Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 122
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Capítulo 122: La Sala
El Palais de Justice olía a mármol frío y siglos de deudas saldadas.
Valentina llegó diez minutos antes de las diez.
Traje negro. Sin joyería. Cabello recogido con la precisión de quien entiende que los detalles comunican sin palabras.
Karim ya estaba ahí. De pie junto a Mercier y el abogado joven —que se llamaba Thomas y había resultado ser más capaz que su cara de Sciences Po sugería.
Isabelle, un paso detrás.
Y más allá, separados por un pasillo de protocolo: los abogados de la defensa. Tres. El principal era una mujer de cincuenta años, traje gris, pelo blanco cortado con quirúrgica precisión. Maître Lefebvre. Valentina la había buscado la noche anterior. Ganaba el setenta por ciento de sus casos. Especialidad: casos de alta exposición mediática.
Santi eligió bien.
Las puertas de la sala se abrieron.
Entraron.
La sala era pequeña para lo que sugería su nombre. Diez sillas para el público. Mesa del juez en tarima baja. Sin jurado porque era vista preliminar, no juicio completo.
Santi entró esposado con dos gendarmes.
Llevaba traje.
Valentina no lo había visto desde el puente. Desde aquella noche con la navaja y la sangre de Karim en los adoquines.
Lo miró.
Él también la miró.
Y en sus ojos no había arrepentimiento. Había cálculo.
Eso le confirmó todo lo que necesitaba saber.
El juez se llamaba Moreau. Sesenta años. Expresión de granito educado.
Abrió la sesión.
Mercier presentó primero. Cronología limpia. Hechos documentados. Las cámaras del taller. El informe de la Brigada. La confesión voluntaria de Amélie Fontaine. El expediente mexicano que el courier había entregado esa mañana, todavía con olor a tinta de impresora.
El juez tomaba notas.
Luego habló Maître Lefebvre.
Su voz era suave y letal, como bisturí cubierto de seda.
—La acusación presenta hechos. —Comenzó con una pausa calculada. —Pero los hechos sin contexto son fotografías sin marco. La realidad es esta: mi cliente es víctima de una persecución orquestada por intereses corporativos y personales que van más allá de lo que estos documentos muestran.
—Su señoría. —Mercier.
—Le escucho, Maître Lefebvre.
—Mi cliente tiene evidencia —continuó la abogada sin acusar el sonido de Mercier— de que Santiago Domínguez fue seguido, vigilado, y en múltiples ocasiones provocado para cometer actos que luego fueron documentados como si fueran espontáneos. Las grabaciones que presentamos muestran conversaciones entre el señor Al-Fayed y su equipo de seguridad donde se discute explícitamente la necesidad de “neutralizar” al señor Domínguez.
La palabra “neutralizar” flotó en la sala como humo.
Thomas se inclinó hacia Mercier y susurró algo.
Karim, en la silla junto a Valentina, no movió un músculo.
Valentina tampoco.
El juez revisó los documentos que Lefebvre depositó.
—Tomaré un receso de quince minutos para revisar estas grabaciones antes de decidir sobre su admisibilidad.
En el pasillo, Mercier habló rápido y bajo.
—Si las admite, atacarán la credibilidad de Karim primero y luego la tuya por asociación.
—¿Qué tan sólido es el análisis técnico de Guillaume?
—Dice que hay ediciones. No puede probar exactamente dónde sin equipo más sofisticado. Pero hay inconsistencias en los metadatos.
—¿Cuánto tiempo para probarlo?
—Días. Semanas, idealmente.
—¿Pedimos aplazamiento?
—Si pedimos aplazamiento, la defensa alegará que estamos obstruyendo y Santi puede solicitar libertad bajo fianza mientras tanto.
El costo era claro.
Valentina pensó.
—No pedimos aplazamiento. Que admita las grabaciones. Y entonces yo testifico sobre el contexto real de esa palabra.
—”Neutralizar” puede significar muchas cosas —dijo Thomas.
—Exactamente. Y yo lo sé mejor que nadie porque estuve en esas conversaciones.
Mercier la miró con la atención calculadora que le había dedicado desde la primera reunión.
—¿Estuvo?
—No literalmente. Pero sé cómo habla Karim de seguridad cuando está asustado. Y asustado no es lo mismo que amenazante. Eso lo puedo decir bajo juramento.
El juez admitió las grabaciones con reserva.
Valentina fue llamada a testificar.
Se sentó en la silla frente a la sala.
Maître Lefebvre se levantó.
—Señorita García. Usted mantiene una relación personal con Karim Al-Fayed.
—Sí.
—¿Y una relación financiera a través de Faucon Investments?
—Soy accionista mayoritaria de “Cicatrices”. Faucon Investments tiene un doce por ciento con cláusula de recompra.
—¿Sabía que Faucon es una empresa de Al-Fayed cuando firmó?
—No cuando firmé. Lo descubrí después.
—¿Y qué hizo cuando lo descubrió?
—Lo confronté.
—¿Y?
—Karim devolvió el control de las acciones con documentación legal. El dinero quedó sin derechos de gestión para él. Es un préstamo sin cuerdas, no una inversión con poder.
—Muy conveniente.
—La verdad suele ser conveniente para quienes la dicen. —Valentina mantuvo la voz plana. —¿Tiene una pregunta concreta?
Uno de los abogados de la defensa escribió algo.
Lefebvre cambió de ángulo.
—Las grabaciones que hemos presentado incluyen la frase “hay que neutralizar a Domínguez”. ¿Reconoce usted el contexto en el que se utilizó ese vocabulario?
—”Neutralizar” en el contexto de equipos de seguridad corporativa significa eliminar como amenaza operativa. No eliminar físicamente. Significa documentar, reportar a autoridades, cortar canales de acceso.
—¿Cómo sabe usted eso?
—Porque estuve en una reunión con el equipo de seguridad de Karim Al-Fayed donde se usó exactamente ese término para describir cómo manejar las amenazas de Santi antes de que hubiera pruebas suficientes para ir a la policía.
—¿Estaba presente en esa reunión?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque fue mi taller el que quemaron. Mi empresa la que sabotearon. Mi cara la que Santi amenazó con desfigurar. —Su voz no subió. —Tenía razones para estar presente.
Silencio en la sala.
Lefebvre continuó.
—Señorita García. ¿Es posible que las acciones de su relación con el señor Al-Fayed hayan provocado las reacciones del señor Domínguez?
Valentina la miró.
Directamente.
—Maître Lefebvre, con todo el respeto a su labor. —Su voz era serena como acero frío. —La pregunta que acaba de formular en lenguaje técnico dice: ¿la víctima provocó el ataque? Esa lógica no funciona en ninguna sala que yo conozca cuando el acusado tiene una navaja en la mano y un historial documentado de seis años de acoso, amenazas y sabotaje.
La sala no hizo ruido.
Moreau miró a Lefebvre.
Lefebvre sostuvo la mirada de Valentina.
Luego se sentó.
—No tengo más preguntas para esta testigo.
Al salir de la sala dos horas después, Mercier era el hombre menos estoico del edificio.
—Eso fue notable. —Dijo en voz baja mientras bajaban la escalinata. —Moreau firmará la orden de retención. No habrá fianza.
—¿Las grabaciones?
—Las admitió pero las catalogó como “contexto a interpretar”. No son prueba decisiva. Pedirá un peritaje técnico externo. Lo que le da tiempo a Guillaume.
Valentina respiró.
El aire frío de París entrando en sus pulmones como algo concreto y limpio.
Karim caminaba a su lado.
—¿Estás bien?
—Sí. —Y era verdad. —Estoy muy bien.
—Lo hiciste tú sola.
—Lo hicimos. Isabelle, Guillaume, tú cuando dijiste la verdad incómoda. —Pausa. —Yo solo puse la cara.
Karim no respondió eso.
Pero su mano rozó la suya un segundo.
Bastó.
Entonces Valentina vio algo.
Al final de la escalinata, un hombre. Abrigo oscuro. Cara que no reconocía, pero que miraba con demasiada atención y demasiado interés para ser periodista casual.
Lo miró directamente.
El hombre bajó la vista.
Y se fue caminando rápido por la Rue de Lutèce sin apresurarse lo suficiente para parecer que huía.
Lo suficiente para que Valentina notara.
—Karim.
—Lo vi.
—¿Lo conoces?
—No. —Pero su mandíbula se tensó. —Pero voy a averiguarlo.
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