Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 112
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Capítulo 112: Sola
Una semana.
Siete días sin Eric a la derecha. Sin Karim a seis zonas horarias de distancia enviando mensajes con esa contención nueva que todavía no sabía cómo procesar. Sin el triángulo que había definido los últimos meses como estructura invisible alrededor de todo lo que hacía.
Solo ella.
Y el taller.
Y la Singer.
Y las telas que todavía olían al mercado de Saint-Pierre cuando las desplegaba sobre la mesa al amanecer.
Valentina había descubierto que sin nadie mirándola, sin nadie esperándola al final del día, el tiempo tenía una textura diferente. Más denso. Más suyo. Como tela que nadie había cortado todavía y que pertenecía solo a la persona que la sostenía.
Se levantaba antes del amanecer.
Cosía hasta que la luz del mediodía entraba por las claraboyas del taller como un filo dorado sobre las telas. Comía de pie. Un bocadillo, una fruta, café que ya sabía a ritual.
Margaux llegaba a las diez. Hablaban solo de trabajo. De los pedidos nuevos que seguían llegando después de la Gala. De la tela que había llegado de Lyon en tres colores distintos y que Valentina ya tenía distribuida en su cabeza sobre cuatro siluetas distintas. Del correo de la directora de Saks que pedía una reunión formal el mes siguiente.
No hablaban de hombres. No porque hubiera regla tácita. Sino porque en el taller no cabían. El taller era territorio de otra cosa. Territorio donde Valentina era exactamente lo que había tardado años en aprender a ser: ella misma y nada más.
Pasaba las tardes sola con la Singer.
A veces ponía música. A veces no ponía nada y dejaba que el silencio fuera el sonido de fondo mientras el hilo entraba y salía y la tela tomaba forma bajo sus manos.
Pensó, una tarde, que esta era la primera semana de su vida adulta en que no estaba definida por la presencia o la ausencia de alguien. Que no era la hija de José García ni la prometida de Karim Al-Fayed ni la mujer de Eric. Que era Valentina García, fundadora de Cicatrices, la diseñadora que convertía el dolor en oro.
Que era eso y que eso era suficiente para llenar una semana completa sin que sobrara espacio.
Las cenas eran otro asunto.
Isabelle llegó el martes.
Con una botella de Burgundy bajo el brazo y una cazuela que olía desde el rellano a tomillo y cebolla caramelizada. Sin anuncio previo. Sin pregunta de si era buen momento. Solo el timbre y la voz al otro lado del interfono: soy yo, abre.
Valentina abrió.
—Tengo pollo —dijo Isabelle desde el umbral, sosteniendo la cazuela con ambas manos como ofrenda—. Y la botella para lo que resulte.
—¿Para qué podría resultar el pollo?
—Para la celebración o para el duelo. Dependiendo de cómo vaya la conversación.
Era la hermana francesa que había aparecido en su vida en el momento más improbable y que se había instalado en ella con la naturalidad específica de las cosas que pertenecen a un lugar aunque nadie las haya invitado.
Cenaron. Hablaron de trabajo. Isabelle le contó sobre el caso que llevaba en la ONG. Valentina le contó sobre la reunión con Saks. Ninguna de las dos mencionó a Eric ni a Karim hasta que el pollo había desaparecido y la botella estaba a la mitad.
—¿Estás bien? —preguntó Isabelle.
—Sí.
—¿De verdad?
Valentina giró el vaso entre los dedos.
—Estoy sola. Y la soledad se siente diferente de lo que esperaba. No vacía.
—¿Cómo se siente?
—Como cuando terminas una colección. El taller está ordenado. Todo está hecho. Y todavía no has empezado la siguiente. Ese espacio entre las dos cosas.
Isabelle asintió. Bebió.
—Eso suena sano —dijo eventualmente.
—Suena raro.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
El miércoles llegó Mónica.
Había tomado el tren desde Zúrich esa mañana. Tres semanas fuera de la clínica. El médico había dicho que podía viajar con moderación, que París era perfectamente apropiado.
Valentina la esperó en la Gare de Lyon.
La vio bajar del tren con una mochila pequeña y la misma expresión concentrada de siempre: Mónica procesando el mundo en capas, analizando antes de reaccionar, midiendo el espacio antes de ocuparlo.
Estaba más delgada de lo que debería. Pero los ojos estaban despejados.
Eso era lo importante. Por ahora, eso era suficiente.
Se abrazaron en el andén sin decir nada durante un momento.
—Estás diferente —dijo Mónica cuando se separaron.
—¿Bien diferente?
—Diferente diferente. Ya te lo diré cuando lo procese.
Esa noche llegó Isabelle también.
Las tres en el apartamento pequeño que olía a tela y pegamento industrial y los restos del pollo del día anterior.
Tres mujeres. Tres madres distintas. Un padre muerto que las había unido sin pedirles permiso.
Valentina había pensado antes en esta posibilidad como concepto abstracto: las medias hermanas, la familia que se construye de escombros de otras familias. Pero vivirla era diferente. Era los tres vasos que Mónica encontró al fondo del armario de cocina. Era Isabelle poniendo la mesa en el único espacio libre porque la Singer ocupaba el rincón y los bocetos cubrían el resto. Era las tres riéndose de lo pequeño que era el apartamento con la risa de quien sabe exactamente lo que está encontrando en ese espacio pequeño.
—Qué ridículo es este apartamento —dijo Mónica mirando el maniquí con el vestido a medias que ocupaba el centro de la sala.
—Es el estudio de diseño —dijo Valentina.
—¿Y el apartamento?
—Es el mismo sitio.
—Típicamente parisino —dijo Isabelle sirviendo el vino—. El lujo es el espacio. El espacio no existe. Conclusión: el lujo no existe.
Cenaron en la mesa de trabajo porque la mesa del comedor tenía patrones de papel marcados con alfileres que nadie quería mover. Fue extraño. Y fue exactamente lo correcto.
Tres mujeres reconstruyendo una familia que nunca había existido de forma convencional. Sin el padre que podría haberlas unido. Sin los rencores que también podrían haberlas separado. Con el vino y el pollo frío y el apartamento demasiado pequeño para tres personas y justo del tamaño correcto para lo que estaba pasando entre ellas.
—¿Vas a volver con Karim? —preguntó Mónica eventualmente.
Sin rodeos. Sin preámbulo. Era su estilo.
Valentina dejó el tenedor sobre el plato.
—No lo sé.
—¿Y Eric?
—Tampoco.
Isabelle giró el vaso entre los dedos. Mónica miró la mesa un momento. Luego levantó los ojos.
—Pues a mí me parece que la mejor decisión es la que tomas cuando no necesitas a nadie para tomarla.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el tipo de silencio que da lugar a que algo se asiente. Como cuando terminas de coser y dejas la tela extendida un momento antes de cortarla, para que las fibras se asienten en su nueva forma.
—¿Cuándo te volviste tan sabia? —dijo Valentina.
—Dos meses de terapia intensiva, mucho yogurt sin azúcar y bastante tiempo para pensar —dijo Mónica—. Te lo recomiendo, aunque no en ese orden.
Las tres se rieron.
Isabelle levantó el vaso.
—Por las mujeres que aprenden que no necesitan rescate.
Valentina levantó el suyo.
—Por las que rescatan a otras.
—Por las que se rescatan a sí mismas —concluyó Mónica.
Bebieron. El Burgundy sabía a tierra y a victoria pequeña y a las cosas que se construyen despacio.
Después, cuando sus hermanas se fueron, Valentina salió a caminar.
Necesitaba el aire del Sena. El ruido sordo del agua contra los muros del muelle. El olor a piedra y noche parisina que siempre la devolvía a sí misma cuando el interior se ponía demasiado ruidoso.
Caminó por el Quai de la Tournelle con las manos en los bolsillos. Las luces de los puentes reflejándose en el agua negra como hilos de oro roto.
Llevaba diez minutos caminando cuando lo sintió.
Un peso diferente en el aire detrás de ella.
Unos pasos que no eran eco de los suyos sino sombra. Que se ajustaban a su ritmo con la precisión de alguien que no quiere ser detectado y que por eso mismo es imposible ignorar.
Se detuvo.
El instinto antes que el pensamiento.
Se giró.
Y el estómago se le cayó al suelo como piedra.
Santi.
No el de los archivos policiales ni el de las cámaras de seguridad granuladas. El de carne y hueso. A cuatro metros. Bajo la luz amarilla de una farola del muelle, con los ojos de quien no tiene nada que perder porque ya lo ha perdido todo y lo que queda es solo la urgencia de destruir lo que no pudo tener.
Y en la mano derecha, abierta, brillando un segundo bajo la luz.
Una navaja.
—Hola, Valentina.
La voz era la misma de siempre.
Pero no había nada de lo de siempre en ella.
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