Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 117
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Capítulo 117: Alta Médica
El médico firmó el alta a las once de la mañana del día siguiente.
—Reposo del brazo una semana completa. Sin actividad que requiera el músculo del antebrazo izquierdo. Esto incluye cargar peso, conducir, y cualquier actividad que genere tensión en el grupo muscular. Cambio de vendaje cada cuarenta y ocho horas con solución salina. Control en cinco días.
—Entendido —dijo Valentina.
Karim abrió la boca.
—Entendido —repitió Valentina antes de que él terminara de inhalar.
El médico los miró alternativamente con la expresión de quien lleva veinte años en hospitales y ha desarrollado ecuanimidad perfecta ante las dinámicas de pareja que se manifiestan durante las altas médicas.
—¿Tienen transporte?
—Taxi —dijo Valentina.
—Bien. —Le entregó el sobre con las instrucciones escritas—. Cualquier fiebre, hinchazón excesiva, o cambio de coloración en la zona, vuelvan de inmediato.
El médico salió.
Karim miró el sobre en manos de Valentina.
—¿Vas a llevar registro también de las veces que dije entendido?
—Voy a llevar registro de si cumples el reposo.
—Eso suena a supervisión.
—Eso es supervisión —dijo Valentina—. Aceptada voluntariamente o no, pero presente.
Karim la miró un momento.
Y en esa mirada había algo que no era resignación sino algo más complejo: la aceptación de ser cuidado por alguien que no te pide permiso para cuidarte.
—De acuerdo —dijo.
El Marais a las once y media de la mañana tenía su ritmo específico de día de semana.
Los propietarios de tiendas bajando persianas con el mismo movimiento de siempre. Las boulangeries con el pan del mediodía ya en el mostrador. Los turistas todavía escasos a esta hora.
Caminaron sin prisa.
Karim con el brazo vendado pegado al cuerpo, la camisa prestada del hospital tres tallas grandes. Valentina con el abrigo del día anterior y la sensación de llevar dos días sin dormir bien que se instala como peso específico detrás de los ojos.
—Tu hotel está a tres manzanas —dijo Valentina.
—Lo sé.
—Deberías cambiarte de ropa.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo llevas en París? —preguntó ella.
—Llegué el lunes.
—Dos días antes del puente.
—Sí.
—¿Por qué no me avisaste que estabas aquí?
Karim tardó un momento.
—Porque si te avisaba tenías que lidiar con eso además de todo lo demás. Con Eric todavía aquí. Con la empresa. Con todo.
—¿Eso fue consideración o fue control?
La pregunta directa. Sin suavizarla.
Karim abrió la boca. La cerró.
—Las dos cosas —dijo eventualmente—. Y sé que eso no es respuesta satisfactoria.
—No lo es.
—Lo sé.
El Marais siguió existiendo a su alrededor con total indiferencia. Las piedras grises del siglo XVII. Los adoquines que habían visto todo tipo de personas pasar por encima de ellos sin que nada las alterara.
—¿Tienes hambre? —preguntó ella.
—Doce horas sin comer, así que sí.
—La boulangerie de la esquina de mi taller abre todo el día.
Se miraron.
Karim tenía esa expresión que ella conocía: la de hombre que acaba de recibir una invitación que no se presenta como invitación y que está evaluando si nombrarla como lo que es o si jugar el juego de la ambigüedad un poco más.
—¿El pan está bien?
—Es el mejor pan del arrondissement.
—¿Eso es afirmación con evidencia?
—Soy la clienta más frecuente del lugar desde hace tres años. Tengo suficiente base empírica.
Karim asintió con la seriedad deliberada que usaba cuando quería ocultar que algo le hacía gracia.
Caminaron.
La boulangerie olía a mantequilla y harina quemada en los bordes, ese olor específico de las 11 de la mañana cuando el primer horneado del día ya se acabó y el segundo está a punto de salir.
La mujer detrás del mostrador conocía a Valentina. La saludó con ese asentimiento breve de los comerciantes de barrio que reservan para sus clientes habituales. Luego miró al hombre a su lado, al brazo vendado, a la camisa con el logo de farmacia, y no preguntó nada.
Veinte años en el negocio. Suficiente mundo visto.
—Deux croissants, un pain au chocolat, et deux cafés allongés, s’il vous plaît.
Pagó antes de que Karim pudiera moverse.
—Es mi barrio —dijo, anticipando el argumento.
—Lo acepto esta vez.
—Solo esta vez.
—Habrá otras veces —dijo Karim.
No era declaración romántica. Era observación. La constatación tranquila de que este era el primero de varios días, que había algo que seguía después del hospital y la navaja, y que ninguno de los dos sabía exactamente qué forma iba a tener pero que los dos sabían que existía.
Salieron con los croissants en bolsa de papel y los cafés en vasos de cartón.
Valentina abrió la puerta del edificio con la llave. Subieron los cuatro pisos sin ascensor porque el ascensor llevaba tres semanas roto y el casero prometía arreglarlo cada martes.
Karim no hizo comentario sobre los cuatro pisos.
Valentina abrió la puerta del apartamento.
Karim entró.
Y se detuvo.
Era la primera vez que veía el apartamento del Marais en su totalidad. El suyo propio. El que había elegido, alquilado y pagado con el primer dinero real que Cicatrices había generado.
Era pequeño. Era luminoso porque la ventana del fondo daba al este y recibía toda la mañana. Era completamente invadido por el trabajo.
Telas sobre la mesa del comedor, ordenadas por color y tipo sobre una estructura de plástico. Bocetos en la pared junto a la ventana, pegados con cinta washi en colores distintos que codificaban el estado de avance de cada pieza. La Singer en el rincón junto al radiador, limpia, con el carrete a medias. Un maniquí de madera en el centro de la sala con un vestido a medias, las costuras expuestas de forma deliberada como las cicatrices que daban nombre a todo el proyecto. Patrones de papel en el suelo marcados con alfileres de cabeza roja.
Karim lo observó todo.
En silencio.
Sin el impulso de comentar ni de organizar ni de sugerir que quizás más espacio sería más práctico.
Solo miró.
Como alguien que está aprendiendo a mirar las cosas sin inmediatamente calcular cómo cambiarlas.
Valentina dejó la bolsa y los cafés sobre la encimera de la cocina.
—Siéntate donde puedas.
Karim empujó suavemente un par de bocetos sobre la silla más cercana y se sentó con el cuidado específico de quien está en territorio que no es suyo y que entiende exactamente eso.
Siguió mirando el maniquí.
El vestido a medias con las costuras visibles. El hilo dorado atravesando las líneas de ruptura de la tela, convirtiendo lo que podría ser daño en algo deliberado. En algo que podría llamarse belleza si lo miras el tiempo suficiente.
—Esto es lo que construiste —dijo.
No era pregunta. Era reconocimiento.
—Esto es lo que soy —respondió Valentina.
Karim la miró.
Y en esa mirada, ella leyó algo que tardó un momento en identificar porque no lo había visto antes en él, o no en esta forma, no con esta textura.
Era orgullo sin posesión. Admiración sin la necesidad de apropiarse de lo admirado. El reconocimiento de que lo que estaba mirando pertenecía completamente a alguien más y que eso no disminuía su valor para él sino que lo aumentaba.
Era el Karim que había tardado meses en empezar a ser.
Valentina llegó a la encimera con los croissants.
—El café se va a enfriar.
—Ya sé.
Pero ninguno de los dos se movió todavía hacia el desayuno.
Estaban bien así.
En el silencio tranquilo del apartamento con la Singer en el rincón y los bocetos en la pared y el vestido a medias en el maniquí. En el primer silencio compartido en mucho tiempo que no tenía urgencia ni tensión ni la presencia de un tercero que cambiara el peso de lo que estaban callando.
Solo el apartamento.
Solo ellos dos.
Y la posibilidad, todavía sin forma definida pero presente, de lo que podía construirse desde aquí.
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