Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 105
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Capítulo 105: Cara a Cara con el Pasado
El papel tenía cuatro líneas.
Dirección. Nombre falso. Edificio en el 18°.
Valentina lo leyó tres veces.
Luego lo dobló con cuidado, como si fuera una factura pendiente, y lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo.
Esa noche no durmió.
No porque tuviera miedo.
Sino porque estaba pensando.
Eric dormía a su lado. Respiración lenta, pareja, sin sobresaltos. Valentina lo miraba en la oscuridad y sentía algo que se parecía a la ternura y también, un poco, a la culpa.
Él nunca habría ido solo.
Habría llamado a la policía. Habría hecho lo correcto. Habría esperado el proceso, los formularios, los meses lentos de la Brigada.
Y Santi habría desaparecido antes de que llegara la primera citación.
Valentina cerró los ojos.
No.
Esto lo hacía ella.
Salió del apartamento a las 6:15 AM.
El metro estaba casi vacío a esa hora. Vagones con olor a desinfectante y fluorescentes que parpadeaban. Una mujer de limpieza con audífonos. Un estudiante dormido sobre su mochila.
Valentina fue de pie durante todo el trayecto.
Las manos en los bolsillos. El papel entre los dedos.
En Pigalle bajó y caminó hacia el norte. El 18° arrondissement a las 7 AM huele a pan y a asfalto húmedo. Las persianas metálicas de los tabacs todavía a medio abrir. Un hombre barriendo la entrada de una brasserie. Palomas en los adoquines.
Una mañana normal de París.
Valentina encontró el edificio sin problema.
Cinco plantas. Fachada beige con manchas de humedad en el tercer piso. Portería con código numérico. Una maceta rota junto a la entrada que nadie había recogido.
Se plantó en la acera de enfrente.
Y esperó.
A las 7:08 se abrió la puerta.
Salió con una camiseta gris y pantalón de chándal. El pelo sin peinar. Una arruga profunda en la mejilla derecha, de la almohada. Los ojos entrecerrados contra la luz.
Con una cajetilla vacía en la mano.
Buscando dónde comprar tabaco.
Valentina no se movió.
Santiago Domínguez cruzó la acera sin mirar. Giró a la izquierda. Dio cuatro pasos.
Y entonces la vio.
Se detuvo como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.
El color se le fue de la cara.
No de golpe. Despacio. Como tela que se decolora en el agua.
Valentina no dijo nada todavía.
Solo lo miró.
Y eso fue suficiente para que él retrocediera medio paso.
Santi la conocía desde los dieciséis años.
Sabía cuándo estaba asustada. Sabía cuándo fingía. Sabía cuándo iba a llorar aunque dijera que no.
Lo que no sabía era esto.
Esta mujer de pie en la acera húmeda del 18° arrondissement, sin escolta, sin teléfono en la mano, sin voz levantada.
Esta mujer que lo miraba como si fuera un problema que ya había calculado, resuelto y archivado.
—Santi.
La voz, baja. Sin fisuras.
—Mírame.
Él abrió la boca.
La cerró.
Valentina cruzó la calle despacio. Sin prisa. Los pasos sobre los adoquines húmedos haciendo el único sonido en ese tramo de calle.
Se detuvo a dos metros.
Lo suficientemente cerca para que él viera sus ojos.
Lo suficientemente lejos para que quedara claro que no venía a suplicar ni a negociar.
—Quemaste mi fábrica.
Una pausa.
—Saboteaste mi taller. Destruiste mi envío.
Otra pausa. Más larga.
—Y sigo aquí.
Le señaló con la barbilla. Tranquila. Como señalando un dato en un informe.
—De pie. Con mi marca creciendo.
Santi tensó la mandíbula. El músculo de la mejilla pulsó.
—¿Cuántas veces más necesitas fracasar para entender que ya no puedes destruirme?
Silencio.
El tipo de silencio que pesa.
Una paloma cruzó volando entre los dos. El sonido de una persiana metálica subiéndose en la calle paralela.
Santi encontró su voz.
—Voy a destruir todo lo que construyas.
La dijo como si fuera verdad.
Como si todavía creyera que podía.
Valentina inclinó la cabeza, muy ligeramente. Como quien escucha una frase que ya conoce de memoria y ya no le dice nada nuevo.
—No, Santi.
La voz sin una grieta.
—Tú ya estás destruido.
Pausa.
—Solo no te has dado cuenta.
Lo vio en sus ojos.
El momento exacto en que el golpe llegó.
No fue rabia. La rabia habría sido mejor. La rabia todavía tiene energía, todavía tiene vida dentro.
Fue otra cosa.
El reconocimiento.
El instante en que un hombre se mira en los ojos de la persona que lo conoce mejor del mundo y ve reflejado lo que él mismo no puede admitir.
Valentina le sostuvo la mirada tres segundos más.
Los suficientes.
Luego se dio la vuelta.
Sus pasos sobre la acera.
Regulares. Sin prisa. Sin tropiezos.
El sonido de los tacones sobre el adoquín mojado era lo único que llenaba el silencio de la calle.
Santi tardó en reaccionar.
—¡Voy a volver!
La voz rota. Demasiado alta para esa hora. Una ventana del primer piso se iluminó.
Valentina no se detuvo.
No giró la cabeza.
Levantó la mano derecha, despacio, sin voltear. Un gesto pequeño. Casi casual. Como quien saluda a alguien que ya no importa.
Un adiós que no era adiós.
Era un punto final.
Escuchó detrás de ella el sonido de sus pasos acercándose.
Y luego deteniéndose.
Porque algo en la forma en que ella caminaba lo detuvo mejor que cualquier amenaza. No había en esa espalda recta ni miedo ni desafío. Solo la certeza absoluta de alguien que ya cerró la cuenta y salió del banco.
El silencio de Santi llenó la calle entera.
Más ruidoso que el grito.
Más ruidoso que todo lo que había quemado, destruido, saboteado en los últimos meses.
Valentina dobló la esquina.
Y desapareció.
Paró un taxi en el Boulevard de Clichy.
Se subió.
Dio la dirección en un susurro.
El taxista asintió sin mirarla.
Y entonces, solo entonces, con la puerta cerrada y el motor encendido y la ciudad moviéndose afuera como si nada hubiera pasado, Valentina soltó el aire.
Todo el aire.
Un largo exhalación que le vació los pulmones hasta el fondo.
Bajó la vista.
Las manos.
Le temblaban.
No de miedo.
Del esfuerzo de haber sostenido esa calma durante veintidós minutos exactos. De haber caminado hacia el hombre que quemó su trabajo, que destruyó lo que construyó con las manos, que persiguió su vida durante años, y haberlo mirado como si fuera menos que el problema de una tubería rota.
El temblor le recorría los dedos, las muñecas, llegaba hasta los codos.
Valentina lo observó.
Y sonrió.
Sacó el teléfono.
Primero escribió a Isabelle.
Tengo la ubicación confirmada. Activa a tu amigo de la Brigada. Calle Ramey 14, 5° piso, departamento B. Nombre falso: Laurent Morales. Es él.
Enviar.
Luego abrió la conversación con Karim.
Dudó un segundo.
No porque no supiera qué escribir.
Sino porque sabía exactamente lo que significaba escribirlo.
Escribió:
Santi está en el 18°. Haz lo que debas.
Enviar.
El taxi cruzó el Sena.
El río reflejaba la luz gris de la mañana en franjas largas y plateadas.
Valentina apoyó la cabeza en el vidrio frío.
Las manos habían dejado de temblar.
Pensó en Santi parado en esa acera. En su cara cuando entendió. En el silencio que fue más devastador que cualquier cosa que ella hubiera podido gritarle.
Pensó en todo lo que quemó.
En todo lo que ella volvió a construir.
Y pensó, por primera vez desde hacía meses, que quizás la guerra no terminaba aquí, pero el equilibrio había cambiado para siempre.
La trampa estaba tendida.
Desde dos frentes distintos.
Y Santi, parado en esa acera del 18° con una cajetilla vacía en la mano y la mirada perdida, todavía no lo sabía.
El taxi se detuvo frente a su edificio.
Valentina pagó.
Bajó.
Respiró el aire de París, frío y limpio y con olor a pan de centeno desde la boulangerie de la esquina.
Sacó la llave.
Subió las escaleras.
Entró al apartamento.
Eric seguía dormido.
Valentina se quitó el abrigo con cuidado, lo dobló sobre la silla del pasillo, y fue a la cocina a poner el café.
Las manos firmes.
La mente ordenada.
Ya estaba hecho.
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