Nosotros en las estrellas - Capítulo 98
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Capítulo 98: 97 – Let Me Down Slowly
Canción sugerida: Let Me Down Slowly – Alec Benjamin
ZEKE
No me quedé a ver su reacción. No me quedé a ver si la rabia volvía a su rostro o si se quedaba allí plantada en la confusión. Me subí al auto y pisé el acelerador a fondo, levantando una nube de arena con mi paso.
Me dirigí a la zona de casas que estaba en la cima, allí donde estaba la casa que había construido para Annie, pero antes de firmar mi sentencia debía hacer una parada que me dolía casi tanto como la despedida misma.
Fui a casa de Abby y Matthew. Era mi refugio antes de que empezara la guerra.
Toqué el timbre.
Abby fue quien abrió; llevaba a Emilia en brazos, tenía el pelo recogido en un moño desordenado. Sonrió al verme, una de esas sonrisas genuinas y luminosas, que se le borró al instante en cuanto vio mis ojos. Tal vez vio el vacío o la desesperación, pero su reacción fue inmediata.
—Zeke… —susurró, y abrió la puerta por completo dejándome pasar a su casa.
No dije nada. No pude. En el momento en que la puerta se cerró detrás de mí, sentí el calor de su hogar y esa armadura de frialdad que había construido frente a Kaia se desintegró. Las lágrimas empezaron a salir antes de que pudiera detenerlas.
Abby no hizo preguntas. Dejó a Emilia en el suelo con cuidado y se lanzó a abrazarme. Me aferré a ella como un hombre que se ahoga se aferra a una tabla en medio del océano. La abracé fuerte, hundiendo la cara en su hombro, dejando que el olor a limpio, a talco y a hogar intentara tapar el olor a traición que yo sentía emanar de mis poros. Ella solo me acariciaba la espalda, dándome ese espacio seguro que llevaba necesitando.
—Ven —dijo suavemente, llevándome a su sala, mientras yo me limpiaba las lágrimas que aún no paraban de salir.
Me dejé caer en el sofá, agotado, sintiendo que los huesos me pesaban. Abby se sentó en el suelo para jugar con Emilia, mientras yo recuperaba el aire que había perdido durante el día.
Mientras lo hacía, observaba a Emilia, que ya había empezado a gatear. Vi cómo me miró con sus ojos grandes y curiosos; por primera vez realmente me fijaba en ella y no en lo delicada que era. No había juicio en su mirada, solo inocencia pura, balbuceando algo ininteligible mientras gateaba hacia mí. Cuando llegó, se apoyó en mis rodillas, pidiendo que la alzara en mis brazos.
Recordé las miles de veces que Annie me había dicho, medio en broma, medio en serio, que los bebés sienten la energía de las personas. «Si estás triste, ellos lo saben, Zeke».
La alcé del suelo con una delicadeza que no creía tener. Era la primera vez que la buscaba voluntariamente, la primera vez que no sentía miedo de romperla. Ella se acomodó en mi pecho, pequeña y cálida, y apoyó su cabecita justo sobre mi corazón, como si su instinto le dijera que ahí había una herida que necesitaba sanar.
Era perfecta. Era el futuro.
Cerré los ojos y me permití ver la vida que Annie soñaba y que yo, en mi estupidez y miedo, le había negado. Imaginé una casa en la que estábamos Annie, yo y un bebé al que pudiéramos llamar nuestro, gateando por nuestra sala, con los ojos de Annie y mi sonrisa. Imaginé ese amor incondicional, esa paz. Era un futuro que siempre había deseado en secreto, pero que mi cobardía me había impedido aceptar en voz alta.
Y ahora, con Emilia en brazos, el peso de lo que había perdido me aplastó. La pelea por el trabajo y el deseo de Annie de algo más que nosotros, el sonido de mis gritos, mi rechazo a sus sueños… todo parecía tan insignificante ahora. Si hubiera hablado con ella, si hubiera dejado el miedo a un lado, hoy estaría en casa planeando ese futuro, no aquí, despidiéndome de él.
—¿Estás bien? —La voz de Abby me trajo de vuelta de mis pensamientos; era un regreso que dolía.
Cuando bajé la vista. Emilia ya se había quedado medio dormida en mis brazos; deseé que ese momento se quedara congelado para siempre, pero ya era tarde para ese tipo de deseos.
—Abbs… —Le pasé la bebé con cuidado, sintiendo el frío inmediato en mi pecho al perder su contacto—. Cometí el peor error de mi vida.
Ella dejó a la niña en su cuna portátil y volvió a sentarse a mi lado, esta vez mirándome fijamente. Su expresión cambió, pasando de la preocupación maternal a la alerta de hermana.
—¿Quieres hablarlo? —preguntó—. Sabes que puedes confiar en mí, hermano. Sea lo que sea.
—Abby… —La miré a los ojos. Iba a ser la primera y última vez que pronunciaría esas palabras en voz alta, para hacerlas reales—. Me acosté con Kaia.
El silencio que siguió fue absoluto. Vi cómo la información aterrizaba en su cerebro. Primero fue confusión, luego negación.
—Estás bromeando, ¿verdad? —Soltó una risa nerviosa, incrédula—. Tú nunca harías eso, Zeke. Tú adoras el suelo que pisa Annie.
Quería gritarle que tenía razón, que yo jamás le haría eso a la mujer que amaba. Pero los hechos no entienden de amor. Le conté lo que pasó. Sin adornos, sin excusas baratas. La pelea. El bar. El alcohol borrando mi mente. El despertar en una cama que no era la mía y la confirmación de Kaia.
La cara de Abby se transformó; vi cómo la decepción se tomaba su cara; esa mirada dolía más que cualquier golpe físico.
—Zeke… —Susurró, llevándose una mano a la boca—. Dios mío… Si Matthew hiciera algo así… no sé qué le haría, pero te juro que no lo perdonaría. Sin embargo…
Vi cómo titubeaba. Buscaba desesperadamente un “pero”, un salvavidas, una justificación para mí porque me quería.
—No hay “sin embargo” o “pero”, Abby —la corté, tomándole las manos frías—. No trates de justificarme. Tienes razón. Annie no me va a perdonar. Y no debería.
—¿Y si no pasó nada? —insistió, aferrándose a un clavo ardiendo—. Dices que no te acuerdas. ¿Y si ella miente? Zeke, tú serías incapaz…
—No puedo arriesgarme. No puedo quedarme esperando a recordar flashes que quizá me destrocen más. Y no puedo verla a la cara con esta duda, Abby. Prefiero que me odie por irme a que me vea con el asco con el que me miro yo ahora.
—¿Te vas? —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¿Así nada más? ¿Sin luchar?
—Es la única forma de no destruirla más. Prefiero dejarla libre para que encuentre a alguien digno, alguien que no sea un desastre inestable. No soy capaz de decirle la verdad y ver cómo se le rompe el corazón, no puedo.
—¿Sabes a dónde vas? ¿Tienes un plan? ¿Es seguro? ¿Te vas solo? —La preocupación la invadió; ahora ella era solo preguntas.
Preguntas a las cuales no tenía una respuesta; era un interrogatorio, el cual tenía más incógnitas que verdades; no tenía respuestas. No tenía plan. Tenía claro que quería desaparecer; ese era el plan.
Abrí la boca para intentar calmarla y decirle que todo estaría bien, cuando la puerta de entrada se abrió de golpe, golpeando contra la pared.
Había llegado Matthew y no traía la calma habitual. No era el hombre que se había convertido en mi mejor amigo, el que confiaba en mí; vi cómo sus ojos barrieron la sala buscándome, sus ojos se clavaron en mí. No saludó a Abby. No fue a ver a su Emilia. Caminó directo hacia mí.
Supe en el instante que había escuchado parte de la conversación que tuve con Abby; no sabía cuánto, pero había sido suficiente para despertar su furia.
—¡¿Qué le hiciste?! —gritó en mi cara, escupiéndome las palabras—. ¡Annie ha estado llorando todo el maldito día pensando que estás enojado con ella! ¡Y ahora te encuentro aquí lloriqueando con mi mujer diciendo que te largas!
—¡Matthew, suéltalo! —gritó Abby, mientras intentaba apartarlo fallidamente de mí, pero él se había convertido en una roca inamovible.
—¡Dímelo! —dijo sacudiéndome contra la pared, como si así fuera a salir mi verdad—. ¿Te aburriste? ¿Eh? ¿Eso es? ¿Te quedó cuidar a mi hermana y ahora huyes como la rata que siempre sospeché que eras?
La falta de aire y la acusación me quemaron la sangre. ¿Aburrido? ¿Creía que me iba por un capricho? La presión en mi cuello aumentaba, y la desesperación por defenderme, por hacerle entender que esto no era un juego, me nubló el juicio.
—¡Suéltame! —grité, empujándolo con fuerza para quitármelo de encima. Cuando lo logre, intente recuperar el aire que me faltaba mientras buscaba las palabras correctas—. ¡No estoy huyendo porque quiera! No me iría si tuviera opción.
—¡Si tienes opción, ten pantalones de quedarte! —dijo mientras intentaba calmarse, recuperar la cordura que no le quedaba—. ¡Ve a casa y mírale a la cara a mi hermana!
—¡No puedo! —El grito se me escapó antes de que mi cerebro pudiera frenarlo, un vómito ácido de verdad—. ¡No puedo mirarla a la cara sabiendo que me acosté con otra!
El tiempo se detuvo.
Vi cómo el eco de mis palabras rebotó en las paredes de la sala. Me llevé la mano a la boca instintivamente, como si pudiera empujar la confesión de vuelta a mi garganta, pero ya estaba fuera. Me había confesado ante la persona a la que le había jurado cuidar a la persona que él y yo más amábamos.
Matthew se quedó petrificado. El silencio que se hizo fue la antesala del caos que vendría. Matthew me miró y, por un segundo, vi algo peor que la ira: vi la incredulidad.
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