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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 CAPÍTULO 11 El Entrenamiento
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11: CAPÍTULO 11: El Entrenamiento 11: CAPÍTULO 11: El Entrenamiento El video siguió reproduciéndose en loop en la mente de Valentina.

Dos hombres.

Pasamontañas.

Su mamá gritando.

La figura de la “hermana” que nunca había conocido.

Tres horas.

Todo había pasado hace tres horas mientras ella volaba cómodamente en un jet privado comiendo uvas importadas.

—Valentina.

La voz de Karim la sacó del espiral.

Estaban todavía en el coche.

El chofer esperaba con el motor encendido.

—Necesito que respires.

Cuatro segundos.

—No me digas que respire cuando acaban de atacar a mi mamá.

—Por eso mismo te lo digo.

Porque si entras en pánico ahora, no podrás tomar decisiones coherentes.

Tenía razón.

Lo odiaba por tener razón.

Pero lo tenía.

Inhaló.

Cuatro segundos.

Sostuvo.

Siete segundos.

Exhaló.

Ocho segundos.

—Otra vez.

Repitió el ciclo tres veces más hasta que el mundo dejó de girar como trompo descontrolado.

—Mi equipo ya está en camino a Ecatepec.

Llegarán en menos de dos horas.

—¿Dos horas?

Santi pudo haberlas matado en dos horas.

—Santi no va a matarlas.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque tú sigues viva.

Y mientras sigas viva, ellas son su único punto de presión.

Los muertos no presionan a nadie.

La lógica era brutal.

Pero correcta.

Karim ya estaba marcando números en su teléfono.

La conversación fue en árabe tan rápido que sonaba como ametralladora verbal.

Tres llamadas diferentes.

Todas de menos de dos minutos.

Cuando terminó, la miró directamente.

—Mi equipo extraerá a tu madre y a tu hermana de México en las próximas cuatro horas.

Las llevarán a un lugar seguro en Costa Rica.

Nadie excepto yo sabrá la ubicación exacta.

—¿Costa Rica?

—Neutral.

Lejos de la influencia de Santiago.

Con leyes que dificultan la extradición.

—¿Y después?

—Después tú cumples tu parte del trato.

Sin desviaciones.

No era amenaza.

Era recordatorio.

El coche finalmente se movió hacia el hotel.

Valentina miraba las calles del Cairo pasar por la ventana polarizada.

Edificios antiguos al lado de rascacielos modernos.

Mezquitas con minaretes dorados compitiendo por espacio con centros comerciales de lujo.

Caos organizado que de alguna manera funcionaba.

Como su vida ahora.

—¿Valentina?

—¿Qué?

—Necesito que entiendas algo.

Karim se giró hacia ella en el asiento.

—Las próximas semanas van a ser las más difíciles de tu vida.

Mi padre no solo espera que te veas como esposa adecuada.

Espera que actúes, hables y pienses como una.

—No soy actriz profesional.

—No.

Eres comunicadora.

Es mejor.

—¿Cómo es eso mejor?

—Porque las actrices fingen.

Los comunicadores persuaden.

Y persuadir es lo que necesitas hacer durante los próximos tres meses.

El Four Seasons Cairo era exactamente lo que Valentina esperaba.

Mármol.

Cristal.

Personal que se movía como fantasmas eficientes.

La suite tenía dos habitaciones separadas por un salón que era más grande que el departamento donde ella había crecido.

—Descansa una hora —dijo Karim—.

Después empezamos.

—¿Empezamos qué?

—Tu transformación.

Sonó ominoso.

Porque probablemente lo era.

Una hora después, Valentina estaba sentada en el comedor de la suite frente a una mujer que parecía salida de Vogue Arabia.

Cuarenta y tantos años.

Elegancia quirúrgica.

Hijab de seda color marfil que probablemente costaba más que un mes de renta en Polanco.

—Soy Layla Mansour.

Consultora de etiqueta internacional.

La mujer no sonrió.

No ofreció la mano.

Solo se sentó con postura tan perfecta que dolía mirarla.

—El señor Al-Fayed me ha contratado para prepararla para su presentación ante el Consejo Familiar.

—¿Consejo Familiar?

Pensé que solo tenía que convencer al papá.

—El padre es el juez final.

Pero el Consejo decide si usted es digna de ser juzgada.

O sea, güey, esto es como pasar por tres filtros de seguridad antes de entrar al antro VIP.

—¿Y qué exactamente necesito aprender?

Layla sacó una tablet y deslizó el dedo sobre la pantalla con uñas perfectamente manicuradas.

—Modales en mesa formal árabe.

Protocolo de saludos según jerarquía familiar.

Temas apropiados de conversación.

Temas prohibidos.

Lenguaje corporal.

Control de expresiones faciales.

La lista continuó durante tres minutos completos.

—También trabajaremos en su…

vocabulario.

—¿Mi vocabulario?

—El señor Al-Fayed me informó que su forma de expresarse es…

colorida.

Valentina miró hacia donde Karim trabajaba en su laptop en el otro extremo del salón.

El muy traidor ni siquiera levantó la vista.

—Mi forma de expresarse es honesta.

—La honestidad no siempre es apropiada en sociedad.

—Entonces la sociedad está muy X.

Layla parpadeó.

—¿X?

—Muy equivocada.

Muy mal diseñada.

Muy necesitada de actualización.

—Ya veo.

La mujer hizo una anotación en su tablet con expresión que claramente decía “este caso es imposible”.

—Empecemos con lo básico.

Postura.

—Estoy sentada derecha.

—Está sentada como si esperara que alguien la ataque en cualquier momento.

Espalda muy rígida.

Hombros tensos.

Manos en puños sobre la mesa.

Valentina miró sus manos.

Efectivamente.

Puños cerrados como si estuviera lista para boxear.

—Relaje los hombros.

Manos sobre el regazo.

Palmas hacia arriba.

Muestra apertura y confianza.

—Muestra vulnerabilidad.

—Exactamente.

—No me gusta mostrar vulnerabilidad.

—Pero le gusta sobrevivir.

Y para sobrevivir en este mundo, necesita parecer no amenazante.

La lógica era retorcida.

Pero correcta.

Las siguientes dos horas fueron tortura refinada.

Cómo sentarse.

Cómo levantarse.

Cómo caminar sin “balancear las caderas de forma agresiva” (aparentemente su forma natural de caminar era “agresiva”).

Cómo sonreír sin “mostrar demasiados dientes” (su sonrisa normal era “demasiado estadounidense”).

Cómo asentir sin “parecer que está de acuerdo cuando claramente no lo está” (su lenguaje corporal era “demasiado transparente”).

—Suficiente.

La voz de Karim interrumpió la décima corrección sobre cómo sostener una taza de té.

—Layla, gracias.

Continuamos mañana.

La mujer se levantó con gracia de bailarina profesional.

—Señor Al-Fayed, con todo respeto, tres meses no es suficiente tiempo para— —Lo será.

No era negociable.

Layla se retiró con reverencia mínima.

Cuando la puerta se cerró, Valentina explotó.

—¿Demasiado estadounidense?

Soy mexicana.

¿Demasiado transparente?

Es llamado ser honesta.

¿Balancear las caderas de forma agresiva?

Así camino desde que tengo piernas.

Karim cerró su laptop.

Se acercó al comedor.

Se sentó frente a ella con esa calma infuriante que usaba para todo.

—Estás enojada.

—Estoy enojadísima.

—Bien.

—¿Bien?

—El enojo es útil.

Te mantiene enfocada.

Te da energía para resistir.

—¿Resistir qué?

—La transformación en algo que no eres.

Valentina parpadeó.

—Pensé que eso era exactamente lo que querías.

—Quiero que parezcas lo que necesitas parecer.

No que te conviertas en eso.

La distinción era sutil.

Pero importante.

—Layla es excelente en lo que hace.

Pero es un martillo.

Y tú no eres un clavo.

Karim se levantó.

Caminó hacia el bar y sirvió agua en dos vasos de cristal.

Le pasó uno.

—Mañana empieza el entrenamiento real.

—¿Esto no era el entrenamiento real?

—Esto era la tortura preliminar.

Para ver si resistías.

—¿Y resistí?

—Todavía estás aquí.

Todavía me estás mirando como si quisieras golpearme pero te contuvieras por estrategia.

Eso es exactamente lo que necesito.

El teléfono de Karim vibró.

Lo revisó con expresión neutral que rápidamente se transformó en algo parecido al alivio.

—Tu familia está segura.

En ruta a San José.

Las rodillas de Valentina casi fallan.

—¿Están bien?

—Contusiones menores.

Tu madre tiene un corte en la frente que ya fue tratado.

Tu hermana está ilesa.

—¿Mi hermana fue…

cooperativa?

—Según el informe, no paraba de preguntar si esto significaba que obtendría dinero de todos modos.

Por supuesto.

—Tendrás acceso a videollamada con ellas en dos horas.

Después de que el equipo médico termine las evaluaciones.

Valentina dejó caer la cabeza entre las manos.

El alivio la golpeó como ola gigante.

Su mamá estaba viva.

Lastimada, pero viva.

—Gracias.

La palabra salió ahogada.

—No me agradezcas todavía.

Karim se sentó de nuevo frente a ella.

—Esto apenas empieza.

Santiago no va a detenerse porque perdió una batalla.

Va a escalar.

—¿Qué tan mal puede ponerse?

—Mucho peor de lo que imaginas.

El teléfono de Valentina vibró.

Número desconocido.

Su corazón se detuvo.

Pero era un mensaje de WhatsApp.

De su mamá.

“Mija, estoy bien.

No sé dónde estamos pero hay doctores y todo está limpio.

Tu hermana está preguntando cuánto dinero le vas a dar.

Dile a tu novio que gracias.

Tu mamá que te quiere.” Valentina leyó el mensaje cinco veces.

Cuando levantó la vista, Karim la observaba con expresión indescifrable.

—¿Tu novio?

—Aparentemente es más fácil explicarte así.

—¿Y qué le dijiste a tu madre sobre mí?

—Que eres un hombre que me ayuda porque puede.

Y porque quiere.

—¿Eso es lo que soy?

La pregunta colgó en el aire como humo.

Valentina no tenía respuesta.

Porque honestamente no sabía qué era Karim Al-Fayed para ella.

¿Protector?

¿Carcelero?

¿Salvador?

¿Socio comercial?

¿Algo más?

—Descansa —dijo Karim levantándose—.

Mañana conoces a la familia extendida.

—¿Qué familia extendida?

—La hermana de mi padre.

Tía Salma.

Si ella te aprueba, tienes cincuenta por ciento más de posibilidades con el Consejo.

—¿Y si no me aprueba?

—Entonces rezas para que mi encanto personal sea suficiente.

Casi sonrió.

Casi.

Esa noche, Valentina soñó con jaulas.

Jaulas de oro.

Jaulas de seda.

Jaulas de cristal tan transparentes que parecían libertad.

Pero todas tenían la misma característica: No tenían cerradura por dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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