Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 125
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Capítulo 125: El Hilo Roto
Guillaume Faure tenía treinta y cuatro años, anteojos de montura de acero y el aspecto de alguien que podía pasar cuarenta horas seguidas con una pantalla sin considerarlo sacrificio.
Pero a las siete de la mañana del martes tenía café, resultados, y una expresión que Isabelle reconocía como “encontré lo que buscaba y es peor de lo que esperaba”.
Lo recibieron en el apartamento de Valentina.
Karim había dormido en el sofá. Valentina en su cuarto. El orden de las cosas mantenido con la claridad de que había tiempo para construir bien.
—Las grabaciones tienen tres capas de edición. —Guillaume extendió la laptop sobre la mesa. —Esta aquí, en el rango de frecuencias de 800-1200 Hz, muestra interrupción de onda natural. Alguien insertó fragmentos. No es splicing simple. Es trabajo de estudio, software profesional.
—¿Identificable?
—El software se llama Audition Pro. Lo usan estudios de postproducción y también —se ajustó los anteojos— ciertas organizaciones de inteligencia privada en Europa del Este con contratos en producción de contenido de desinformación.
Karim y Valentina se miraron.
—Volkov.
—Tengo la firma digital del archivo. —Guillaume señaló la pantalla. —Aquí. No es perfecta pero es suficiente para un peritaje judicial. Muestra que el archivo fue procesado en un servidor con IP de Bratislava hace seis días.
—Seis días antes de la vista. —Isabelle calculó en voz alta. —Lo prepararon específicamente para este juicio.
—No improvisaron. —Valentina se inclinó sobre la pantalla. —Este fue el plan desde que Santi fue arrestado.
—O antes. —Karim. —Si Baert y Volkov ya trabajaban juntos, podrían haber preparado esto como alternativa por si el arrestó se materializaba.
—¿Y si Santi nunca fue arrestado?
—Probablemente lo usaban de otra forma. —Karim. —Para presión directa sobre testigos. Para más sabotaje. El arresto los obligó a escalar.
Thomas llegó con Mercier diez minutos después.
El abogado principal miró el análisis de Guillaume durante cuatro minutos sin decir nada.
Luego dijo:
—Esto es suficiente para pedir la invalidación de las grabaciones y para levantar una denuncia por interferencia en proceso judicial. —Cerró la laptop. —Necesito presentarlo hoy antes de que la defensa tenga tiempo de contratacar.
—¿Cuándo puedes estar frente a Moreau?
—A las once, si nos movemos ahora.
—Muévanse.
No fue a las once.
Fue a las doce y media porque los mecanismos judiciales tienen su propio ritmo, impermeable a la urgencia de los involucrados.
Pero Moreau escuchó.
Y Moreau leyó.
Y la expresión del juez cuando terminó de revisar el análisis de Guillaume fue la de alguien que acaba de entender que alguien intentó jugarle en su propia sala.
—Maître Lefebvre. —El juez miró a la abogada defensora. —¿Sabía usted que las grabaciones que presentó ayer habían sido editadas?
Lefebvre mantuvo la compostura. Profesional hasta el final.
—Su señoría, estoy tan sorprendida como…
—Señorita García. —Moreau la interrumpió mirando a Valentina. —Su análisis técnico indica interferencia deliberada en el proceso. ¿Tiene usted testigos de la cadena de posesión de este análisis?
—Sí. Mi hermana Isabelle García, funcionaria de una ONG de derechos humanos con acceso autorizado a la Brigada de Investigación. Guillaume Faure, perito independiente certificado. Y el propio registro de solicitud de peritaje que Maître Mercier presentó ayer.
Moreau asintió.
—Las grabaciones quedan invalidadas como prueba. La defensa tiene cuarenta y ocho horas para presentar nueva evidencia o la acusación procede sin objeción. —Miró a Lefebvre sobre sus lentes. —Y Maître, recomendaría que investigue usted misma quién le proporcionó este material antes de que yo lo investigue.
Lefebvre asintió una sola vez.
Su expresión decía que alguien iba a escucharla decir cosas muy desagradables esa tarde.
En el pasillo, Valentina no celebró.
Mercier sí, a su manera: una sonrisa breve y una inclinación de cabeza que para él era equivalente a un baile de victoria.
Thomas directamente sonrió.
Karim estaba de pie junto a ella con las manos en los bolsillos.
—Primera ronda.
—Sí.
—¿Contenta?
—Aliviada. No es lo mismo.
El teléfono vibró.
Margaux.
“Valentina. Necesitas venir al taller. Ahora. No es urgencia de trabajo.”
La presión en el pecho inmediata. Ese tono en el mensaje de Margaux que era el tono de alguien intentando no alarmar en texto.
—Tengo que ir al taller.
—Voy contigo.
No lo debatió.
Salieron del Palais con Karim detrás, no delante.
También eso era nuevo.
El taller olía diferente cuando llegaron.
No a tela y café.
A algo más. Concreto. Polvo.
La puerta principal estaba intacta.
Pero en el suelo del pequeño almacén trasero, debajo de la ventana que daba al callejón, había algo.
Un paquete pequeño. Sin marca. Sin remitente.
Y junto a él, una nota escrita a mano en francés con la letra apretada y regular de quien ha copiado palabras sin importarle lo que dicen:
“Los jueces deciden hoy. Los accidentes deciden mañana. Deje de testificar o el próximo corte no será en tela.”
Margaux estaba de pie a dos metros, los brazos cruzados, la cara del color que tiene la gente cuando han tenido miedo y lo convirtieron en rabia.
—Lo encontré hace media hora. No toqué nada.
Valentina leyó la nota.
La rabia llegó. Limpia. Sin pánico.
—¿El paquete?
—Sin abrir. Llamé a la Brigada. Llegan en diez minutos.
—Bien.
Se giró hacia Karim.
—Volkov.
—Sí.
—Dijiste que había desaparecido de París.
—Eso reportó Youssef esta mañana. Pero si dejó esto antes de irse…
—O hay alguien más ejecutando por él.
El paquete en el suelo.
Valentina no se acercó. No porque tuviera miedo de que fuera peligroso, aunque podía serlo. Sino porque era prueba. Y las pruebas no se tocaban.
La Brigada llegó en ocho minutos.
El técnico de artificio revisó el paquete: tela. Tela roja cortada con tijeras. Sin nada más.
El mensaje era suficiente.
Guillaume analizaría la nota.
Isabelle lo metería en el sistema.
Y Valentina se quedó en el centro del taller con el olor a tela y a amenaza mezclado en el aire, y supo que la primera ronda estaba ganada pero la guerra no había terminado.
Karim llegó a su lado.
—¿Sigues bien?
La pregunta de siempre.
La respuesta que siempre cambiaba su significado.
—Sigo aquí. —Sus ojos no dejaron la nota todavía en el suelo dentro del perímetro que la Brigada había marcado. —Que no es lo mismo. Pero se parece bastante.
A las seis de la tarde, la Brigada tenía la nota analizada.
Impresora estándar. Papel de oficina sin marca. Letra copiada de una fuente digital para eliminar rasgos caligráficos. Huellas dactilares en el sobre: parciales, insuficientes.
Pero la tela roja.
Ahí estaba lo útil.
La tela roja era específica. No era cualquier tejido. Era un raso de seda mezclado con poliéster, composición particular, que se fabricaba en un solo proveedor en Lyon y se distribuía a tres clientes en París.
Uno de esos clientes era “Cicatrices”.
Otro era un atelier de alta costura en el Faubourg.
El tercero era una empresa de logística textil con dirección registrada en un polígono industrial de las afueras de Roissy.
Guillaume verificó.
La empresa de logística de Roissy era subsidiaria de una holding registrada en Luxemburgo.
La holding de Luxemburgo tenía entre sus directivos a un nombre que al equipo ya le resultaba familiar.
Hendrik Baert.
—Entonces Baert no solo coordinó con Volkov. —Isabelle extendió los documentos sobre la mesa. —Tiene presencia en la cadena de suministro textil de París.
—¿Por qué? —Margaux, que había decidido quedarse sin que nadie se lo pidiera. —¿Qué le importa la industria textil a un lobbyist de infraestructura?
—Diversificación. —Karim. —Los operadores de ese tipo no ponen todos los huevos en un sector. La logística textil mueve suficiente volumen para lavar flujos de capital de otras operaciones.
—Entonces sí está vinculado a la red rusa.
—La holding de Luxemburgo tiene otra cosa interesante. —Guillaume señaló la pantalla. —Un contrato de consultoría cancelado hace dos años. Con Al-Fayed Corp.
Silencio.
—¿Qué tipo de contrato? —Karim.
—Consultoría de acceso regulatorio en mercados de Medio Oriente. Lo cancelaron porque el consultor no cumplió los plazos.
Karim cerró los ojos un segundo.
—Conozco ese contrato. No recordaba el nombre de la firma. Lo manejó el equipo de Tarek.
—¿Y cuando lo cancelaron?
—Fue antes de que yo asumiera. Tarek los despidió sin compensación porque incumplieron.
—Rencor acumulado. —Valentina. —Dos años esperando la oportunidad. Y Santi les dio la entrada perfecta: alguien con razones personales para atacar a Al-Fayed, con conocimiento de tus operaciones, y dispuesto a correr los riesgos que ellos no querían correr.
La habitación procesó eso.
Era una imagen completa. No perfecta, no probada en su totalidad, pero coherente.
—Necesitamos exponer esto. —Valentina se levantó. —No solo en el juzgado. En público. Que Baert sepa que lo hemos conectado y que tiene que tomar una decisión.
—¿Cuál decisión?
—Retirarse de la operación. O exponerse.
—¿Qué te hace pensar que va a retirarse? —Mercier, que había estado escuchando con la expresión calculadora de siempre.
—No me hace pensar que se va a retirar. Me hace pensar que si le damos la opción, va a revelar que tiene acceso a más información de la que creemos. Y esa información nos va a llevar al siguiente nivel.
Karim la miró.
—¿Estás proponiendo una trampa.
—Estoy proponiendo una conversación. —Valentina sostuvo su mirada. —Baert es lobbyist. Los lobbyists viven de la información y de los acuerdos discretos. Si alguien de Al-Fayed Corp contacta a su firma con una oferta de “resolver el malentendido del contrato cancelado de forma silenciosa y mutuamente beneficiosa”, él va a querer escuchar.
—Porque si escucha, admite que existe la relación.
—Y esa conversación va a estar grabada.
El silencio que siguió era denso y activo.
Thomas miró a Mercier.
Mercier miró a Valentina.
—Eso es inteligente. —Dijo finalmente. —Pero tiene que ser alguien de Al-Fayed creíble. Con poder real de negociación. De lo contrario Baert no muerde.
—Yo voy. —Karim.
Valentina negó.
—No. Tú eres el objetivo. Si Baert sospecha que estás ahí personalmente, cierra el archivo y desaparece. —Pausa. —Necesitas a alguien que sea creíble pero que no tenga la cara quemada con él.
—¿Quién?
Valentina pensó.
Luego miró a Isabelle.
Isabelle la miró de vuelta.
—No.
—Tienes formación en negociación. Trabajas con corporaciones internacionales en tu ONG. Tienes credenciales que no están manchadas por ninguna de las partes en este caso.
—Soy tu hermana.
—Baert no lo sabe.
—Valentina, yo no soy…
—Isabelle. —Su voz fue directa y suave al mismo tiempo. —No te estoy pidiendo que te pongas en peligro. Te estoy pidiendo que te sientes en una cafetería con un hombre de negocios y le propongas un acuerdo. Con la Brigada escuchando en el edificio de enfrente y Guillaume monitoreando la señal.
Isabelle consideró.
Diez segundos.
—¿Exactamente qué le propongo?
—Que Al-Fayed Corp está dispuesto a revisar el contrato cancelado con su firma. Revisión de compensación, posibilidad de nuevo contrato. A cambio de que su empresa se desvincule de cualquier acción legal en curso contra la compañía. —Valentina. —No mencionas a Santi. No mencionas a Volkov. Solo el contrato. Él va a mencionar lo demás porque no va a poder resistirse. Los hombres como Baert necesitan demostrar que tienen poder.
Mercier asintió despacio.
—Es un riesgo calculado.
—Todo lo que vale algo tiene riesgo.
Karim miró a Valentina.
Esa mirada.
La que significaba: te veo trabajar y ya no me sorprende que sigas de pie.
—¿Cuándo? —preguntó Isabelle.
—Mañana, si puedes. Antes de que Volkov llegue a él con la noticia de que las grabaciones fueron invalidadas.
—Eso le da unas doce horas.
—Suficiente.
Isabelle tomó el teléfono.
Buscó el número de un contacto.
—Tengo un colega que conoce a gente de la firma de Baert en Bruselas. Puedo conseguir una introducción creíble que no levante sospechas esta noche.
—Hazlo.
Valentina miró el organigrama en la mesa.
El círculo vacío de hacía dos días ahora tenía nombre.
Hendrik Baert.
El hilo.
El que, cuando jalabas, deshacía el tejido que sostenía todo.
Mañana lo jalaban.
Karim se acercó a su lado sin ocupar más espacio del que ella le daba.
—¿Cómo estás?
—Trabajando.
—Además de trabajar.
Valentina lo miró.
La cicatriz del brazo de él bajo la manga del jersey.
El teléfono de Eric en su bolsillo.
Los bocetos de la colección de primavera en la pared.
“Cicatrices” todavía en pie.
—Estoy en el lugar correcto haciendo lo que sé hacer. —Lo dijo con sencillez absoluta. —Y estoy haciéndolo con las personas correctas.
Una pausa.
—Por primera vez en mucho tiempo, eso incluye a ti.
Karim no respondió.
No hizo falta.
La expresión en su cara era suficiente.
El taller cerró a las ocho.
La colección de primavera esperaba.
El organigrama tenía todos sus nombres.
Y mañana, Isabelle García iba a sentarse frente a Hendrik Baert con una oferta de negocio que él no podría rechazar.
Sin saber que era el último movimiento antes del jaque.
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