien que no fuera Annie. Jamás te elegiría a ti.

La sonrisa de Kaia se ensanchó, mostrando los dientes.

—¿Te olvidas de que ya lo estuviste? —Su voz destilaba veneno y rabia por mi rechazo; lo podía oler a metros—. Anoche no parecías tener tanto asco. Parecía que lo disfrutabas. Incluso me agradeciste, Zeke. Me agradeciste por sacarte de ese mundo de perfección de plástico al cual sabes que no perteneces.

Sus palabras me golpearon como puñetazos. Jamás le agradecería, nunca, ni en mis peores pesadillas me arrepentiría de compartir mi vida con Annie, pero incluso en mi certeza no recordaba nada. Ese era mi infierno: no podía refutarla porque había un agujero negro donde debían estar mis recuerdos.

—No me hiciste ningún favor —escupí las palabras, sintiendo que me ahogaba—. Arruinaste todo. Te metiste en mi cabeza, te aprovechaste de que estaba borracho y destruiste lo único puro que tenía en mi miserable vida.

La vi reírse. No era una risa de alegría, era una risa oscura, triunfal. Se burlaba de mí, de mi error, disfrutaba mi arrepentimiento como si fuera un espectáculo privado.

—Tú te metiste en mi cama solo, Zeke. Nadie te puso una pistola en la cabeza. Nadie te obligó a caminar hasta mi puerta.

Retrocedí un paso, tambaleándome como si me hubiera empujado físicamente. Me estaba confirmando lo que más temía: que una parte de mí, la parte rota y oscura, había buscado esto. Sentí cómo mi confusión y mi horror se reflejaban en mi cara, y eso solo alimentaba su diversión.

La rabia volvió a subir, cegadora. Apreté los puños hasta que mis uñas se clavaron en las palmas.

—¡Porque me manipulaste! —grité, y mi voz resonó en el muelle vacío—. ¡Te aprovechaste de que estaba muy borracho para meterte en mi mente! Pero escúchame bien, Kaia. Y escúchalo para siempre. No te amo. No siento nada por ti más que asco. Te odio. Te odio por lo que hiciste.

Su expresión se endureció, perdiendo la máscara de burla. Ahora me miraba con frialdad. Sabía que mis palabras la habían herido.

—Ódiame todo lo que quieras, Kavan. Ódiame hasta que te consumas. Pero ya está hecho. Ya la traicionaste. —Dio un paso hacia mí, desafiante—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a ir a contárselo? ¿Vas a ir a casa, sentarte en su sofá perfecto y ver cómo se le rompe el corazón a tu princesa cuando sepa dónde dormiste?

Esa era la pregunta. La pregunta que me había perseguido todo el día, escondida entre los paneles solares y la grasa. La pregunta que había evitado al no contestar sus mensajes.

Kaia esperaba verme derrumbarme o confesarle mi plan de huida, como si fuéramos cómplices en este desastre. Me miraba esperando que compartiera mi miseria con ella, que le diera detalles de mi destrucción.

La miré una última vez, recorriendo su rostro, buscando algún rastro de la mujer que creí conocer antes de que todo se volviera oscuridad, pero solo encontré a una extraña.

—Lo que yo haga o deje de hacer con mi vida no es asunto tuyo —dije con una calma helada que me sorprendió incluso a mí—. Pero grábate esto, Kaia: pase lo que pase, me quede, me vaya o me muera hoy mismo… nunca, bajo ninguna circunstancia, volverá a ser contigo.

Vi cómo su sonrisa vacilaba por primera vez. El brillo de triunfo se apagó ligeramente ante el muro que acababa de levantar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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