Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 CAPÍTULO 12 La Tía
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12: CAPÍTULO 12: La Tía 12: CAPÍTULO 12: La Tía El desayuno con Tía Salma era a las diez de la mañana en un restaurante que parecía museo de antigüedades faraónicas.
Valentina llevaba un vestido beige que Layla había dejado en su habitación junto con una nota: “Modesto.
Apropiado.
No negociable.” El vestido era bonito.
También era el outfit más aburrido que había usado en su vida.
—Te ves hermosa.
Karim apareció en el salón de la suite con traje gris oscuro que probablemente costaba más que su educación universitaria.
—Me veo como bibliotecaria reprimida.
—Exactamente lo que necesitamos.
El comentario no ayudó.
El restaurante estaba en Zamalek, el barrio que Karim había mencionado antes.
Calles arboladas.
Mansiones escondidas detrás de muros altos.
El tipo de lugar donde el dinero era tan viejo que ya no necesitaba gritar su presencia.
Tía Salma esperaba en una mesa privada en el segundo piso.
Sesenta y cinco años.
Hijab color perla.
Ojos que calculaban el valor neto de las personas con precisión de tasador profesional.
—Karim, habibi.
Se levantó para abrazar a su sobrino con afecto genuino.
Luego se giró hacia Valentina.
La examinó de arriba abajo con velocidad sorprendente.
—Así que esta es la mexicana.
—Valentina García.
Mucho gusto.
Extendió la mano.
Tía Salma la miró como si hubiera ofrecido un pescado muerto.
—Las mujeres de nuestra familia no dan la mano.
Nos besamos en las mejillas.
Tres veces.
Por supuesto.
Valentina se inclinó torpemente.
Beso.
Otro beso.
Tercer beso que casi termina chocando narices.
—Siéntate, mija.
El “mija” salió con acento árabe tan grueso que era casi cómico.
Pero al menos lo intentaba.
El desayuno fue campo minado conversacional.
—¿Tu familia es musulmana?
—Católica.
Pero no muy practicante.
—¿Católica no muy practicante significa qué exactamente?
—Significa que vamos a misa en Navidad y cuando alguien se casa o muere.
Tía Salma intercambió mirada con Karim.
—¿Estarías dispuesta a convertirte?
—¿A convertirme en qué?
—Al Islam.
El aire se congeló.
Valentina no había considerado eso.
Ni una sola vez.
—Yo…
no sé.
—No es requerimiento inmediato —intervino Karim con voz que sonaba demasiado casual—.
Muchas esposas en familias mixtas mantienen sus religiones.
—Pero no son bien vistas por el Consejo.
Tía Salma untó mermelada en su pan árabe con movimientos precisos.
—Si quieres la aprobación completa, necesitas mostrar disposición a adaptarte.
—Entiendo.
—¿Entiendes o aceptas?
—Entiendo que es importante para ustedes.
—Esa no es respuesta.
No.
No lo era.
—Tía Salma —dijo Karim con tono de advertencia suave.
—No me “Tía Salma”.
Si esta niña va a ser presentada ante el Consejo, necesita entender qué se espera de ella.
Se giró de nuevo hacia Valentina.
—Dime, ¿qué sabes sobre nuestra cultura?
—Sé que es rica.
Antigua.
Con tradiciones que se remontan a miles de años.
—Respuesta de libro de texto.
—Es la única que tengo.
Llegué a este mundo hace menos de dos semanas.
La honestidad brutal pareció sorprenderla.
—Al menos eres directa.
—Es lo único que sé ser.
—La franqueza puede ser virtud o defecto, dependiendo del contexto.
Tía Salma tomó un sorbo de su té.
—Cuéntame sobre tu familia.
Ahí estaba.
La pregunta inevitable.
—Mi padre nos abandonó cuando yo tenía cinco años.
Mi madre trabajó toda su vida limpiando casas para mantenernos.
Tengo una media hermana que acabo de conocer hace tres días.
—¿Por qué acabo de conocerla?
—Porque mi padre tuvo otra familia que mi madre descubrió tarde.
—Y tu educación?
—Universidad pública.
Becada.
Me gradué con honores.
—¿En qué?
—Comunicación organizacional.
—¿Trabajabas?
Aquí venía la parte difícil.
—No.
—¿Por qué?
—Mi ex novio me convenció de que no necesitaba trabajar.
—¿Y aceptaste?
—Acepté.
—¿Por qué?
Porque era estúpida.
Porque quería sentirme cuidada.
Porque confundí control con amor.
—Porque creí que me amaba.
Tía Salma asintió.
—Al menos reconoces tu error.
—Reconozco muchos errores.
Ese es solo uno de la lista larga.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de la mujer.
—Karim, puedes irte.
—¿Perdón?
—Que te vayas.
Necesito hablar con ella a solas.
Karim miró a Valentina.
Ella asintió.
No sabía por qué asintió.
Pero lo hizo.
Él se levantó con gracia controlada y desapareció hacia el área del bar.
Tía Salma esperó hasta que estuvo fuera de rango de escucha.
—¿Lo amas?
La pregunta la golpeó como puñetazo.
—¿A Karim?
—No, al mesero.
Por supuesto a Karim.
—Apenas lo conozco.
—Esa no es respuesta a mi pregunta.
—No lo amo.
—¿Podrías amarlo?
Valentina consideró la pregunta honestamente.
Karim era…
complicado.
Controlador pero protector.
Frío pero ocasionalmente vulnerable.
Imposible de leer pero imposible de ignorar.
—No lo sé.
—Otra vez, honestidad.
Bien.
Tía Salma se inclinó hacia adelante.
—Voy a decirte algo que nadie más te dirá.
Karim no necesita tu amor.
—¿No?
—Necesita tu lealtad.
Tu discreción.
Tu capacidad de jugar el papel sin quejarte.
—Suena a trabajo.
—Es un trabajo.
El matrimonio en familias como la nuestra siempre es trabajo.
—¿Y el amor?
—El amor es bonus.
Si llega, maravilloso.
Si no llega, hay respeto mutuo y buenos abogados de divorcio.
La franqueza brutal era casi refrescante.
—¿Usted amaba a su esposo?
—Lo respeté.
Eso fue suficiente para cuarenta años de matrimonio.
Se reclinó en su silla.
—Karim es diferente a su padre.
Tarek es hielo puro.
Karim tiene fuego escondido bajo el hielo.
Si encuentras ese fuego, cuídalo.
Pero no esperes que te lo muestre fácilmente.
—¿Por qué me dice esto?
—Porque si mi sobrino te trajo hasta aquí, significa que ve algo en ti.
Y Karim no trae basura a casa.
No estaba segura de si eso era cumplido o insulto.
Probablemente ambos.
—Una última pregunta —dijo Tía Salma—.
Si tuvieras que elegir entre tu familia y Karim, ¿a quién elegirías?
La pregunta era trampa.
No había respuesta correcta.
—Elegiría a quien me permitiera salvar a ambos.
Tía Salma soltó una carcajada que hizo girar cabezas en todo el restaurante.
—Me caes bien, mexicana.
Eres más inteligente de lo que aparentas.
—¿Es cumplido?
—Es observación.
Y sí, es cumplido.
Hizo señal a Karim para que regresara.
—La apruebo para el Consejo.
Pero necesita más entrenamiento.
Mucho más.
—Lo sé.
—Y necesita aprender árabe.
Al menos lo básico.
—Ya contraté un tutor.
—Bien.
Se levantó con la misma gracia con la que se había sentado.
—Valentina, una cosa más.
—¿Sí?
—No todos en la familia van a ser tan amables como yo.
Algunos van a intentar destruirte solo por diversión.
¿Entiendes?
—Entiendo.
—¿Y qué vas a hacer cuando eso pase?
Valentina sonrió.
Por primera vez desde que llegó a El Cairo, sonrió de verdad.
—Voy a morderlos de vuelta.
Tía Salma le devolvió la sonrisa.
—Definitivamente me caes bien.
En el coche de regreso al hotel, Karim trabajaba en su laptop como siempre.
—¿Qué te dijo?
—Que no necesitas mi amor.
Solo mi lealtad.
Los dedos de Karim se detuvieron sobre el teclado por fracción de segundo.
—Mi tía es muy directa.
—Es honesta.
Lo aprecio.
—¿Y qué más?
—Que tienes fuego escondido bajo el hielo.
Esta vez, Karim cerró la laptop completamente.
La miró directamente.
—¿Y tú qué crees?
—Creo que todavía no he visto ese fuego.
—Bien.
—¿Bien?
—Significa que estoy haciendo bien mi trabajo.
El teléfono de Valentina vibró.
Número mexicano desconocido.
Su corazón se detuvo.
Mensaje de voz.
45 segundos.
Apretó play con dedos temblorosos.
La voz de Santi llenó el espacio del coche: “Hola, mi amor.
Veo que moviste a tu familia.
Impresionante.
Pero olvidaste algo.
Tu hermana tiene una hija.
Tres años.
Se llama Sofía.
Vive con su papá en Nezahualcóyotl.
Bonita niña.
Sería una lástima que algo le pasara.
Tienes 48 horas para contactarme.
Si no lo haces, empiezo a mandar fotos de partes del cuerpo.
Empezando por los deditos.
Tick tock, mi amor.” El teléfono cayó de sus manos.
—No.
La palabra salió como gemido animal.
—No, no, no, no.
Karim ya estaba marcando números.
Gritando órdenes en árabe.
Pero Valentina apenas lo escuchaba.
Porque Santi había encontrado la grieta dentro de la grieta.
Y esta vez, había una niña de tres años en medio del juego.
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