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Novia del Señor Millonario - Capítulo 67

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  4. Capítulo 67 - 67 Chapter 67 Capítulo 67 Encerrada
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67: Chapter 67 Capítulo 67: Encerrada 67: Chapter 67 Capítulo 67: Encerrada Herbert repentinamente me soltó la mano y se acercó al sofá con el ceño fruncido.

Levantó mi bolso y después de hurgar por un momento sacó mi teléfono.

Me quedé mirándolo con los ojos abiertos.

¿Por qué estaba revisando mis cosas sin mi permiso?

—¿Qué te pasa?

—le espeté y me acerqué para quitarle el teléfono.

Sin embargo, Herbert levantó el brazo y lo mantuvo fuera de mi alcance.

La diferencia de altura era demasiado grande, así que desistí con un bufido y me senté con los brazos cruzados.

Herbert estaba faltándome el respeto de una manera horrible.

No había hecho nada malo, no encontraría nada en el teléfono.

Cuando se diera cuenta de su error, esperaba que se disculpara.

—¿Qué es esto?

—me gritó y me sobresalté porque no había esperado esta reacción.

Herbert me estaba enseñando el historial de llamadas.

Ah, cierto, había hablado con Hank hace unos días porque quería preguntarle sobre la transferencia de Betty.

Honestamente, ¿por qué tenía que comportarse como un cavernícola?

Si me lo hubiera preguntado como una persona civilizada, se lo habría explicado todo con lujo de detalles.

Ahora tendría que aguantarse mi mal humor.

—¡No me hables en ese tono!

¿Acaso no puedo tener amigos?

—Sabes que le gustas.

¿Por qué estás hablando con él cuando no estoy en casa?

¿Estás teniendo un amorío con él?

¿Qué estás haciendo, Bella?

—gritó Herbert, iracundo.

Sin pensarlo, tiró el teléfono contra la pared y este cayó al suelo con la pantalla rota.

Me enojé tanto que comencé a golpearlo.

—No puedo creer que hayas hecho eso —grité mientras lo zarandeaba con todas mis fuerzas—.

¡Te has pasado de la raya!

A pesar del ataque, Herbert no reaccionó y esperó a que me cansara para levantarme en sus brazos.

Me había quedado sin fuerzas y no pude detenerlo.

—¿Qué estás haciendo?

¡Bájame!

—le ordené mientras lo agarraba del cuello de la camisa.

Herbert me ignoró y se dirigió a la entrada de la casa.

—Señor Wharton, ¿a dónde se lleva a la señora?

—preguntó Miranda con preocupación.

—Empaca una maleta con lo básico, Miranda.

Alguien vendrá a recogerte en media hora —le respondió y siguió caminando sin inmutarse.

—Herbert, ¿qué estás planeando?

¡Bájame en este momento!

A pesar de las quejas y los golpes que le estaba dando, Herbert llegó al estacionamiento sin problemas y me arrojó al asiento trasero después de que Connor le abriera la puerta.

Se subió después de mí.

Me enderecé rápidamente e intenté abrir la puerta a mi costado pero estaba cerrada.

Connor se sentó en el asiento del conductor y emprendimos el camino.

—¿A dónde me estás llevando?

—le dije, enojada, mientras lo fulminaba con la mirada.

—Lo sabrás pronto —respondió, impávido.

Al escucharlo, golpeé la ventana de la rabia, pero lo único que gané fue que me doliera la mano.

La sostuve contra mi pecho, sin poder creer mi suerte.

¿Qué derecho tenía para maltratarme y básicamente secuestrarme?

Con sorpresa, me di cuenta que estábamos saliendo de los suburbios y entrando a las montañas.

—¿Qué hacemos aquí?

—le pregunté.

Herbert cerró los ojos como si no me hubiera escuchado.

Viendo que no me respondería, traté mi suerte con Connor.

—Connor, deten el auto.

¡Quiero bajarme!

—Discúlpeme, señora, pero sin el permiso del señor no puedo hacerlo —me dijo él con arrepentimiento y viendo que no había ninguna otra forma de escapar, me volteé y decidí ignorar a Herbert por el resto del camino.

Media hora después llegamos a la cima de la montaña.

Una hermosa villa apareció entre los frondosos árboles.

A pesar de la vista, seguí con el ceño fruncido.

El camino nos llevó hasta una mansión y un escalofrío recorrió mi espalda.

Las palabras que Herbert le había dicho a Miranda cobraron sentido en mi cabeza y caí en la cuenta de que estaba llegando a una prisión, no a un retiro.

Herbert planeaba encerrarme aquí porque no le había hecho caso.

En la ciudad, no podía realmente detenerme, pero aquí, en medio de la montaña, no tenía a dónde escapar.

De repente, el hombre sentado a mi costado me asustó.

Si quisiera matarme, le sería increíblemente fácil hacerlo aquí y con su influencia, ni siquiera la policía podría hacer algo.

Connor abrió la puerta, pero yo estaba pegada al asiento.

Tenía miedo porque no sabía qué era lo que iba a pasar después.

Herbert se cansó de esperar a que saliera y se acercó a la puerta con el rostro sombrío.

—¡Sal!

—ordenó y antes de que pudiera negarme, me jaló de la muñeca y sin soltarme, entramos a la mansión.

—Suéltame…

—le dije pero no me escuchó y al llegar a la sala, me tiró en el sofá.

—Te quedarás aquí hasta que tengas al bebé.

Ni se te ocurra hablar o encontrarte con otro hombre.

Estaba tratando con un demonio.

¿Quién se creía?

—¿De qué estás hablando?

¿Cómo quieres que viva aquí?

¡Tengo cosas que hacer en la ciudad!

Apúrate y regresemos —le grité, lívida.

Betty me necesitaba, mamá tenía que ir a ver un doctor.

Había muchas cosas con las que tenía que lidiar en casa.

—Miranda vendrá con el equipaje en la noche y más te vale no escaparte porque, aparte de esta villa, no hay nada más en la montaña.

Si tratas de correr, podrías encontrarte con algún animal salvaje —le dijo, severo y se dio la vuelta.

Inmediatamente, me levanté y corrí detrás de él, pero no pude alcanzarlo.

Solo llegué a verlo partir en el auto.

—¡Herbert, no me dejes aquí!

—grité con pánico.

Sin embargo, las puertas del jardín se cerraron detrás del auto y los guardias de seguridad los despidieron con un gesto de la mano.

No pude soportar la conmoción y caí de rodillas en el piso de la entrada.

¡Ese m*ldito de Herbert realmente me había dejado encerrada en medio de la montaña!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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