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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 103

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Capítulo 103: La Ofensiva de Santi

La llamada llegó a las 6:47 de la mañana.

Valentina estaba despierta. Llevaba despierta desde las cinco, mirando los bocetos de la segunda colección extendidos sobre la mesa del apartamento. El café humeaba. La Singer descansaba en la esquina como animal dormido.

Era el número de la imprenta Leclercq.

La fábrica que producía las etiquetas de “Cicatrices”. Las cartelas de papel satinado con el logo. Los códigos de barra. Las instrucciones de lavado en cuatro idiomas. Todo el primer lote listo para coser sobre las piezas que se entregarían a las boutiques en diecisiete días.

Contestó.

La voz del señor Leclercq era la de alguien que no había dormido.

—Señorita García. Necesito que venga. Ahora mismo si puede.

Valentina ya estaba poniéndose el abrigo.

El humo todavía era visible desde la esquina.

Negro. Pesado. Subiendo en columna sobre el tejado del edificio industrial en el Onceavo Arrondissement como señal que nadie había pedido y todos podían leer.

Tres coches de bomberos. Dos patrullas. Cinta amarilla.

Valentina atravesó la cinta antes de que alguien pudiera decirle que no podía.

El señor Leclercq la encontró en la puerta. Setenta años, delantal gris, las manos temblando ligeramente. No de frío.

—El almacén trasero —dijo—. Donde guardábamos su lote.

Valentina entró.

El olor la golpeó antes de ver nada. Plástico quemado. Papel carbonizado. El olor específico y nauseabundo de semanas de trabajo convertidas en ceniza en cuestión de horas.

El almacén trasero era una caverna negra.

Las estanterías de metal, torcidas. Las cajas que contenían cuarenta y ocho mil etiquetas de “Cicatrices”, reducidas a bloques compactos de carbón. El suelo mojado por las mangueras. El techo con un agujero por donde entraba la mañana fría de octubre como insulto añadido.

Valentina se quedó de pie en el umbral.

No entró más.

No necesitaba entrar más.

—¿Cuánto perdimos? —preguntó. La voz le salió plana. Controlada. La voz de quien aprendió que el pánico es un lujo que no puede pagarse.

—Su lote completo. Y el de otros dos clientes. —El señor Leclercq se pasó la mano por el cabello escaso—. El fuego empezó aquí dentro, señorita. No en la maquinaria. No en el cableado.

Valentina lo miró.

—¿Qué dice la policía?

—Que encontraron restos de acelerante en tres puntos del perímetro. No fue accidente.

El silencio entre ambos duró exactamente lo que duraba procesar que alguien había entrado a este edificio con algo inflamable y la intención deliberada de quemarlo.

—¿La Brigada de Investigación? —preguntó Valentina.

—Abrieron caso esta mañana. Pero me dijeron que estos procesos tardan.

—¿Cuánto?

—Meses. Quizás más.

Valentina asintió.

Dio media vuelta.

Salió.

Margaux estaba esperando en la acera.

Había llegado diez minutos después de la llamada de Valentina. Con el cabello sin peinar y una bufanda mal anudada y la cara de quien acaba de entender que el mundo donde construían algo real era más frágil de lo que parecía.

Las dos mujeres se miraron.

—Todo el primer lote —dijo Valentina. No era pregunta.

—Lo sé. Acaba de llamarme también Christophe de la boutique Aumont. Y Sébastien de Maison Fière. —Margaux tragó—. Amenazan con cancelar si no entregamos en fecha.

—¿En qué fecha?

—Diecisiete días.

Valentina calculó.

Sin etiquetas no podía entregar. Encargar un nuevo lote de etiquetas tomaría un mínimo de diez días en otra imprenta. Si encontraba otra imprenta con capacidad inmediata. Si tenía presupuesto. Si Santi no encontraba también esa imprenta.

Cerró los ojos dos segundos.

Los abrió.

—Hay otra imprenta en Saint-Denis. Llama a las nueve cuando abran. Diles que es urgente y que pagamos sobrecoste.

—Valentina…

—Y llama a Christophe y a Sébastien. Diles que tienen respuesta nuestra antes del mediodía.

—Valentina, escúchame.

La voz de Margaux tenía algo que Valentina no le había escuchado antes.

Miedo genuino.

—Esto ya no es burocracia ni accidentes —dijo—. Esto es alguien que entró en un edificio con gasolina o lo que sea y lo prendió fuego. Esta noche. Mientras dormíamos. —Pausa—. No podemos competir contra un criminal, Valentina. Cerremos antes de que alguien salga herido.

El silencio entre ellas fue breve.

Pero completo.

Valentina miró la fachada ennegrecida de la imprenta Leclercq. El humo que todavía salía en hilitos delgados por las ventanas rotas. La cinta amarilla moviéndose con el viento.

Pensó en el vestido negro de novia que una actriz llevó en Cannes.

En las fotos de Instagram con hilos dorados dibujados sobre cicatrices reales.

En las mujeres que le escribían desde México, desde Argentina, desde España, desde Japón, diciéndole que ese vestido era el primero en el que se habían reconocido.

Pensó en Santi.

En la foto arrugada que seguía cargando en la billetera según lo que le había contado Isabelle. En la forma de caminar que reconoció en una pantalla granulada a las 4:17 de la madrugada. En un hombre que no podía soportar que ella existiera sin él.

—Si cierro, él gana —dijo.

—Valentina…

—Y si él gana, todas las mujeres que se vieron en ese vestido negro pierden. —Valentina la miró—. No cierro, Margaux.

Margaux cerró los ojos un momento.

Cuando los abrió, la expresión había cambiado.

No desaparecido el miedo. Pero sí algo más encima. Algo que se parecía al reconocimiento de alguien que acaba de decidir en qué equipo está.

—Saint-Denis. Llamo a las nueve.

—Gracias.

Valentina llegó al taller a las ocho y media.

Las costureras no llegaban hasta las diez. El espacio estaba vacío y silencioso, oliendo a tela y a la cera que usaban para lubricar las agujas y al café que alguien había dejado sin terminar en el fregadero.

Valentina fue directamente al baño del fondo.

El único con espejo de cuerpo entero.

Se miró.

Abrigo oscuro con manchas de ceniza en la manga derecha de haber rozado el umbral del almacén. Cabello recogido mal desde las cinco de la mañana. Ojeras de quien lleva semanas durmiendo menos de lo que necesita. La línea tensa de una mandíbula que aprendió a no temblar aunque todo lo demás quisiera hacerlo.

Se quedó mirándose durante varios segundos.

El espejo no mentía.

Tampoco consolaba.

Solo devolvía lo que había enfrente.

—¿Eres la mujer del video viral —dijo en voz baja—, o eres la niña que huía de Tepito?

El silencio del taller absorbió la pregunta.

—Decide.

A las nueve y cuarto Margaux confirmó que la imprenta de Saint-Denis tenía capacidad.

A las diez Valentina habló con Christophe de la boutique Aumont.

No le pidió disculpas. No le ofreció excusas. Le dijo la verdad con la misma voz plana con la que había mirado el almacén quemado: alguien estaba atacando su empresa, la policía tenía el caso abierto, las etiquetas estarían reimpresas en diez días y las prendas entregadas antes de la fecha límite original.

Christophe escuchó.

Largo silencio.

—¿Quién está detrás de esto?

—Un hombre que apostó a que no iba a levantarme. Lleva meses perdiendo esa apuesta. Esta es una más.

Otro silencio.

—Tiene dos semanas, señorita García. Ni un día más.

—Catorce días.

Colgó.

Hizo la misma llamada a Sébastien de Maison Fière. El mismo tono. Las mismas palabras. Catorce días.

Después se sentó en el taburete frente a la Singer y apoyó los codos en la mesa y las palmas sobre los ojos.

Cinco segundos.

Solo cinco.

El tiempo suficiente para dejar que el peso de la mañana existiera sin testigos.

Después los quitó.

Sacó el cuaderno de bocetos.

Empezó a calcular cuántas horas necesitaría para tener el lote listo en catorce días con las costureras disponibles.

El teléfono sonó a las dos de la tarde.

Número desconocido. Prefijo internacional que tardó un segundo en identificar.

Código de llamada de Emiratos Árabes Unidos.

El aire en el taller pareció condensarse ligeramente.

Contestó.

—Vi las noticias del incendio.

La voz de Karim. Sin presentación. Sin preámbulo. Como si no hubieran pasado cuarenta y ocho horas desde que ella dejó un cheque sobre la mesa de un bistrot en el Sexto Arrondissement y salió sin recogerlo.

—Es de dominio público —respondió Valentina.

—Sé que es Santi.

No era pregunta.

—Yo también lo sé. La Brigada tiene el caso.

—La Brigada tarda meses. —Pausa breve—. Valentina. Déjame ayudar.

—Ya tuvimos esta conversación.

—Esta es distinta. —La voz de Karim cambió ligeramente. No más suave. Más directa—. No te ofrezco dinero. Ese cheque puede seguir sobre la mesa del Comptoir hasta que se lo coma la humedad. Te ofrezco lo que realmente necesitas ahora mismo.

Valentina no dijo nada.

La Singer. El cuaderno de bocetos. Las costureras al fondo que levantaron la vista sin disimulo.

—Seguridad —dijo Karim—. Para el taller. Para el apartamento. Para las rutas de distribución. Tres personas. Profesionales. Discretos. Sin aparecer yo en ningún papel.

El silencio de Valentina duró lo que duran las decisiones que no quieres tomar pero sabes que tienes que tomar.

Karim no lo llenó.

Esperó.

Como alguien que aprendió, finalmente, que esperar era la única forma de que ella llegara a donde necesitaba llegar por sus propios pasos.

Valentina miró el taller.

Las costureras con sus máquinas. Margaux al fondo con el teléfono pegado a la oreja coordinando con Saint-Denis. Las prendas colgadas en los rieles, intactas, esperando etiquetas que llegarían en diez días si todo salía bien.

Y Santi en algún rincón de París con tiempo y nada que perder.

Cerró los ojos.

Los abrió.

No dijo sí todavía.

Pero tampoco dijo no.

Y los dos sabían la diferencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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