Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 1

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 El Choque
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

1: Capítulo 1: El Choque 1: Capítulo 1: El Choque Valentina lo supo antes de verlo.

El zumbido de su teléfono no paraba.

WhatsApp.

Instagram.

Tres llamadas perdidas de su mamá.

Dos de su prima que se crió con ella como una hermana.

Un mensaje de voz de su tía Lupita que seguramente era puro chisme disfrazado de preocupación.

El estómago se le contrajo como puño cerrado mientras caminaba por el pasillo del departamento que compartía con Santiago.

—Güey, lo siento mucho —decía el mensaje de su mejor amiga.

Solo eso.

Sin contexto.

Sin explicación.

Sin un maldito emoji que suavizara el golpe.

El link llegó tres segundos después.

Sus dedos temblaron sobre la pantalla.

La miniatura mostraba su propia cara.

Su sala.

El sillón de terciopelo verde que había escogido con tanto cuidado en Liverpool, después de tres horas de debate con Santiago sobre si el verde era “muy intenso” para el feng shui del departamento.

Qué pendejada.

El feng shui.

Como si a él le importara la energía del espacio cuando lo único que le importaba era aparentar.

Le dio play.

Ahí estaba ella, dormida.

Babeando sobre el cojín bordado que su abuela le había regalado.

El cabello hecho un desastre.

Sin maquillaje.

Vulnerable.

Expuesta como animal en zoológico.

Y la voz de Santiago narrando como si fuera un documental de National Geographic: —Miren, chavos, aquí la tenemos.

La especie conocida como “novia mantenida”.

Observen cómo duerme hasta las tres de la tarde mientras su macho provee.

Noten la baba característica del espécimen en su hábitat natural… Las risas de fondo.

Masculinas.

Estridentes.

Conocía esas risas.

Los amigos de Santi.

El Brayan con su cadena de oro falso.

El Chuy con sus tenis de dos mil dólares.

Los mismos que la miraban con hambre mal disimulada en las fiestas mientras sus novias operadas fingían no darse cuenta.

El video continuaba.

Tres minutos de humillación pública.

Tres minutos de zoom a su cara dormida, a su piyama vieja de Hello Kitty, a los restos de pizza en la mesa de centro que ella había olvidado limpiar.

—La mantenida promedio consume entre cinco y siete horas de Netflix diarias —seguía narrando Santiago con voz de locutor—.

Su dieta consiste principalmente en carbohidratos y excusas para no trabajar… El teléfono resbaló de sus manos.

Cayó sobre la alfombra persa —otra compra que ahora le parecía obscena— con un sonido sordo.

No era el video lo que la destruyó.

No era la humillación viral que en este momento estaba siendo compartida por cada conocido, cada ex compañero de universidad, cada persona que alguna vez la había envidiado por “agarrar” a un hombre rico.

Era el tono.

Esa superioridad burlona que siempre había estado ahí, escondida detrás de los “mi reina” y los regalos caros.

El desprecio que ella había confundido con humor negro durante tres años.

La puerta del departamento se abrió.

Santiago entró con una sonrisa de comercial de pasta dental.

Camisa negra de seda con estampado barroco que probablemente era Versace pero que en él parecía disfraz de mafioso de telenovela.

Cadena de oro gruesa.

Reloj que brillaba demasiado para ser elegante.

El olor a loción cara mezclado con algo más.

Algo dulzón.

Perfume de mujer.

Carolina Herrera, si no se equivocaba.

El mismo que usaba la asistente de su “empresa”.

—Hola, bebé.

¿Ya viste que eres famosa?

La sonrisa no le llegaba a los ojos.

Nunca le llegaba.

La rabia le quemó el pecho.

Subió por su garganta como ácido.

Tres años.

Tres malditos años de su vida desperdiciados en este hombre que la veía como chiste.

—¿Por qué?

La palabra salió ronca.

Rota.

—Ay, no seas dramática, Val.

Se sirvió un whisky del minibar como si nada.

Johnnie Walker Blue Label.

Porque Santiago solo bebía lo mejor, aunque no supiera distinguirlo del Red Label si se lo servían en vaso equivocado.

—Es un chiste.

Mis seguidores lo pidieron.

El algoritmo, ya sabes.

Sus seguidores.

Los narco-juniors que lo idolatraban.

Los mismos que comentaban emojis de fuego debajo de sus fotos con pistolas y fajos de billetes.

Los mismos que habían convertido su humillación en contenido viral.

—Me humillaste frente a todo México, Santiago.

—México exagera.

Y ya quita esa cara.

Otro trago de whisky.

—Además, ¿qué vas a hacer?

¿Irte?

La risa fue cruel.

Calculada.

—¿A dónde, mi amor?

¿Con tu mamá que vive en un departamento de dos cuartos en Ecatepec?

¿Con tu prima que apenas paga la renta vendiendo Tupperware?

La pregunta cayó como balde de agua helada.

Tenía razón.

No tenía a dónde ir.

Su nombre estaba en las escrituras del departamento, sí, pero Santi se lo había “regalado”.

Con dinero que ella ahora sospechaba —no, que ella sabía— de dónde venía.

El departamento en Polanco.

El coche.

Las tarjetas.

Todo a su nombre.

Todo pagado con efectivo que aparecía mágicamente y que ella había preferido no cuestionar.

Tres años sin trabajar.

Tres años de “para qué vas a chambear si yo te doy todo, mi reina”.

Tres años de dejar morir su título de comunicación, sus contactos profesionales, su independencia.

Tres años de convertirse en exactamente lo que el video decía.

Una muñeca decorativa.

Una mantenida.

Un chiste.

—Tengo que hablar contigo de algo más importante.

Santi sacó un folder del cajón del escritorio.

El tono cambió.

Ya no era burla.

Era negocio.

—Firma esto.

—¿Qué es?

—Unos papeles de la empresa.

Tú eres la representante legal, ¿recuerdas?

Nomás es un trámite.

El frío recorrió su columna vertebral como serpiente de hielo.

Lo recordaba.

Hacía ocho meses, Santi le había pedido que firmara “unos trámites fiscales”.

Ella había estado tan emocionada de ser parte de algo, de sentirse útil por primera vez en años, que no había leído la letra pequeña.

Qué estúpida.

Qué increíblemente estúpida.

—¿Qué empresa exactamente, Santi?

¿La de importaciones que nunca importa nada?

¿La constructora que no construye?

—No hagas preguntas pendejas.

Los ojos se endurecieron.

—Solo firma.

—No.

La palabra salió antes de pensarla.

Pequeña.

Temblorosa.

Pero firme como roca.

El cambio en su rostro fue instantáneo.

La máscara de novio encantador cayó como telón de teatro.

Los ojos se volvieron piedra negra.

La mandíbula se tensó.

—¿Cómo dijiste?

—Que no voy a firmar nada hasta que me expliques exactamente qué estoy firmando y para qué sirve.

La bofetada llegó antes que el razonamiento.

El impacto la tiró al suelo.

El sabor metálico de la sangre llenó su boca.

El labio reventó contra sus propios dientes.

El dolor fue secundario al shock.

En tres años, nunca la había tocado.

Nunca.

Santi se agachó.

Sus dedos le sujetaron la mandíbula con fuerza quirúrgica.

El aliento a whisky le quemó la cara.

—Escúchame bien, Valentina, porque solo lo voy a decir una vez.

La voz era hielo.

—El departamento está a tu nombre.

Las cuentas están a tu nombre.

Los coches están a tu nombre.

La empresa está a tu nombre.

¿Sabes lo que eso significa, mi amor?

Los puntos se conectaron en su cerebro como relámpagos en tormenta.

—Si yo caigo, tú caes primero.

Testaferro, le dicen.

Lavado de dinero.

Asociación delictuosa.

Veinte años de cárcel, mínimo.

Treinta si el juez tuvo un mal día.

Se levantó.

Se alisó la camisa de seda.

Se sirvió otro whisky como si no acabara de destrozarle la vida.

—Tienes hasta mañana a mediodía para firmar.

Y si se te ocurre correr… Sonrió.

Esa sonrisa de depredador que ella había confundido con carisma.

—Bueno.

Ya sabes cómo terminan las novias de narcos que hablan de más.

Pregúntale a la ex del Mencho.

Ah, espera.

No puedes.

Porque nadie sabe dónde está el cuerpo.

La puerta se cerró con un clic suave.

Civilizado.

Como si no acabara de amenazarla de muerte.

Valentina quedó en el suelo de mármol italiano, con el labio partido, el maquillaje corrido y el mundo entero desmoronándose a su alrededor como castillo de naipes en huracán.

Veinte minutos después, metía ropa en una maleta.

Sin plan.

Sin dinero real —las tarjetas eran de él, todo era de él—.

Solo con los tres mil pesos en efectivo que guardaba “para emergencias” y la certeza absoluta de que si no salía de ese departamento esa noche, no saldría nunca.

Al menos no viva.

El taxi la dejó en la terminal de autobuses de Observatorio.

Compró un boleto al primer destino disponible con el efectivo que le quedó después de pagar el taxi.

Cancún.

Irónico.

La ciudad de las lunas de miel y los divorcios de película.

Subió al autobús con las manos temblando y el corazón en la garganta.

Afuera, la Ciudad de México brillaba con sus millones de luces, indiferente a su tragedia personal.

La noche era negra como boca de lobo.

Como su futuro.

El teléfono vibró una última vez antes de que se atreviera a apagarlo.

Número desconocido.

El mensaje decía: “Ya sé que te fuiste, mi amor.

Tienes 48 horas para volver con los papeles firmados.

Después de eso, ya no será una opción.

Será una cacería”.

Valentina apagó el teléfono con dedos que no dejaban de temblar.

Y mientras el autobús arrancaba hacia la oscuridad de la carretera, solo un pensamiento cruzó su mente destrozada, repitiéndose como disco rayado: ¿A dónde huyes cuando el monstruo tiene tu nombre en todos los papeles y tu cara en todos los videos?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo