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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 CAPÍTULO 13 Lecciones de Supervivencia
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13: CAPÍTULO 13: Lecciones de Supervivencia 13: CAPÍTULO 13: Lecciones de Supervivencia El grito de Valentina fue tan primitivo que Karim dejó de hablar por primera vez desde que lo conocía.

No era llanto.

Era rugido de animal herido que descubre que la trampa tiene más dientes de los que pensaba.

—Una niña.

Una maldita niña de tres años.

Se levantó del asiento del coche con tanta fuerza que la puerta golpeó contra el marco.

Las manos le temblaban.

Todo el cuerpo le temblaba.

—Valentina.

Karim salió del coche detrás de ella.

Estaban en el estacionamiento del Four Seasons.

Turistas europeos pasaban con maletas de Louis Vuitton mirándolos con curiosidad mal disimulada.

—No me toques.

Retrocedió cuando él extendió la mano.

—No me toques ahora mismo porque si me tocas voy a explotar y no puedo explotar aquí en medio del puto estacionamiento de un hotel de cinco estrellas mientras mi sobrina está en manos de un psicópata.

El chofer —el mismo hombre con cicatriz en la mejilla que las había llevado a Abu Dhabi— ya estaba hablando por teléfono en árabe.

Rápido.

Urgente.

Con el tono de quien está acostumbrado a manejar crisis.

—Mi equipo ya está en camino a Nezahualcóyotl —dijo Karim con esa calma quirúrgica que usaba cuando todo se iba al carajo—.

Tendremos la ubicación exacta de la niña en menos de una hora.

—¿Cómo?

¿Cómo vas a encontrar a una niña en Neza cuando ni siquiera sabemos con quién vive?

—Porque tengo los nombres completos de tu hermana y su ex pareja.

Tengo acceso a bases de datos que tu gobierno no sabe que existen.

Y tengo gente en México que puede entrar a lugares donde la policía no se atreve.

No era presunción.

Era simple declaración de hechos.

—¿Hace cuánto tienes toda esa información sobre mi familia?

La pregunta salió más fría de lo que pretendía.

Karim no pestañeó.

—Desde que aceptaste mi oferta en Cancún.

No trabajo con variables desconocidas.

O sea, güey, este tipo investigó a toda mi familia antes de “salvarme”.

¿Eso es romántico o aterrador?

Probablemente ambos.

—Sube al coche.

Necesitas comer algo antes de que tu cerebro deje de funcionar completamente.

—No tengo hambre.

—No fue una sugerencia.

La voz cambió.

Ya no era el Karim controlado y profesional.

Era el Karim que probablemente ordenaba ejecuciones con el mismo tono.

Valentina subió al coche porque las piernas no la sostenían.

Porque el mundo seguía girando demasiado rápido.

Porque una niña de tres años que ni siquiera conocía estaba en peligro por culpa de decisiones que ella había tomado.

El penthouse estaba en silencio.

No el silencio pacífico de antes.

El silencio de hospital esperando diagnóstico terminal.

Karim trabajaba en su laptop rodeado de tres pantallas adicionales que había aparecido mágicamente mientras ella se duchaba.

Valentina se sentó en el sofá con el pelo mojado empapando la bata del hotel.

No tenía energía para secarse.

No tenía energía para nada.

El teléfono de Karim sonó.

Conversación en árabe.

Tres minutos exactos.

Cuando colgó, la miró directamente.

—La niña está con el padre.

Departamento en Nezahualcóyotl.

Santi no la tiene físicamente, solo sabe dónde vive.

El alivio fue tan violento que casi vomita.

—¿Está bien?

—Por ahora sí.

Pero el padre tiene antecedentes de violencia doméstica.

Y Santi le ofreció dinero por “cuidarla mejor”.

—Ese hijo de puta quiere que el papá le haga daño para después mandarme las fotos.

—Exactamente.

Karim cerró la laptop.

Se levantó.

Cruzó la habitación hasta donde ella estaba derrumbada en el sofá.

Se arrodilló frente a ella.

Como en el coche cuando le ofreció la llave del departamento.

Como si fuera caballero de película antigua y ella fuera dama que necesitaba ser salvada.

Pero ella no se sentía como dama.

Se sentía como basura humana que arrastraba a niños inocentes a sus propios desastres.

—Escúchame bien, Valentina.

Sus manos tomaron las de ella.

Calientes.

Firmes.

Reales.

—Nada de esto es tu culpa.

¿Me escuchas?

Nada.

—Claro que es mi culpa.

Si no hubiera huido.

Si no hubiera aceptado tu oferta.

Si no— —Si no hubieras huido, estarías muerta.

O en la cárcel.

O convertida en la esposa zombi de un narcotraficante que te usaba como escudo legal.

La lógica era correcta.

Pero el corazón no entiende de lógica.

—Vamos a sacar a esa niña de ahí.

Esta noche.

Y la vamos a llevar con tu madre a Costa Rica.

—¿Y después?

¿Cuántas más personas va a usar Santi contra mí?

¿Mis primos?

¿Mis amigas de la universidad?

¿La señora que me vendía tacos en la esquina?

—Después terminamos esto de una vez por todas.

El tono cambió de nuevo.

Oscuro.

Definitivo.

—Karim, no puedes matar a Santi.

—¿Quién dijo algo de matarlo?

La sonrisa fue breve.

Depredadora.

—Hay cosas peores que la muerte, habibti.

Y yo conozco todas las variantes.

Antes de que pudiera preguntar qué significaba eso exactamente, su teléfono vibró.

Layla Mansour.

La consultora de etiqueta.

“Recordatorio: Primera lección de árabe mañana 8 AM.

No llegue tarde.” Valentina soltó una risa histérica.

—Me están secuestrando a mi sobrina y yo tengo clase de árabe mañana a las ocho.

—La vida no se detiene porque tengamos crisis.

Karim se levantó.

Le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie.

—Y necesitas rutina.

Estructura.

Algo que tu cerebro pueda controlar mientras yo me encargo de lo que no puedes controlar.

Tenía razón.

Otra vez.

Lo odiaba por tener razón.

Pero también lo necesitaba.

Esa noche, Valentina no pudo dormir.

Otra vez.

A las 2 AM, salió de su habitación en pijama de Hello Kitty y encontró a Karim exactamente donde esperaba: en el comedor, rodeado de pantallas.

—¿Siempre trabajas a esta hora?

—Solo cuando hay vidas en juego.

Se sentó frente a él sin pedir permiso.

—¿Puedo ver?

Karim giró una de las pantallas hacia ella.

Mapa de Nezahualcóyotl.

Un punto rojo parpadeando.

—Ese es el departamento.

Mi equipo está a tres cuadras.

Esperando mi orden.

—¿Qué orden?

—Entrar.

Extraer a la niña.

Desaparecer antes de que nadie note que falta.

—¿Y el padre?

—Recibirá una oferta que no podrá rechazar.

Dinero a cambio de custodia temporal firmada.

Si se niega…

No terminó la frase.

No necesitaba hacerlo.

—¿Así resuelves todos tus problemas?

¿Con dinero y amenazas?

—Resuelvo problemas con la herramienta más eficiente para cada situación.

Pausa.

—A veces es dinero.

A veces es información.

A veces es miedo.

—¿Y yo?

¿Qué herramienta soy yo en tu caja de soluciones?

La pregunta salió antes de poder detenerla.

Karim la miró directamente.

Por primera vez en horas, las pantallas dejaron de importarle.

—Tú no eres una herramienta.

—¿Entonces qué soy?

Silencio.

Largo.

Cargado de cosas no dichas.

—Alguien que merece salir de esto completa.

No rota.

El corazón le dio un vuelco estúpido.

No era declaración de amor.

Ni siquiera era particularmente romántico.

Pero viniendo de un hombre que medía cada palabra como si fueran balas, significaba algo.

El teléfono de Karim vibró.

Mensaje en árabe.

Su expresión no cambió pero algo en sus ojos se suavizó.

—La tienen.

La niña está segura.

Valentina se derrumbó sobre la mesa.

El alivio la golpeó como ola gigante.

—Gracias.

La palabra salió ahogada contra el mármol frío.

—No me agradezcas todavía.

Esto apenas empieza.

—Lo sé.

Pero igual.

Gracias.

Karim se levantó.

Rodeó la mesa.

Se detuvo junto a ella.

Su mano se posó en su cabeza.

Suave.

Casi tierno.

—Vete a dormir, habibti.

Mañana empieza tu verdadero entrenamiento.

Valentina levantó la vista.

—Pensé que eso era la tortura con Layla.

—Eso fue la introducción.

Mañana aprendes a defenderte.

—¿A defenderme de qué?

—De mi familia.

Que es infinitamente más peligrosa que cualquier narco mexicano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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