Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 101
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Capítulo 101: El Inversor Fantasma (La Revelación)
Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir más de dos horas seguidas.
Los ojos le ardían.
El cuerpo le pesaba como tela mojada.
Pero seguía mirando la pantalla del portátil. La imagen congelada a las 4:17 AM. Un hombre. Barba. Gorra. Chaqueta oscura. Caminando despacio frente al taller como si el tiempo no existiera.
Como si supiera que ella estaba adentro.
Valentina cerró el portátil.
No podía seguir mirándolo o iba a romper algo.
El mensaje de Eric llegó a las nueve de la mañana.
Terminé. Ven al Café Beaumont. Solo. Sin decirle a nadie.
Ese “sin decirle a nadie” le tensó el cuello.
Eric nunca usaba ese tono. Eric era luz natural y preguntas suaves. No órdenes en cursiva.
Se puso el abrigo. Salió.
El Café Beaumont estaba en la Rue de Turbigo, a diez minutos caminando.
Pequeño. Sin turistas todavía a esa hora. Olor a croissant recién sacado del horno y a café colado en tela.
Eric ya estaba ahí.
En la mesa del fondo, la que daba al muro de piedra. No a la ventana. Valentina lo notó: Eric siempre elegía la ventana. Le gustaba ver la calle, la luz, el movimiento.
Hoy había elegido el muro.
Tenía una carpeta delante. Cerrada. Las manos sobre ella, planas. Como quien guarda algo que podría escapar.
—Siéntate —dijo.
—Buenos días también —respondió Valentina.
Él no sonrió.
Se sentó.
El café llegó solo. Caliente. Valentina lo tomó con las dos manos porque tenía frío aunque el local estaba templado.
Eric abrió la carpeta despacio.
Páginas impresas. Capturas de pantalla. Registros mercantiles. Nombres de empresas que no le decían nada.
—Faucon Investments —empezó Eric—. El fondo que invirtió en “Cicatrices”. El que negoció contigo hace cuatro meses.
—Lo sé quién es. Firmé un contrato con ellos.
—Lo que firmaste fue con una pantalla.
Valentina lo miró.
Eric señaló la primera hoja.
—Faucon Investments registrada en Luxemburgo. Detrás de Faucon hay una gestora en Malta. Detrás de Malta, un holding en las Islas Caimán. —Pasó la hoja—. Detrás del holding, una subsidiaria de inversión privada registrada en Dubai en 2019.
Silencio.
—¿Y? —preguntó Valentina. Pero algo en el pecho ya le anticipaba la respuesta. Una presión. Fría. Como cuando se mete la mano en un cajón a oscuras y se toca algo que no esperabas encontrar.
Eric puso la última hoja encima de todas.
Registros oficiales del Emirato de Dubái. Nombre de la subsidiaria. Nombre de la empresa matriz.
Al-Fayed Corp. Holding de Inversión Privada.
El café de Valentina estaba caliente todavía.
Lo dejó sobre la mesa.
No lo volvió a tocar.
Los 200.000 euros que salvaron a “Cicatrices” vinieron de Karim.
La frase se armó sola en su cabeza. Sin que Eric la dijera.
No necesitaba que la dijera.
Estaba ahí, en tinta negra, sobre papel blanco. En una hoja que Valentina no podía quemar aunque quisiera.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó. La voz le salió plana. Sin temperatura.
—Desde anteanoche. Quería estar seguro antes de decírtelo.
—¿Y lo estás?
—Completamente.
Valentina miró los documentos esparcidos sobre la mesa de madera.
Parecían pruebas de un crimen.
El problema era que no sabía si el crimen era la traición o el rescate.
La rabia llegó primero.
Limpia. Sin aviso.
Como tijeras cortando seda.
—Otra vez —dijo.
—Valentina…
—Otra vez decidió por mí. —Las palabras le rasparon la garganta—. Sin preguntarme. Sin decirme. Como si yo fuera incapaz de construir algo sin su dinero detrás empujando. Como si necesitara que un hombre pusiera su nombre debajo de lo mío para que funcionara.
Apretó los dedos sobre el borde de la mesa.
Los nudillos se pusieron blancos.
—Le dije que me dejara en paz. —La voz subió un tono. Una sola nota. Controlada, pero viva—. Le dije que no quería su protección, ni su red, ni sus recursos. Y aun así encontró la forma. Otra empresa. Otro nombre. Otro disfraz diferente para hacer lo mismo de siempre.
—Lo sé —dijo Eric.
—¿Halcón? —Valentina casi se rió, pero no era risa—. Faucon. Halcón. El símbolo de los Al-Fayed está en todas las paredes de esa residencia del Cairo. ¿Cómo no lo vi?
—Porque no querías verlo.
Eso le llegó diferente.
Se quedó callada.
Pasó un minuto.
Tal vez dos.
Un camarero retiró tazas de una mesa cercana. Alguien abrió la puerta y entró aire frío de octubre. Los documentos de Faucon se movieron ligeramente sobre la mesa, como si quisieran escapar.
Valentina los sujetó con la palma.
Y entonces llegó la segunda fase.
Más incómoda que la rabia.
Porque la rabia era fácil. La rabia era limpia. La rabia no te obligaba a mirar ciertas cosas de frente.
La pregunta, en cambio, no tenía adónde huir.
Pero sin ese dinero, “Cicatrices” no existiría.
La Brigada de Investigación. Las cámaras del taller. El sueldo de las costureras este mes. La colección entregada. Las boutiques satisfechas.
Todo eso era real.
Todo eso existía porque alguien había puesto 200.000 euros en una empresa llamada Faucon con un nombre falso para que ella no los rechazara.
Lo habría rechazado.
Estaba absolutamente segura: si hubiera sabido que era Karim, habría rechazado el dinero. Se habría quedado sin inversión. Se habría buscado otra salida, más lenta, más dura, más incierta.
Y “Cicatrices” quizás no habría sobrevivido el sabotaje de Santi.
Esa verdad le sabía a metal en la boca.
No la hacía mejor.
No absolvía a Karim.
Pero era verdad igual.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Eric.
—Devolvérselo.
—Valentina…
—Cara a cara.
Eric se reclinó en la silla. Algo cruzó su cara. No era sorpresa. Era algo más parecido al reconocimiento de quien ya sabía la respuesta y esperaba que llegara.
—Si lo ves —dijo despacio—, abrirás una puerta que no podrás cerrar.
—La puerta ya está abierta, Eric.
—No tiene por qué estarlo.
—Lleva abierta desde que me fui de El Cairo.
Silencio.
Eric miró la mesa. Los documentos. El café frío de Valentina que no había vuelto a tocar.
—Podría devolver el dinero por transferencia. Con una carta. Sin verlo.
—Podría.
—¿Pero no vas a hacerlo.
No era pregunta.
Valentina no respondió de inmediato.
Porque necesitaba ser honesta. Con él. Y más que con él, consigo misma.
—Necesito mirarle a los ojos cuando le devuelva ese cheque —dijo al final—. Necesito que sepa que no me salvó. Que “Cicatrices” sobrevivió a pesar de Santi, con o sin su dinero. Necesito decírselo yo. Con mi voz. En mi cara.
—¿Solo eso?
La pregunta de Eric era suave.
Pero tenía filo.
Valentina lo miró.
—No lo sé —admitió.
Y eso era lo más peligroso que había dicho en mucho tiempo.
Eric no discutió más.
No era su estilo.
Recogió los documentos despacio. Los guardó en la carpeta. La empujó hacia ella sobre la mesa.
—Son tuyos —dijo—. Haz lo que necesites hacer.
Se levantó. Se puso el abrigo. La miró una vez más, con esos ojos tranquilos que a veces la reconfortaban y otras veces le resultaban imposibles de descifrar.
—Voy a estar en el apartamento —dijo—. Si me necesitas.
Salió.
La puerta del café se cerró suave.
Valentina se quedó sola con los documentos y el café frío y el ruido sordo de París moviéndose afuera.
Durante cinco minutos no hizo nada.
Solo respiró.
Contó los documentos sin leerlos. Diez hojas. Diez hojas que trazaban una cadena de empresas desde Luxemburgo hasta Dubai hasta una subsidiaria de una familia que conocía por el olor del jazmín en los pasillos de una residencia en El Cairo.
Diez hojas que probaban que Karim Al-Fayed llevaba meses observándola desde la sombra.
Sin intervenir. Sin aparecer. Sin reclamar nada.
Solo poniendo dinero en una empresa con nombre de pájaro para que ella pudiera volar.
No sabía cómo llamar a eso.
Todavía no.
Tomó el teléfono.
No el de la mesita de noche del apartamento de Eric.
El suyo.
El que tenía guardados los contactos que no borraba aunque debía haberlos borrado.
Entró a la lista.
El nombre estaba ahí.
Sin título. Sin apellido. Solo dos letras que llevaban meses sin iluminarse en la pantalla.
K.
Marcó.
Sonó una vez.
Dos veces.
Tres.
Y entonces la línea se abrió.
Silencio al otro lado. Pero no el silencio de nadie. El silencio de alguien que sabe que hablar primero sería un error.
El silencio de un hombre que lleva meses esperando este momento sin atreverse a provocarlo.
Valentina cerró los ojos.
Respiró.
—Necesito verte.
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