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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 108

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  4. Capítulo 108 - Capítulo 108: La Gala de Moda de París (Parte 1)
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Capítulo 108: La Gala de Moda de París (Parte 1)

El Grand Palais olía a dinero y ambición.

A perfume caro mezclado con el polvo antiguo de las columnas de hierro. A champagne abierto desde hace una hora. A expectativa colectiva de quinientas personas que habían pagado o trabajado para estar ahí.

Valentina lo olió antes de entrar.

Se detuvo en la puerta del pabellón.

Un segundo. Solo uno.

—¿Lista? —preguntó Eric desde su izquierda.

—Sí.

Mentira pequeña. Necesaria.

Entró.

El stand de “Cicatrices” estaba en el ala este, entre una marca japonesa de geometría perfecta y una casa francesa con cien años de historia y cero riesgo.

Exactamente donde debería estar.

Margaux había llegado tres horas antes con las costureras para montar. Ocho maniquíes en semicírculo. Iluminación lateral que Eric había ajustado él mismo a las seis de la mañana, sin que nadie se lo pidiera, con una lámpara de taller prestada y dos horas de paciencia.

Valentina lo reconoció cuando entró al stand.

La luz caía exactamente bien.

Las venas doradas de “Fénix” captaban el haz desde el ángulo correcto y lo devolvían multiplicado.

—La lámpara —dijo.

—Probé cuatro ángulos. —Eric lo dijo sin énfasis, como quien reporta el clima—. Ese era el que funcionaba.

Valentina miró el abrigo un momento.

Colgado en el maniquí central, con las alas abiertas y el forro rojo apenas visible desde dentro.

Una promesa que no todos verían.

Solo los que se acercaran lo suficiente.

—Gracias —dijo.

Y lo decía en serio.

Los primeros veinte minutos fueron los peores.

La gente pasaba.

Miraba las piezas de acompañamiento con interés educado. El tipo de interés que no compromete nada. El tipo que en la industria significa no, pero no quiero decirlo.

Valentina estaba de pie junto al maniquí de “Fénix” con las manos cruzadas a la espalda y la espalda absolutamente recta.

Por dentro: el corazón golpeando demasiado rápido.

Por fuera: diseñadora que ha estado en esta sala antes.

Una mujer con credencial de prensa se detuvo a tres metros. Levantó el teléfono. Fotografió. Siguió caminando sin preguntar nada.

Un comprador de una boutique alemana examinó el vestido asimétrico del maniquí cuatro, leyó la ficha de precio, y siguió.

Margaux le lanzó una mirada desde el fondo.

Valentina negó con la cabeza, mínimo. Espera.

Fue una mujer con el cabello cortado a la mandíbula y zapatos que costaban lo mismo que una semana de alquiler quien se detuvo primero frente a “Fénix”.

No dijo nada.

Lo rodeó despacio.

Una vuelta completa.

Valentina no se movió.

La mujer se inclinó levemente hacia el dobladillo. Vio el rojo.

Se incorporó.

—¿Usted es la diseñadora?

—Sí.

—¿Hay forro rojo en todos los modelos o solo en este?

—Solo en este. Las otras piezas tienen forros que corresponden a su historia individual.

—¿Historia individual?

—Cada prenda en “Cicatrices” tiene una fractura específica. El abrigo se rompió por dentro antes de rehacerse. El forro es lo que nadie ve hasta que decides abrirte.

La mujer la miró tres segundos.

—Soy directora de compras en Saks Fifth Avenue. —Sacó una tarjeta. La dejó sobre la mesa del stand—. Quiero una reunión la semana que viene.

Se fue.

Margaux, desde el fondo, apretó el puño en silencio.

Después de eso, algo cambió.

Como cuando sueltas el primer botón de una camisa demasiado ajustada.

Un editor de una revista italiana fotografió “Fénix” durante doce minutos desde ángulos que Valentina no había considerado. Luego preguntó por las telas, por el proceso, por el nombre.

Ella respondió todo.

Dos compradores de boutiques parisinas tomaron fichas de contacto.

Una diseñadora joven —veinte años, quizás menos— se paró frente al vestido del maniquí dos durante tanto tiempo que Valentina se acercó.

—¿Tienes alguna pregunta?

La chica negó.

—Solo quería verlo de cerca. —Una pausa—. ¿Usted es Valentina García?

—Sí.

—Vi su video. El de cuando se fue. —Lo dijo con cuidado, midiendo—. Me cambió algo.

Valentina no supo qué responder.

Así que no respondió nada.

Asintió.

Y fue suficiente.

El hombre llegó a las nueve y cuarto.

Traje oscuro. Sin credencial visible. Ese tipo de persona que no necesita identificarse porque su postura ya lo hace.

Se detuvo frente al stand sin entrar al semicírculo de maniquíes. Observó la colección completa desde afuera, como quien evalúa un plano antes de decidir si entra al edificio.

Luego caminó directo a Valentina.

—James Whitfield. Harrods, desarrollo de marcas emergentes. —Apretón de mano breve, firme—. Llevamos seis meses siguiendo “Cicatrices” desde que salió el editorial de Vogue.

Valentina sintió el pulso subir un grado.

No lo mostró.

—¿Qué le interesa específicamente?

—La marca completa. La narrativa, el posicionamiento, la escalabilidad. —Miró a “Fénix” una vez más—. Pero sobre todo eso. ¿Es pieza única o tiene producción posible?

—Producción limitada. Máximo doce unidades por temporada. Las costuras a mano no permiten más sin perder la integridad.

—Eso es exactamente lo que necesito escuchar. —Sacó agenda—. ¿El jueves a las tres en nuestras oficinas de París?

—El jueves a las tres.

Se fue.

Eric, que había estado a dos metros gestionando el cable de la lámpara que amenazaba con soltarse, se acercó cuando el hombre desapareció entre la multitud.

—¿Harrods?

—Harrods.

Una sonrisa pequeña entre los dos. Del tipo que no necesita palabras.

A las diez, Valentina salió del stand por primera vez en tres horas.

Necesitaba agua.

Necesitaba dos minutos sin que nadie le hablara de telas, precios o narrativa de marca.

Caminó hacia la mesa de bebidas en el centro del pabellón. Tomó un vaso. Lo bebió de pie, mirando el salón desde ese ángulo nuevo.

Era enorme.

Cientos de personas en movimiento constante. Conversaciones en francés, inglés, italiano, japonés. Stands iluminados como vitrinas de joyería. Flashes de teléfonos y cámaras profesionales.

Todo el mundo buscando algo.

Todo el mundo siendo buscado por alguien.

Valentina dejó vagar la mirada.

Sin intención.

O eso se dijo.

Recorrió el ala oeste. El acceso principal. La zona VIP junto a las columnas centrales donde los compradores de mayor nivel circulaban con esa velocidad específica de quien no necesita detenerse porque todos se detienen para ellos.

No lo vio.

Respiró.

Alivio.

Eso era alivio, claramente.

El tipo de alivio que se siente cuando esquivas algo que podría haberte complicado la noche. Cuando la amenaza no se materializa y puedes concentrarte en lo que importa.

Eso era exactamente lo que sentía.

Dejó el vaso vacío sobre la mesa.

Dio media vuelta para volver al stand.

Y entonces lo vio.

Al otro lado del salón.

Junto a una de las columnas de hierro del Grand Palais, con la mano derecha en el bolsillo y el cuerpo levemente girado hacia el ala este.

Hacia el stand de “Cicatrices”.

Hacia ella.

Karim.

No se había acercado.

No había mandado mensaje.

No había buscado su nombre en el programa ni pedido que le presentaran a la diseñadora emergente mexicana de la que todos hablaban esta noche.

Solo estaba ahí.

De pie junto a la columna.

Mirándola.

Sin sonreír.

Sin moverse.

Con esa quietud suya que Valentina había aprendido a leer: no era indiferencia. Era lo contrario. Era la quietud de alguien que ha decidido no hacer nada porque sabe que cualquier movimiento rompería algo que todavía no puede romperse.

Sus ojos encontraron los de ella a través de cincuenta metros y quinientas personas.

Y no se soltaron.

Valentina sintió el suelo del Grand Palais moverse levemente bajo los pies.

Solo un segundo.

Solo un milímetro.

Suficiente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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