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Nosotros en las estrellas - Capítulo 99

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Capítulo 99: 98 – Wish You The Best

Canción sugerida: Wish You The Best – Lewis Capaldi

Zeke

—¿Qué dijiste? —preguntó. Su voz no era un grito. Era un susurro tembloroso, peligroso.

Sabía que no lo podía creer; yo nunca le haría eso a Annie. Yo también lo creía hasta que me desperté en esa cama que no era la mía, vi la ira subir por su cuerpo; lo había perdido a él también. Retrocedí hasta chocar con el sofá, negando con la cabeza.

—Matt… yo no…

—¿Qué… dijiste? —repitió, y esta vez su voz se rompió en un gruñido animal.

—Déjame explicarte… Matt —susurré, bajando la cabeza, rindiéndome—. Fue un error, yo…

No terminé la frase.

Sentí el puño de Matthew cuando se encontró contra mi mandíbula. Me derrumbo; no era su fuerza, era que yo no podía seguir luchando. Caí contra la mesa auxiliar que les dejó saber a todos lo que estaba pasando con un estruendo de cristales rotos. Mi espalda impactó contra la madera dura, sacándome todo el aire, y antes de que pudiera reaccionar, sus manos estaban en mi camisa de nuevo.

—¡Te voy a matar! —rugía Matthew, fuera de sí, ciego de rabia—. ¡Te voy a matar, desgraciado! ¡Te confié a mi hermana!

Yo no me defendí. Me merecía cada golpe que me diera; pensaba que tal vez, si me golpeaba lo suficientemente fuerte, me arrancaría la culpa.

—¡Matthew! ¡No! ¡Matthew, para!

Sentí los brazos de Abby tirando de él, gritando histérica, y el llanto aterrado de Emilia de fondo. Se paró mientras se acomodaba la ropa; Abby se paró en medio de nosotros, evitando los golpes.

—¡¿Cómo pudiste?! —Vi cómo las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos; era decepción mezclada con furia pura—. ¡Ella te ama! ¡Maldita sea, ella te ama!

Empezó a caminar por todo el salón mientras me analizaba; quizá estaba buscando las palabras correctas, pero cuando sus ojos caían en mí, era como si fuera radiactivo. Cada vez se alejaba más; vi abrir y cerrar su boca una y mil veces; sabía que también le había fallado a él, y cuando creí que no podía doler más, vi cómo se giró y caminó hacia donde Emilia estaba aún llorando.

—Lárgate —dijo, dándome la espalda, llevándose las manos a la cabeza—. Lárgate de mi casa.

Me levanté despacio. Todo me daba vueltas. Me pasé la mano por la boca y vi la sangre roja y brillante en mis dedos. Me dolían las costillas, me dolía la cara, pero nada comparado con ver a mi mejor amigo destrozado por mi culpa.

—Matt… —Intenté decir, con la voz pastosa.

Él se giró. Sus ojos eran hielo.

—Si vuelves a acercarte a ella… —Me señaló con un dedo que no paraba de temblar—. Si vuelves a aparecer en su vida… te juro que te mato, Zeke. Desaparece. Hazlo. Porque si te veo mañana, no respondo.

Miré a Abby. Estaba pálida, las lágrimas no dejaban de salir; esta definitivamente era una despedida, una que sabía a traición. Busqué su mirada, pidiéndole perdón, pero en ella aún había decepción.

—Cuídala, cuídalas a las tres, no dejes que Annie se duerma llorando por mi culpa. —Sabía que no tenía ningún derecho a pedir favores, pero era lo último que me quedaba.

Salí de la casa cojeando, escupiendo sangre en el césped perfecto de la entrada, dejando atrás los sollozos de Abby y la furia silenciosa de Matthew.

La noche ya había caído cuando llegué a mi propia casa. Desde afuera, la ciudad seguía su ritmo, empezaba a silenciarse; la paz empezaba a llenar la bahía.

Me quedé un momento en el carro, con el motor apagado, mirando las luces encendidas de la ventana del salón y del dormitorio. La casa brillaba en la oscuridad de la colina. Se veía cálida. Acogedora. Un faro en medio de la nada. Todo lo que yo no era. Todo lo que yo había perdido.

—Una noche —me dije, apretando el volante hasta que el cuero crujió. —Solo una noche más. Déjale un recuerdo que no sea dolor. Déjale una mentira hermosa. Y luego desaparece.

Bajé y abrí la puerta principal.

El aroma me golpeó primero. Olía a especias, a vino y a cera derretida. La casa estaba en penumbra, iluminada solo por docenas de velas que parpadeaban suavemente sobre los muebles, creando sombras danzantes en las paredes.

Y allí estaba ella.

Annie salió de la cocina al escuchar el clic de la cerradura. Se detuvo en el marco de la puerta. Llevaba ese vestido. El de seda color vino tinto, con la espalda descubierta y tirantes finos. Sabía que era mi debilidad absoluta. Sabía exactamente cómo desarmarme sin decir una palabra.

—¡Zeke! —Su grito fue de puro espanto. Corrió hacia mí, olvidando la cena, olvidando el vestido—. ¡Dios mío! ¿Qué te pasó?

Me quedé paralizado en la entrada. Sabía lo que ella veía: el labio partido con la sangre ya seca, el pómulo inflamándose.

—Annie… —Intenté decir para quitarle la preocupación que ahora era evidente.

Ella llegó a mi lado; sus manos temblorosas fueron directo a mi cara, tocando con suavidad extrema la zona del golpe. Sus dedos estaban fríos, y su tacto cariñoso sobre mi piel magullada se sintió peor que el puño de Matthew.

—¿Estás bien? —Sus ojos se llenaron de lágrimas de angustia—. ¿Qué pasó? Siéntate, por favor, déjame ver…

—Fue… un accidente —mentí, apartando la cara suavemente. Otra mentira. La última—. Una pieza de metal se soltó. No es nada.

—¿Cómo que no es nada? ¡Mírate el labio! —Me agarró de la mano y tiró de mí hacia la luz—. Voy por el botiquín. No te muevas.

La vi correr al baño, desesperada por curarme. Me sentí la peor basura del universo. Ella corría para sanar las heridas que su propio hermano me había hecho por defenderla a ella. La ironía era tan cruel.

Volvió en segundos con algodón y desinfectante. Me obligó a sentarme en la silla del comedor. Se arrodilló entre mis piernas, con el ceño fruncido por la concentración y la preocupación. Cerré los ojos mientras ella trataba de sanar mis heridas. El ardor del alcohol no era nada comparado con su cercanía, su olor, su bondad.

—Lo siento —susurré, y las lágrimas se me agolparon en los ojos, camufladas por el dolor físico—. Lo siento tanto, Annie.

Ella se detuvo y me miró intentando entender mis palabras. Quizá pensó que era por arruinar la noche.

—No seas tonto. Solo me asusté —tomo mi mano y dejo un beso en el dorso de esta—. Lo importante es que estás aquí. Que volviste a casa.

Volviste a casa.

No pude más. La agarré de la cintura y la atraje hacia mí, enterrando la cara en su cuello, manchando su piel perfecta con mi sudor y mi polvo, aferrándome a ella.

—Te amo —dije contra su piel. Y fue la verdad más dolorosa que había pronunciado jamás.

—Yo también te amo, mi gruñón —respondió ella, acariciándome el pelo—. Ven. Vamos arriba. Olvidemos este día horrible. Empecemos de cero.

Cuando ya había terminado con mis heridas, caminó hacia el mesón dejando las cosas allí. No resistí más, me levanté y caminé hacia ella, puse mis manos en su cintura y dejé algunos besos en su cuello mientras la giraba para poder ver su cara.

Cómo amaba ver esos ojos cuando me miraban; ella era el amor de mi vida, pero me estaba dando cuenta muy tarde de que la tenía que cuidar. La miré a los ojos pidiéndole permiso para besarla; cuando ella puso sus brazos alrededor de mi cuello acercándome más a ella, no lo dudé dos veces, simplemente la besé. La besé con desesperación y arrepentimiento mientras la levantaba en mis brazos sin romper el beso y ella soltó un pequeño jadeo, enredando sus piernas en mi cintura, aferrándose a mí como si fuera su salvavidas, sin saber que yo era el ancla que la estaba hundiendo.

La llevé a la que había sido nuestra habitación hasta ese día, subí las escaleras lentamente, pero seguro, como si llevara un tesoro en mis brazos, abrí la puerta de la habitación y la dejé en la cama; no encendimos la luz. No quería que viera mis ojos con claridad, porque sabía que ahí estaba escrita mi sentencia. Solo entraba la luz de la luna por el ventanal.

Le quité el vestido con manos temblorosas, casi reverentes. Ella me quitó la ropa con urgencia, sus manos recorriendo mi cuerpo como si estuviera tratando de memorizarlo.

Hicimos el amor con una intensidad que dolía. Yo la tocaba con una lentitud agónica, como si quisiera fundirme en ella, como si quisiera dejar una parte de mi alma impresa dentro de su cuerpo. Y ella respondía con la misma fuerza, arqueándose contra mí, susurrando mi nombre como si fuera lo único que la mantuviera atada a la tierra.

—Nunca te vayas… —gimió en mi oído cuando llegamos al final, con la voz rota por el placer.

Esas palabras me atravesaron el pecho como una lanza. Me dejé caer sobre ella, escondiendo mi rostro en su cuello para que no sintiera mis lágrimas, y me quedé ahí, respirando su aliento, sintiendo su corazón latir contra el mío.

—¿Ves? —susurró, adormilada, con la voz pastosa y feliz—. Estamos bien. Somos nosotros. Siempre lo arreglamos.

—Sí —mentí, besando su coronilla—. Estamos bien. Duerme, amor.

Me quedé inmóvil, mirando el techo oscuro, escuchando el ritmo de su corazón. Esperé a que su respiración se volviera profunda y regular. Esperé a que su mano se relajara sobre mi pecho y cayera suavemente sobre el colchón.

Pasó una hora. Quizá dos.

Cuando estuve completamente seguro de que dormía profundamente, me deslicé fuera de la cama. Me vestí en la oscuridad mientras empacaba lo básico. Algo de ropa, algo de dinero, nada que pesara. No quería llevarme nada de esta vida, solo lo necesario para sobrevivir lejos de aquí.

Me acerqué al lado de la cama. Me arrodillé en el suelo, quedando a la altura de su rostro dormido sobre la almohada.

Las lágrimas empezaron a caer de nuevo, calientes y silenciosas, mojando mis mejillas y goteando sobre la alfombra.

—Perdóname, Annie —susurré al aire, tan bajo que ni el silencio pudo escucharme—. Perdóname por no ser el hombre que merecías. Te juro que esto… irme… es el único acto de amor puro que puedo darte ahora. Estás mejor sin mí.

Me incliné y le besé la frente por última vez; me quedé allí más de lo necesario, mientras memorizaba su olor y su calor, uno que no merecía sentir nunca más.

Bajé las escaleras como un fantasma en mi propia casa; cuando abrí la puerta principal, el aire frío de la noche me recibió. Mientras Aurora Bay dormía bajo las lunas. Yo me despedía de lo que alguna vez había construido.

Aceleré hacia la oscuridad, dejando atrás mi corazón y a la única mujer que había amado, convencido de que mi ausencia era el único regalo que le quedaba por ofrecer.

Hola, lector.

Bueno, creo que quizá aquí debamos respirar juntos. Sé que Zeke se vaya sin haber sido el culpable es muy cruel, esperemos que Zeke desde la distancia pueda madurar y este adiós solo sea un hasta pronto…

Déjame saber si te está gustando esta historia.

XOXO Ang

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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