Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 129
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Capítulo 129: El Dominó
Isabelle había salido a las ocho y cuarenta de la noche del martes.
Valentina no le preguntó cómo fue hasta las once, cuando su hermana le mandó un mensaje de tres palabras:
“Mordió. Dormid todos.”
Esa noche Valentina durmió cuatro horas seguidas. Las primeras cuatro horas completas en una semana.
Baert tardó ocho horas en decidir.
Isabelle lo supo porque él mismo lo contó después: que pasó la noche con su abogado de empresa analizando el margen de error que tenía, que ese margen fue encogiéndose conforme pasaban las horas, y que a las siete y veinte de la mañana del miércoles entendió que la única diferencia entre ser testigo cooperante y ser acusado era el tiempo que tardara en llegar a la puerta de la Brigada.
Eligió llegar antes de las ocho.
Valentina se enteró a las nueve y cuarto.
Estaba en el taller.
No porque tuviera urgencia de trabajo. Sino porque el taller era el lugar donde su cabeza funcionaba mejor, donde los problemas tenían textura y peso físico en lugar de flotar como amenazas abstractas, y donde la Singer en su esquina representaba la promesa muda de que las cosas se podían construir aunque el entorno las intentara destruir.
Estaba ajustando el cuello de la chaqueta de la colección de primavera cuando llegó el mensaje de Isabelle.
“Baert está declarando. Ya lleva una hora. Mercier está con el fiscal adjunto. Guillaume viene a las once para comparar la declaración con el audio.”
Valentina leyó el mensaje una vez.
Dejó la chaqueta sobre el maniquí.
Se fue a la pequeña trastienda donde guardaba el café y la cafetera de moka que Margaux había instalado el primer mes sin pedirle permiso a nadie.
Se preparó un café.
Lo bebió de pie, mirando la pared donde tenía colgados los bocetos de la colección.
Ocho piezas. Cinco terminadas. Tres en proceso.
Las costuras doradas en la número seis todavía no estaban exactas. El hilo se tensaba un milímetro demasiado en el codo izquierdo. Lo había intentado tres veces. La cuarta sería la correcta.
Había cosas que requerían tiempo y repetición aunque uno supiera exactamente lo que buscaba.
El derecho procesal francés, al parecer, era una de ellas.
Los mensajes de Thomas llegaron en intervalos de veinte a treinta minutos durante la mañana.
El primero, a las diez y cuarto:
“Baert confirmó en declaración que Volkov fue provisto por Morozov. No contratado por Santi directamente. Santi era el cliente visible. Morozov financiaba la operación.”
El segundo, a las once menos diez:
“Confirmó que las grabaciones fueron fabricadas en estudio de Bratislava. Él recibió especificaciones por canal encriptado. No sabía el contenido exacto pero sabía el destino: uso en proceso judicial francés. Eso es complicidad en interferencia procesal.”
El tercero a las once y media, más corto:
“El fiscal está satisfecho con la calidad de la declaración. Baert tiene abogado propio presente. Negocia términos de cooperación formal.”
Valentina respondió solo al último:
“¿Cuándo tenemos resolución?”
Thomas tardó siete minutos.
“Hoy en la tarde, probablemente. Mercier cree que el fiscal emitirá ampliación de la investigación que incluye a Baert como testigo protegido y a Morozov como objetivo principal. Eso cambia el perímetro del caso de Santi completamente.”
Valentina leyó eso.
Luego llamó a Margaux.
—Necesito que supervises el ajuste del codo de la número seis. El hilo está tensándose un milímetro arriba del punto correcto. Hay que soltar la tensión del bastidor antes de pasar la aguja.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo necesito que estés tú encima de eso. Hoy tengo la cabeza en otra parte.
—Cuento con eso cuando me llamas antes del mediodía. —La voz de Margaux tenía ese tono suyo: pragmatismo con afecto envuelto. —Ve. Yo me quedo con las costuras.
A las dos y veinte de la tarde llegó la noticia que ninguno había anticipado en ese momento exacto aunque todos sabían que llegaría en algún punto.
Maître Lefebvre retiraba su representación de Santiago Domínguez.
La carta al tribunal fue breve y sin adornos: conflicto de intereses con información nuevamente disponible que impedía la continuidad ética de su representación.
Mercier llamó a Valentina antes de que Karim pudiera hacerlo.
—Lefebvre se va. —Sin preámbulo. El estilo de Mercier era siempre ese: información primero, contexto después. —Eso significa que Domínguez queda sin representación a nueve días del juicio.
—¿Qué implica eso para el calendario?
—El tribunal le asignará abogado de oficio. El juicio no se aplaza a menos que el nuevo abogado solicite tiempo de preparación y el juez lo apruebe. Dado que las pruebas ya están catalogadas y las objeciones de la defensa quedaron sin sustento cuando se invalidaron las grabaciones, es improbable que Moreau le conceda más de cuarenta y ocho horas adicionales.
—Entonces el juicio sigue el jueves.
—Casi con certeza.
Valentina procesó eso.
No era satisfacción lo que llegó.
Era algo más quieto y más sólido.
La diferencia entre ganar porque el otro comete un error y ganar porque uno construyó el argumento correcto pieza a pieza hasta que no quedó nada que lo pudiera derrumbar.
—Gracias, Mercier.
—No me dé las gracias todavía. Que Lefebvre se vaya no significa que el juicio esté ganado. Significa que la defensa de Domínguez va a ser más débil de lo que hubiera sido. Que es diferente.
—Lo sé. Pero es diferente en nuestra dirección.
Una pausa breve. Lo más cercano que Mercier hacía a una sonrisa en una llamada de trabajo.
—Sí. En esa dirección.
Karim llegó al taller a las cuatro.
No había coordinado con nadie. Simplemente apareció con dos tazas de café de la brasserie de la esquina y la expresión de alguien que sabe que el momento no requería más que eso.
Se sentaron en los taburetes altos de la mesa de bocetos.
Fuera, el París de las cuatro de la tarde era gris y frío y completamente indiferente a lo que pasaba dentro de ese taller pequeño con olor a tela y moka.
—Lefebvre se va. —No era pregunta.
—Ya me enteré.
—¿Cómo estás?
Valentina pensó en la pregunta antes de responderla.
—Bien. —Honesta. —No eufórica. Bien. Como cuando terminas de coser una pieza que te costó cuatro intentos y el resultado es exactamente lo que querías. No hay celebración. Solo la confirmación de que el trabajo fue correcto.
Karim asintió.
Bebió su café.
La luz del taller los iluminaba desde arriba con esa claridad suave de las claraboyas que Valentina había aprendido a amar porque no mentía. No embellecía. Mostraba exactamente lo que había.
—¿Sabes lo que sigue? —preguntó él.
—El juicio. —Valentina. —Y antes del juicio: la nueva abogada de Santi. Quien sea que le asignen.
—No tiene los recursos de Lefebvre.
—No. —Una pausa. —Y tampoco tiene las grabaciones. Ni a Baert. Ni a Volkov. Lo que tiene son los hechos desnudos del caso: un hombre que atacó a una mujer con una navaja en un puente con testigos, cámaras, y quien sabe cuántas horas de evidencia acumulada.
—Eso es bastante.
—Es suficiente. —Valentina bebió su café. —Que es diferente.
La nueva abogada se llamaba Céline Aubert.
Valentina lo supo porque Thomas lo mandó en el último mensaje del día, a las seis y diez de la tarde, junto con un escueto resumen del perfil: treinta y un años, cuatro de ejercicio, especialización en derecho penal ordinario, sin experiencia en casos de exposición mediática alta.
Margaux, que lo leyó por encima del hombro de Valentina, dijo lo que pensaba sin que nadie le preguntara:
—No está mal para empezar siendo la abogada de alguien que quemó una fábrica, saboteó un taller, amenazó a una testigo y atacó con cuchillo en un puente.
—No es mala en lo que hace. —Valentina. —Es que el caso que le pusieron encima no tiene defensa posible con los hechos que hay.
—¿Lo sientes?
Valentina consideró eso.
—No. —Sin vacilación. —Siento que es el resultado lógico de las decisiones que él tomó. Que es distinto.
Margaux no respondió.
Fue a terminar el ajuste del codo de la chaqueta número seis.
Valentina cerró el taller a las ocho.
Se quedó sola tres minutos antes de apagar las luces.
Mirando los maniquíes. Las piezas. Los bocetos en la pared.
Ocho meses atrás había llegado a este espacio sin nada más que tres maniquíes prestados y una Singer que había atravesado dos países. Había construido esto hilo a hilo. Pieza a pieza. Amenaza a amenaza.
Y aquí estaba.
“Cicatrices” todavía en pie.
Santi a nueve días de un juicio sin el escudo que necesitaba.
El dominó cayendo en la dirección correcta.
Apagó las luces.
Salió a la calle.
El frío de noviembre.
Y en el bolso, sin saberlo todavía, un mensaje que Aubert le había enviado diez minutos antes y que no había visto.
Uno que decía que su cliente tenía una petición.
Una que nadie había anticipado.
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