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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 110

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Capítulo 110: Después de la Gala

El taxi olía a ambientador de pino y calefacción alta.

Valentina miraba París pasar por la ventanilla. Los bulevares mojados. Los cafés con las sillas ya recogidas. La ciudad que a medianoche se vuelve de otra gente: gente que trabaja de noche, gente que vuelve tarde, gente que no tiene a dónde llegar con prisa.

Eric estaba sentado a su izquierda.

No se tocaban.

No era hostilidad. Era el tipo de distancia que se instala sola entre dos personas que tienen demasiado en la cabeza y saben que el taxi no es el lugar para ninguna de las conversaciones pendientes.

Valentina dejó que el silencio existiera.

El apartamento olía a café de la mañana que nadie había abierto una ventana para sacar.

Eric encendió la luz de la cocina. Valentina dejó el bolso sobre la silla del recibidor. Se quitó los zapatos ahí mismo, de pie en el pasillo, y los sostuvo en la mano un momento antes de ponerlos junto a la puerta.

Ocho horas de pie.

Los pies lo sabían antes que el resto del cuerpo.

—¿Comes algo? —preguntó Eric desde la cocina.

—Sí.

No tenía hambre real. Pero el cuerpo necesitaba algo concreto que hacer.

Comieron de pie al principio, los dos frente a la encimera, con los restos de una tabla de quesos que Margaux había dejado en el refrigerador antes de la gala. Luego Eric llevó los platos a la mesa pequeña junto a la ventana y Valentina lo siguió con dos vasos de agua.

Se sentaron.

La cena fue eso: queso, pan del día anterior, unas aceitunas en un cuenco pequeño. La modestia específica de las noches en que nadie tiene energía para cocinar pero el cuerpo exige algo sólido.

Eric comió en silencio.

Valentina también.

Afuera, la calle emitía el sonido sordo de la lluvia que empezaba. Fina. Sin urgencia.

No mencionaron la gala.

No mencionaron a James Whitfield ni a la directora de Saks ni al editor italiano que había pedido entrevista para la semana siguiente.

No mencionaron a Karim.

Valentina lo notó como se nota la ausencia de un sonido que debería estar: el silencio donde debería haber música, el hueco donde debería haber una palabra. No hablaron de él con la misma energía deliberada que se usa para no tropezar con algo que está en el suelo justo en medio del camino.

Los dos lo esquivaban.

Los dos sabían que lo estaban esquivando.

Fue cuando Eric recogió los platos cuando el teléfono de Valentina vibró sobre la mesa.

Pantalla iluminada.

Un número que no necesitaba etiqueta porque su cerebro lo reconoció antes de que los ojos terminaran de leer.

Abrió el mensaje.

Tu abrigo Fénix es lo más hermoso que he visto esta noche. Te mereces este éxito. Buenas noches.

Nada más.

Sin punto final que reclamara respuesta. Sin pregunta. Sin el añadido sutil que ella conocía de antes: el avísame si necesitas algo, el podríamos hablar, el movimiento de ajedrez disfrazado de gesto amable.

Solo eso.

Tres frases.

Y luego silencio digital.

Valentina lo leyó dos veces.

La primera para entender las palabras.

La segunda para entender lo que no estaban diciendo.

Que podría haberle pedido verla después de la gala. Que podría haber usado el éxito de la noche como excusa, como palanca, como la rendija por la que cualquier versión anterior de él hubiera metido un pie en la puerta. Celebrémoslo. Solo una copa. Te lo mereces.

No lo había hecho.

Había mandado tres frases y se había ido.

Y esa ausencia de movimiento, ese espacio donde podría haber habido maniobra y no la hubo, la golpeó en algún lugar debajo del esternón con una precisión que no esperaba.

Sintió que sonreía.

No lo decidió.

Ocurrió solo, ese tipo de sonrisa pequeña e involuntaria que aparece antes de que el filtro consciente pueda interceptarla.

La apagó casi de inmediato.

Demasiado tarde.

Eric estaba de vuelta en la mesa.

Había visto.

No el mensaje. La cara de ella.

Valentina levantó los ojos del teléfono y encontró los suyos.

Eric no preguntó de quién era el mensaje.

No hizo falta.

Los dos lo sabían con la misma certeza con que sabían que estaba lloviendo afuera y que los platos estaban en el fregadero y que había algo en este apartamento que llevaba semanas tomando forma sin que ninguno de los dos lo nombrara.

Valentina dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Gesto que de nada servía.

Eric se levantó.

Llenó su vaso de agua en la cocina.

Volvió.

Se sentó.

No frente a su plato. Frente a ella.

Con la postura de alguien que ha estado preparándose para decir algo durante un trayecto entero en taxi y dos vasos de agua y una cena en silencio, y que ha decidido que ya no puede seguir esperando el momento perfecto porque el momento perfecto no va a llegar.

Valentina lo vio acomodarse en la silla.

Reconoció ese movimiento.

El cuerpo preparándose para algo difícil.

Sintió el frío instalarse en las manos antes de que él abriera la boca.

—Valentina.

Su nombre. Solo su nombre primero, como si necesitara asegurarse de que estaba ahí del todo, presente, antes de continuar.

—Tengo que preguntarte algo.

—Eric…

—Déjame. —No lo dijo con brusquedad. Lo dijo con la firmeza específica de alguien que sabe que si no lo dice ahora no lo va a decir nunca, y que no decirlo ya no es una opción que pueda seguir sosteniendo.

Valentina cerró la boca.

Asintió.

Eric puso las manos sobre la mesa.

Palmas abiertas. Ese gesto suyo de honestidad total, sin armadura, que Valentina había aprendido a reconocer en Provenza cuando hablaba de su padre o de los viñedos o de las cosas que le importaban de verdad.

La miró.

No con rabia.

Con algo más difícil que la rabia.

Con la claridad de alguien que ya sabe la respuesta y aun así necesita escucharla en voz alta para que sea real.

—¿Sigues enamorada de él?

La lluvia afuera.

El refrigerador con su zumbido constante.

Dos vasos de agua sobre una mesa pequeña junto a una ventana de París.

Valentina sintió la pregunta aterrizar en el centro del pecho como algo que llevaba semanas cayendo desde muy arriba y que por fin había tocado suelo.

Miró a Eric.

A este hombre que había abierto su casa en Provenza sin condiciones. Que había calibrado la luz del stand a las seis de la mañana sin que nadie se lo pidiera. Que había aprendido a hacer café mexicano porque un domingo ella le dijo que lo echaba de menos. Que durante meses había sido exactamente lo que ella necesitaba: paz, estabilidad, un lugar donde no había que estar en guardia.

Este hombre bueno.

Este hombre que la miraba ahora con las palmas abiertas sobre la mesa esperando una respuesta honesta.

Y Valentina abrió la boca.

Pero las palabras no llegaron inmediatas.

Se quedó ahí, con la boca levemente abierta y el silencio ocupando el espacio donde debería haber habido una respuesta clara, una respuesta que en cualquier historia con final ordenado estaría lista y sería limpia y no dejaría a nadie con las manos vacías.

No lo sé.

Eso era lo que tenía.

Solo eso.

Y no era suficiente.

Y era lo único verdadero.

Eric la miraba.

Sin prisa.

Con esa paciencia suya que esta noche, por primera vez, a Valentina no le parecía virtud.

Le parecía la cosa más dura del mundo.

Porque significaba que iba a escuchar cualquier cosa que ella dijera.

Que no iba a romper nada.

Que iba a sostenerlo todo con esa calma perfecta aunque por dentro estuviera ardiendo.

Y Valentina miró sus manos sobre la mesa.

La lluvia siguió cayendo.

El refrigerador siguió zumbando.

Y la respuesta que no llegaba pesaba exactamente igual que si hubiera llegado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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