Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 113
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 113 - Capítulo 113: El Ataque en el Puente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 113: El Ataque en el Puente
Los pies de Valentina no se movieron.
Eso fue lo primero. Los pies que tomaron la decisión antes que el cerebro, que gritaba correr, córrete ahora, que había cuatro metros y una navaja abierta y ninguna opción buena en ningún horizonte visible. Pero los pies eligieron quedarse. Y el cuerpo siguió a los pies.
Respiró.
Una vez. Controlada. Como aprender a no derrumbarse es también una habilidad que se practica, que se afina, que después de suficiente tiempo vivido en lugares donde el miedo es moneda corriente se convierte en algo parecido a un músculo.
—Santi.
Su nombre en su boca. Primero y claro.
Nombrar al monstruo para que no te paralice. Técnica de supervivencia aprendida en los meses peores de México, cuando ver su nombre en la pantalla del teléfono le cerraba el pecho en dos segundos. Ya no le cerraba nada. Solo le endurecía la columna vertebral.
Santi dio un paso hacia ella.
Valentina no retrocedió.
—Cuánto tiempo —dijo él.
Tono casual. La voz de alguien que está en control o que necesita creer que lo está.
—Demasiado —respondió ella.
La navaja seguía abierta a la altura de su costado derecho. La sostenía sin prisa. Sin el gesto amenazante exagerado de las películas. Solo la tenía, como parte de la mano, como extensión natural de lo que había venido a hacer.
Valentina lo observó.
Había algo diferente en él. La obsesión había consumido lo que alguna vez había sido persona y lo que quedaba era más peligroso que cualquier versión anterior: un hombre sin cálculo. Un hombre al que la mafia rusa le había puesto fecha de vencimiento y que ya no tenía nada que proteger.
No la navaja. No la fuerza. La mirada vacía de alguien que ha dejado de calcular consecuencias.
—¿Vas a matarme, Santi?
Mantuvo la voz plana. Sin temblor. Sin súplica. Nada que él pudiera usar como combustible.
—¿En medio de París? ¿Con cámaras por todas partes?
Señaló hacia arriba sin mirar. La cámara de seguridad fija del puente. El rótulo luminoso de un café a doscientos metros. Las luces del Sena que lo registraban todo desde abajo con la indiferencia de espejo que no juzga.
Santi siguió la indicación de su gesto. Miró hacia arriba. Luego volvió a mirarla.
Y sonrió.
Una sonrisa que empezaba en la boca y terminaba ahí mismo, sin llegar a los ojos.
—No voy a matarte.
Avanzó un paso más.
—Voy a arruinarte la cara para que ningún hombre vuelva a mirarte.
El frío del metal de la barandilla del puente llegó a la espalda de Valentina antes de que ella se diera cuenta de que había retrocedido.
El Pont des Arts.
Cientos de candados de amor en las rejas. Miles de ellos. Cerraduras de colores, etiquetas desvanecidas, nombres grabados que la lluvia y el tiempo habían ido borrando de a poco. Promesas de otros amores que ahí seguían, oxidadas o brillantes, indiferentes a lo que pasaba entre dos personas a sus espaldas.
Valentina tenía el Sena a su derecha, veinte metros abajo.
A su izquierda, la distancia hasta el extremo del puente donde podría llegar a la acera, pero Santi llegaría antes. Lo calculó en décimas de segundo con la eficiencia fría que le había dado vivir siempre con la posibilidad del peligro.
Las matemáticas no salían.
Tenía el teléfono en el bolsillo izquierdo.
Tenía el tiempo que tardaría en sacarlo y marcar el número.
Tenía los metros que él tardaría en cruzar.
No salían.
—Siempre supiste que terminaríamos así —dijo Santi.
Seguía caminando despacio hacia ella. Midiendo el placer de esto, alargándolo.
—Tú con tu carrera de diseñadora importante, tus ricos enamorados, tu vida perfecta que construiste encima de lo que yo te di…
—Tú no me diste nada —dijo Valentina.
La voz sostenida. Sin subir. Sin bajar.
—Me debías una vida desde antes de que empezara todo esto. Y todavía me la debes.
—Te la estoy cobrando ahora.
Tres metros entre ellos.
Valentina metió la mano lentamente en el bolsillo.
—No vas a alcanzar a marcar nada —dijo Santi—. Y si gritas te llego antes de que nadie responda.
Dos metros.
Valentina no cerró los ojos.
Se negó. Con todo lo que tenía se negó a cerrar los ojos. Si iba a pasar algo, lo iba a ver de frente. Era lo mínimo que podía darse a sí misma en este momento.
El reflejo de la navaja bajo las luces del muelle.
Frío. Limpio. Preciso como la geometría del daño que venía.
Santi levantó el brazo.
Y entonces.
Un golpe.
Seco. Contundente.
El sonido específico de algo sólido impactando contra otra cosa sólida en la calma de las once de la noche en un puente de París. Un sonido que no pertenecía a esta escena y que por eso mismo tardó un segundo en registrarse como real.
Santi se dobló hacia adelante.
Cayó hacia un lado con el peso de quien no lo vio venir.
La navaja tintineó contra el empedrado del Pont des Arts y rodó hasta detenerse contra uno de los candados con un sonido pequeño e irreal.
Valentina tardó un segundo en entender lo que estaba viendo.
Un segundo que pareció la estructura entera de una novela.
Detrás de donde Santi había estado de pie.
Karim.
Sin traje. Con una camisa blanca que ya no era del todo blanca, el brazo izquierdo con la manga empapada de ese oscuro que bajo la luz del puente tardas un momento en reconocer como rojo, como sangre, como el precio que la navaja había cobrado antes de caer.
Respiración cortada. Como hombre que corrió sin entrenamiento para correr así.
Los nudillos de la mano derecha abiertos y oscuros de un golpe reciente.
No había traído guardaespaldas.
No había traído a nadie.
Había venido solo, de noche, a un puente de París, y la navaja de Santi le había cobrado lo suyo.
Santi intentó incorporarse.
Karim lo pisó en la muñeca con el pie, sin gracia, sin técnica de ningún tipo, solo con el peso de un hombre que pesa sesenta kilos más que el otro y que tiene la adrenalina de quien acaba de ver en peligro la cosa más importante de su vida.
—No te muevas.
La voz de Karim no temblaba aunque el brazo izquierdo sí temblaba con la sangre que seguía saliendo y empapando la manga.
Santi se quedó quieto.
Valentina sacó el teléfono. Las manos le fallaron en el primer intento. En el segundo marcó emergencias.
—Policía. Pont des Arts. Hay un hombre armado reducido en el suelo. Hay un herido. —Pausa—. Herido no crítico. El agresor está siendo controlado. Sí. Vengan ahora.
Colgó.
Llamó a Isabelle de inmediato.
—Pont des Arts. Ahora. Activa a tu contacto de la Brigada. Santi está aquí. Tiene cargos pendientes. —No esperó la respuesta completa—. Ya sé. Ven.
Colgó.
Miró a Karim.
Karim la miraba a ella.
El brazo empapándose con cada segundo que pasaba. El color de la cara no del todo normal bajo las luces del puente.
—Es un corte —dijo antes de que ella abriera la boca.
—Estás sangrando.
—Es solo un corte.
—Karim.
—Estoy bien.
No estaba bien. Pero lo estaba sosteniendo con voluntad pura.
Valentina se sacó el pañuelo del bolsillo del abrigo. Caminó hacia él. Lo enrolló alrededor de la manga con ambas manos y lo apretó.
—Quieto.
—No me movía—
—Quieto.
Karim dejó de hablar.
Debajo de ellos, en el Sena, el agua seguía su camino sin apresurarse. Y sobre las rejas del puente, sobre los candados de amor que representaban promesas de amores ajenos, la sangre de Karim caía en pequeñas gotas que el tiempo lavaría eventualmente.
Valentina lo miró.
Él la miró a ella.
Sin palabras todavía. Sin el espacio para palabras. Solo los dos de pie en el Pont des Arts a las once y cuarto de la noche con Santi inmóvil en el suelo entre ellos y las sirenas de la policía ya audibles a lo lejos como el sonido de que algo, al fin, llegaba a su fin.
La ironía de la sangre sobre los candados de amor no se le perdió a ninguno de los dos.
Pero ninguno de los dos la nombró.
Había tiempo para eso después.
Los siete minutos que tardó la policía en llegar fueron los siete minutos más largos de la vida de Valentina.
Y eso era decir mucho, considerando el historial.
Había vivido minutos de los que no querías salir y de los que no sabías cómo salir. Minutos en México cuando el nombre de Santi en la pantalla significaba una cosa y minutos en El Cairo cuando el silencio de Karim significaba otra. Pero estos siete tenían algo específico e irreducible.
Tenían a Karim de pie junto a ella, presionándose el brazo izquierdo con la mano derecha mientras ella mantenía el pañuelo apretado desde afuera. Tenían a Santi inmóvil en el empedrado del puente con la muñeca bajo el pie de Karim. Tenían la navaja a metros, quieta contra el candado, brillando con la indiferencia de los objetos que han terminado su trabajo.
Y tenían el sonido de la sangre goteando sobre el Pont des Arts.
Lenta. Persistente. Sin prisa.
—¿Cuánto duele? —preguntó Valentina.
—Menos de lo que debería.
—Eso no es respuesta.
—Es adrenalina. Después duele más.
Santi no se movió. Tenía la cara contra el empedrado y los ojos abiertos mirando los candados a la altura del suelo, el nivel de la perspectiva de los que no tienen más opciones. No intentó hablar. No intentó moverse. Quizás había entendido, por fin, que era terminó. Que el hombre que tenía el pie en su muñeca pesaba más que él y estaba más enojado de lo que había estado nadie en mucho tiempo.
La Brigada llegó en dos coches sin sirenas. El inspector que bajó del primero era el contacto de Isabelle, el mismo que había llevado el expediente de Santi, el mismo que sabía exactamente quién era el hombre en el suelo antes de que Valentina dijera una sola palabra.
Miró la escena completa en tres segundos.
—Señorita García.
—Inspector Moreau. Santiago Domínguez. Agresión con arma blanca, portación ilegal de arma de filo, y en la carpeta que su brigada tiene desde hace dos semanas: sabotaje corporativo documentado, falsificación de identidad, uso de identidad falsa en territorio francés, y conexión con organización criminal rusa confirmada por Interpol. —Una pausa—. La navaja está junto al candado de la reja izquierda. No la hemos tocado.
El inspector la miró un segundo más de lo necesario.
—Bastante completo para las once de la noche en un puente.
—Soy muy organizada.
Isabelle llegó cuatro minutos después de la policía. Con carpeta bajo el brazo. Con cara de mujer que ha gestionado urgencias nocturnas suficientes veces como para saber exactamente qué documentos sacar en qué orden y en qué tono hablar con un inspector que tiene demasiado trabajo y poca paciencia.
Entregó los documentos sin decir más de lo necesario.
El inspector los revisó.
Santi fue incorporado del suelo por dos agentes con la eficiencia impersonal de los procedimientos que se han repetido mil veces.
Intentó decir algo.
—Valentina, escúchame—
—El señor Domínguez tiene derecho a permanecer en silencio —dijo el inspector—. Le aconsejo que lo ejerza.
Santi fue dirigido hacia el coche patrulla.
La puerta se cerró.
Valentina no miró hacia donde se lo llevaban. No por miedo ni por dramatismo. Sino porque ya no le debía ni eso: ni la atención de sus ojos, ni un segundo más de su presencia. Santi Domínguez había sido la amenaza permanente durante demasiado tiempo. Ahora era expediente. Ahora era proceso judicial. Ahora era el peso que se le quitaba de la espalda de una vez y con fecha de validez legal.
Isabelle se acercó a Valentina.
—Bien hecho —dijo solo.
—Fue él —respondió Valentina señalando a Karim.
—Fue los dos —dijo Isabelle.
La ambulancia llegó tres minutos después.
—No necesito ambulancia —dijo Karim.
—Tiene una herida de arma blanca —dijo Valentina al técnico que bajó primero—. Brazo izquierdo. Lleva veinte minutos sangrando con presión manual. Necesita sutura.
—Son unos arañazos —dijo Karim.
El técnico miró el pañuelo empapado de rojo. Luego miró a Karim con la expresión profesional de quien no va a entrar en discusión.
—Señor, suba al vehículo.
—Subo si ella sube —dijo Karim.
—Los dos suben —dijo Valentina—. Él por el brazo. Yo porque necesito dar declaración en el hospital y no tengo coche.
No era del todo mentira.
Karim subió. Valentina subió detrás. Isabelle quedó en el puente con el inspector, cerrando el proceso, siendo el punto final de burocracia que Valentina no tenía cabeza para gestionar en este momento.
En la ambulancia, el técnico cortó la manga de la camisa con tijeras de trauma.
La herida quedó expuesta bajo la luz del vehículo. Tres centímetros y medio de profundidad en el borde externo del antebrazo. Sangrado significativo pero controlado ahora con la presión. No había pulsación arterial. No había compromiso profundo.
—Va a necesitar entre siete y nueve puntos —dijo el técnico evaluando—. Sin daño en nervios ni tendones visibles. Recuperación de una semana con reposo del brazo.
Karim abrió la boca.
Valentina levantó una mano sin mirarlo.
—Una semana en reposo del brazo —repitió dirigiéndose al técnico—. ¿Alguna restricción adicional?
—Nada de actividad física que use ese grupo muscular. Vendaje limpio cada cuarenta y ocho horas. Control en cinco días.
—Entendido.
Karim cerró la boca.
Que era el equivalente, en el vocabulario corporal de Karim Al-Fayed, a una rendición con la dignidad todavía intacta.
El técnico aplicó solución antiséptica. Karim no hizo sonido. Los dedos de su mano derecha se apretaron levemente contra el lateral de la camilla.
Valentina estaba sentada junto a él.
No miraba el brazo. Miraba su cara. La mandíbula apretada. Los ojos fijos en el techo del vehículo. La concentración específica de alguien que está decidiendo que el dolor no es algo que vaya a nombrar en voz alta.
—Podrías haber muerto —dijo ella.
Karim tardó en responder.
—Podría.
Una pausa.
—Pero tú no.
Tres palabras. Sin adorno. Sin la construcción del gesto calculado que a veces había detrás de las cosas que hacía. Solo la respuesta más limpia posible a la pregunta más simple posible: ¿por qué lo hiciste? Porque la alternativa era que te pasara a ti. Porque eso no era alternativa.
Valentina sintió algo aflojarse en el centro del pecho.
No dramáticamente. No como revelación o epifanía. Como cuando llevas horas con un nudo en el músculo del hombro y de repente, en un movimiento inadvertido, la tensión cede un milímetro. Ese milímetro vale todo el alivio del mundo porque no esperabas que llegara.
—Eres idiota —dijo.
—Probablemente.
—Viniste solo. Sin nada. Sin guardaespaldas, sin aviso—
—Si hubiera avisado habrías dicho que no vinieras.
—Y habrías tenido que respetar eso.
—Sí.
Una pausa donde los dos dejaron que esa verdad existiera.
—Y no lo habría podido hacer —añadió Karim.
Sin disculpa. Sin justificación elaborada. Solo el hecho descarnado de que hay cosas que están más arriba que el principio correcto en el momento equivocado.
El vehículo giró en una calle. Las luces del hospital aparecieron en la ventanilla trasera.
Valentina miró la mano de Karim. La derecha, la que no tenía herida. Abierta sobre la camilla. Los nudillos oscurecidos del golpe. Los dedos largos que conocía desde El Cairo.
No era esa mano ahora.
Era la mano de un hombre que había venido solo a un puente sin más plan que interponer su cuerpo entre ella y la cosa que quería hacerle daño.
Valentina extendió la suya.
Sin decirlo. Sin anunciarlo. Sin hacer de ello un gesto mayor de lo que era.
Puso su mano encima de la de él.
Karim no se movió. Solo dejó que pasara. Como si entendiera que este momento no admitía palabras grandes ni promesas ni declaraciones.
Cuando llegaron al hospital y el técnico abrió la puerta trasera, ninguno de los dos retiró la mano inmediatamente.
Esperaron un segundo más.
—Gracias —dijo Valentina.
Sin más. Sin el complemento de la frase. Sin lo que podría haber seguido y que los dos sabían que existía pero que todavía no tenía el espacio correcto para ser dicho.
Solo eso. Gracias.
Y Karim, que había pasado años esperando que Valentina García le dijera palabras enormes y que había aprendido, lento y con costo, que las palabras enormes son a veces la forma de evitar las simples, cerró los dedos alrededor de los de ella por un solo segundo.
Y entendió que eso era suficiente.
Que a veces la gratitud sin condición vale más que cualquier declaración de amor que necesita escenario para existir.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com