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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 102

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Capítulo 102: El Reencuentro con Karim

Doce horas.

Eso era lo que había tardado.

Valentina lo sabía porque había mirado el reloj en el café Beaumont cuando colgó. Las 10:47 de la mañana. Y ahora eran las 22:51 y estaba parada frente al número 14 de la Rue de l’Odéon con el cheque doblado en el bolsillo interior del abrigo y el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salir antes de que ella cometiera un error.

Doce horas para volar desde El Cairo.

Sin guardaespaldas.

Sin aviso previo más allá de un mensaje de tres palabras: Dime dónde. Voy.

El café se llamaba Le Comptoir du Relais.

Ella lo había elegido. Territorio neutro. Sin historia entre ellos. Sin reservas hechas con tarjeta de crédito Al-Fayed. Sin maître que recordara sus nombres.

Solo una barra de zinc, mesas pequeñas apretadas, olor a vino tinto y caldo de res y la lluvia de octubre pegando contra el cristal de la ventana.

Lo vio antes de que él la viera a ella.

Estaba sentado al fondo.

Jeans oscuros. Camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos. Sin corbata. Sin reloj de CEO. Barba de tres días que en El Cairo nunca habría permitido porque Tarek consideraba la barba descuidada un signo de debilidad.

Las ojeras eran nuevas.

O no eran nuevas. Eran las que él siempre había escondido detrás de trajes a medida y la armadura del hombre que controlaba todo.

Sin la armadura, las ojeras eran evidentes.

Valentina entró.

Karim la vio cruzar la puerta.

No se levantó de golpe. No cometió ese error. Solo apoyó las dos manos sobre la mesa y esperó, quieto, como alguien que sabe que cualquier movimiento brusco puede espantar lo que acaba de entrar.

Valentina se sentó frente a él.

No se saludaron.

El camarero vino. Valentina pidió agua. Karim ya tenía un café que no había tocado.

Silencio.

El sonido de las cucharas contra las tazas de las otras mesas. Una pareja discutiendo en voz baja dos sillas más allá. La puerta abriéndose y cerrando y cada vez que abría entraba una bocanada de lluvia y otoño y París siendo París a las once de la noche.

Valentina metió la mano en el bolsillo interior del abrigo.

Sacó el cheque.

Lo puso sobre la mesa entre los dos.

—Toma tu dinero.

Karim miró el cheque.

No lo tocó.

—No es mi dinero —dijo.

—Tiene tu nombre detrás. Aunque lo hayas escondido debajo de cuatro empresas fantasma y un halcón en francés.

—Es mi penitencia.

Valentina apretó la mandíbula.

—No te pedí penitencia. Te pedí que me dejaras en paz.

—Lo sé.

—¿Y aun así?

—Y aun así. —Karim sostuvo su mirada—. Tienes razón. En todo. Y si quieres que me vaya, me voy. Ahora mismo, si quieres. Pero no voy a aceptar ese dinero de vuelta.

Valentina esperaba otra cosa.

No sabía exactamente qué. Tal vez una justificación elaborada. Tal vez el Karim que construía argumentos como arquitectos construyen puentes: sólidos, calculados, sin fisuras visibles.

Esperaba al hombre que cerró la puerta con llave.

Al que le dijo no te vas a ir así con la mandíbula tensa y los ojos inyectados de algo que entonces llamó desesperación y ahora entendía que era miedo.

Miedo a perder el control.

Ese hombre no estaba en esta mesa.

El que estaba en esta mesa tenía las manos quietas sobre la madera. Las manos de Karim Al-Fayed, que en otro tiempo se movían para firmar contratos y marcar territorios y rodearle la cintura como si fuera lo único estable en un mundo que se movía, ahora simplemente descansaban.

Palmas hacia abajo.

Sin moverse hacia las de ella.

Valentina lo estudió.

Buscó al calculador. Al que la eligió de un dossier. Al que trazó en tinta la palabra manejable junto a su nombre como si fuera especificación técnica de un activo.

Buscó durante varios segundos.

Lo que encontró fue a un hombre que no dormía bien.

Las ojeras lo delataban. La forma en que sostenía el café sin beberlo. La tensión residual en los hombros que no era arrogancia sino cansancio acumulado de alguien que lleva meses cargando algo pesado sin poder soltarlo.

Ojeras como las que ella tenía al huir de México.

Ese reconocimiento le llegó incómodo y lo apartó.

—¿Cómo encontraste a Faucon? —preguntó Karim.

—Eric lo investigó.

Un músculo en la mandíbula de Karim se tensó. Solo un segundo.

—Claro.

—No digas “claro” así.

—¿Cómo lo dije?

—Como si Eric fuera el problema.

—No dije eso.

—Lo pensaste.

Karim no respondió.

Que era su forma de admitir que sí.

Valentina cogió el vaso de agua. Bebió. Lo dejó sobre el cheque sin querer y tuvo que moverlo.

—Karim. Firmé un contrato con ese fondo creyendo que era una inversión limpia. Negocié. Cedí un doce por ciento de mi empresa. Tomé decisiones basadas en que ese dinero no tenía nombre detrás. —Pausa—. Tenía tu nombre detrás. Otra vez tomaste una decisión por mí sin decirme.

—Si te lo hubiera dicho, lo habrías rechazado.

—Exacto.

—Y “Cicatrices” habría necesitado ese capital igualmente.

—Ese no era tu problema que resolver.

—Lo sé —dijo Karim. Y lo dijo sin defensas. Sin el escudo de la racionalización—. Lo sé, Valentina. No lo hice bien. Lo hice de la única forma que sabía hacerlo entonces, que era actuar sin pedir permiso porque pedir permiso implicaba arriesgarme a que dijeras no. Y tenía miedo de que dijeras no.

Ella lo miró.

—¿Miedo de qué, exactamente?

Karim tardó.

—De que “Cicatrices” fracasara y tú creyeras que era porque yo no estaba. —Otra pausa, más corta—. O peor. De que tuviera éxito y yo no hubiera tenido nada que ver. De ser… irrelevante para ti.

El café del camarero seguía sin tocarse.

Enfriándose.

Como el de ella esa mañana en el Beaumont.

Valentina no respondió de inmediato.

Porque la honestidad de esa respuesta no merecía una reacción rápida. La merecía una honesta. Y la honesta era complicada porque tenía capas que no estaba segura de querer exponer en una mesa de bistrot parisino con lluvia en la ventana.

—Tomé ese dinero sin saber que era tuyo —dijo al final—. Lo usé. Contraté costureras con él. Pagué el taller. Compré materiales. No puedo devolverte lo que ya se gastó aunque quisiera.

—No quiero que lo devuelvas.

—Por eso te traigo un cheque por el importe completo.

—No lo voy a cobrar.

—Karim.

—No. —La palabra salió firme pero sin dureza—. Si lo cobro, convierte la inversión en préstamo y “Cicatrices” en deuda. Y lo último que quiero en el mundo es que esa empresa te deba algo a mí.

Valentina abrió la boca.

La cerró.

Porque no tenía argumento para eso.

Y los dos lo sabían.

La lluvia arreció afuera.

Un grupo de turistas entró empapado y ruidoso, sacudiendo paraguas y buscando mesa. El camarero los dirigió al fondo. El ruido del café subió un momento y luego se asentó de nuevo en el murmullo de siempre.

Karim miró hacia la ventana.

El perfil. La línea de la mandíbula. La barba que no era descuido sino un hombre que había dejado de mantener ciertas apariencias.

—¿Cómo está el taller? —preguntó sin voltear.

—Sobreviviendo.

—¿Y Santi?

El nombre cayó sobre la mesa como piedra en agua quieta.

Valentina no parpadeó.

—¿Cómo sabes que es Santi?

—Porque lo conozco. Y porque lleva meses con deudas que solo puede saldar destruyéndote a ti. —Ahora sí la miró—. No he metido mis recursos en esto porque sé que no me lo pedirías. Pero sé que está en París. Sé que escaló. Y sé que lo que tienes con Isabelle y la Brigada es útil pero no es suficiente si Santi decide dejar de jugar a las sombras.

—Lo manejo yo.

—Lo sé.

—No es una invitación a que te involucres.

—Lo sé también.

La quietud de esas respuestas era desestabilizadora.

Karim Al-Fayed, que una vez le dijo no te vas a ir y bloqueó una puerta con su cuerpo, ahora le decía lo sé como alguien que aprendió a sangre propia que no puede contener lo que no le pertenece.

Se levantó.

Lo hizo despacio. Dejó un billete sobre la barra para el café que no bebió.

Se puso el abrigo. Oscuro. Sin logo. Sin los gemelos de oro.

Miró a Valentina.

—Me voy.

Ella no dijo nada.

—Pero si Santi te está molestando —y en su voz había algo que no era amenaza sino certeza absoluta, la de alguien que ya tomó una decisión privada— tienes mi número. No como prometido. —Pausa breve—. Como aliado.

Se giró.

Caminó hacia la puerta.

La abrió. Entró lluvia y aire frío y el sonido mojado de la Rue de l’Odéon a las once de la noche.

Y Karim Al-Fayed, sin guardaespaldas y sin traje y con ojeras que Valentina reconocía porque alguna vez fueron las suyas, desapareció en la lluvia parisina sin mirar atrás.

Valentina se quedó sola en la mesa.

Con el agua a medio beber.

Con el cheque de 200.000 euros entre los dos vasos.

Lo miró durante un momento largo.

Después llamó al camarero. Pidió la cuenta. La pagó. Se puso el abrigo.

Y salió.

El cheque seguía sobre la mesa.

No lo recogió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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