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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 104

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Capítulo 104: La Alianza Reluctante

Llegaron a las ocho de la mañana siguiente.

Tres personas. Dos hombres y una mujer. Maletines discretos, ropa civil sin logos, la clase de presencia entrenada para ocupar espacio sin llamar la atención.

El que hablaba se llamaba Renaud. Francés, cuarenta y tantos, con el acento neutro de alguien que lleva años trabajando para empresas que no tienen bandera. Se presentó solo con el nombre. Sin apellido. Sin tarjeta.

—Somos del equipo de seguridad corporativa de una firma que prefiere no nombrarse —dijo a la puerta del taller—. Nos han contratado para proteger sus instalaciones y rutas de distribución durante un período indefinido. ¿Puede mostrarnos el espacio?

Valentina los dejó entrar.

No dijo el nombre de Karim.

Renaud tampoco lo dijo.

Los dos sabían para quién trabajaban. Y los dos sabían que nombrarlo no era necesario ni conveniente.

Pasaron cuatro horas en el taller.

Midieron ángulos. Revisaron cerraduras. Inspeccionaron el sistema eléctrico, las ventanas traseras, la puerta del almacén que cerraba mal desde el verano. La mujer del equipo —Isabeau, según se presentó— instaló dos cámaras adicionales en los puntos ciegos que las de Valentina no cubrían. El tercer miembro del equipo, que no dijo su nombre y nadie se lo preguntó, salió a hacer un reconocimiento del perímetro exterior.

Valentina los observó trabajar.

Con la misma sensación de quien acepta que le cosan una herida: incómodo, necesario, agradecido en silencio.

Renaud se le acercó cuando terminaron.

—Su apartamento también necesita revisión. Esta tarde, si le parece.

—Está bien.

—Y las rutas que usan para los envíos a las boutiques. Necesito los horarios y los transportistas habituales.

—Se los manda Margaux por correo antes del mediodía.

Renaud asintió. Sin comentarios adicionales. Sin preguntas sobre quién era Santi ni por qué una diseñadora de moda necesitaba un equipo de seguridad corporativa.

Discreción total.

Era, reconoció Valentina, uno de los servicios por los que se pagaba.

El taller volvió a funcionar al día siguiente.

Las costureras llegaron a las nueve. Margaux tenía el nuevo lote de etiquetas confirmado desde Saint-Denis para el jueves. Los pedidos de reimpresión estaban en marcha. Valentina redistribuyó las horas de producción, reasignó a cada costurera una sección de la colección, y calculó que con catorce días contados desde el incendio podían llegar a entregar en fecha si nadie se ponía enfermo y nadie cometía errores caros.

Nadie se puso enfermo.

Nadie cometió errores.

Renaud y su equipo rotaban turnos silenciosos en el exterior. La Singer trabajaba hasta las diez de la noche. El olor a tela nueva volvió a llenar el taller como normalidad recuperada.

En cuatro días, “Cicatrices” producía de nuevo.

En siete, el primer lote de reposición estaba terminado.

Valentina llamó a cada boutique personalmente.

No delegó en Margaux. No mandó correo. Llamó ella, con su voz, desde su teléfono.

A Christophe de Aumont primero.

—Señor Christophe. Soy Valentina García. Llamaba para confirmar que sus doce piezas estarán listas el martes, dos días antes de la fecha límite que acordamos.

Silencio al otro lado.

—¿Sin defectos?

—Sin defectos. Y con una pieza adicional de cortesía por las molestias.

Otro silencio. Más corto.

—El martes —confirmó Christophe.

Hizo la misma llamada a Sébastien de Maison Fière. A Céleste de la boutique Lumière. A los otros tres distribuidores que habían amenazado con cancelar.

El mismo tono en cada una. La misma garantía. Sin excusas, sin dramatismo, sin explicaciones sobre quién había encendido el fuego y por qué.

Solo la verdad operativa: fecha, cantidad, calidad.

Ninguno canceló.

Eric apareció el jueves por la tarde.

Llegó sin avisar, como siempre. Con una botella de vino de Provenza bajo el brazo y esa sonrisa suya de luz natural que hacía que los espacios parecieran más habitables.

La sonrisa duró hasta que vio a Renaud apostado en la entrada del taller con los brazos cruzados.

Valentina lo vio verlo.

Vio el cambio en su cara. El momento exacto en que la sonrisa no desapareció sino que se… reorganizó. Pasó de cálida a educada. De natural a consciente.

Entró al taller. Saludó a Margaux. Observó las costureras, el orden recuperado, el lote nuevo colgado en los rieles.

Esperó a que Valentina terminara de revisar una costura con Amélie.

Cuando se quedaron solos en el pequeño despacho del fondo, dejó la botella sobre la mesa.

—Aceptaste su ayuda.

No era acusación. Era constatación. Pero tenía temperatura.

—Sí —dijo Valentina.

—Después de todo lo que hizo.

—Sí.

Eric no respondió de inmediato. Miró la botella. La ventana pequeña que daba al patio interior del edificio. Sus propias manos sobre la mesa, esas manos que Valentina conocía bien: amplias, callosas, que olían a tierra y madera y Provenza.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Pregunta.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

Valentina lo miró.

—Porque sabía que ibas a poner esa cara.

—¿Qué cara?

—La que tienes ahora.

Eric respiró por la nariz.

—No es una cara de juicio, Valentina. Es una cara de…

—De no entenderlo. Lo sé. —Ella no lo dijo con crueldad. Solo con la claridad de quien lleva días sosteniendo decisiones que nadie más ha tenido que sostener—. Eric, mis costureras tienen hijos que alimentar. Margaux tiene un alquiler. Tengo catorce pedidos confirmados que dependen de que este taller funcione esta semana y la siguiente. —Pausa—. Mi orgullo no vale más que sus sueldos.

El silencio que siguió era de los que pesan.

Eric no discutió.

Porque era un hombre razonable y porque las palabras de Valentina eran exactas y él lo sabía.

Pero la razón y el dolor no siempre ocupan el mismo lugar.

Valentina lo vio procesar ambas cosas al mismo tiempo. La lógica impecable de la decisión. Y el peso diferente, más íntimo, de lo que esa lógica implicaba: que había un tipo de problema que ella resolvía llamando a un número que no era el suyo.

Eric tenía manos que construían cosas despacio.

Karim tenía un equipo que blindaba un taller en cuatro horas.

Los dos lo sabían.

Nadie lo dijo en voz alta.

Que era, precisamente, lo más ruidoso del silencio.

La llamada de Renaud llegó esa noche, después de que Eric se fuera.

Valentina estaba sola en el despacho, revisando el balance de la semana. La botella de vino de Provenza seguía sin abrir sobre la mesa.

—Señorita García. Tenemos algo.

Se incorporó.

—¿Qué encontraron?

—Hemos localizado el punto de operación del individuo que nos ocupa. —La voz de Renaud era plana, profesional, sin inflexión—. Departamento alquilado en el Dieciocho. Rue Lepic, número cuarenta y tres. Segundo piso. La identidad usada para el alquiler es Thomas Marchetti, belga. El contrato vence en doce días.

Valentina no dijo nada.

—¿Señorita García?

—Recibido.

—¿Qué instrucciones nos da?

Cogió un bolígrafo.

Escribió en el margen del balance: Rue Lepic, 43. 2º. Thomas Marchetti. 12 días.

Lo subrayó.

—Ninguna por ahora —dijo—. Gracias, Renaud.

Colgó.

Se quedó mirando el papel.

Rue Lepic, 43.

Santi a cuatro kilómetros del taller.

Durmiendo bajo nombre falso que vencía en doce días, lo que significaba que en doce días desaparecería o escalaría.

Valentina tenía la dirección.

Y la decisión de qué hacer con ella.

Eso era lo más peligroso de todo.

Porque ya sabía lo que iba a decidir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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