Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 127

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Novia Fugitiva busca venganza
  4. Capítulo 127 - Capítulo 127: La Trampa
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 127: La Trampa

Isabelle García llevaba quince años trabajando con personas que mentían para sobrevivir.

Víctimas de violencia doméstica que negaban los golpes. Refugiados que fabricaban historias porque la verdad era demasiado complicada para los formularios. Funcionarios que decían no saber cosas que obviamente sabían.

Conocía la anatomía de la mentira bien.

Lo que no había hecho antes era mentir ella misma en el contexto de una operación.

Pero había una primera vez para todo.

El café se llamaba L’Entrepôt. Saint-Germain-des-Prés. Paredes de ladrillo visto, luz cálida de mediodía, el tipo de lugar donde los hombres de negocios de cierta categoría se reunían cuando querían discreción sin que pareciera que buscaban discreción.

Isabelle llegó cinco minutos antes de la hora.

Traje azul marino. El de las reuniones importantes con donantes. Cabello recogido. Ninguna joya excepto los aretes pequeños de plata que su madre le había dado cuando cumplió treinta.

En su bolso: el teléfono con la app de grabación activa desde que salió del metro. Guillaume la había instalado y probado dos veces esa mañana.

También en el bolso, envuelto en papel de cuaderno: una copia del contrato cancelado con la firma de Baert de dos años atrás. Útil como señuelo. Como prueba de que sabían suficiente.

Hendrik Baert llegó a la hora exacta.

Imagen que coincidía con las fotos que Youssef había mandado desde El Cairo: metro setenta y cinco, complexión media que había sido atlética en otro tiempo, traje gris de corte belga conservador. El tipo de hombre que parecía menos peligroso de lo que era porque había aprendido a parecer menos peligroso de lo que era.

—Señorita García.

—Monsieur Baert. Gracias por reunirse conmigo con tan poco aviso.

—Su colega en Bruselas fue persuasivo. —Se sentó. Pidió agua mineral. —¿Cómo está el señor Al-Fayed?

—Ocupado. —Isabelle sonrió con la precisión de alguien que no da más información de la necesaria. —Por eso me envía a mí. Prefiere mantener este primer contacto en un nivel más discreto.

—Entiendo.

Baert la estudiaba.

No con desconfianza todavía. Con la evaluación profesional de un hombre que calculaba cuánto poder tenía realmente la persona sentada frente a él antes de decidir cuánto mostraba.

—¿Tiene autoridad para negociar?

—Tengo autoridad para escuchar y reportar. —Isabelle colocó la carpeta sobre la mesa. No la abrió. —Y para transmitir que Al-Fayed Corp reconoce que la terminación del contrato con su firma en 2022 fue manejada de forma abrupta. Sin compensación justa.

Algo se movió en los ojos de Baert.

Sutil. Pero Isabelle lo notó.

—¿Cuál es la posición de la empresa ahora?

—La empresa está dispuesta a revisar el historial de esa relación. —Isabelle habló con el ritmo medido de alguien leyendo de un texto memorizado, porque eso era exactamente lo que hacía. Valentina y ella habían ensayado esto palabra por palabra la noche anterior. —Compensación retroactiva por el trabajo completado antes de la cancelación. Y discusión sobre posibilidades de colaboración futura, particularmente en mercados de infraestructura de Medio Oriente donde la firma de usted tiene experiencia documentada.

—Eso es… generoso.

—El señor Al-Fayed cree que las relaciones comerciales mal terminadas son cicatrices que interfieren con trabajo futuro.

Baert sonrió.

Apreciaba la metáfora.

No sabía que la metáfora era parte del mundo de Valentina García, no del mundo corporativo de Karim.

—¿Qué esperaría la empresa a cambio?

—Solo lo usual. —Isabelle. —Que su firma se desvincule de cualquier acción adversarial en curso que pudiera afectar la reputación de Al-Fayed Corp o sus socios.

Silencio.

Baert giró su vaso de agua.

Ese movimiento que hacen los hombres cuando están procesando riesgo.

—Hay que entender —dijo finalmente— que mi firma opera con múltiples clientes con intereses que a veces se superponen. No siempre puedo controlar cada movimiento.

—Por supuesto. —Isabelle asintió con comprensión total. —No le pedimos que controle lo que no controla. Solo que comunique la voluntad de Al-Fayed Corp de resolver diferencias de forma civilizada.

—¿A quién comunico eso exactamente?

Isabelle no respondió de inmediato.

La pausa era parte del guión.

Dejar que Baert llenara el silencio.

Los hombres como él siempre llenaban los silencios.

—Porque el asunto de París —continuó Baert, tomando el cebo con la naturalidad de quien no sabe que lo está tomando— tiene actores que no responden al mismo tipo de incentivos que yo. Los socios que se involucraron para ayudar al señor Domínguez tienen sus propias motivaciones.

Isabelle no parpadeo.

Los socios que se involucraron para ayudar al señor Domínguez.

Primera mención directa. Sin que ella hubiera mencionado el nombre.

—Entiendo que la situación es compleja. —Voz neutral. —¿Cuán compleja?

Baert estudió la mesa un momento.

—Hay un nivel más arriba. —Su voz bajó un tono. —Ni yo ni el señor Volkov somos el nivel de decisión. Alguien nos conectó. Alguien con intereses en el sector de infraestructura que van más allá de mi firma.

Isabelle esperó.

—Si Al-Fayed Corp quiere que esto se resuelva de verdad, necesita hablar con ese nivel. No conmigo.

—¿Puede facilitarnos ese contacto?

Baert la miró.

Evaluando si revelar eso tenía precio.

—Eso depende de la generosidad de la oferta que usted acaba de describir.

Isabelle abrió la carpeta.

Deslizó sobre la mesa un documento. No el original del contrato cancelado. Una propuesta de términos preliminares que Thomas había redactado esa mañana: números suficientemente creíbles para que Baert los tomara en serio, suficientemente vagos para no comprometer a nadie legalmente.

Baert lo leyó.

Sus ojos recorrieron las cifras.

—Esto cubre la compensación retroactiva.

—Y abre la conversación sobre lo futuro.

—Si yo proporciono el contacto, ¿cómo sé que esta oferta se mantiene?

—Tiene mi palabra y la de quien me envía. —Isabelle sostuvo su mirada. —Pero entienda que la oferta tiene una vigencia. Si la situación en París escala en lugar de resolverse, la empresa evalúa sus posiciones.

Era la presión correcta.

No amenaza directa. Solo la sugerencia de que el tiempo jugaba en su contra.

Baert pensó cuarenta segundos.

Isabelle los contó internamente.

—El nombre —dijo Baert finalmente— es Arkadi Morozov. No es una persona de negocios en el sentido convencional. Opera desde Varsovia. Tiene conexiones en el sector de logística internacional y en ciertos fondos de inversión de Europa del Este.

—¿Cómo se contacta?

—A través de intermediarios. Yo puedo pasar un mensaje.

—Se lo agradecemos.

Baert asintió.

Se levantó.

El apretón de manos fue firme. El de un hombre que creía haber negociado bien.

—Dígale al señor Al-Fayed que valoramos la voluntad de resolver esto de forma adulta.

—Se lo diré.

Baert salió.

Isabelle esperó tres minutos.

Pidió un café.

Lo bebió despacio.

Las manos no le temblaban.

Eso la sorprendió.

Luego tomó el teléfono y mandó un mensaje a Valentina:

“Mordió. Tenemos el audio. Y tenemos un nombre nuevo: Arkadi Morozov. Esto es más grande de lo que pensábamos.”

La respuesta llegó en veinte segundos:

“Bien hecho. Ven al taller.”

Isabelle dejó el dinero del café sobre la mesa.

Salió al aire frío de Saint-Germain.

Noviembre. Las hojas de los plátanos acumuladas en las alcantarillas.

Y en su bolso, el teléfono grabando todavía.

Treinta y seis minutos y cuarenta y dos segundos de conversación.

El hilo.

Jalado.

Valentina escuchó la grabación tres veces.

La primera para entender.

La segunda para identificar los puntos de presión.

La tercera para asegurarse de que no se estaba inventando cosas que quería escuchar.

No se estaba inventando nada.

El taller olía a café viejo y a la tensión específica de cuatro personas procesando información que cambiaba el tamaño del problema que creían tener.

Isabelle había llegado a las dos de la tarde.

Eran las cuatro y media y nadie había comido.

—Arkadi Morozov. —Guillaume tecleaba en su laptop con la velocidad de quien busca algo que sabe que existe pero que todavía no ha encontrado con el nombre correcto. —Espera. Aquí está. Ciudadano ruso, nacido en 1968, residente en Varsovia desde 2011. Directivo de cuatro holdings registrados en Chipre, Luxemburgo y Malta. Historial limpio en superficie.

—¿Y debajo de la superficie?

—La OFAC tiene una alerta sobre dos de sus empresas por vínculos con estructuras de lavado en el sector de logística portuaria.

—Canal de Suez. —La voz de Valentina fue baja.

—Entre otros.

Karim estaba de pie junto a la ventana con el mismo gesto que tenía cuando calculaba algo que no le gustaba calcular.

—¿Puedo ver el nombre completo? ¿Y las empresas?

Guillaume giró la pantalla.

Karim la leyó.

Valentina observó cómo su expresión pasaba por varios estados en quince segundos: reconocimiento, rabia controlada, y finalmente algo que era casi resignación.

—Lo conozco.

—¿A él?

—A sus empresas. —Karim se separó de la ventana. —Hace tres años, antes de que yo asumiera como CEO, Tarek rechazó una propuesta de sociedad de un consorcio de logística portuaria. Los términos eran atractivos pero algo no cuadraba. El abogado de familia recomendó no firmar.

—¿Qué consorcio?

Karim señaló la pantalla. Una de las holdings de Morozov.

—Esta. Con un nombre diferente entonces. Se habían rebrandeado. Pero la estructura societaria era la misma.

El silencio duró exactamente lo que necesitaba.

—Entonces cuando rechazaron la propuesta, Morozov se quedó con información de Al-Fayed Corp que había obtenido durante las negociaciones.

—Y esperó. —Karim asintió despacio. —Esperó hasta encontrar a alguien que tuviera razones personales para atacarme y que pudiera usarla.

—Santi.

La palabra cayó sobre la mesa como piedra.

Isabelle fue la primera en hablar.

—Eso significa que todo esto no empezó cuando Santi llegó a París. Empezó antes. Morozov necesitaba un instrumento y Santi se ofreció solo.

—La mafia rusa que contactó a Santi en Tánger. —Valentina conectó. —No era mafia aleatoria. Era parte de la red de Morozov. Lo usaron para lanzar la filtración de Al Jazeera porque ellos no podían hacerlo directamente sin exponerse.

—Santi creyó que era venganza personal. —Karim. —Y lo era. Pero también era el trabajo sucio de alguien más grande.

—Lo instrumentalizaron. —Isabelle.

—No lo disculpa. —Valentina inmediatamente. —Santi tomó la navaja. Santi quemó la fábrica. Santi eligió cada paso.

—No. No lo disculpa.

Margaux había permanecido en silencio en su esquina. Pero ahora habló.

—¿Morozov sabe que lo tenemos?

—No todavía. —Guillaume. —Baert le va a pasar el mensaje que Isabelle le dio. La oferta de Al-Fayed. Cuando Morozov reciba eso…

—Va a evaluar si es real o si es trampa. —Valentina. —Hombres como él calculan siempre.

—¿Cuánto tiempo antes de que decida?

—Días. No semanas.

—¿Y si decide que es trampa?

—Entonces desaparece. —Karim. —Y perdemos la oportunidad de vincularlo a todo esto de forma legal.

Thomas levantó la vista de su teléfono. Había estado escribiendo a Mercier desde que Isabelle llegó.

—Mercier dice que el audio de la reunión con Baert es suficiente para una nueva solicitud a la Brigada. Si Baert mencionó a Domínguez por nombre y confirmó su participación en la operación de las grabaciones falsas, eso lo convierte en cómplice en la interferencia procesal.

—¿Y Morozov?

—Morozov es más complicado. Está en Varsovia. Jurisdicción diferente. Necesitamos Interpol o un tratado de cooperación judicial.

—¿Cuánto tiempo?

—Semanas. Meses, quizás.

Valentina tamborileó sobre la mesa.

Pensó.

—Entonces el enfoque inmediato es Baert. Si Baert coopera formalmente a cambio de un trato, puede señalar a Morozov. Eso agiliza el proceso.

—Para que Baert coopere tiene que saber que lo tenemos. —Thomas.

—Cuando Mercier presente el audio a la Brigada, va a saber. —Valentina. —Pero antes de que eso pase, necesita tomar una decisión.

—¿Cuál?

—Si coopera ahora, voluntariamente, como parte de un acuerdo, su firma sobrevive con daño controlable. Si espera a que la Brigada vaya a buscarlo, no tiene esa opción.

—¿Quién le comunica eso?

Valentina miró a Isabelle.

Isabelle soltó una exhalación corta.

—¿Otra reunión?

—Esta vez sí eres tú directamente. Sin pretextos corporativos.

—¿Y qué le digo?

—La verdad. —Valentina fue directa. —Que la reunión de hoy fue grabada. Que esa grabación va a la Brigada mañana. Y que tiene esta noche para decidir si quiere ser testigo cooperante o acusado.

Thomas miró a Mercier por mensaje.

Respuesta en cuarenta segundos: “Legalmente viable. Si Baert contacta mañana a la Brigada por su propia voluntad antes de recibir citación formal, puede negociar términos. Si no, no puede.”

Karim miró a Isabelle.

—No te puedo pedir que hagas esto.

—No me lo estás pidiendo tú. —Isabelle recogió su abrigo. —Me lo está pidiendo el sentido común.

Salió antes de que nadie pudiera agregar algo.

La puerta del taller se cerró.

Margaux la miró cerrarse.

—Tu hermana es impresionante.

—Lo sé.

—¿Lo sabe ella?

Valentina pensó en eso.

—Probablemente lo sabe y lo minimiza. —Pausa breve. —Es algo que tenemos en común.

Karim miró el organigrama.

Morozov. Baert. Volkov. Santi.

Cuatro nombres.

Diferentes niveles de culpa. Diferente distancia desde el puente.

Pero todos conectados por un hilo que, una vez jalado desde el lugar correcto, podía enrollarse alrededor de todos.

—¿Cuándo mandamos el audio a Mercier?

—Esta noche. —Valentina ya tenía el teléfono en la mano. —Que lo tenga antes de que Baert tome su decisión. Si Isabelle le da el ultimátum a las siete y Mercier ya lo tiene a las seis, el temporizador corre en nuestra dirección.

—Bien calculado.

—Es lo mismo que el kintsugi. —Valentina mandó el archivo. —No reparas algo roto de golpe. Lo haces hilo a hilo. Grieta a grieta.

El teléfono confirmó el envío.

22:14 horas.

Valentina miró el organigrama un momento más.

Luego lo dobló y lo guardó en su bolso.

No lo necesitaba ya en papel.

Lo tenía en la cabeza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo