Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 CAPÍTULO 10 El Precio de la Protección
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10: CAPÍTULO 10: El Precio de la Protección 10: CAPÍTULO 10: El Precio de la Protección Doce horas después del mensaje de la “hermana”, Valentina encontró la caja.
Estaba en el fondo del clóset de su habitación, debajo de una pila de sábanas viejas que olían a lavanda y tiempo detenido.
Una caja de zapatos desgastada con cinta adhesiva amarillenta.
La habían traído con su maleta sin que ella se diera cuenta.
Dentro: fotografías borrosas de su infancia.
Ella a los cuatro años con un vestido rosa.
Su mamá joven, sonriendo con libertad que ya no tenía.
Y otra foto.
Más pequeña.
Escondida debajo de las demás como secreto vergonzoso.
Su papá —el hombre que había abandonado a su familia cuando Valentina tenía cinco años— con otra mujer.
Y una niña.
La niña tenía los mismos ojos que Valentina.
La misma mandíbula cuadrada.
La misma expresión de desafío contenido.
La hermana era real.
La amenaza era real.
Y Santi había encontrado la grieta perfecta en su armadura.
Encontró a Karim en el patio interior.
Regando palmeras como si no hubiera ordenado ejecuciones la noche anterior.
Como si el mundo no se estuviera desmoronando alrededor de ambos.
—Acepto —dijo sin preámbulos.
Karim no levantó la vista de las plantas.
—¿Qué aceptas exactamente?
—Tu opción A.
Sacas a mi familia de México.
Yo cumplo el contrato.
Sin preguntas.
Sin huidas.
La regadera se detuvo.
Karim la miró con esos ojos negros que veían demasiado.
—¿Sin Eric?
La pregunta colgó en el aire como cuchillo suspendido.
—Sin Eric —confirmó ella.
Algo cruzó el rostro de Karim.
Alivio, quizás.
O victoria.
O ambas cosas.
—Entonces tenemos un trato revisado, habibti.
Seis horas después, estaban en el jet privado.
Valentina miraba por la ventana mientras el desierto de Abu Dhabi se transformaba en océano azul imposible.
—¿A dónde vamos exactamente?
—El Cairo.
—Pensé que el trato era con Abbas Rashid.
En Dubai.
Karim cerró su laptop con click suave.
—Abbas es el intermediario.
Mi padre es el cliente final.
Valentina parpadeó.
—¿Tu padre?
Pensé que el trato era con Abbas Rashid.
—Mi padre es Tarek Al-Fayed.
Dueño de la segunda fortuna más grande de Egipto.
Pausa dramática.
—Y hace tres años me desheredó.
—¿Por qué?
—Porque me negué a casarme con la mujer que él eligió.
La hija de un general.
Una alianza política que habría consolidado su poder en el gobierno.
—Y ahora vuelves con…
¿otra prometida falsa?
—Ahora vuelvo con una prometida que no es egipcia, no tiene conexiones políticas, y no representa amenaza para ninguna de las familias que mi padre quiere apaciguar.
—Soy la opción más inofensiva del menú.
—Eres la opción perfecta.
La franqueza brutal le cortó el aliento.
—Entonces todo esto…
¿nunca fue sobre Abbas Rashid?
—Abbas me da acceso.
Mi padre es el edificio.
Si logro convencerlo de que puedo formar una familia estable sin compromisos políticos, recupero mi herencia.
—¿Cuánto dinero estamos hablando?
—Suficiente para que el rescate de tu familia sea irrelevante en términos financieros.
El avión atravesó turbulencia.
Valentina se aferró al brazo de Karim instintivamente.
Él no se movió.
No la soltó.
Su mano cubrió la de ella sobre el reposabrazos.
Caliente.
Firme.
Completamente controlada.
—No voy a dejar que te caigas —murmuró.
Ella no estaba segura de si hablaba del avión o de algo completamente diferente.
El Cairo golpeó como bofetada de historia antigua y modernidad violenta.
El coche blindado los llevó directo desde el aeropuerto privado hacia un barrio que parecía sacado de revista de arquitectura futurista.
Edificios de cristal y acero que competían por tocar el cielo.
Pero el coche giró hacia una zona más antigua.
Una mansión que era básicamente un palacio moderno con estética faraónica.
El mármol del piso brillaba como espejo negro.
Las columnas subían tres pisos hacia un techo pintado con jeroglíficos que probablemente contaban la historia de alguna dinastía muerta.
El aire olía a oud tan concentrado que dolía respirar.
Y al final del pasillo, sentado en silla que era básicamente un trono disfrazado, estaba el hombre que había creado a Karim.
Tarek Al-Fayed.
Sesenta años que parecían cuarenta y cinco.
Barba completamente blanca, perfectamente recortada.
Ojos idénticos a Karim pero más fríos.
Si eso era posible.
Vestía túnica tradicional egipcia blanca bordada en oro que probablemente costaba más que un coche deportivo.
—Así que esta es la mexicana.
Tarek no se levantó.
No ofreció su mano.
Solo la examinó como tasador evaluando antigüedad de procedencia dudosa.
—Valentina García, señor —dijo ella con voz más firme de lo que sentía.
—¿Hablas árabe?
—No, señor.
—¿Inglés?
—Sí.
—¿Francés?
—No.
Tarek miró a Karim con expresión que claramente decía “¿Esto es lo mejor que pudiste conseguir?” —Habla español —intervino Karim—, que es el tercer idioma más hablado del mundo.
Y tiene la ventaja de no venir con expectativas sobre cómo debe comportarse una esposa egipcia.
—Es decir, es ignorante de nuestras tradiciones.
—Es decir, es educable.
Valentina apretó los puños.
Hablan de mí como si fuera mueble que están considerando comprar.
—Háblame de tu familia, Valentina.
La voz de Tarek era suave pero tenía filo de cuchillo recién afilado.
—Mi madre es ama de casa.
Mi padre…
ya no está con nosotros.
Verdad parcial.
El hijo de puta la había abandonado, técnicamente seguía vivo en algún lugar.
—¿Hermanos?
La trampa se cerró.
—Una hermana.
Por parte de padre.
—¿Qué hace tu hermana?
—No la conozco bien.
Vive en México.
Tarek asintió como si esa respuesta confirmara algo.
—¿Educación?
—Licenciatura en comunicación organizacional.
—¿Fe?
—Respeto todas las religiones.
La respuesta diplomática que Karim le había enseñado en el avión.
Tarek se levantó finalmente.
Alto.
No tanto como Karim, pero imponente de maneras que no tenían nada que ver con estatura física.
—Tienes tres meses, Karim.
—¿Para qué?
—Para convertir a esta niña perdida en algo presentable ante el Consejo Familiar.
Si lo logras, considero tu propuesta.
Si no lo logras, el testamento permanece como está.
Se dio la vuelta sin despedirse de Valentina.
—Y dile a tu prometida que use ropa más modesta la próxima vez que entre a mi casa.
Desapareció por el pasillo.
El silencio que dejó atrás pesaba toneladas.
—Lo siento —dijo Karim en el coche.
Valentina levantó la vista sorprendida.
—¿Qué?
—Siento que mi padre te haya hablado así.
No tiene excusa.
—Tú también me hablaste así.
En el avión.
“La opción más inofensiva del menú.” Karim no respondió inmediatamente.
El coche se deslizaba por las calles del Cairo hacia un hotel que probablemente era otro palacio disfrazado.
—Tenía que decirlo así para que entendieras en qué te estabas metiendo realmente.
—¿Y en qué me metí exactamente?
—En una guerra familiar que lleva tres años.
Con un hombre que convirtió la crueldad en arte mucho antes de que yo naciera.
Pausa larga.
—Mi padre no solo me desheredó, Valentina.
Destruyó mi reputación.
Bloqueó mis cuentas.
Convenció a cada banco en Egipto de que era un riesgo.
Todo lo que tengo ahora lo construí desde cero.
En Dubai.
Lejos de su alcance.
—¿Y por qué volver?
—Porque él tiene algo que necesito.
No es el dinero.
Es el acceso a contratos que solo su nombre puede abrir.
—El trato con Rashid.
—Es la puerta.
Pero mi padre es el edificio.
El coche se detuvo frente al Four Seasons Cairo.
Karim extendió la mano.
No para tocarla.
Para ofrecerle algo que sostenía.
Una llave.
—¿Qué es esto?
—La llave de un departamento en Zamalek.
El barrio más caro de El Cairo.
A tu nombre.
Por si decides que ya no quieres ser parte de mi guerra.
Valentina miró la llave.
Luego a Karim.
—¿Me estás ofreciendo una salida?
—Te estoy ofreciendo una opción.
Algo que nadie más te ha dado en mucho tiempo.
El teléfono de Valentina vibró.
3 AM en El Cairo.
Número desconocido mexicano.
VIDEO ADJUNTO (12 segundos) Se reprodujo automáticamente.
Imagen oscura.
Cámara de seguridad.
La casa de su mamá en Ecatepec.
Timestamp: Hace 3 horas.
Dos hombres con pasamontañas entrando por la ventana.
Su mamá gritando algo inaudible.
Una figura femenina que debía ser la “hermana” empujándola hacia la puerta.
Pantalla en negro.
Mensaje de texto: “Se acabó el tiempo de negociar, mi amor.
Ahora negocio con balas.
— S” La llave del departamento cayó de su mano.
Rodó sobre el mármol frío hasta detenerse contra el pie de Karim.
Él la recogió sin decir palabra.
Porque ambos sabían que ya no había opción de salida.
Nunca la hubo.
La guerra acababa de comenzar de verdad.
Y esta vez, Valentina no iba a huir.
Iba a aprender a morder.
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