Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 119
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 119 - Capítulo 119: El Llamado del Padre
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 119: El Llamado del Padre
La terraza de Provenza olía a tierra mojada y a algo que se había roto sin hacer ruido.
Valentina miraba la puerta cerrada por donde Eric había desaparecido.
Karim sostenía su teléfono.
Múltiples vibraciones. Insistentes. La pantalla: Tarek Al-Fayed.
—Tienes que contestar.
—Lo sé.
—Entonces contesta.
Karim la miró. Buscó algo en sus ojos. No sé qué buscaba. Quizás permiso para ser dos personas a la vez: el hombre que acababa de recuperar algo y el CEO que nunca había podido abandonar del todo su rol.
Contestó en árabe.
Valentina no entendía el idioma. Pero entendía los cuerpos.
Y el cuerpo de Karim se tensó en tres segundos.
La mano que sostenía su mano se apretó sin darse cuenta. Luego se soltó, porque necesitaba las dos manos para pasarse una por el cabello. Caminó hacia el borde de la terraza. Espaldas a ella.
La voz de Tarek llegaba como estática desde el teléfono. Urgente. Sin pausas.
Karim respondió en monosílabos primero. Luego en frases cortas que sonaban a preguntas. Luego en un silencio largo que fue más elocuente que cualquier respuesta.
Colgó.
Se quedó de pie con el teléfono en la mano y los ojos puestos en los viñedos que se extendían hasta el horizonte.
—¿Qué pasó?
—El juicio preventivo de Santi se adelantó. El fiscal francés movió los plazos.
—¿Cuándo?
—Lunes. Tres días.
Valentina procesó eso.
—¿Y eso es problema?
—Depende. —Karim se giró. Su expresión era la de un hombre calculando dos tableros de ajedrez al mismo tiempo. —El abogado de Santi presentó una solicitud. Quiere que el caso se juzgue en paralelo con las acusaciones de sabotaje contra Al-Fayed Corp. Intenta contaminar los juicios cruzando las narrativas.
—¿Puede hacer eso?
—Su abogado dice que sí. Que la agresión del Pont des Arts y el sabotaje a “Cicatrices” son actos vinculados a una disputa comercial más amplia que involucra mi empresa.
Valentina tardó tres segundos en entenderlo.
—Quiere usar tu nombre para enterrar el suyo.
—Quiere que el caso se convierta en “Al-Fayed Corp vs. Domínguez” en lugar de “Estado francés vs. Domínguez por agresión agravada”. En el primer escenario, él es un peón. En el segundo, es un criminal.
—Listo. Típico de Santi.
Valentina se levantó.
Las piernas no le temblaban. Eso era nuevo. Hacía seis meses, el nombre de Santi era detonador. Ahora era solo ruido.
—¿Tu padre quiere que vuelvas a El Cairo?
—Mi padre quiere que yo le diga que no lo necesito. Es su forma de pedir ayuda.
Karim sonrió sin humor.
—Quiere que los abogados de Al-Fayed Corp se coordinen con la acusación francesa. Que separemos los casos antes del lunes o nos arriesgamos a que el juicio de Santi se convierta en circo mediático donde él salga como víctima de una corporación.
Valentina miró la puerta cerrada de la casa.
Pensó en Eric adentro. Solo. Con trescientos años de paredes que escuchaban demasiado.
—¿Tienes que ir a El Cairo?
—No a El Cairo. A París. Los abogados están allá.
—Entonces vamos a París.
Karim la miró.
—Valentina, no tienes que…
—Karim. —Lo interrumpió con calma. —Santi vino por mí. Me atacó a mí. Mi hermana tiene un contacto en la Brigada que acumuló las pruebas. Si tu empresa puede separar los casos y asegurarse de que ese hombre no salga libre por una maniobra procesal, entonces esto también me compete a mí.
Pausa.
—Además. —Bajó la voz un tono. —Ya pasé suficiente tiempo dejando que otros pelearan mis batallas o huyendo de ellas. Esta la peleo yo.
Karim la estudió.
Esa expresión que tenía cuando veía algo en ella que lo sorprendía incluso después de todo lo que habían vivido.
—Tú y yo tenemos una conversación pendiente. —Su voz cambió de tono. Más personal. Más vulnerable. —Sobre lo que significa esto. Sobre cómo hacerlo de forma distinta.
—Lo sé.
—No quiero repetir los errores.
—Lo sé.
—Valentina…
—Karim. —Se acercó. Le tomó la mano que ya no sostenía el teléfono. La sostuvo ella. —Podemos hablar en el camino. Pero primero hay que asegurarse de que Santi enfrente consecuencias reales. ¿Sí?
Él miró sus manos entrelazadas.
Cuántas veces habían llegado a ese punto y algo lo había destruido. La deuda. El control. El miedo de los dos.
Ahora no había deuda. No había anillo de familia como símbolo de posesión.
Solo dos personas con una historia complicada eligiendo el capítulo siguiente.
—Sí.
Valentina asintió.
—Entonces ve a despedirte de Marie. Yo busco Eric.
—¿Estás segura?
—Decirle adiós a alguien que fue bueno contigo no es traición. Es lo mínimo que merece.
Fue hacia la puerta.
Adentro, la cocina olía a café recién colado que nadie iba a terminar.
Eric estaba junto a la ventana. Mirando los mismos viñedos que Karim había mirado desde afuera. Como si el paisaje fuera diferente dependiendo del ángulo.
Levantó la vista cuando ella entró.
—¿Ya se van?
—Sí. —Valentina se detuvo en el umbral. —Quería decirte algo antes.
—No tienes que…
—Eric. —Lo interrumpió con suavidad. —Sé que dijiste que no querías que te mirara con esos ojos. Pero necesito decirlo igual. Lo que tuvimos fue real. No fue consolación. No fue relleno mientras esperaba algo. Fue genuino.
Él no respondió.
—Y tú eres genuino. Eres el hombre más honesto que conozco. Y eso —dijo con una sonrisa pequeña y rota— hace que todo sea más difícil, no más fácil.
Eric se giró hacia ella completamente.
Sus ojos tenían esa claridad de hombre que ya procesó el dolor antes de que llegara.
—Valentina García. —Su voz era suave y firme al mismo tiempo. —Ve a pelear tu batalla. Gánatela. Y cuando “Cicatrices” tenga su primera boutique en Nueva York, mándame una invitación.
—¿Vendrás?
—Como el amigo más elegante de la sala.
Valentina se acercó.
Lo abrazó sin lágrimas esta vez. Fuerte. Como se abraza a alguien que forma parte de la historia que te hizo quien eres.
Él correspondió.
Breve. Completo.
—Cuídate —dijo ella.
—Tú también.
Salió.
Karim esperaba junto al auto rentado. Marie había aparecido desde algún rincón de la casa con dos termos de café y la expresión de quien sabe que los finales no son tragedias sino capítulos.
—Para el camino. —Le extendió los termos a los dos. —Conduzcan despacio. Las curvas después de Aix son peligrosas cuando llueve.
—Gracias, Marie.
—No me den las gracias. Vuelvan cuando tengan algo que celebrar.
Valentina subió al coche.
El motor encendió.
Los viñedos empezaron a moverse hacia atrás.
No miró la casa.
No porque no quisiera. Sino porque ya lo había visto todo.
Y lo que venía hacia adelante exigía los ojos puestos en la dirección correcta.
—¿Cuánto tiempo hasta París? —preguntó.
—Tres horas si no hay tráfico.
—Cuéntame qué necesitan exactamente los abogados.
Karim la miró de reojo.
Abrió la boca para decir algo sobre esperar, sobre que no tenía que involucrarse, sobre que ya había hecho suficiente.
Y se lo calló.
Porque había aprendido.
—Necesitan tu declaración sobre la cronología de los sabotajes. Con fechas exactas. Y el testimonio de Isabelle sobre cómo coordinó con la Brigada.
—Eso lo tengo.
—Y necesitan demostrar que Santi actuó por obsesión personal, no por instrucción corporativa de Al-Fayed Corp. Para eso, el historial de acoso tiene que estar documentado desde México.
Valentina pensó.
—Hay un expediente en la fiscalía de Ciudad de México. Lo abrí hace cuatro años cuando me amenazó por primera vez. Nunca prosperó porque nadie me tomó en serio. Pero existe.
—¿Puedes conseguirlo?
—Puedo intentarlo. Tendría que llamar a alguien.
—¿A quién?
—A mi madre. —Pausa breve. —La única que sabe dónde está todo lo que dejé enterrado allá.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Era el silencio de dos personas que empezaban a entender el tamaño real del trabajo que tenían por delante.
—Valentina.
—¿Qué?
—Gracias. Por quedarte.
Ella miró por la ventana.
Las colinas de Provenza pasaban como páginas.
—No me quedé. —Su voz era tranquila. Decisiva. —Elegí seguir. Hay diferencia.
Karim sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo, era una sonrisa sin miedo.
El camino a París se abría húmedo y recto.
Y en el asiento de atrás, el teléfono de emergencia de Eric dormía en el bolsillo de Valentina.
No como cadena.
Como recordatorio.
De que siempre había salida.
Y que esta vez, por primera vez, no la necesitaba.
La autopista A7 corría paralela al Ródano.
El río era plata en la tarde gris.
Valentina sostenía el teléfono. El normal. El de contactos reales y números complicados.
El de su madre.
Hacía ocho meses que no hablaba con Carmen García.
No por odio. Por distancia que se había construido sola, piedra sobre piedra, cada vez que Carmen elegía al padre sobre ella.
Pero Carmen García también sabía dónde vivían los archivos. Dónde estaban los documentos que nadie más había guardado porque nadie más había creído que valieran algo.
Marcó.
Tres timbres.
—¿Valentina?
La voz de su madre era lo mismo de siempre. Cautelosa. Esperando noticias malas.
—Mamá. Necesito algo.
—¿Estás bien?
—Sí. Escucha, no tengo mucho tiempo. Necesito el expediente que abrí en la fiscalía del Distrito Federal en 2019. El de las amenazas de Santi.
Silencio.
—Valentina, eso ya…
—Santi está detenido en París, mamá. Lo arrestaron hace dos semanas. Me atacó con un arma en un puente. —Pausa breve. —Y su abogado está intentando salvarle la vida procesal manipulando los casos. Necesito ese expediente.
Otro silencio.
Más largo.
Cuando Carmen volvió a hablar, su voz había cambiado. Tenía ese tono que Valentina reconocía: el de la mujer que su madre podría haber sido si las circunstancias hubieran sido otras.
—Lo tengo. —Voz firme. —Lo guardé cuando cerraron el caso. No me fié de que lo archivaran bien.
Valentina cerró los ojos un segundo.
—Gracias.
—¿Lo escaneo y te lo mando?
—Necesito el original. ¿Puedes mandarlo por courier internacional?
—Esta semana.
—Perfecto. Te mando la dirección.
—Valentina.
—¿Qué?
—¿Estás segura? ¿De verdad estás bien?
La presión en el pecho que aparecía siempre que hablaba con su madre. Ese nudo de cosas no dichas y afectos torcidos.
—Estoy mejor que en mucho tiempo. En serio.
—Bien. —Una pausa. —Cuídate.
—Tú también, mamá.
Colgó.
Se quedó mirando la pantalla un momento.
Karim no dijo nada. Pero alcanzó su mano brevemente y la soltó.
No necesitaba más.
Llegaron a París cuando el cielo se había puesto negro y húmedo.
El despacho de los abogados de Al-Fayed Corp estaba en el Octavo Arrondissement. Edificio de fachada gris y reuniones que costaban quinientos euros la hora.
Valentina entró con Karim.
Nadie esperaba verla.
Los tres abogados levantaron la vista de sus pantallas con expresiones que fueron, en orden: sorpresa, cálculo, y ajuste rápido de protocolo.
—Señorita García. —El abogado principal, Renaud Mercier, se levantó primero. Sesentón. Traje azul marino. La clase de hombre que había ganado suficientes batallas legales para no desperdiciar energía en sorpresas. —Karim nos avisó que vendría.
—¿Tienen el cronograma del lunes?
Mercier parpadeó.
Miró a Karim.
Karim hizo un gesto mínimo: respóndele a ella.
—Sí. La vista preliminar es a las diez de la mañana. Sala tres del Palais de Justice.
—¿Tienen la declaración de la Brigada de Investigación?
—La tenemos. Pero el abogado defensor presentó esta mañana una moción para cuestionar la cadena de custodia de las pruebas de sabotaje.
—¿Qué significa eso?
—Significa —dijo Mercier con la paciencia de quien ha explicado este tipo de cosas muchas veces— que intentará invalidar las cámaras del taller y el testimonio de Amélie Fontaine alegando que fue coaccionada.
Valentina pensó en Amélie. La costurera. Los cinco mil euros. Los ojos que no parpadeaban cuando mentía.
—Amélie no fue coaccionada. Cooperó voluntariamente después de que le dejé claro que tenía opciones. Eso está en el informe de la Brigada.
—La defensa argumentará que usted la amenazó.
—La defensa argumentará lo que le convenga. Eso es su trabajo.
—Efectivamente.
—Entonces nuestro trabajo es asegurarnos de que el historial de Santi sea más largo que sus argumentos procesales.
Mercier la miró con atención real por primera vez.
—El expediente de México debería llegar esta semana. —Valentina continuó. —Amenazas documentadas desde 2019. También hay una denuncia policial en Madrid de 2021, aunque no prosperó. Y el registro de entradas de Santi al país bajo identidad falsa, que la Brigada ya tiene. Si los ponemos en orden cronológico y demostramos el patrón de conducta, el argumento de “disputa corporativa” se cae solo.
Mercier tomó notas.
El abogado más joven —rubio, treinta y tantos, cara de haber ido a Sciences Po— también tomaba notas con expresión de alguien que estaba recalibrando su evaluación de la situación.
—¿Usted testificará? —preguntó Mercier.
—Sí.
—La defensa la va a atacar personalmente. Su historia, su relación con Karim, la naturaleza del contrato original…
—Que lo intenten. —Valentina sostuvo su mirada. —He sobrevivido cosas peores que un abogado francés.
Karim, que había estado en silencio apoyado en la pared con los brazos cruzados, hizo algo que Valentina notó: no intervino para defenderla. No habló por ella. No redirigió la conversación.
La dejó pelear.
Ese gesto simple era el más elocuente que había tenido en dos años.
Salieron a las once de la noche.
París mojado. Las calles brillando.
Caminaron media cuadra antes de que ninguno de los dos dijera nada.
—Estuviste bien ahí adentro.
—Mercier es inteligente. No me subestimó dos veces.
—Tampoco te conocía hace una hora.
Valentina se detuvo.
Miró la calle. Los árboles desnudos del bulevar. Un par de luces de bistrot todavía encendidas.
—Karim. Tenemos que hablar de cómo funciona esto.
—Lo sé.
—De verdad. No en abstracto. En concreto.
Él se giró hacia ella.
La luz de la calle lo iluminaba en ángulos que le marcaban la cicatriz del brazo izquierdo, todavía en proceso de cicatrización. Ocho puntos bajo la manga de la camisa.
—Dime.
—Yo vivo en el Marais. “Cicatrices” es mía. Mis decisiones, mis errores, mi ritmo. Eso no cambia.
—No lo esperaba.
—Y si en algún momento vuelves a tomar decisiones sobre mi vida sin decirme, —su voz no subió un solo tono— terminamos. Sin discusión. Sin segunda oportunidad.
—Entendido.
—No es negociable.
—Lo sé, Valentina.
—¿Lo sabes o lo dices?
—Lo sé. —Su voz era firme y baja. —La Dra. Hassan me lo recordó diecisiete veces en quince sesiones. Con más educación que tú, pero el mismo mensaje.
Valentina lo miró.
Y se rió.
Breve. Genuina. Inesperada.
Y Karim se rió también.
Fue el primer momento en meses en que los dos se rieron al mismo tiempo sin que ninguno de los dos estuviera sufriendo algo.
—Bien. —Ella metió las manos en los bolsillos. —¿Dónde tienes el hotel?
—Saint-Germain.
—Entonces te acompaño hasta el metro y me voy a casa.
—¿No quieres…?
—No. Todavía no. —Lo dijo sin crueldad, solo con precisión. —Tenemos tiempo para construir esto bien. No me interesa construirlo rápido.
Karim asintió despacio.
—Bien.
Caminaron hasta la boca del metro.
Se detuvieron.
Él se inclinó y la besó en la mejilla. Sencillo. Sin presión.
—Buenas noches, Valentina García.
—Buenas noches.
Bajó los escalones.
Ella se quedó arriba.
Observó el letrero del metro iluminado en naranja. El sonido de los trenes bajo sus pies.
El lunes había juicio.
Santi detenido pero con abogados dispuestos a todo.
La mafia rusa que le había financiado los últimos movimientos, todavía suelta.
Y Karim al-Fayed caminando hacia sus propios demonios con la firme intención de no repetirlos.
No era el final.
Era el primer capítulo de algo diferente.
Valentina caminó hacia el Marais.
El teléfono de emergencia de Eric golpeó suavemente contra su cadera con cada paso.
Ligero.
Silencioso.
Todavía ahí.
Y eso, pensó, era exactamente suficiente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com