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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 118

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Capítulo 118: El Nuevo Punto de Partida

Comieron los croissants fríos.

Ninguno lo mencionó. Nadie comentó que la mantequilla había perdido la temperatura que la hace perfecta, que el chocolate del pain au chocolat se había endurecido en los bordes, que los cafés ya no tenían el calor del recién hecho. Las conversaciones que importan siempre enfrían el desayuno. Es una ley física que no tiene excepción.

—Necesito que me cuentes algo —dijo Valentina cuando los platos estaban vacíos y los vasos de café a medias.

Karim la miró.

—Cuéntame exactamente cómo tomaste la decisión de venir anoche.

No era acusación. Era necesidad de entender la secuencia completa. De tener la información en el orden correcto para poder evaluar lo que significaba.

—Isabelle me mandó mensaje a las diez cuarenta y ocho. Me dijo que había localización confirmada de Santi en el Marais y que tú habías salido a caminar sola. Me dijo la dirección aproximada de la ruta que solías hacer.

—¿Ella sabía que ibas a ir?

—No. Le respondí que lo tenía controlado y tomé el taxi.

—¿”Lo tenía controlado” siendo que corriste al puente sin nada?

—Sin guardaespaldas, sin arma, sin plan —confirmó Karim—. Sí.

—Eso es lo opuesto de controlado.

—En términos prácticos, absolutamente. En términos de lo que necesitaba hacer en ese momento, era lo único que existía.

Valentina sostuvo su mirada.

—¿Y si no hubieras llegado a tiempo?

La pregunta tenía más de un nivel y los dos lo sabían.

—Llegué —dijo Karim.

—Esta vez.

—Esta vez fue suficiente.

—Karim.

—Valentina.

El nombre solo. Sin argumento adjunto. Solo el reconocimiento de que la tenía enfrente y que eso era, en este momento específico, lo que importaba más que cualquier hipótesis sobre lo que podría haber pasado.

Valentina respiró.

—Hay cosas que necesito decirte. —Pausa—. Y necesito que las escuches como información, no como negociación.

—Te escucho.

—Cicatrices es mía. Las decisiones sobre la empresa son mías. Eso no cambia sin importar lo que pase entre nosotros. No inviertes, no opinas sin que te pida opinión, no contactas a mis socios ni a mis clientes. Si en algún momento quiero algo diferente, lo decido yo y te lo digo.

—Entendido.

—Mi tiempo es mío. Si tengo fecha de entrega, estoy en el taller aunque sea medianoche. Si necesito una semana sin verte para pensar, la tomo.

—Entendido.

—Y si en algún momento siento que estoy eligiéndote porque necesito algo de ti, y no porque quiero estar contigo, te lo digo. Directamente. Sin drama.

Karim asintió.

No habló de inmediato. Lo dejó asentarse. Luego:

—¿Puedo agregar algo?

—Adelante.

—Si yo siento que hay algo que no está bien entre nosotros, también lo digo. No lo guardo y no construyo resentimiento y no lo convierto en comportamiento de control tres semanas después.

Valentina lo miró.

—¿Eso lo aprendiste en terapia?

—La Dra. Hassan tiene frases muy específicas sobre la comunicación directa. Me costó dos meses aceptarlas y uno más empezar a practicarlas.

—¿Las practicas?

—Estoy en ello. Como todo lo demás.

Una pausa.

—Hay algo más —dijo Valentina.

—Dime.

—Lo de Isabelle. De avisarte sin avisarme a mí. Eso no puede repetirse.

—No se va a repetir.

—No como promesa. Como entendimiento de por qué.

Karim procesó la diferencia.

—Porque cuando haces decisiones sobre mi información sin consultarme, aunque sean bien intencionadas, me tratas como objeto de protección en lugar de persona con agencia.

—Sí.

—Y porque aunque el resultado esta vez fue que llegaste a tiempo, el problema de fondo no es el resultado. Es el proceso.

—Sí.

—Entendido —dijo Karim—. De verdad. No como capitulación. Como comprensión real.

Valentina lo estudió.

La cara. Los ojos. La forma en que sostenía el argumento sin buscar la escape, sin el movimiento lateral que habría hecho antes para no quedar en deuda con la verdad.

—Te creo —dijo.

El silencio que siguió fue el tipo de silencio que viene después de que se dicen las cosas importantes. El silencio de construcción posible.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Karim.

—Ahora mismo, específicamente, necesitas ir al hotel y cambiarte de ropa porque llevas la camisa del hospital desde anoche.

—¿Y después de eso?

Valentina sostuvo su mirada.

—Después de eso no lo sé exactamente. Y eso no me asusta como me asustaba antes.

—¿Por qué no?

—Porque antes cuando no sabía la respuesta sobre nosotros, el no saber se sentía como amenaza. Ahora se siente como posibilidad sin cerrar todavía.

Karim asintió.

Lento. Procesando.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Sí.

—¿Quieres intentarlo? No desde donde estábamos antes. Desde donde estamos ahora.

La pregunta tenía el peso exacto que debía tener. Sin el exceso retórico que la haría más grande. Sin la minimización que la haría más manejable. Solo la pregunta directa que merecía respuesta directa.

Valentina la sostuvo un momento.

La llevó a todos los lugares donde tendría que ser verdad.

Al taller de madrugada con la Singer. A Isabelle y Mónica en el apartamento pequeño levantando los vasos. A Eric diciéndole él es mejor de lo que cree que es. Al puente. A la ambulancia. A los ocho puntos que costaron algo que no tenía que pagarse con sangre pero que se pagó de todas formas.

—Sí —dijo.

Sin adorno. Sin las condiciones que ya habían establecido porque esas estaban establecidas y no necesitaban repetirse aquí. Solo la respuesta.

Karim no hizo nada dramático.

No extendió la mano. No se levantó. No cambió la postura en la silla. Solo la miró con los ojos de alguien que acaba de recibir algo que llevaba tiempo sin saber si merece y que todavía no sabe cómo sostenerlo sin apretarlo demasiado.

—Bien —dijo.

Valentina se levantó. Recogió los vasos de café y los llevó a la cocina. El gesto concreto y sin ceremonias de quien cierra una escena sin por eso cerrar todo lo que la escena representaba.

—Ve al hotel —dijo desde la cocina—. Duerme unas horas. Esta tarde tengo trabajo.

—¿Puedo volver esta tarde?

—Con ropa diferente y sin la camisa del hospital.

—¿Eso es sí?

—Es condición. Que no es lo mismo.

—Es lo mismo —dijo Karim.

Y esta vez tenía razón.

Karim se levantó. Tomó la bolsa vacía de los croissants y la puso en el cubo de basura junto a la encimera, porque después de todo lo que había cambiado seguía siendo el hombre que recogía las cosas de las superficies sin que se lo dijeran.

Fue hacia la puerta.

—Valentina.

Ella se giró desde la cocina.

—Gracias.

—No me lo agradezcas todavía —dijo—. Todavía no sé lo que va a costar.

—Yo tampoco.

—Bien. Entonces empezamos en el mismo punto.

Karim abrió la puerta. El corredor de cuatro pisos, la escalera sin ascensor, el Marais afuera. Todo igual que cuando había subido hace una hora. Solo que diferente en la forma que cambian las cosas cuando algo ha sido dicho y ya no puede no haber sido dicho.

—Esta tarde —dijo desde el umbral.

—Esta tarde —confirmó Valentina.

La puerta se cerró.

Valentina se apoyó un momento contra la encimera.

El apartamento en silencio. El maniquí con el vestido a medias en el centro de la sala. La Singer en el rincón. Los bocetos en la pared.

Todo igual. Todo diferente.

Fue hasta la mesa. Desplegó el patrón que había dejado a medias la tarde anterior. Estudió las líneas. La costura que todavía necesitaba cerrarse en el lateral izquierdo. El hilo dorado que esperaba en el carrete.

Se sentó.

Encendió la Singer.

El zumbido familiar llenó el apartamento.

Y Valentina García empezó a coser.

Tres horas después el teléfono sonó.

Número de El Cairo.

No el de Karim.

Valentina bajó el pie del pedal de la Singer. Miró la pantalla.

Dejó sonar dos veces.

Contestó.

—Señorita García.

La voz grave. Sin disculpa por la hora ni por la interrupción.

—Señor Al-Fayed.

—Necesitamos hablar. Sobre Karim. Sobre la empresa. Y sobre lo que está por venir.

Valentina miró el vestido en el maniquí. La costura dorada sobre la seda oscura. La cicatriz convertida en luz.

—¿Cuándo?

—Lo antes posible.

—Tengo una entrega esta semana —dijo Valentina—. Mis entregas son primero. Deme tres días.

Silencio breve al otro lado de la línea.

Luego, algo completamente inesperado: una exhalación que podría haber sido risa contenida de un hombre que no suele reír en conversaciones de negocios.

—Karim me había advertido que respondería exactamente así.

—¿Le advirtió o se lo prometió?

—Buenas noches, señorita García.

—Buenas noches.

Colgó.

Miró el teléfono un segundo.

Lo dejó sobre la mesa.

Volvió a la Singer.

Al hilo dorado.

A la cicatriz que todavía necesitaba iluminar.

Al reino que seguía construyendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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