Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 120
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 120 - Capítulo 120: Regreso a la Arena
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 120: Regreso a la Arena
La autopista A7 corría paralela al Ródano.
El río era plata en la tarde gris.
Valentina sostenía el teléfono. El normal. El de contactos reales y números complicados.
El de su madre.
Hacía ocho meses que no hablaba con Carmen García.
No por odio. Por distancia que se había construido sola, piedra sobre piedra, cada vez que Carmen elegía al padre sobre ella.
Pero Carmen García también sabía dónde vivían los archivos. Dónde estaban los documentos que nadie más había guardado porque nadie más había creído que valieran algo.
Marcó.
Tres timbres.
—¿Valentina?
La voz de su madre era lo mismo de siempre. Cautelosa. Esperando noticias malas.
—Mamá. Necesito algo.
—¿Estás bien?
—Sí. Escucha, no tengo mucho tiempo. Necesito el expediente que abrí en la fiscalía del Distrito Federal en 2019. El de las amenazas de Santi.
Silencio.
—Valentina, eso ya…
—Santi está detenido en París, mamá. Lo arrestaron hace dos semanas. Me atacó con un arma en un puente. —Pausa breve. —Y su abogado está intentando salvarle la vida procesal manipulando los casos. Necesito ese expediente.
Otro silencio.
Más largo.
Cuando Carmen volvió a hablar, su voz había cambiado. Tenía ese tono que Valentina reconocía: el de la mujer que su madre podría haber sido si las circunstancias hubieran sido otras.
—Lo tengo. —Voz firme. —Lo guardé cuando cerraron el caso. No me fié de que lo archivaran bien.
Valentina cerró los ojos un segundo.
—Gracias.
—¿Lo escaneo y te lo mando?
—Necesito el original. ¿Puedes mandarlo por courier internacional?
—Esta semana.
—Perfecto. Te mando la dirección.
—Valentina.
—¿Qué?
—¿Estás segura? ¿De verdad estás bien?
La presión en el pecho que aparecía siempre que hablaba con su madre. Ese nudo de cosas no dichas y afectos torcidos.
—Estoy mejor que en mucho tiempo. En serio.
—Bien. —Una pausa. —Cuídate.
—Tú también, mamá.
Colgó.
Se quedó mirando la pantalla un momento.
Karim no dijo nada. Pero alcanzó su mano brevemente y la soltó.
No necesitaba más.
Llegaron a París cuando el cielo se había puesto negro y húmedo.
El despacho de los abogados de Al-Fayed Corp estaba en el Octavo Arrondissement. Edificio de fachada gris y reuniones que costaban quinientos euros la hora.
Valentina entró con Karim.
Nadie esperaba verla.
Los tres abogados levantaron la vista de sus pantallas con expresiones que fueron, en orden: sorpresa, cálculo, y ajuste rápido de protocolo.
—Señorita García. —El abogado principal, Renaud Mercier, se levantó primero. Sesentón. Traje azul marino. La clase de hombre que había ganado suficientes batallas legales para no desperdiciar energía en sorpresas. —Karim nos avisó que vendría.
—¿Tienen el cronograma del lunes?
Mercier parpadeó.
Miró a Karim.
Karim hizo un gesto mínimo: respóndele a ella.
—Sí. La vista preliminar es a las diez de la mañana. Sala tres del Palais de Justice.
—¿Tienen la declaración de la Brigada de Investigación?
—La tenemos. Pero el abogado defensor presentó esta mañana una moción para cuestionar la cadena de custodia de las pruebas de sabotaje.
—¿Qué significa eso?
—Significa —dijo Mercier con la paciencia de quien ha explicado este tipo de cosas muchas veces— que intentará invalidar las cámaras del taller y el testimonio de Amélie Fontaine alegando que fue coaccionada.
Valentina pensó en Amélie. La costurera. Los cinco mil euros. Los ojos que no parpadeaban cuando mentía.
—Amélie no fue coaccionada. Cooperó voluntariamente después de que le dejé claro que tenía opciones. Eso está en el informe de la Brigada.
—La defensa argumentará que usted la amenazó.
—La defensa argumentará lo que le convenga. Eso es su trabajo.
—Efectivamente.
—Entonces nuestro trabajo es asegurarnos de que el historial de Santi sea más largo que sus argumentos procesales.
Mercier la miró con atención real por primera vez.
—El expediente de México debería llegar esta semana. —Valentina continuó. —Amenazas documentadas desde 2019. También hay una denuncia policial en Madrid de 2021, aunque no prosperó. Y el registro de entradas de Santi al país bajo identidad falsa, que la Brigada ya tiene. Si los ponemos en orden cronológico y demostramos el patrón de conducta, el argumento de “disputa corporativa” se cae solo.
Mercier tomó notas.
El abogado más joven —rubio, treinta y tantos, cara de haber ido a Sciences Po— también tomaba notas con expresión de alguien que estaba recalibrando su evaluación de la situación.
—¿Usted testificará? —preguntó Mercier.
—Sí.
—La defensa la va a atacar personalmente. Su historia, su relación con Karim, la naturaleza del contrato original…
—Que lo intenten. —Valentina sostuvo su mirada. —He sobrevivido cosas peores que un abogado francés.
Karim, que había estado en silencio apoyado en la pared con los brazos cruzados, hizo algo que Valentina notó: no intervino para defenderla. No habló por ella. No redirigió la conversación.
La dejó pelear.
Ese gesto simple era el más elocuente que había tenido en dos años.
Salieron a las once de la noche.
París mojado. Las calles brillando.
Caminaron media cuadra antes de que ninguno de los dos dijera nada.
—Estuviste bien ahí adentro.
—Mercier es inteligente. No me subestimó dos veces.
—Tampoco te conocía hace una hora.
Valentina se detuvo.
Miró la calle. Los árboles desnudos del bulevar. Un par de luces de bistrot todavía encendidas.
—Karim. Tenemos que hablar de cómo funciona esto.
—Lo sé.
—De verdad. No en abstracto. En concreto.
Él se giró hacia ella.
La luz de la calle lo iluminaba en ángulos que le marcaban la cicatriz del brazo izquierdo, todavía en proceso de cicatrización. Ocho puntos bajo la manga de la camisa.
—Dime.
—Yo vivo en el Marais. “Cicatrices” es mía. Mis decisiones, mis errores, mi ritmo. Eso no cambia.
—No lo esperaba.
—Y si en algún momento vuelves a tomar decisiones sobre mi vida sin decirme, —su voz no subió un solo tono— terminamos. Sin discusión. Sin segunda oportunidad.
—Entendido.
—No es negociable.
—Lo sé, Valentina.
—¿Lo sabes o lo dices?
—Lo sé. —Su voz era firme y baja. —La Dra. Hassan me lo recordó diecisiete veces en quince sesiones. Con más educación que tú, pero el mismo mensaje.
Valentina lo miró.
Y se rió.
Breve. Genuina. Inesperada.
Y Karim se rió también.
Fue el primer momento en meses en que los dos se rieron al mismo tiempo sin que ninguno de los dos estuviera sufriendo algo.
—Bien. —Ella metió las manos en los bolsillos. —¿Dónde tienes el hotel?
—Saint-Germain.
—Entonces te acompaño hasta el metro y me voy a casa.
—¿No quieres…?
—No. Todavía no. —Lo dijo sin crueldad, solo con precisión. —Tenemos tiempo para construir esto bien. No me interesa construirlo rápido.
Karim asintió despacio.
—Bien.
Caminaron hasta la boca del metro.
Se detuvieron.
Él se inclinó y la besó en la mejilla. Sencillo. Sin presión.
—Buenas noches, Valentina García.
—Buenas noches.
Bajó los escalones.
Ella se quedó arriba.
Observó el letrero del metro iluminado en naranja. El sonido de los trenes bajo sus pies.
El lunes había juicio.
Santi detenido pero con abogados dispuestos a todo.
La mafia rusa que le había financiado los últimos movimientos, todavía suelta.
Y Karim al-Fayed caminando hacia sus propios demonios con la firme intención de no repetirlos.
No era el final.
Era el primer capítulo de algo diferente.
Valentina caminó hacia el Marais.
El teléfono de emergencia de Eric golpeó suavemente contra su cadera con cada paso.
Ligero.
Silencioso.
Todavía ahí.
Y eso, pensó, era exactamente suficiente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com