Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 106
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Capítulo 106: La Duda
La vida tiene una capacidad extraña para normalizarse.
Tres semanas después del 18° arrondissement, después de los mensajes a Isabelle y a Karim, después de la trampa tendida sobre Santi como una red que ya no dependía de ella, la vida de Valentina García tenía la forma ordenada de algo que funciona.
Y eso, descubrió, podía ser su propio tipo de vértigo.
De día: el taller.
Margaux gritando medidas desde el otro extremo de la sala. Las costureras inclinadas sobre las mesas de corte. El olor a tela nueva y a café de la máquina que alguien siempre dejaba encendida.
Y los números.
Los números que ya no daban miedo.
Desde que Léa Moreau apareció en la alfombra roja del Festival de Cannes con el vestido negro de “Cicatrices”, algo se había roto en la dirección correcta. No una ruptura. Una apertura. Como cuando una costura cede exactamente donde debe ceder para que la tela respire.
Las ventas online se triplicaron en cuatro días.
Tres boutiques de Londres pidieron reunión.
Una compradora de Tokio mandó un correo en inglés y japonés simultáneamente, como si tuviera prisa de que no se le escapara la oportunidad.
Valentina respondía cada mensaje sentada en el borde del escritorio, con el café en una mano y el teléfono en la otra, y pensaba: esto es lo que construí. Esto es real.
Y era verdad.
Completamente verdad.
Y aun así.
De noche: Eric.
Siempre Eric.
La cena lista cuando ella llegaba. La mesa pequeña junto a la ventana. El vino de Provenza en la copa, ese color burdeos oscuro que olía a tierra mojada y a roble y a algo que se había tomado su tiempo en madurar.
Eric preguntaba cómo había ido el día con una atención genuina que no era protocolo.
Escuchaba de verdad. No esperando su turno para hablar. Escuchando.
Valentina lo miraba a veces en mitad de una frase y pensaba: este hombre es bueno. No bueno como estrategia. Bueno como estructura. Como los cimientos que no se ven pero sostienen todo lo demás.
Y dormía bien.
Por primera vez en años, dormía las horas completas. Sin sobresaltos. Sin el oído medio abierto hacia el pasillo esperando que algo ocurriera.
La paz tenía ese sabor: el vino de Provenza. Suave. Terroso. Reconfortante. El tipo de cosa que nunca decepciona porque nunca promete más de lo que da.
El problema no era Eric.
El problema era la mesa de diseño.
Valentina lo notó un martes por la tarde, cuando llevaba tres horas trabajando en una chaqueta nueva y el resultado era correcto sin ser necesario. Técnicamente impecable. Creativamente… adecuada.
La colgó en el maniquí y la miró desde lejos.
Estaba bien.
Bien era la palabra exacta.
Pensó en el vestido negro. En cómo lo había cortado a las 2 AM con la rabia de alguien que no tiene nada que perder. En cómo las tijeras se movían solas porque había algo dentro que necesitaba salir con urgencia, y la tela era el único lugar donde cabía.
Pensó en el abrigo Fénix, las tres noches sin dormir rediseñándolo, las costuras de oro que nacieron del agotamiento y de la furia de que Claire le dijera este diseño no arde.
Sus mejores piezas tenían eso en común.
Nacían del fuego.
Esta chaqueta había nacido del desayuno tranquilo, del café sin prisas, de la noche que durmió ocho horas.
Era bonita.
Pero no ardía.
¿Se puede crear sin fuego?
La pregunta llegó sin aviso mientras guardaba los patrones en la carpeta.
¿O el fuego es lo que me hace crear?
Se quedó un momento parada en el centro del taller vacío. Las otras ya se habían ido. Las luces de emergencia dibujaban sombras largas sobre los maniquíes.
No era una pregunta sobre diseño.
Y lo sabía.
Era la pregunta que llevaba semanas evitando formular porque una vez que la pronuncias, aunque sea solo en tu cabeza, ya no puedes fingir que no existe.
Con Eric dormía bien.
Con Karim no dormía. Pero estaba viva de una manera diferente. Tensa y alerta y encendida, como tela sintética cerca de una llama: peligroso, inestable, y con una luminosidad que la tela de algodón nunca puede imitar.
Con Eric diseñaba piezas correctas.
Con el recuerdo de Karim diseñaba cosas que la gente se ponía y se miraba al espejo y necesitaba un momento para procesar lo que veía.
Valentina apagó la luz del taller.
Cerró con llave.
Y caminó hacia el metro sin responder la pregunta.
Esa noche Eric abrió una botella nueva.
Un Gigondas de 2019, explicó con esa ternura suya hacia las cosas que ha cuidado durante tiempo. Lo había traído de Provenza la última vez que visitó el viñedo. Guardado para una ocasión especial.
—¿Cuál es la ocasión? —preguntó Valentina.
Él sonrió.
—Que llevas tres semanas sin pesadillas.
Valentina miró el vino en su copa.
Rojo oscuro. Quieto. Sin burbujas. Sin urgencia.
—Eso no es una ocasión especial —dijo—. Es simplemente la vida.
—Para mí sí lo es.
Y lo decía en serio. Eso era lo que más la desarmaba de Eric: lo decía completamente en serio. Sin cálculo, sin estrategia, sin el peso de una historia que justificara la intensidad.
Solo presente. Solo real.
Bebió un sorbo.
Suave. Terroso. Reconfortante.
Y pensó, sin quererlo, en el sabor del café turco. Amargo y denso y caliente de una manera que casi duele al bajar. El tipo de cosa que te despierta algo que no sabías que tenía sueño.
Apretó los dedos alrededor de la copa.
—¿Estás bien? —preguntó Eric.
—Sí.
Una pausa breve.
—Solo pensando en trabajo.
Él no le preguntó más.
Esa era también su forma: no insistir. No abrir puertas que ella no hubiera abierto primero. Respeto, lo llamaba Valentina cuando quería ser generosa. Distancia, lo llamaba cuando era honesta.
Recogieron juntos. Eric lavó. Valentina secó.
Manos que se rozaban sin electricidad. Sin intención. Con la familiaridad cómoda de algo que lleva tiempo en su lugar.
Valentina pensó: esto es suficiente para la mayoría de la gente.
Y luego pensó: ¿soy yo la mayoría de la gente?
Al día siguiente llegó el correo.
Asunto: Invitación oficial — Gala de Moda de París, Temporada Otoño-Invierno.
Valentina lo abrió entre un pedido de telas y un mensaje de Margaux sobre un proveedor nuevo.
Lo leyó deprisa.
“Cicatrices” entre las marcas emergentes invitadas. Stand propio en el Grand Palais. Presencia de prensa internacional. Oportunidad de presentar la colección nueva ante compradores de quince países.
Era exactamente lo que necesitaban.
Era el salto.
Valentina fue a la última página del documento, donde venía la lista de asistentes confirmados categoría VIP.
Lo leyó.
Y algo se detuvo en su pecho.
Un segundo.
Solo un segundo.
Suficiente.
Karim Al-Fayed. Fundador, Al-Fayed Corp. Invitado especial, sector inversión moda.
El nombre impreso en la página como cualquier otro nombre.
Como si no pesara nada.
Valentina cerró el documento.
Lo volvió a abrir.
Volvió a leer el nombre.
Y lo que sintió no era miedo ni rabia ni alegría.
Era algo más complicado que todo eso. Algo que no cabía bien en ninguna palabra que conociera.
Lo cerró por segunda vez.
Fue por un café.
El café de la máquina del taller que siempre dejaban encendida.
Amargo. Fuerte. Sin leche.
Se lo bebió de pie junto a la ventana, mirando la calle sin verla.
La Gala era en seis semanas.
Seis semanas para preparar una colección que ardiera.
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