Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 123

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 123 - Capítulo 123: La Red
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 123: La Red

El hombre del abrigo se llamaba Dmitri Volkov.

Cuarenta y dos años. Ciudadano de facto sin ciudadanía real: había nacido en Odessa, vivido en tres países con cuatro nombres distintos, y trabajado para quien pagaba más sin preguntas innecesarias.

Eso lo supo Karim esa misma tarde.

Lo supo porque tenía los recursos para saberlo.

Y porque Valentina le había dejado claro en el camino de regreso que en esta ocasión iba a usarlos de forma transparente.

—¿Quién te lo dijo?

—Youssef. Desde El Cairo. Tiene contactos en Interpol que reconocieron la cara.

—¿Y qué hace aquí?

—Eso es lo que no sabemos todavía.

Estaban en el apartamento del Marais. Valentina había cambiado el traje por ropa de trabajo: jeans, jersey grueso, los bocetos de la nueva colección extendidos sobre la mesa aunque nadie los miraba.

Isabelle estaba ahí también.

Y Margaux, que había llegado sin que nadie la llamara porque tenía el sexto sentido de las mujeres que han sobrevivido demasiadas situaciones difíciles.

—Volkov —dijo Isabelle— aparece en archivos de la Brigada vinculado a redes de extorsión corporativa en Europa del Este. No es mafia tradicional. Es más específico que eso. Opera como contratista.

—¿Contratista de qué?

—Amenazas dirigidas. Presión sobre testigos. A veces sabotaje. —Isabelle no suavizó las palabras. —A veces desapariciones que parecen accidentes.

El silencio que siguió tenía peso.

Margaux se levantó y caminó hacia la ventana sin decir nada.

Valentina no se movió.

—Santi lo contrató antes de ser arrestado.

—No podemos probarlo todavía. Pero la coincidencia es demasiado exacta.

—¿Qué podría haberle encargado?

Karim habló desde el otro extremo de la mesa.

—Si Santi sabía que venía la detención —y probablemente lo sabía; llevaba semanas evadiendo a la Brigada— podría haberle dado instrucciones anticipadas. Algo que ejecutar si él caía.

—¿Qué tipo de instrucciones?

—Depende de lo que Santi quisiera conseguir desde prisión. —Karim midió las palabras. —Puede ser presión sobre testigos para que retiren declaraciones. Puede ser daño a la empresa para debilitar la credibilidad de Valentina como perjudicada. Puede ser información que vender a la defensa para las grabaciones.

—Las grabaciones. —Isabelle tamborileó la mesa. —Las grabaciones que presentaron hoy.

Todos llegaron al mismo punto al mismo tiempo.

—Volkov proveyó las grabaciones a la defensa de Santi.

—O las fabricó. —Isabelle asintió. —Lo que explicaría por qué estaba en el juzgado. Verificando que el plan funcionara.

Valentina se levantó.

Caminó hacia la ventana junto a Margaux.

La calle del Marais abajo. Tarde de noviembre. Poca gente. Fácil ver quién pasaba.

—¿Hay alguien vigilando el edificio ahora?

—Mandé a dos personas de Youssef hace una hora. —Karim. —No son guardaespaldas visibles. Son observadores discretos.

—¿Sin decirme?

—Te lo digo ahora. —Su voz fue directa. Sin defensiva. —¿Quieres que los retire?

Valentina pensó cinco segundos.

—No. Pero quiero saber quiénes son y cómo contactarlos yo directamente. No a través de ti.

—Te mando los datos esta noche.

—Gracias.

Margaux la miró de reojo con algo que era admiración y también alivio. El tipo de alivio que siente alguien cuando ve que la persona al mando sabe exactamente lo que hace.

—¿Qué hacemos con Volkov? —preguntó Isabelle.

—Nada todavía. —Valentina volvió a la mesa. —Si lo tocamos sin pruebas, alertamos a quien sea que esté coordinando con él. Y perdemos la ventaja de saber que existe.

—Tiene razón. —Thomas, el abogado joven, que había aparecido con Mercier sin que nadie lo invitara explícitamente pero que cada vez parecía más parte del equipo. —Si Volkov proveyó las grabaciones, podemos usarlo. Necesitamos que Guillaume consiga los metadatos del archivo de audio antes de que la defensa tenga tiempo de limpiarlos.

—¿Cuánto tiempo?

—Cuarenta y ocho horas.

Isabelle llamó a Guillaume en ese momento sin esperar confirmación de nadie.

Valentina apreciaba eso de su hermana. La rapidez de acción. La ausencia de drama sobre el drama.

Mientras Isabelle hablaba, Margaux tocó el hombro de Valentina.

—¿Estás bien?

—Sí.

—En serio.

Valentina la miró.

Margaux, que la había conocido cuando era la diseñadora nueva que causaba recelo con su historia viral y sus costuras visibles. Margaux, que había arriesgado su trabajo para darle telas y luego se había convertido en su socia. Margaux, que ahora miraba el mapa de amenazas sobre la mesa de trabajo de Valentina con la serenidad de alguien que había decidido que este era su barco y lo iba a navegar.

—Estoy bien. —Y era verdad de una forma nueva. —No tengo miedo de Volkov.

—¿No?

—Tengo respeto por lo que puede hacer. Eso es diferente. El miedo paraliza. El respeto informa.

Margaux asintió.

—¿De dónde sacaste eso?

—De tener demasiados enemigos a lo largo de demasiado tiempo. —Sonrisa pequeña. —Al final uno aprende a clasificarlos.

Se giró hacia el resto de la habitación.

Karim revisaba algo en su teléfono.

Thomas hablaba con Mercier por mensaje.

Isabelle colgó.

—Guillaume puede tener los metadatos esta noche. Pero necesita acceso a una copia de las grabaciones antes de que el tribunal selle el archivo. Dice que si el juzgado las catalogó como “admitidas con reserva”, hay una ventana de cuarenta y ocho horas donde son accesibles para peritaje externo autorizado.

—¿Podemos conseguir autorización de Moreau?

—Mercier puede presentar solicitud urgente mañana a primera hora.

—Hágalo.

Valentina miró el reloj.

Las siete de la tarde.

Había entrado al Palais de Justice esa mañana como testigo. Había salido con una victoria parcial y una amenaza nueva que no existía en su mapa dos días antes.

Así funcionaba esto. Nunca un solo frente. Siempre varios. Siempre la necesidad de tener los ojos en más de una dirección.

—Hay algo más. —La voz de Karim.

Todos lo miraron.

—Youssef me mandó algo además del nombre de Volkov. —Desplegó su teléfono sobre la mesa. Una foto. Borrosa pero legible. —Volkov fue visto anoche aquí en París con otra persona. Alguien que Youssef sí reconoció.

La foto.

Valentina la miró.

Hombre. Europeo. Cincuenta y tantos años. La cara parcialmente cubierta por el cuello del abrigo.

—¿Quién es?

—No estamos seguros todavía. Pero el perfil coincide con un lobbyist belga que trabajó para grupos de presión corporativa en conflictos de infraestructura de Medio Oriente.

—¿Vinculado a Al-Fayed Corp?

—No a nosotros directamente. Pero sí a socios que tienen interés en que el caso de Santi desprestigie a mi empresa.

Valentina miró la foto un momento más.

—Entonces no es solo Santi. Santi es la mano. Pero hay alguien que quiere seguir moviendo piezas aunque él esté detenido.

—Eso parece.

Silencio.

—Bien. —Valentina se sentó. Tomó un lápiz. Y comenzó a dibujar. No un diseño. Un organigrama. Santi en el centro. Volkov a su izquierda. El belga desconocido más allá. Flechas de conexión hipotética. —Entonces tenemos más trabajo del que pensábamos.

Thomas la miró hacer el organigrama.

—¿Siempre piensa en organigramas cuando hay problemas complejos?

—Siempre pienso en patrones. —Valentina no levantó la vista. —Las telas tienen patrones. Los problemas también. Solo hay que encontrar el hilo que, cuando jalas de él, deshace todo el tejido.

Las diez de la noche.

El taller de “Cicatrices” olía a tela nueva y a café que llevaba demasiado tiempo en la cafetera.

Valentina había insistido en ir.

No por ignorar la amenaza. Sino porque cerrar el taller por miedo era exactamente lo que Santi —y quien fuera que lo movía desde afuera— querían que hiciera.

Margaux estaba ahí con dos costureras.

La colección de primavera tenía fecha de entrega.

Las fechas de entrega no negociaban con las amenazas de nadie.

—El vestido rojo necesita tres centímetros más en el dobladillo. —Valentina señaló sin quitarse el abrigo todavía. —El corte asimétrico izquierdo está cayendo raro.

—Lo noté esta mañana. —Margaux ya tenía el descosedor en la mano.

—Hazlo ahora. Quiero verlo en el maniquí antes de cerrar.

Se instaló en la mesa de bocetos.

El teléfono vibró tres veces en la siguiente hora.

Isabelle: “Mercier presentó la solicitud. Moreau la firmará mañana temprano. Guillaume empieza análisis en cuanto tenga acceso.”

Karim: “El belga tiene nombre. Te llamo en veinte.”

Thomas: “Defensa presentó nueva moción para aplazar la retención de Santi por razones de salud. Mercier la bloqueó. Juez mantiene la retención.”

Valentina leyó los tres mensajes en orden.

Le respondió a cada uno:

A Isabelle: “Bien.”

A Karim: “Aquí estoy.”

A Thomas: “Gracias. Dígale a Mercier que hizo buen trabajo hoy.”

Levantó la vista del teléfono.

El vestido rojo en el maniquí. Margaux rehaciendo el dobladillo con manos que sabían exactamente lo que hacían.

Las costuras visibles en hilo dorado. Deliberadas. Kintsugi aplicado a la tela.

Las cicatrices que no se esconden.

Sonó el teléfono. Karim.

—Habla.

—El belga se llama Hendrik Baert. —Su voz era precisa y cargada al mismo tiempo. —Lobbyist corporativo, sí. Pero su firma trabaja principalmente con empresas de infraestructura y logística internacional. Operaciones en zonas de conflicto.

—¿Zonas de conflicto específicas?

—Canal de Suez. Golfo Pérsico. Rutas comerciales de Medio Oriente.

Valentina dejó de escribir.

—Las mismas rutas de los documentos de Al Jazeera.

—Las mismas.

—¿Entonces Baert está vinculado a quienes filtraron los documentos en el capítulo 68?

—No directamente. Pero su firma tiene contratos con grupos de presión que se beneficiaron de la crisis de reputación de Al-Fayed Corp el año pasado. Competidores. Personas que querían nuestros contratos.

—¿Y qué hace con Volkov?

—Eso es lo que no cuadra todavía. Baert es el tipo de hombre que usa abogados y lobbyists, no contratistas de extorsión. Su presencia junto a Volkov en París sugiere que alguien los conectó. Alguien que necesitaba los dos tipos de herramientas.

Valentina procesó eso.

—Santi.

—Santi como contacto. Pero Santi no tiene los recursos para contratar a Baert. Santi tiene obsesión y deudas rusas. Para contratar a un operador de ese nivel necesitas algo más.

—¿Quién, entonces?

—Trabajamos en eso. —Pausa. —Valentina, hay algo que debo decirte.

—Dilo.

—Si la amenaza real viene de intereses corporativos vinculados a la crisis de Al Jazeera del año pasado, entonces el objetivo no eres solo tú. El objetivo soy yo. Y tú eres la palanca para llegar a mí.

El silencio duró exactamente lo que necesitaba.

—Ya lo sé. —Su voz no tembló. —Lo supe desde que vi a Volkov en el juzgado. Estaba ahí para ver qué tan bien funcionaba la estrategia legal. No como representante de Santi. Como evaluador de daños para alguien más.

—Entonces sabes que esto es más grande de lo que pensábamos.

—Sí.

—¿Y?

—Y tenemos que seguir. —Sencillo. Definitivo. —¿Qué opción hay? ¿Retirarse? ¿Dejar que Santi salga porque alguien más poderoso está detrás?

Silencio de Karim.

—No. —Su voz bajó un tono. —No hay esa opción.

—Entonces necesitamos lo que Guillaume encuentre en esos metadatos. Y necesitamos saber quién conectó a Baert con Volkov.

—Trabaja Youssef en eso.

—Bien. —Valentina volvió a los bocetos. —¿Puedes venir al taller?

—¿Ahora?

—Ahora. Quiero mostrarte el organigrama en papel. Pienso mejor cuando lo veo físico.

—Voy en veinte minutos.

Colgó.

Margaux la miraba.

—¿Problemas?

—Niveles nuevos del mismo problema.

—¿Necesitas que me vaya cuando llegue?

—No. —Valentina dejó el lápiz. —Eres parte de esto, Margaux. Esta empresa es tuya también. Si alguien quiere dañarla, te daña a ti.

Margaux procesó eso.

La expresión que cruzó su cara fue compleja: peso y orgullo al mismo tiempo.

—¿Qué necesitas de mí?

—Por ahora: termina el vestido rojo. —Valentina volvió al boceto. —Lo otro lo resolvemos cuando llegue Karim.

Karim llegó con café de verdad de la brasserie de la esquina y sin traje. Jersey oscuro. El brazo izquierdo con la manga arremangada, la cicatriz del Pont des Arts visible como línea rosada en el antebrazo.

Valentina lo notó pero no lo comentó.

Él no lo ocultaba.

Eso también era nuevo.

Extendió el organigrama sobre la mesa entre los bocetos.

—Aquí. —Señaló. —Santi en el centro pero ya neutralizado como amenaza física. Volkov a su izquierda, ejecutor externo. Baert más arriba, operador corporativo. Y aquí —marcó un círculo vacío— quien los conecta. Todavía sin nombre.

Karim estudió el papel.

Su dedo siguió las líneas.

Se detuvo en el círculo vacío.

—Tengo una hipótesis.

—Dila.

—La mafia rusa que financiaba a Santi. No desapareció cuando él fue arrestado. Ellos también tienen deuda con él: lo usaron, lo descartaron, y ahora podría hablar. Para protegerse de que hable, necesitan que su caso se archive o que él salga libre.

—Entonces Volkov es de ellos.

—Posiblemente. Y Baert es el intermediario que conecta el interés ruso con los intereses corporativos que quieren dañar a Al-Fayed. Alianza de conveniencia: unos quieren silenciar a Santi de adentro, otros quieren usarlo para dañarme a mí.

—Dos objetivos. Un instrumento.

—Exactamente.

Valentina miró el organigrama.

—Si eso es cierto. —Pensó en voz alta. —El punto débil no es Santi. Es la conexión entre Volkov y Baert. Si podemos demostrar que esa conexión existe y que las grabaciones del juicio vienen de ahí, no solo salvamos el caso. Exponemos la red completa.

Karim la miró.

Ese modo de mirarla que significaba que estaba viendo a alguien que procesaba las cosas de una manera que lo sorprendía.

—Guillaume tiene los metadatos mañana. —Continuó Valentina. —Si confirman edición y apuntan a una fuente común con la red de Volkov, Mercier puede presentarlo al juez. No como defensa de Al-Fayed Corp. Como evidencia de interferencia en el proceso judicial. Eso es un delito independiente.

—Que cambia completamente la ecuación.

—Que pone a Baert en el punto de mira. No a ti.

Margaux, desde el otro extremo del taller donde fingía no escuchar mientras ajustaba el dobladillo rojo, dijo sin levantar la vista:

—Es el hilo. ¿No?

Valentina la miró.

—¿Qué?

—El hilo que jalas y deshace todo. —Margaux señaló el organigrama. —Baert es el hilo.

Valentina y Karim se miraron.

—Es el hilo.

El vestido rojo quedó terminado a medianoche.

Las costuras doradas brillaban bajo la luz del taller.

Y sobre la mesa de bocetos, el organigrama tenía una flecha nueva.

Apuntando a un círculo que todavía no tenía nombre.

Pero que mañana, con los metadatos de Guillaume, empezaría a tenerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo